¿Existe

un

iusnaturalismo

bíblico?

 

por Martín A. I. Schwab 

 

 

Hasta que el hombre apareció en escena no hubo problemas, todas las leyes de Dios se cumplían por parte de los tres reinos –mineral, vegetal y animal-. Con su tan esperada aparición (una eternidad, según los dichos de Dios) la creación alcanzó su plenitud. Poco tiempo después el ser humano inesperadamente tropezó al dejar a un lado la primer ley o mandato superior que bajaba del cielo –hasta ese momento la única dirigida a motivar su conducta- por otra que acababa de susurrársela un viejo ¿amigo? de la humanidad; esta sugerencia decía lo siguiente: “Tu puedes hacer lo que quieras”; aplicándola a aquél tiempo Adán y Eva pudieron haber pensado que: “nosotros podemos, queremos y comemos el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal” (Libro del Génesis 2:16 y 3:6).

 

Esta primera tensión entre Dios y el hombre se ha venido repitiendo a lo largo de nuestra trágica historia, intentaré demostrar que aunque cambien los nombres, las formas y los lugares, siempre volveremos a ese primer conflicto en el cual el hombre le dice a Dios que puede ser dios y que por ello puede legislar –en un sentido amplio de gobierno- aún contra sus leyes.

 

Podría decirse, entonces, que el primer mandato superior –iusnatural- es el siguiente: “Debes respetar mi autoridad y no desafiarla con leyes que la ignoren”.

 

Desde esta primer manda pasaron unos cuantos años hasta que los registros bíblicos reflejan la existencia de una ley humana en contraposición a la divina –expresada, con posterioridad, en múltiples y específicas regulaciones, que derivan de ella-.

 

Es así que, en razón de que los israelitas habían aumentado en número, el faraón temiendo que se sublevaran mandó –decreto real- que las parteras hebreas mataran a todo recién nacido varón del pueblo elegido y, ellas temiendo a Dios no obedecieron tal mandato y preservaron la vida de los bebes (Libro del Éxodo 1:15 al 21).

Como dije al principio, una vez más el hombre –el faraón- quiere ser dios y decidir quién vive y quién no.

 

Y, previamente, también habría que hablar de aquél que había dado provisión y protección al pueblo judío en Egipto en medio de una terrible hambruna de toda la región, desde su posición de primer ministro de  una potencia mundial de aquélla época. Y ¿quién es él? José, uno de los hijos de Jacob –nieto de Abraham-, al cual sus hermanos lo habían vendido como esclavo a unos mercaderes. Es así que tal tráfico comercial lo llevó a Egipto y fue adquirido por un funcionario del faraón –Potifar-, que enseguida advirtió en José una capacidad especial y lo puso al frente de su hacienda.

 

El conflicto entre normas surgió a raíz de que la señora de Potifar posó sus ojos sobre José y quería que acostarse con él; en aquél tiempo la orden de un amo a un esclavo era más que una ley, sin embargo José se resistió y fue fiel a su Dios y a Potifar. Ello le acarreó gravísimas consecuencias inmediatas para su persona, pero también un premio final mucho más grande (Libro del Génesis, capítulo 37-39/48).

 

El momento clave del iusnaturalismo que pretendo demostrar llega cuando aquellos principios superiores se concretan y expresan con claridad a través de los diez mandamientos. Dios en persona le dicta a Moisés las reglas principales a las cuales su más preciada criatura debía sujetarse para mantener una correcta relación con su Creador, y así, encontrar su máximo potencial.

 

Vale la pena refrescar, no viene nada mal, dicho decálogo o manual del fabricante: 1) No tendrás dioses ajenos delante de mí; 2) No te harás imágenes, no te inclinarás a ellas ni las honrarás; 3) No tomarás el nombre de Jehová, tu Dios, en vano; 4) El séptimo día es de reposo para Jehová, tu Dios, no hagas en él obra alguna; 5) Honra a tu padre y a tu madre; 6) No matarás; 7) No cometerás adulterio; 8) No hurtarás; 9) No dirás contra tu prójimo falso testimonio, y 10) No codiciarás ni la casa ni la esposa ni cosa alguna de tu prójimo (libro del Éxodo capítulo 20). 

 

Más adelante veremos en los registros bíblicos múltiples colisiones de tales mandas divinas con leyes humanas, es más, aún en la actualidad sigue sucediendo.

 

Cuarenta años pasaron y el pueblo de Israel ya había entrado y conquistado la tierra prometida -Canaan-, y, una vez establecido fue gobernado por los caudillos -los Jueces-, para luego darse el primer rey –Saúl- sucedido en su reinado por el famoso David.

 

Lo más conocido de David es su tercer proeza -recuérdese que previamente había ultimado a un oso y a un león- cuando se enfrentó y derrotó a Goliat con su gomera, pero se sabe poco acerca del episodio más sombrío de su vida.

 

La Biblia resulta implacable con todos sus personajes, a diferencia de otros registros tendenciosos, allí se dejó constancia de todo lo bueno y lo malo de cada uno de ellos.

 

David era un hombre al cual las mujeres hermosas le llamaban la atención y un día, cuando se encontraba paseando por la azotea del palacio real, observó a una muy hermosa –Betsabé- pero hete aquí que ella era la mujer de un tal Urías –soldado raso de su ejército-. Para sacarse de encima al hombre y poder tomarla como esposa, dispuso, en su calidad de Rey y comandante de los escuadrones de Israel, que Urías fuera enviado al frente de la batalla (algo así como el frente ruso en la segunda guerra mundial, en el cual un buen soldado alemán sobrevivía una semana) y abandonado a su propia suerte para así asegurar su final. David obtuvo lo que quería (Libro segunda de Samuel, capítulo XI).

 

Aquí el Rey en abuso de su autoridad y poder ordenó la muerte del soldado contradiciendo el sexto mandamiento divino (no hablaremos del séptimo ni del décimo). El capítulo siguiente describe el costo de su “desventura”.

 

En fin, el gobernante también debía y debe cumplir los principios superiores.

 

Años después, el reino que David le había dejado a Salomón se dividió en dos -en el norte Israel, en el sur Judá- y gobernaba en el primero un tal Acab, que tenía como principal característica el ser influenciable en demasía por su esposa Jezabel.

 

El primer Libro de Reyes, capítulo 21, registra que Acab deseaba la viña de un tal Nabot (le correspondía a éste como derecho familiar según la ley mosaica inspirada por Dios –ver libro del Deuteronomio, capítulo 19, verso 14; y libro de Números, capítulo 27, versos 7 al 11).

 

Nabot se negaba a venderla pues no deseaba violar la norma superior, que en este caso se oponía a la voluntad del rey. Acab estaba triste porque sabía que él tenía razón en oponerse a su venta a alguien que no fuera de su familia, sin perjuicio de lo cual el rey permitió que su esposa -que no reconocía ley alguna- abusando de su poder real mandara a matar a Nabot para quedarse con su heredad.

 

Vuelvo a repetir “el Príncipe” también debe tener límites y sujetarse a los mandamientos superiores y sino pregúntenle a Acab y a Jezabel cómo terminaron sus vidas (Primer Libro de Reyes, capítulo 22, versículo 38; segundo libro de Reyes, capítulo 9, versos 30 al 37; respectivamente) .

 

 Al rey Acab le siguió un tal Ocozías, al cual no se le ocurrió mejor idea que ir a consultar a un dios extranjero –Baalzebub de Ecrón- si se iba a reponer de sus heridas. Para ello envió unos mensajeros y en el camino se encontraron con el profeta Elías, quien les recordó a ellos y especialmente al rey los dos primeros mandamientos divinos al decirles: “¿Acaso no hay Dios en Israel para que vayáis a consultar a Baal-zebub, dios de Ecrón? y los mandó de regreso.

 

Enterado el rey de lo sucedido, furioso, dispuso capturar al profeta con dos escuadrones de cincuenta hombres cada uno, no sea cosa que alguien osara sugerirle algún límite a su conducta. ¿Cómo terminó la historia? Dios se salió con la suya, Elías no fue capturado, la centena fue calcinada con fuego del cielo y el rey no pudo consultar al dios de Ecrón (Segundo Libro de Reyes, capítulo 1).

 

Las desventuras del pueblo “elegido” no cesaron, es más se incrementaron a causa de seguir a otros dioses –Baales, Ecrón, Asera, ¿el tener, el parecer, la juventud, la belleza, el poder, etc. de nuestros días?-, llegando a la peor desgracia que le puede suceder a una nación después de perder su soberanía, la deportación. Nabucodonosor había sitiado Jerusalén y luego de tomarla llevó sus tesoros y a su pueblo a Babilonia donde comenzó el exilio bajo dominio babilónico, primeramente y, posteriormente, bajo dominio persa. La historia que sigue transcurre en este último período.

 

Ester, una judía, había sido elegida reina por el rey persa Jerjes I

 

 -Asuero, para los registros bíblicos-, había sido adoptada y criada por su primo Mardoqueo, el cuál era funcionario real. El rey había dispuesto que todos se arrodillasen y se inclinasen ante un príncipe de nombre Amán, Mardoqueo consideraba, como todo buen judío de fe, que sólo rendiría pleitesía ante Jehová y nadie más –segundo mandamiento mosaico-; tal actitud provocó la ira de Amán quien obtuvo del rey un decreto real de exterminio contra todo el pueblo judío -¿nada nuevo, no?-. Mardoqueo, desesperado, le pidió a la hija de su tío –la reina- que intercediera a favor de su pueblo, el problema era que existía una ley que decretaba la condena de muerte para todo varón o mujer que entrase al patio interior del rey sin haber sido llamado por él, salvo que el monarca le extendiese su cetro de oro y le perdonase la vida. Ester no había sido llamada por lo cual su vida correría peligro si lo intentara. Sin embargo no le importó infringir la norma prohibitiva para salvar a su pueblo y darle la gloria a su Dios cumpliendo el primer mandamiento –“no tendrás dioses ajenos –su propia vida, su comodidad, su gloria, su status real etc.- Y Dios, una vez más, fue fiel con quienes le son fiel, el rey le extendió el cetro de oro a Ester, ella consiguió la salvación de su pueblo, y a su primo, Mardoqueo, el rey le reconoció sus servicios y lo puso como segundo suyo –en el lugar del desgraciado y desaparecido Amán- (Libro de Ester, Capítulos 1 a 10).

 

Las siguientes historias corresponden, también, al exilio de los israelitas en Babilonia, más precisamente en el ambiente cortesano donde las leyes de Dios eran desconocidas y por ello el grado de conflictividad con las humanas aumenta drásticamente.-

 

De Daniel únicamente se conoce que terminó con los leones pero no se sabe porqué ni tampoco que con anterioridad él y sus tres compañeros de exilio, ya habían estado en peligro de muerte por desobedecer leyes humanas del imperio babilónico.-        

 

Daniel, Ananías, Misael y Azarías eran hijos de Israel, del linaje real de los príncipes, muchachos que no tenían tacha alguna, de buen parecer, instruidos en toda sabiduría, sabios en ciencia, de buen entendimiento e idóneos para estar en el palacio del rey. Por todas estas características habían sido elegidos por Nabucodonosor para que fuesen funcionarios de su gobierno, previa instrucción en las letras y la lengua de los caldeos .

 

En fin estaban bien acomodados en la nueva situación que les tocaba vivir, tal es así que hasta se dispuso que comieran y bebieran lo mismo que el rey, y, aquí apareció el primer conflicto normativo.

 

Tales alimentos y vinos estaban prohibidos para los hijos de Israel por tres posibles motivos, la Biblia no lo aclara, que la carne fuera de animales impuros –ley superior prevista en libro de Levítico, capítulo 11 y en el libro del Deuteronomio, capítulo 14, versículos 3 al 21-,  que los animales no hubiesen sido desangrados -“no comerás sangre, porque la sangre es vida”, libro del Deuteronomio, capítulo 12, versos 23/24-, o, por último, que tales alimentos y vinos podrían haber sido ofrecidos a ídolos –Deuteronomio, capítulo 32, versículo 38-; en fin, los cuatro muchachos la tenían clara, a Dios no le agradaría que ellos consumieran lo que les ofrecían y por eso se jugaron sus vidas y las del jefe de los eunucos –Aspenaz- que los alimentaba, y no los ingirieron pese a que el rey lo había ordenado y únicamente se alimentaron con legumbres y agua.

 

¿Que pasó después? y ¡qué va a pasar cada vez que eres fiel a Dios, El es fiel! No empalidecieron comparado con los otros muchachos que se alimentaron de la porción del rey, es más se los veía más robustos y de mejor rostro, y el rey, cada vez que los consultó, los halló diez veces mejores que los demás y por ello los mantuvo a su servicio hasta la caída del imperio en manos persas –Ciro el Grande- (Libro de Daniel, capítulo 1).

 

Como ya dijera en el imperio babilónico no se conocían las leyes de Dios, fundamentalmente se ignoraba los primeros dos mandamientos -“ No tendrás dioses ajenos delante de mí” y “No te harás imágenes, no te inclinarás a ellas ni las honrarás”-; pero los tres compañeros de Daniel - Ananías, Misael y Azarías- si los conocían y deseaban cumplirlos aún a costa de sus vidas.

 

El capítulo 3 del libro de Daniel relata que Nabucodonosor hizo una estatua de oro y dispuso que cada vez que sonara la bocina, la flauta, la cítara, el arpa, el salterio, la zampoña y todo instrumento de música,  todos los pueblos debían postrarse ante ella y adorarla bajo apercibimiento de, en caso de no hacerlo, ser echados inmediatamente dentro de un horno de fuego ardiente.

 

Como todo funcionario honesto y trabajador, los tres muchachos tenían numerosos enemigos en la corte y éstos los acusaron ante el rey de no cumplir con su novel manda, el mandatario furioso los mandó llamar y les dio la oportunidad de postrarse y adorar al ídolo y así salvarse de la muerte. Sin embargo se mantuvieron en sus convicciones –los primeros dos mandamientos mosaicos- y prefirieron ser arrojados al horno de fuego y así sucedió lo esperado.

 

Lo esperado es que los arrojaron al fogón pero lo inesperado es que Dios los protegió del poder del fuego, Nabucodonosor comprendió que su poder tenía límites en el cielo y, tras cartón, engrandeció aún más a sus tres fieles servidores.

 

Volviendo a Daniel, no olvidemos que estamos en su libro, cabe, ahora si, hablar del episodio famoso de los leones. ¿Por qué terminó en la fosa con los felinos?, porque, como sus antiguos compañeros de exilio, se negó a cometer un acto de idolatría al adorarse y postrarse ante otros dioses.

 

En aquél tiempo Daniel era uno de los tres gobernadores al servicio del rey Darío, era tan honrado y eficiente que el mandatario pensó en ponerlo al frente de todo el reino. Esto despertó la envidia de los sátrapas y gobernadores y buscaron acusarlo en relación a sus tareas del reino, pero no pudieron hacerlo, no hubo falta alguna, él era fiel y por esos dijeron de él: “No hallaremos contra este Daniel motivo alguno para acusarlo, si no lo hallamos contra él en relación con la ley de su Dios” (Capítulo 6).

 

Es así que se presentaron ante el máximo mandatario y lo convencieron de que firmara un edicto real que prohibía por treinta días demandar peticiones a cualquier dios u hombre fuera del rey Ciro –otra vez aquélla antigua ambición de ser dioses-; el decreto se firmó, la prohibición estaba vigente y ¿qué hizo Daniel que acostumbraba tres veces al día orar a su Dios mirando a Jerusalén? Supo del decreto, se fue a su habitación, abrió las ventanas –no se escondió-, se arrodilló y dio gracias a Dios como siempre.

 

El rey y su preferido habían caído en la trampa y ahora los sátrapas reclamaban la cabeza de Daniel, Darío intentó salvarlo pero había firmado el edicto y ellos les recordaron que ningún edicto u ordenanza podía ser abrogado según las leyes de Media y de Persia.

 

A su pesar, ordenó que Daniel fuera arrojado a la fosa y al otro día quedó maravillado, el Dios de Daniel lo había salvado de los leones, lo sacó del foso y en su lugar echó a sus acusadores y, finalmente, puso como su segundo a Daniel (me suena familiar como termina la historia, ¿no?).

 

Hasta aquí llega este trabajo, he pretendido demostrar que existe un “iusnaturalismo” bíblico y que, quizás, no se lo ha tenido en cuenta como a otros.-

 

Fuente: “Santa Biblia”, Reina-Valera, Revisión de 1.995, Edición de estudio, Sociedades Bíblicas Unidas. Antigua versión de Casiodoro de Reina (1.569) revisada por Cipriano de Valera (1.602), otras revisiones: 1.862, 1.909 y 1.960.