Al Director de la revista Persona,

                                               

                                                     van dirigidas estas presurosas líneas que, albergan – al menos, eso creo – en su seno, cierta idea provisional nacida tras la lectura que hiciera, del artículo “Embriones” publicado en el diario L’Avvenire y, asimismo, reproducido en la revista al castellano, quien osa escribirte.

           Específicamente, la frase tuya referida a la limitación que pesa sobre el cargo al cual has sido designado (que, por cierto, ha despertado a la amante que, una vez despierta, requiere, de quien la favorece, nuevos avatares amorosos, ella es: la Curiosidad) reza del siguiente modo: “...dependo del Tribunal, no tengo poderes directos...”

Confieso que estas últimas palabras, han surcado por el cielo de mis pensamientos (si acaso no lo han atravesado) puesto que, por entonces (esto es, al leerlas), una brisa silenciosa, proveniente de quién sabe donde, impregnó en mis sienes lo que resultó ser un antiguo rumor in lingua latina que decía algo así como ...tribuni plebis.

No quisiera cometer la impudicia de obrar como lo han hecho algunos de los ¿expositores? del último congreso latinoamericano de derecho romano que han creído que hacían a los presentes un gran favor con recordarles lo que cualquiera, tras una simple lectura, puede recabar de un manual. Por ello, y atento a que estas cosas no resultan serte ajenas, sólo las escribo para mejor ilustrarte.

La historia de los tribunos de la plebe es, mas o menos, conocida por todos. Nacidos a consecuencia, o dentro del proceso, de ingreso de la plebe romana a la Ciudad por mor de un acuerdo (lex sacrata) entre ésta y el patriciado, esta verdadera institución revolucionaria implicaba que, en adelante, la sociedad constitutiva de la plebe “tendría jefes salidos de su seno”[1] considerados, a su vez, sacrosantos en el sentido de que “el cuerpo mismo del tribuno”[2] (mas no la dignidad del cargo) “se declaraba venerable y santa”[3], resultando ser éste – y confirmándolo luego una ley – “perfectamente inviolable”[4].

Su poder, como muy bien lo sabes, podía plasmarse en “su intercessio que impide el voto o la aplicación de las leyes, de su auxilium, que se opone a toda ejecución sobre la persona”[5] aunque en Fustel de Coulanges este auxilium bien haya resultado ser, en principio, la intercessio propiamente dicha (“Si un plebeyo era maltratado [...] por un acreedor, que le ponía las manos encima, y si el tribuno se presentaba y se interponía entre ambos (intercessio), detenía la mano [esto es, la potestad] patricia”[6]) siendo la actividad legislativa posterior al auxilium del que hiciera mención Piganiol.

Por otra parte, ya integradas “en el conjunto de las magistraturas romanas”[7], la razón te asiste, casi prosternándose, cuando enseñas que “muchas normas de derecho privado fueron resultando de la propuesta de los tribunos”[8] ante la actividad militar de los cónsules[9] quienes, de no ser por aquellos, hubieran generado con su ausencia lo que sucede en el Congreso argentino en tiempos electorales: una casi total parálisis parlamentaria; razón por la cual puede apreciarse otra más de las bondades que presentaría una institución como ésta en el mundo actual.

Finalizando, resta decirte que, así como a través de la institución del curator ventris has logrado que la tutela de embriones congelados recaiga en tu persona a más de dos mil años del nacimiento de Jesucristo, a lo mejor haya otras instituciones romanas que – como el tribunado de la plebe o ¿por qué no imaginar varios tribuni embrionorum que se erijan, con palabras del propio Fustel en alusión a los tribunos, en nuestros “protectores y jueces”[10]? – ansían, no ser ya una “arqueología jurídica”, sino, más bien, ser invocadas para estar a disposición de la Humanidad toda.

A lo mejor, bien puede suceder que, no ya una brisa sino, nuevos aires se avecinen por estas tierras latinoamericanas.

A lo mejor...

 

Un abrazo fuerte,

                                                Luciano Ponce


[1] Fustel de Coulanges, La Ciudad Antigua. Estudio sobre el culto, el derecho y las instituciones de Grecia y Roma,  México, Porrúa, 1996, p.220

[2] Ibidem.

[3] Ibidem.

[4] Fustel de Coulanges, p.221

[5] Piganiol, André, Historia de Roma, Bs. As., Eudeba, 1971, p. 83

[6] Fustel de Coulanges, p. 221

[7] Rabinovich-Berkman, Ricardo D., Derecho romano, Bs. As., Astrea, 2001, p. 57

[8] Ibidem

[9] Recordemos que hasta incluso éstos estaban “sometidos a la intercessio de los tribunos” (Piganiol, André, Historia de Roma, Bs. As., Eudeba, 1971, p. 118)

[10] Fustel de Coulanges, p. 222