Editorial



GRACIAS,
SUSAN Y JASON
TORRES


Séame dado escribir estos párrafos con la mente, pero sin dejar fuera al corazón.

No conocí a Susan Torres. Ni siquiera sabía de su agonía, de su gesta, de su sencilla epopeya de amor y humanidad. Como tantos otros, sólo me enteré de su existencia cuando, en agosto de este año, leí en los diarios (no salió en todos) la noticia de su muerte.

Supe entonces que Susan Rollin había sido una joven bióloga norteamericana, dedicada a la investigación en la lucha contra la malaria. Aún adolescente, se le detectó un melanoma, del que fue tratada con aparente éxito. Luego, en los años de universidad, conoció a Jason Torres, el hombre que sería su esposo. Se casaron, y tuvieron un hijo, Peter. A los dos años, ella volvió a quedar embarazada.

El horror regresó una noche, con la impiedad característica de las recaídas oncológicas. El 7 de mayo, Susan se desplomó, y debieron ser necesarias las maniobras de recuperación que le administró Jason para que no muriese en el acto. Pero el melanoma había vuelto para quedarse. Estaba muy avanzado, y había generado un derrame cerebral. Las expectativas de recuperación eran nulas.

Los médicos le plantearon entonces al azorado Jason la remota posibilidad de que, si se mantenía a Susan con vida, con apoyo de aparatos, la niña que estaba gestando llegase a término para poder ser extraída mediante una cesárea. El muchacho asintió sin hesitar. Le advirtieron que serían meses duros, que el costo económico resultaría colosal, y que las posibilidades de que la niña falleciera, o naciese con graves malformaciones, eran altas. Jason insistió.
 

Susan, de familia protestante, había recibido antes de casarse el bautismo católico. Jason es católico. Ambos eran devotos de Santa Rita, la de las cosas imposibles... En su primer embarazo, cuando el obstetra les había propuesto el test para detectar eventuales anomalías del bebé, ella le había respondido "¿con qué finalidad, doctor?" Nunca se hizo la prueba.

Jason perdió su trabajo. Debió enviar a Peter con los abuelos, e instalarse en el hospital a la vera de su esposa. Pasaba horas hablándole suavemente, de la vida, del futuro, de la familia, del profundo amor que los unía, y que sobreviviría a la inevitable partida. Mientras tanto, miles de personas ignotas, a lo largo del mundo, juntaron las enormes sumas de dinero necesarias para cubrir la terapia.


La lucha de Susan no fue fácil. Pronto contrajo neumonía. Padecía reiterados cuadros de fiebre elevada, y numerosas complicaciones. El cáncer se extendía implacable. Pero el pobre cuerpo resistió. El 2 de agosto, nació Susan Anne Catherine Torres, pequeñita, pero perfectamente sana. Al día siguiente, los aparatos fueron desconectados, y Jason despidió a su mujer hasta el día del Reencuentro.

¿Fue la intercesión de Santa Rosa? ¿Fueron las palabras dulces de Jason, vertidas tarde tras tarde, al oído silente, como un licor de esperanza? ¿Fue ese sentido cósmico, no descriptible por la ciencia, que nos permite percatarnos del amor de los otros? ¿Fue la fuerza mística combinada de todos los seres humanos que, unidos por la belleza de la causa, apostaron a esa hermanita que crecía entre tormentas? La única que conoce la respuesta es Susan Torres...

Hay una hermosa tradición hebraica, que dice que el mundo está sostenido sobre las espaldas de un número pequeño de justos ignorados, que no pasarán a la historia de los grandes héroes, que andan por la calle y por los campos con nosotros, que se nos cruzan sin alardes, que son mujeres y hombres simples, sin títulos nobiliarios ni honores grandilocuentes. A menudo, ni se conocen entre ellos. Son los atlas del cosmos, pero ni siquiera lo saben. Gracias a ellos amanece, y siguen brillando las estrellas, y la brisa juguetona de primavera nos despeina, pero ellos siguen con sus agujas de tejer, sus vasos de vino, sus zapatos gastados, sus corbatas sucias, sus turbantes pobres y sus muletas, como si tal cosa.

Alguna vez, muy cada tanto, se produce una epifanía dorada, y una señal indiscutible nos permite, contra lo acostumbrado, distinguir a esos santos que cenan con nosotros. Es un momento de gloria, un instante en que el tiempo se detiene, y la verdadera razón de ser del mundo nos sonríe en todos los idiomas.

Gracias, Jason y Susan Torres, por habernos brindado una de esas horas mágicas, por habernos hecho acordar, en medio del asedio gris de la cultura de la eugenesia, del utilitarismo, del materialismo vacío y de la muerte, que hay una fuerza que se resiste a darse por vencida, y que, si la alimentamos, todos, desde cada idea, cada religión, cada etnia, cada rincón del orbe, tal vez hasta triunfe...

Gracias, Jason y Susan, por recordarnos del Amor. 

 

                            Ricardo Rabinovich-Berkman