Reflexiones
sobre el aborto

desde una ética

de la calidad de  vida

                                                                                                                                          María Natalia Zavadivker


Peter Singer

 

      Este artículo tiene por objetivo introducir y someter a discusión un aspecto generalmente omitido por completo en los debates más o menos ilustrados acerca de la penalización o despenalización del aborto, situación que llamó poderosamente mi atención, ya que se trata de un argumento que, sin lugar a dudas, está presente en el imaginario social y en las apreciaciones de sentido común más inmediatas y evidentes, al menos dentro de los países en vías de desarrollo, acosados por el flagelo de la pobreza y la exclusión social. Sin embargo, no es común recurrir a él en los debates académicos o jurídicos.

 

      El argumento al que apelaré puede haber sido desatendido por dichos sectores en la medida en que no se funda en una cuestión de “principios”, sino que adquiere su peso a partir de la constatación de una realidad fáctica, cada vez más cercana y abrumadora. De allí que el “paradigma ético” al que apelaremos, en la medida en que puede proporcionarnos una justificación filosófica de la importancia de tomar en cuenta seriamente este argumento, será aquel que propone el filósofo y especialista en temas bioéticos Peter Singer.

 

    Este adopta una posición fundada en el utilitarismo o consecuencialismo y la aplica al conflicto entre dos tipos de valores que a menudo aparecen como irreconciliables: el valor de la vida, defendido de modo incondicional por la tradición judeo-cristiana, y el valor de la calidad de vida, entendida como la permanente búsqueda de bienestar y alejamiento del dolor, que de ningún modo se agota en la mera satisfacción de necesidades biológicas o en la conservación de signos vitales.

 

    Los defensores de la “santidad de la vida humana” adoptarán una postura deontológica según la cual la vida, que se extiende desde el momento de la concepción hasta el de la muerte natural, es un bien en sí mismo y como tal merece nuestro absoluto e incondicional respeto, lo cual implica que ningún otro ser humano, bajo ninguna circunstancia,  tiene derecho a ponerle fin intencionadamente, o a impedir su actualización (en el caso de se considere al feto humano como una persona en sentido “potencial” y no actual). De allí que desde esta postura no se admitan en ningún caso prácticas abortivas ni eutanásicas.

 

    Los partidarios de tomar en consideración de modo esencial la variable “calidad de vida”, en cambio, adoptarán una posición consecuencialista, según la cual el valor de una decisión moral debe estar dado por las consecuencias que acarrea a las personas directamente implicadas, en términos de beneficios -incrementar el placer- y perjuicios -evitar el dolor-. En consecuencia, se inclinarán por una posición situacionista, en virtud de la cual sería razonable atender a las particularidades de cada caso en lugar de proporcionar recetas universalmente válidas para ser utilizadas indistintamente en cualquier situación.

 

    Aplicada a la cuestión relativa a las decisiones acerca de la vida y la muerte, esta posición parte del reconocimiento explícito de que la vara  con la cual juzgamos el valor de cada vida humana varía en función de diversos criterios, y que un criterio legítimamente ético al que debemos apelar (y de hecho apelamos) es nuestra consideración acerca de la calidad de vida (o lo que comúnmente entendemos por “vida digna”).

 

   Ahora bien, me resulta un tanto llamativo el hecho de que tanto los defensores del aborto, quienes por lo general apelan a argumentos consecuencialistas, como sus detractores, quienes suelen sostener en la mayor parte de los casos posiciones deontologistas, dan por supuesta la existencia de un conflicto de intereses básico entre la madre y el feto, en virtud del cual siempre el beneficio de uno acarrea el perjuicio del otro, y a la inversa. De este modo, ambas posiciones suelen coincidir en que la prohibición del aborto acarrea un beneficio para el feto , pero un perjuicio para la madre; mientras que su permisión implica un beneficio para la madre y un perjuicio para el feto.

 

    Entre los perjuicios ocasionados a la madre suelen mencionarse el hecho de coartar su libertad de elección al obligarla a asumir una responsabilidad no deseada y eventualmente poner en peligro su integridad física, sus posibilidades laborales o de desarrollo personal, etc. dependiendo de cual sea el caso o la clase social de que se trate. En cuanto al feto, se entiende que se le concede un beneficio cuando se le otorga el derecho de acceder a la vida, y un perjuicio cuando se le coarta dicho derecho. Es en este punto en el que quiero detenerme.

 

     Es sabido que las normas que nos autoimpartimos se fundan a su vez en valores, de allí que nuestra consideración universal del derecho a la vida en tanto norma fundamental se funde sin duda en nuestra elevada estimación de la vida, a la que percibimos también como un valor supremo. Sin embargo, una cosa es considerar a la vida como un derecho inalienable, derecho que nadie puede tener la atribución de violar; y otra cosa es valorar universalmente la vida como un bien en sí mismo, es decir, como algo que vale la pena en todos los casos, puesto que siempre acarrea un beneficio a su portador, cualquiera sea la circunstancia o las condiciones en las que viva. Mientras que desde el punto de vista normativo resulta completamente lícito y razonable (tanto en el terreno jurídico como en el ético) respetar y proteger el derecho a la vida de cualquier ser humano, es un hecho que en el plano de nuestras valoraciones no consideramos a toda vida como igualmente “buena”, en el sentido de digna de ser vivida.

 

    A modo de ejemplo, podríamos traer a colación el reciente y resonado caso de Terri Schiavo, como tantos otros de su tipo. La decisión de privar de agua y alimentos  a dicha mujer con el fin de acabar deliberadamente con su existencia estaría violando el mandato universal según el cual debemos respetar incondicionalmente la vida de cualquier ser humano inocente, pero dicha transgresión adquiere su fundamento en nuestra valoración de la vida de Terri como carente de sentido, en la medida en que la joven es, en apariencia, incapaz de experimentar estado consciente alguno, con lo cual su acceso al cúmulo de experiencias específicamente humanas, tales como la posibilidad de sentir placer o dolor, de tener un proyecto de vida, etc. le estaría vedado. Y aun cuando de hecho experimentara algún tipo de sensación, esto probablemente no nos impediría seguir juzgando su vida como indigna de ser vivida. 

 

   Este ejemplo nos permite ilustrar la circunstancia de que sólo entendemos por “vidas dignas” aquellas capaces de satisfacer un gran cúmulo de necesidades, que van desde los instintos de supervivencia más elementales, hasta factores psicoafectivos complejos. La excesiva complejidad y especificidad del aparato psíquico humano nos lleva a no contentarnos con la mera conservación biológica de la vida como meta final. Nuestra verdadera meta es el “buen vivir”, entendiendo por tal la búsqueda del placer y la evitación del dolor, o, dicho en términos más humanos, la búsqueda de la felicidad. ¿Hay alguna persona a la que no le interese ser feliz, o al menos vivir dignamente?

 

    De allí que, mientras la mayoría de las posiciones éticas estarán de acuerdo con la validez universal del derecho a la vida, son pocas las concepciones (entre las que podemos citar la tradición eclesiástica y la filosofía kantiana, ambas defensoras de posiciones deontologistas) que consideran además la vida como un deber, es decir, que contemplan el vivir como una obligación moral, cuyo no cumplimiento debe ser objeto de condena (Aunque suene paradójico, durante la Edad Media el suicidio estaba prohibido y era castigado con la pena de muerte. Incluso en la Argentina el Código Penal contempla una sanción para el intento fallido de suicidio).

 

    La relativa aceptación de prácticas como el suicidio y la eutanasia son formas de legitimar la creencia de que, si bien todos tenemos derecho a vivir, nadie tiene el deber de hacerlo si considera que su vida bajo las condiciones actuales no es digna de ser vivida, o bien si tenemos razones de mucho peso para aplicar dicha consideración a seres humanos incapaces de ejercer su propia autonomía.

 

    Ahora bien, dado que el criterio de la calidad de vida sólo puede ser aplicado a la valoración o evaluación de vidas efectivamente existentes, pues en apariencia sólo nos es lícito emitir juicios con algún grado de corrección acerca de lo que es o existe y no acerca de lo que aun no existe, la pregunta que pretendo formular aquí es la siguiente ¿es lícito tomar decisiones  fundadas en el criterio de una posible calidad de vida futura, aplicadas  a los fetos en tanto individuos potencialmente existentes?

 

    En los hechos, los únicos casos en los que se aplica efectivamente tal criterio son aquellos en los que se detecta algún tipo de malformación genética o problema en el embarazo que permite predecir de modo casi determinístico una discapacidad grave que impedirá al niño llevar una vida normal, pero en tal caso la predicción suele no dejar lugar a dudas, de modo tal que la evaluación de la futura calidad de vida de ese niño puede ser en cierto modo equiparada con la evaluación de la calidad de vida de un sujeto existente que padezca la misma enfermedad. Lo que pretendo aquí es evaluar si en alguna medida sería legítimo aplicar esta consideración, fundada en predicciones acerca de la posible calidad de vida futura del feto, cuando la misma  no se basa en cuestiones genéticas sino ambientales.

 

    En otras palabras, teniendo en cuenta el contexto social en el que vivimos, signado por la marginalidad y la pobreza extrema, con todos los flagelos que suelen acompañarla (desnutrición explotación infantil, violencia familiar, excesiva negligencia y falta de contención paterna, adicciones, delincuencia, etc.), mi inquietud es si cabe plantearse seriamente la legitimidad ética de la interrupción de embarazos teniendo en la mira el “beneficio” o mejor dicho, el intento de evitar un perjuicio mayor al hijo por nacer. Me resulta enormemente llamativo que el grueso de los argumentos abortistas (al menos los que están circulando mayoritariamente en la actualidad, sobre todo a través de los medios) insista siempre en el beneficio que el aborto acarrearía a la madre, mientras que la cuestión de “proteger” al niño de futuras condiciones de vida indignas por lo general no es usada como argumento, cuando no me cabe la menor duda de que dichas consideraciones están “en la cabeza” de la mayoría de la gente.  Este hecho me obliga a pensar si mi alegato es efectivamente sostenible desde el punto de vista filosófico. En principio, advierto que contiene dos tipos de problemas, los cuales pueden ser formulados mediante las siguientes preguntas:

 

 

 1º) ¿Es lícito suponer que estamos “beneficiando” a alguien -lo que en este caso debe entenderse en el sentido de “evitándole un mal mayor”- al impedirle su acceso a la existencia, siendo que quien no accede a la posesión de una vida no puede literalmente ni beneficiarse ni perjudicarse, pues simplemente no existe?

 

    Dicho de otro modo, no es posible afirmar que el no vivir nos beneficia en el sentido de incrementar nuestro placer o bienestar, puesto que quien no está vivo nada puede sentir. Pero tal vez sí sea posible afirmar que el no vivir evitaría el sufrimiento o dolor de una persona, de modo tal que podemos valorar su no existencia, lo que implica ausencia total de sensaciones y estados conscientes,   como un mal menor si se la compara con una posible existencia miserable.

 

    Tales comparaciones axiológicas entre vida indigna y ausencia de vida parecen ser más claras y plausibles en el caso del suicidio o la eutanasia. Si bien el argumento de que una persona “va a estar mejor muerta” entraña cierta falacia, puesto que quien no está vivo no puede estar ni bien ni mal (en buenas cuentas lo que se está confrontando no son dos estados  físicos y anímicos diferentes, sino un estado existencial determinado con la ausencia de estado alguno) en los casos de suicidio o eutanasia estamos comparando una existencia real y efectiva, que deja pocas o ninguna duda acerca de sus características, con una situación proyectada en la que desaparecerá la vivencia presente de ese sufrimiento.

 

    Aplicado al aborto, en cambio, lo que se está comparando es la no-vida del niño (en caso de evitarla interrumpiendo el embarazo) no con una situación existente sino con la suposición virtual de que su  vida futura sería para él peor que la no existencia.   Y esto nos remite al problema siguiente:

 

 

2º) ¿Es fácticamente posible –por un lado- y éticamente lícito –por el otro-, predecir de un modo cuasi-determinístico las condiciones de vida futuras de ciertos niños en función del contexto social en el cual se insertarán? ¿Semejante predicción podría oficiar de condición necesaria y suficiente para tomar una decisión tan drástica como la de interrumpir una vida?

 

    Tal vez estas objeciones sean en el fondo insalvables, de allí que probablemente sean muy pocos los que se atrevan desde el terreno filosófico-jurídico a poner abiertamente de manifiesto tales cuestiones, pese a que sin duda muchos pensemos en ellas.

 

    Peter Singer es un ferviente defensor del criterio de la calidad de vida, y reflexionó profundamente sobre estos temas desde una perspectiva filosófica, pero ni siquiera él abordó dicha noción aplicada al pronóstico de las futuras condiciones ambientales de un niño por nacer. Sólo tuvo en cuenta la predicción de enfermedades fatales basada en estudios genéticos, evaluación fundada, por lo tanto, en parámetros exclusivamente médicos. Es probable que esto en parte obedezca al contexto social de pertenencia de dicho pensador, quien al estar inserto en un entorno de "primer mundo", no asocia primariamente la calidad de vida a factores socio-económicos, de escasa gravitación en su país, sino a problemas de salud. Pero es posible también que haya advertido la imposibilidad de principio de juzgar de antemano, sin margen de error, la posible calidad de vida futura de un niño sobre la base de las condiciones presentes en su entorno inmediato.

 

    Otra objeción evidente que debe sumarse a las anteriores, y que torna tan polémicas mis afirmaciones, es la de que nuestro deber moral es procurar cambiar el mundo a fin de modificar las indignas condiciones de vida de millones de niños, en lugar impedir su nacimiento. Por otra parte, mis argumentos son perfectamente razonables si se orientan a fomentar la anticoncepción, la planificación familiar y la procreación responsable, pero ¿es posible valerse de los mismos para justificar algunos casos de aborto?    

  

 

    Si bien reconozco que mi planteo parece no sostenerse desde el punto de vista filosófico, al hacer agua en muchos aspectos, cabe recordar que al reflexionar sobre estas cuestiones no nos situamos en el plano de la mera especulación teórica, sino en el de la apremiante necesidad de intervenir en el terreno de la práctica, tomando las decisiones “menos peores posibles” en el marco de situaciones reales intrínsecamente problemáticas que en ningún caso admiten soluciones ideales o carentes de desventajas y conflictos. Allí reside justamente la naturaleza de la Bioética, con el extenso e interminable debate que promueve: si nos resulta tan difícil y engorroso tomar decisiones en estos terrenos es porque sabemos de antemano que nos enfrentamos ante situaciones límites en las cuales no hay ni habrá nunca una “solución ideal”, que acarree todos los beneficios y ningún perjuicio para todos los actores involucrados en el asunto.

 

    Una de las principales tensiones que gravitan en torno de estas decisiones, y que aparece claramente manifiesta en el caso del problema que estamos abordando, es la que se produce entre el “ser” y el “deber ser”, es decir, entre aquello que consideramos  correcto y apropiado en sí mismo, y los datos de la realidad que por lo general se presentan como abrumadoramente distantes de nuestro ideal de mundo. En el marco de este “tironeo”, la ética propuesta por Peter Singer, y la defendida en términos generales por la mayoría de los partidarios de la despenalización del aborto (al menos en ciertos casos) supone que quien se empeña  en sostener incondicionalmente determinados preceptos  ignorando por completo los datos de la realidad, padece de una especie de ceguera o necedad moral, puesto que la defensa de dichos preceptos conduce en última instancia a la toma de decisiones prácticas que ocasionan muchos más perjuicios que beneficios a la mayoría de los sujetos involucrados.

 

    Las réplicas pro-abortistas cargaron todas las tintas en los perjuicios e inconvenientes que acarrea a la mujer un embarazo no deseado ni planificado. Sin entrar en detalles sobre estos aspectos, cabe señalar que sus posturas, de fuerte raigambre "feminista", no carecen  de justificativo, ya que adquieren su sustento en la condición históricamente desfavorable de la mujer, pero aun así siguen siendo argumentos fundados en motivaciones egoístas, ya que anteponen el valor de la libertad de elección de la madre (teniendo como mira el beneficio que esta libertad puede reportarle)  al valor de la vida del feto, cuyo beneficio o perjuicio pasa a segundo plano o no es directamente tomado en cuenta.

 

    La diferencia entre estos alegatos y el que yo propongo reside en que en este último la decisión de abortar se fundaría, siguiendo el mismo criterio que inspira a las prácticas eutanásicas, en motivaciones altruistas, y, por lo tanto, éticas, ya que lo que se tendría en la mira es el beneficio del futuro niño más que el beneficio de la madre o la comunidad. Este argumento no se centra entonces ni en los intereses de los padres y las familias, ni en los intereses planetarios de frenar la explosión demográfica, ni en los intereses del Estado de evitar el crecimiento de la población marginal a fin de reducir los gastos en políticas sociales, sino que procura centrarse exclusivamente en los intereses del feto por nacer.

  

    Si esta afirmación suena paradójica y hasta irónica; abramos los ojos a la realidad, práctica que se nos impone en mayor o menor medida, dado que dicha realidad nos afecta hoy en día directa o indirectamente a todos. Pensemos en el hipotético caso de un Juancito cualquiera. Nace en condiciones sépticas y precarias, hijo de una niña violada por su padre borracho y golpeador. Padece desnutrición y enfermedades infecciosas, producto del hacinamiento, falta de higiene y abandono. Sufre castigos físicos, se ve obligado a escapar, termina viviendo en la calle donde conoce las adicciones y la delincuencia, alterna reformatorios donde sigue aprendiendo de maltrato y corrupción, y así hasta que muere a corta edad víctima de un tiroteo con la policía, del hambre, del frío o de cualquier otra causa por el estilo. Luego de conocer su historia ¿no es una actitud natural y lógica preguntarnos qué sentido tuvo la vida de ese niño? ¿No surge espontáneamente el pensamiento de que se le hubiera hecho un favor al impedir que naciera?  La descripción parece un golpe bajo, pero ¿tenemos idea de cuantos Juancitos hay actualmente en el mundo?¿Tenemos idea de cuántos niños en el mundo son vendidos como esclavos, obligados a prostituirse o a realizar trabajos forzados, cuántos son víctimas del SIDA, cuántos son refugiados de guerra?

 

    Insisto en que no estoy queriendo decir que el aborto sea la solución a estos problemas, es evidente que nuestra labor es reclamar hasta el cansancio el respeto por los derechos del niño, pero siendo francos ¿qué perspectivas existen a corto plazo de solucionar los gravísimos problemas sociales responsables de esta infancia completamente desprotegida, generación que en el futuro estará a cargo de regir los destinos de la humanidad? Resulta paradójico que, mientras en aquellos países capaces de garantizar un futuro digno a las nuevas generaciones en razón de su elevado nivel socio-económico la natalidad se haya reducido a niveles extremos; en los países más pobres el número de nacimientos sigue aumentando en proporciones desmesuradas, y dicha explosión demográfica afecta justamente a los sectores más postergados  de la sociedad.

  

    Por otra parte, este artículo está inspirado también en la necesidad de ampliar cualitativamente la noción de “calidad de vida” propuesta por Singer, a fin de analizar sus múltiples alcances, de modo tal que la misma no quede reducida, o bien a cuestiones de salud (aspecto en el que insiste primordialmente el autor), o bien a la mera satisfacción de necesidades materiales básicas. Lo que se defendió aquí es que un acercamiento humano y directo a la realidad de quienes sufren, en lugar de las frías estadísticas, nos revela que “no sólo de pan vive el hombre”. Por el contrario, la constitución de una personalidad psicoafectivamente sana, equilibrada y feliz, requiere de la confluencia de una enorme suma de factores.

 

    A menudo se trivializa el problema suponiendo que con evitar la desnutrición infantil garantizando la alimentación básica estamos salvando  el futuro de los niños, y nos olvidamos de las múltiples y complejas necesidades psicológicas y emocionales de seres tan desvalidos e incompletos: necesidad de afecto y contención paterna, de cuidados específicos para preservar su salud, de un ambiente libre de violencia física y simbólica, del resguardo de su inocencia mediante el no sometimiento a situaciones que su mente infantil no está en condiciones de “digerir”, de educación, de recreación, de no tener que asumir responsabilidades laborales adultas, de no discriminación ni marginación social, etc. La Declaración Universal de los Derechos del Niño constituye una expresión aproximada de los múltiples factores que cabe tomar en consideración a fín de garantizar la estabilidad emocional del niño, esencial para poder hablar de una calidad de vida digna en el marco del carácter extremadamente evolucionado y complejo de la especie humana.

 

 

 Reflexiones finales

 

     Todo esto nos permite retomar la consideración hecha  en los comienzos de este escrito: partiendo de la convicción generalizada del carácter esencial del derecho a la vida, inferimos que dicha certeza se funda en una valoración universal del carácter positivo y deseable de la misma. Sin embargo, hemos tratado de demostrar que  la obligación moral de proteger la vida no debe asimilarse a la consideración de que la vida es algo bueno en sí mismo, pues dicha valoración es perfectamente susceptible de cuestionamientos de todo tipo.

 

    Aun podemos ir más lejos, considerando  no solamente que  la vida es deseable sólo bajo ciertas circunstancias, sino sometiendo a revisión crítica la afirmación misma del carácter positivo de toda vida en general. ¿Hay alguien que no se haya preguntado legítima y seriamente si la vida tiene sentido, si es preferible vivir o no vivir? Esta necesidad esencialmente humana de someter a cuestionamiento nuestra condición existencial nos está indicando que no es en absoluto obvio y evidente para los hombres que el ser sea preferible a la nada.  

 

    En este sentido, cabe recordar que, quienes argumentan que las madres que abortan no están respetando la autonomía del niño, al impedirle la posibilidad de decidir sobre su derecho a vivir; deberían tener igualmente en cuenta que tampoco los niños que nacen lo hacen por propia voluntad, con lo cual también la decisión de procrear pasa por encima de la autonomía del niño, al obligarlo a venir al mundo sin su consentimiento.                

 

  

Bibliografía de base:

 

-         Singer, Peter- Repensar la vida y la muerte. El derrumbe de nuestra ética tradicional – Ed. Paidós, Barcelona, 1997.

-         Singer, Peter (Ed.)- Compendio de ética- Alianza Ed., Madrid, 1995. Artículos consultados: Cap. 26: “El aborto” (Mary Anne Warren); Cap. 19: “El consecuencialismo” (Philip Pettit) y Cap. 17: “La deontología contemporánea (Nancy Anne Davis).

-         Ortega y Gasset, José- “Meditación de la técnica”- Ed. Rev. de Occidente, Madrid, 1950.