Editorial

HUMANA RES

El Digesto, como se sabe, es una monumental compilación de doctrina jurídica que mandó hacer el emperador bizantino Justiniano I, en la primera mitad del siglo VI. De entre las expresiones que trae en referencia al niño que aún no ha nacido, siempre me ha atraído una, en particular, por la profundidad sencilla que conlleva. Corresponde al gran jurista Paulo, que vivió a caballo entre las centurias segunda y tercera de la era cristiana, y fue extraída por los recopiladores de una de sus obras menores.

Dice allí Paulo que "el que está en el útero" (la forma cómo más se denomina al nonato humano en el Digesto) es (y ha de ser) protegido "perinde ac si in rebus humanis esset" (1.5.7). Esta expresión se traduce, en la excelente edición del Libro I, realizada por la Universidad Católica del Perú al cuidado del gran romanista Pierangelo Catalano, "lo mismo que si estuviese entre las cosas humanas". En lo personal, me pregunto si ese perinde ac con el verbo en subjuntivo, no pretende transmitir un sentido más causal (es decir, una idea cercana al "por estar entre las cosas humanas"), aunque ciertamente comparto la traducción literal referida.

De todos modos, no es ese el aspecto que me interesa destacar en estos párrafos, sino la noción paulina de "cosas humanas". Por empezar, me encanta que sea planteada como un "sitio". En efecto, al emplearse el verbo "ser", y la preposición "in" (en, o entre), la construcción se reconoce como un circunstancial de lugar. Paulo pudo haber usado un predicativo: "tal como si fuera una cosa humana". Pero prefirió no dar esa idea de categoría, que hubiera sido tan extraña al espíritu romano. Deliberadamente, optó por esa sensación de indeterminación, de amplitud inclusiva, deliciosamente latina, que confiere este recurso sintáctico.

En segundo lugar, es digno de notarse el plural. No hay una cosa humana, sino varias, muchas, que componen un lugar figurado, donde lo humano está. No es ésta una noción jurídica aislada en Roma, que fue la gran cultivadora de la idea filosófica de Humanidad, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, pasando por Séneca y muchos otros. Bien señala el estudioso Adolfo Levi, en su clásica Historia de la Filosofía romana, que esa noción, señera en el devenir de nuestra especie, nace de raíces estoicas (y, por tanto, helenísticas), pero fundamentalmente muestra el cuño latino. El aún no nacido tiene su propia forma de humanidad, como posee la suya el anciano, el enfermo con síndrome de Down, el bebé que padece anencefalia, usted y yo. Con permiso del eterno Cortázar, todas las humanidades la Humanidad. 

Creo que, de los juristas modernos, ninguno caló tan profundo en esta idea romana de las "cosas humanas", como el brasileño Augusto Teixeira de Freitas, al redactar el artículo 35 de su proyecto de Código Civil para el Imperio de Don Pedro II: "Todos os entes, que apresentarem sinais característicos da humanidade, sem distinção de qualidades ou acidentes, são pessoas de existência visível", escribió (las itálicas son suyas). Señales características de la humanidad... Extasiado con razón ante esta fórmula, que yo no dudo en vincular, en el caso de Freitas, con sus ideas abolicionistas en materia de esclavitud, el genial codificador argentino Dalmacio Vélez Sarsfield la plasmó en su propio proyecto, y pasó a ser el artículo 51 del Código Civil.

¿Qué cosas están entre las "cosas humanas? Mi promisorio discípulo Rodolfo Zotto contesta: "la Humanidad se reconoce a sí misma". Es una bella respuesta, pero me parece que, hoy, más debería expresar un deseo: debería reconocerse a sí misma... Porque no siempre lo ha hecho, ni lo hace. A los europeos, en un fugaz principio, se les hizo difícil reconocer la humanidad de los americanos. Los nazis se la negaron a los judíos, y hoy hay quienes (y pocos no son) no se ven reflejados en los embriones de nuestra especie.

La "deshumanización" de los israelitas, fue el requisito previo de su Holocausto. La de los concebidos humanos, el del aborto lícito. En realidad, el "descubrimiento" seudo-darwiniano de la no-humanidad hebrea (Rauschning recuerda cómo Hitler atribuía a la evolución de otro primate la "raza" de Israel), vino a salvar la Judenfrage, la mítica "cuestión judía". La Vernightung, la "eliminación" con que el líder venía amenazando desde tiempo atrás, que era clara como el agua fresca ya en su patético Mi lucha, se podía llevar adelante, así, como una tarea más. Con esa banalidad que, con tanta razón, impactó a Hannah Arendt.  

La deshumanización del concebido opera del mismo modo en relación con el aborto. No sólo lo habilita, sino que lo alivia, lo banaliza, lo torna una opción más. Y abre las puertas al paso siguiente: el aborto como prerrogativa. En las recientes elecciones argentinas, la candidata principal de un grupo socialista bregó, en carteles y altoparlantes, "por el derecho al aborto". Es notable que ese pueda esgrimirse hoy como un lema socialista, un supuesto reclamo obrero. ¿Qué mejor servicio rendir en aras del imperialismo del norte, que está aterrorizado ante las tasas de crecimiento de las gentes "inferiores"? Ellos, incluso mientras a veces predican contra el aborto en sus propias casas, son los principales favorecedores del mismo como técnica de control demográfico.

Yo creo que lo genuinamente socialista es luchar por el derecho de tener los hijos en forma digna, porque sea apoyada la maternidad desde la concepción del niño, y hasta su mayoría de edad, por la integración social de las madres solteras (por supuesto, fomentando al mismo tiempo el matrimonio), por la dedicación de recursos a los pequeños enfermos. Por el establecimiento de un sistema socio-económico que apunte a la desaparición de la miseria. El socialismo, si es verdadero, no puede jamás combatir por la muerte. Por eso no merecía llamarse socialismo el de Hitler, que así insistía en denominarse a sí mismo.

El auténtico socialismo ha de ser necesariamente humanista, y el aborto no podría ser levantado jamás como bandera por un humanismo, como forma de solucionar problemas, y menos aún en carácter de "derecho". Ningún miembro de nuestra especie debe tener derecho de matar a otro, así como no ha de explotarlo, de someterlo, de humillarlo, ni de afrontar su dignidad, sea quien sea, y aún cuando se encuentre purgando la condena penal por la comisión de un delito. No deja de ser paradójico que algunos defensores del "derecho al aborto" se espanten ante la pena de muerte, y se opongan a ella, inclusive frente a crímenes atroces. Yo también rechazo la sanción capital, que me parece ridícula, anacrónica y carente de razones, digna de la cosmovisión de tipos como Bush (en buena hora se fue de mi tierra patria, y a Dios pido que no se haya olvidado nada), que en sus Estados la aplican a rabiar. Pero se me impone la coherencia: si estoy en desacuerdo con matar a un adulto criminal, ¿cómo podría concordar con el asesinato de un niño inocente?

Yo quiero dejarme llevar por la dulzura que emana de las páginas del Terre des hommes del insuperable Saint-Exupery, y seguir poniendo guijarritos para empedrar el camino inalienable de esa Humanidad que algún día, como dice Zotto, se reconozca a sí misma, por fin y para siempre, a simple vista, en todas sus variantes. Y, cuando lleguemos, porque tengo por seguro que hemos de llegar, aunque sin dudas ya lo veré con ojos de viento, no habrá mayor orgullo, mayor gloria, ni mayor signo de altura de la civilización, que el estar todos, todos, todos, sin exclusiones ni salvedades, sin soberbias ni violencias, sin abortos ni misiles, "entre las cosas humanas".

Ricardo D. Rabinovich-Berkman