Editorial

En nombre
de todos
los muros

    Uno de los momentos más metafísicos de mi vida, fue el de mi encuentro con el eterno Muro del Templo, en la ocre Jerusalén, sobre mediodía. Había soñado con tocar esas piedras, con apoyarles mi frente, que las lleva impresas en sus genes hebraicos. Había imaginado esa escena una y mil veces. Pero fue distinto. En mis previsiones, no aparecía ese temblor, esa sensación de cosmos...

    El emperador Adriano, que no podía entender cómo un pueblo al que se le ofrecía la cultura romana podía rechazarla, y aún rebelarse con uñas y dientes cuando se pretendía imponerle, en su propio beneficio, la romanidad, resolvió aplastar de raíz el alzamiento judío. La Ciudad de David debía ser borrada de la faz de la tierra. Los altivos descendientes de Abraham, masacrados o reducidos para siempre a esclavitud. El Templo, ese edificio donde se reverenciaba al aire, donde no había ídolo alguno ante el que hincarse, merecía sucumbir definitivamente. Y su culto, con él...

    Me pregunto qué dirá hoy Adriano, desde donde esté (porque en alguna parte estará, si en los Elíseos o el Hades, se lo dejo al juicio de Júpiter Capitolino), cuando ve que están por cumplirse dos milenios y no sólo llegan a besar las piedras del muro, y honrar al Dios invisible, millones de descendientes de Israel, sino que (y ese habrá sido el paroxismo de su neuralgia post-mortal), en un supremo momento, el líder de la Nueva Rama del Antiguo Olivo, el gran Juan Pablo, también se recogió con admirado fervor ante las modestas ruinas del Templo.

    Adriano era un experto en muros. En destruirlos, y construirlos. Deseoso de poner límites al Imperio, concibió la idea de levantar murallas que lo encerrasen. ¿No era concebido el Imperio Romano, al fin y al cabo, como una enorme ciudad? ¿Y no tenían muros las ciudades? Hasta hoy, arriba de Inglaterra, en esa región que en latín se llamaba "Sombría del Norte", se puede ver la cicatriz de la asombrosa Muralla de Adriano, ideada para detener los ataques de los "pintados" que asolaban las regiones romanizadas desde Escocia.

    ¿Y sirvió ese vallado colosal? Poco, y por sólo un tiempo. A fines del siglo IV, las incursiones de los "pintados" ya eran irrefrenables, y a principios de la centuria siguiente, llevaron a los bretones romanizados a expulsar a los inútiles restos de las fuerzas imperiales, y tomar el control de su propia defensa. Poco después, abrumados, recurrirían al poco avisado expediente de cerrar un acuerdo militar con los anglos, los sajones y los jutos, que cumplieron su parte, y detuvieron a los escoceses, pero después exterminaron a los bretones, y se quedaron con su patria...

    Empero, ¿qué era el Muro de Adriano frente a la Gran Muralla China? Una bicoca. Comenzó a levantarla sobre 220 a.C. el emperador Qin Shi Huangdi, para terminar de una vez con las invasiones de los nómadas del norte. En su versión final, recorre más de 6.000 kilómetros, y puede ser vista desde la Luna, según dicen los que allí estuvieron. Sin embargo, para lo que fue construida no sirvió, porque los ataques prosiguieron, y tanto, que más de una vez fueron los propios asediantes los que, tras hacerse con el poder, continuaron a su vez con tan bonita e imponente como ímproba empresa.

    No nos tocó en nuestro tiempo, de esas murallas vanas, ver más que las ruinas, convertidas en patrimonios "culturales" (un concepto harto amplio). Pero sí fuimos contemporáneos de otro despropósito, que se levantó de improviso para separar definitivamente un país (¿o Europa, o el mundo?) en dos mitades, y tuvo que ser complementado con sangre, odio y metralla, por los pocos pero interminables años que duró. Hasta que una noche, de esas que no hay poder que pare, la gente fue con picos, palas, martillos y manos, y entre gritos, lágrimas y canciones, transformó ese engendro (porque las de Adriano y de Huangdi por lo menos eran lindas) en piezas horribles de cemento que hoy se exhiben en infinidad de museos y casas particulares, a lo largo y ancho del orbe, multiplicados milagrosamente de tal modo que, como si se hubiesen podido poner juntas todas las astillas medievales de la vera Cruz, se hubiera armado un transatlántico, pronto con los actuales aducidos trozos del Muro de Berlín podrá darse la vuelta de Alemania.

    Cuenta Livio que terminada la primera muralla de la flamante Roma, Remo, de puro gracioso, se la saltó, obviamente con garrocha. Al parecer, la broma no halló eco en su mellizo, que se puso muy nervioso (efectos colaterales de haber mamado leche de loba de chico), y lo mató en el acto. Así que las murallas de Roma no había que pasarlas, pero quedó demostrado que podían ser pasadas. Es decir, una especie de "eppur si muove" mural, aunque el pobre Remo fue menos afortunado que el astrónomo paisano suyo. De hecho, en los siglos siguientes, las murallas de la Urbe se rehicieron decenas de veces, y hasta hoy impactan por su solidez, pero no pudieron impedir los saqueos que desde antiguo sufrió su protegida. "¡Las murallas de Troya nos defenderán de los aqueos!", suspiró tranquilo el noble Príamo, pero se olvidó de su propia soberbia, y de que tal vez esas paredes no se podían saltar a la garrocha, pero la estupidez humana sí puede comerse un caballo de madera, con varios antepasados de Sócrates incluidos por el mismo precio.

    Los romanos se proclamaban, a la sombra de los hermosos versos de Virgilio y las cáusticas afirmaciones de Livio, descendientes de Troya. Sin embargo, en materia de murallas y del poco servicio que prestan, no habían aprendido gran cosa de los teucros, domados domadores de caballos. No anduvieron en eso a la saga de los chinos, que se pasaron un milenio y medio refaccionando y ampliando su Muralla, como si no se diesen cuenta que no les rendía mayor servicio, fuera de poder jactarse de ser divisados por los eventuales visitantes de nuestro blanco satélite. Acá en Argentina le buscamos la vuelta a esa manía de los muros, y bajo los auspicios de Alsina cavamos una zanja colosal (a ver si para abajo se lograba lo que no se había conseguido para arriba), con la decidida intención de poner coto a las incursiones de los dueños originales del país, que insistían en andar libres por las tierras de sus bisabuelos, y llevarse animales y mujeres, y matar hombres e incendiar casas. Y el resultado es que hoy no tenemos las piedras de Adriano, pero sí podemos exhibir en algunas partes el costurón del zanjón inútil, que no se ve desde la Luna ni desde un avión siquiera, salvo que vuele bajito, y que tampoco redujo los malones de los indómitos indígenas.

    ¿Hemos aprendido los humanos, esa mezcla que somos de romanos, hebreos, anglos, sajones, jutos, escoceses, chinos, mongoles, indios, españoles, y todos los demás que de allá venimos, y hacia allá vamos, acerca de las murallas y lo poco o nada que sirven? Parece que no demasiado, a juzgar por el muro que los isaelíes construyen para detener a los árabes, el que los estadounidenses planean para frenar a los mexicanos, y todos los miles de muros que en los países donde millones de personas se mueren de hambre y medran sin casa ni amparo, se yerguen obstinados alrededor de barrios privados lujosos, guetos exóticos de inclusión voluntaria y ceguera de la de los peores ciegos, que son, como bien sabe Saramago, los que no quieren ver...

    Un piquetero argentino pronunció, en medio de la crisis del país de fines del 2001 y principios del 2002, una frase por la que fue muy criticado por más de un pavote de noticiero, pero que a mí me suena a filosofía intachable, a sabiduría histórica. "Recuerden que nunca los cercos de los countries serán lo suficientemente altos", dijo. Y por detrás, desde las nubes, Adriano, Huangdi, Rómulo, Alsina y varios alemanes de la República Democrática, asentían triste y gravemente.

    No ha habido, desde la noche más recóndita del pasado humano, una política represiva que diese verdadero resultado, ni una muralla que pudiese resistir los embates de una sociedad injusta. Sólo el fin de la soberbia, de la explotación del semejante, de la distribución inequitativa de la riqueza, de la imposición de la fuerza, de la civilización de la codicia, del olvido de la maravilla y trascendencia de cada ser humano y la dignidad de nuestra especie, podrán alguna vez conducirnos a la paz. Los muros son pobres placebos, que sólo pueden tranquilizar a los muy cortos de vista.

    En nombre de la Humanidad, no más murallas...     

Ricardo D. Rabinovich-Berkman