Premio al valor ciudadano en la defensa de los derechos humanos
 

UN RECONOCIMIENTO
AL TUTOR DE LOS EMBRIONES

 

por Federico Piedras Quintana

 

            Allá, por 1959, nacía. Cuarenta y seis años más tarde, el 16 de noviembre, en una noche de primavera, en el Centro Argentino de Ingenieros, la Asociación Civil “Defensoría de la Vida Humana” le otorgaba el premio anual “al valor ciudadano en la defensa de los derechos humanos”.
 

            Así, hablar así es mencionar el principio y el fin soslayando los medios. Con llantos, o quizá no, es imposible saberlo, la persona veía la luz. Había abandonado una pileta de aguas tranquilas, ahora lo tenían de aquí para allá, entre manos, o sábanas y él no tenía ni la más mínima idea de para qué ni por qué tanto ajetreo. ¿Acaso venir al mundo significaba todo esto? Sin embargo, los días se fueron sucediendo, las palabras de a poco empezaban a darle dibujo a la rosa, hasta que finalmente lograron el diseño completo del arquetipo. Los años de la primaria aparecen como un misterio para esta nota, pero eso no nos importa; sabemos que así es como juega la máquina del mito mientras va construyendo cada una de sus historias. Luego vendría el Nacional de Buenos Aires, pero para hablar de eso, de quien hablamos debería escribir una nueva edición de Juvenilla, que, me juego, sería mucho más interesante y ácida. Allá por 1976, llegaron los oscuros. Pero esos también pasaron.

 
            En 1982 llegó el
título. El final de una carrera, el comienzo de una batalla. Por el conocimiento, por la investigación y, la más trascendental, por la vida. Distintas formaciones y transformaciones le dieron la base para proyectarse hacia el futuro y existir en u tiempo donde el tiempo se diluía en ese instante que genera el tempo de una pieza de Bach. Así, en la segunda mitad de los ochenta comenzaría sus primeras participaciones en libros, hasta que finalmente descubrió que los capítulos no eran un recuadro suficiente para abarcar la suma de sus ideas y fue así que entonces, unos doce años atrás, surgía el primer libro. Luego, la furia de las palabras se desataría en un furioso manantial que daría vida a muchos, otros, más.

            Pero la vida no se juega entre libros y palabras, y es así que junto a la sustancia académica, que florecía a través de resultados que iban creciendo en mérito y calidad, las batallas en tribunales integraban el mismo ser. Tanto fue así que en 1999 ve la luz, esta vez, el fallo quid. Y, a su vez, el quid del fallo llevaría a determinar, por primera vez en el país, el comienzo de la concepción, obligaría a los centros cultores de Huxley (ya no bastaba con que el Somma diera nacimiento al Prozac; había que ir por más) a decir cuantos humanos tenían congelados, pero esto último jamás sucedió.

            Los años vendrían servidos en un plato frío simulando darle cierta calma y normalidad al tema. El fallo en cuestión se haría imprescindible en las facultades de Derecho argentinas a la hora de estudiar derecho civil, derechos humanos, bioética, etc., pero todo parecía quedar allí. Sin embargo, ningún sueño, mientras se vive, es eterno, aunque si los hay, puede que nosotros seamos el resultado de esa pesadilla. Y así, desde los albores del 2005, Ricardo Rabinovich-Berkman, flamante curator embrionis, volvería a las andanzas, sólo que esta vez no habría molinos de viento frente a sus ojos, ni mucho menos una selva inhóspita, indómita, completamente desconocida que deparaba la traición y la muerte de los ideales en manos cobardes, asesinas. Creo que había un poco de todo eso, pero también había más. Durante ese año, o, quizá sea mejor decir, durante todo este año que todavía no se presta a finalizar, Ricardo encontraría la misma parquedad que por 1999 le había tocado experimentar a raíz del fallo que involucra sus iniciales. Más allá de las diferentes corporaciones, más allá de los médicos que congelan personas, el valor ante las amenazas nunca claudicó porque siempre, y junto al apoyo de su familia, supo que para luchar por la vida hay hacerlo sin miedos ni restricciones. Así como en la investigación bioética hay que ser subversivo, en la defensa de la vida, dado el estado actual de las cosas, para defenderla, sólo hay espacio para la subversión. Y dentro de esa batalla, como bien lo señaló Ricardo (disculpen, se me hace muy difícil llamarlo Doctor o Rabinovich-Berkman; podría, sí, llamarlo Profesor, pero me es mucho más sencillo decirle así, Ricardo, a secas), fue objeto de esas frases contradictorias que a Borges, y en general a toda la literatura, tanto le gustaba para describir las cosas: los oxymoron. Para ser más preciso: obnubilación mesiánica. Recuerdo que por aquella época, a partir de frases de este estilo, solíamos reírnos; creo que más que nada las sonrisas eran para no llorar porque había esa extraña pero cierta percepción de que en casos como estos con el llanto no se conseguía nada. Pese a que las lágrimas estarían más que justificadas, en la época actual que atraviesa el mundo sólo haría más lenta la carrera por la defensa de la vida.

           

            Así, regresamos al 16 de noviembre. Miércoles. Un auditorio casi completo. Amigos. Discípulos. Colegas. Familia. Quizá todas esas personas deberían reunirse en una misma palabra porque lo cierto es que todos acompañaban a una misma persona. Tal vez podríamos inventar alguna, podríamos decir lagentequeacompañabaaricardo, o losqueestabanporricardo, o alguna otra. Aunque lo más probable es que tal vez no deba inventarse nada. Seguro que las palabras y las cosas corresponden a una genealogía que está más allá de todos nosotros, más allá del bien y el mal; entonces, no nos preocupemos tanto por eso. Digamos, simplemente, que allí estábamos todos los que queríamos estar, y que, también, faltaron tantos otros (muchísimos) que de seguro, de haber podido, también se hubiesen alegrado al ver a Ricardo sujetar el premio que distinguía su entrega, su valentía, su ayuda ilimitada para con el prójimo (y yo, como en alguna que otra contada pero muy contada ocasión, me reconozco entre es grupo de prójimos) y, también, ese nerviosismo entre contento y molesto por tanta exposición y afecto y reconocimiento que tal vez él creía inmerecidos, mostraba que además se ponía en evidencia la humildad.


            Allí, luego, la historia continuó con más actualidad, pero con más historia que se hacía presente para explicar las ideas actuales. Bajo el título Resurrección actual de los cimientos del nazismo, Ricardo nos llevó en un viaje a través de las ideas que fueron conformando no sólo los actuales estados modernos donde las presentes biopolíticas han llevado a la cosificación más extrema de los cuerpos, que no ocurría desde la época de mayor esplendor del nazismo (para que vean como juegan los oxymoron), en donde no sólo después de muertos somos un conjunto de órganos (o donde no sólo vivos y pobres también somos ese mismo conjunto de órganos que somos cuando, luego de ricos, morimos), sino donde también esa vigilancia (con toques de panoptismo y de gran hermano orwelliano –aclaro, no el televisivo; aunque, dentro de poco, puede que también todos formemos parte de un gran reality show televisivo–) pasa por el control de la natalidad, los cuerpos como objetos maleables, a disciplinar, a formar, a instaurar, dentro de la vida, y a partir del discurso, la matanza de otras vidas como algo normal. Hoy congelamos personas, matamos personas-no-deseadas; hoy, decidimos vidas; hoy pensamos que eso corresponde a la más irrestrictas de las libertades; sin embargo, hoy, eso, no corresponde más que a la aplicación de la lógica de que, al igual que lo hiciera el nazismo, hay vidas que merecen no ser vividas; quién decide eso; pues, elemental mi querido Watson, eso lo decide el Estado, eso lo decidimos todos…

            

           A menos que nos opongamos. Entonces puede que seamos Mesías obnubilados, o locos que enfrentan muros de hierro, que batallan contra molinos, que se embisten en revoluciones perdidas de antemano, donde la selva es el último refugio de sus vidas antes del fin, pero que en definitiva, a veces, muy cada tanto, reciben ciertas distinciones como, por ejemplo, la que recibió Ricardo, la que, más allá de lo que él piense y diga, no fue un reconocimiento en vano. Fue el premio justo no sólo a un luchador que enseña con su lucha y con cada paso que da (incluso con los pasos que no compartimos; porque precisamente en los pasos que señalan la diferencia es en donde se hace más profunda y memorable la enseñanza); fue, además, el premio justo a un amigo inmenso.

    Ya era de noche. Ricardo, luego de saludar y despedirse de todo y todas y todos, comenzó a caminar junto a su familia. Estaba Sebastián (otro amigo), también estaba yo. Dejamos Cerrito y doblamos, creo, por Juncal. Allí nos despedimos. Sebastián y yo nos fuimos caminado; ellos –Ricardo y su familia– tomaron un taxi. Giré para verlo por última vez aquel día y lo último que vi me reconfortó. Lo vi feliz.