Editorial

 

Eugenesia 
de
mercado


 

    Jurgen Habermas, como es sabido, advierte sobre lo que él considera una nueva forma de eugenesia, la "liberal". Esto porque, a diferencia de las versiones anteriores de la ciencia-práctica creada por el primo de Darwin, Francis Galton, al publicar en 1869 su Genio hereditario, el Estado no estaría incidiendo en forma directa. En otras palabras, el modelo de humano a conseguir por medios biológicos (con la "granja de hombres", como decían los ingleses, expresión que Rauschning reporta también en Hitler), ya no surge de los cánones oficiales, que responden a un determinado proyecto ideológico (la "raza perfecta", el "hombre nuevo", el "ser superior", etc.), sino que obedece a los gustos y deseos de cada madre, o de cada pareja que encara la paternidad.

    Esa sería, entonces, la gran corrección a la utopía de Huxley: no sería el Planificador central el que decidiera las características de los niños por venir, sino los propios padres, con el auxilio de los médicos y los biólogos. Corolario: a diferencia del Maravilloso mundo nuevo del genial novelista británico, en nuestra realidad sólo se desearán Alfas. Los Betas, Gammas y Epsilones, quedarán restringidos a quienes practiquen la vieja reproducción intrauterina, y no realicen análisis para detectar anomalías durante la gestación, o bien, si éstas son descubiertas, no interrumpan el embarazo.

    Creo que se puede ir un poco más lejos, y llamar al pan "pan", y al vino "vino". Lo que sucede hoy es que, en la mayoría de los casos, la reproducción humana extracorpórea es el objeto de una operación económica de mercado. La oferta y la demanda inciden en los precios. Se barajan típicos factores comerciales, como la estética de los ambientes, los plazos financieros, la propaganda, etc. Un importante laboratorio argentino, por ejemplo, ofrece una interesante promoción, que se anuncia en los diarios a página completa: sólo se paga si la señora queda embarazada. A pesar de que los códigos de ética, y la legislación, fulminan la publicidad con contenido económico para actos médicos, esta campaña no ha sufrido ninguna crítica ni impedimento. Un niño es puesto al nivel de los productos, de los bienes en tráfico. La mujer debe quedar encinta, porque si no no paga, y entonces no hay negocio...

    La mayoría de los laboratorios que se ocupan de la reproducción humana se han constituido como sociedades comerciales (anónimas o de responsabilidad limitada). A los funcionarios que otorgan las autorizaciones, al parecer no se les ocurre que se trata de objetos societarios harto problemáticos. En general, mientras los requisitos formales estén cumplidos, se da la personería, sea para fabricar muebles, para vender pizzas, o para hacer y almacenar embriones humanos. Marx, y los juristas por él influidos, como León Duguit, prevenían ya con razón sobre los riesgos de crear empresas y corporaciones que realizasen, con el magnífico escudo de la responsabilidad limitada, tareas que deberían reservarse sólo a los seres humanos, las únicas personas verdaderas que hay. No quiero ni pensar lo que Marx y Engels hubieran dicho si hubieran visto que el capital ha llegado a controlar hasta la gestación de la vida humana, pero cuando lo insinúo, para mi asombro, ¡me tildan de católico reaccionario y de activista de la extrema derecha!

    Recientemente anduvo por la Argentina el médico Yuri Verlinsky, presentado por los medios como "el hombre que introdujo el diagnóstico genético preimplantatorio en los Estados Unidos". Con optimismo, explicó que "el diagnóstico que se realiza antes de la implantación también puede servir para seleccionar aquel embrión que no sólo esté libre de enfermedad, sino que además sea compatible con un hermano, de modo tal que puedan ser usadas las células madre del cordón umbilical para su tratamiento". Dos serían, pues, las utilidades de esta técnica: el permitir descartar (o congelar sin límite de tiempo, que es muy parecido) a los embriones no libres de enfermedad, y el facilitar la obtención de un niño cuyas células puedan ser usadas para tratar a un hermano.

    Es notable ese concepto de no libre de enfermedad. Porque no es estar enfermo. El embrión que posee, en palabras de Verlinsky, "la predisposición a desarrollar ciertas enfermedades, como el cáncer o como el mal de Alzheimer", no tiene esas enfermedades. Es más: tal vez no las hubiera padecido nunca (por no llegar a la edad necesaria, o porque, simple y sencillamente, no se dieran, cosa que, como este mismo especialista reconoce, puede perfectamente suceder). Pero se elige a los demás para implantarlos. ¿Para qué correr riesgos innecesarios?

    En el fondo, el tema que está detrás es el de la elección. Esa elección se hace necesaria al fecundarse más óvulos de los que se han de implantar. En tal situación, es natural escoger los más viables. Pero, ¿es realmente imprescindible generar ese estado de cosas? En otras palabras: ¿no se podrían  fecundar sólo tres óvulos, u obtener sólo tres embriones, que fuesen todos implantados? Sí, sin problemas. Entonces, ¿por qué no se hace? Porque la fecundación se optimiza con muchos embriones. Eso es cierto. Pero no podemos negar que también se permite así ofrecer a los padres un "producto" más seguro, al ser resultado de una elección entre varios. Clientes más satisfechos.

    A esta desagradable faceta del asunto se refirió recientemente, con elogiable sinceridad, según la prensa española, el Dr. Antonio Pellicer, Codirector del Instituto Valenciano de Infertilidad, un centro pionero en la materia, que anuncia ahora, orgulloso, su etapa de expansión por América Latina, donde abrirá varias sucursales. Pellicer emplea el diagnóstico genético preimplantatorio “de manera que podamos elegir los que no estén enfermos y los que tengan más posibilidades de implantación", explica. "En realidad, el objetivo es tener un niño sano”, reconoce, y esa es la mayor de las verdades. Ojalá todos los especialistas fuesen tan francos en esto como Pellicer.

    Desde el momento en que hemos llevado el capitalismo seudo-liberal al extremo de aceptar corporaciones que lucran con la creación de la vida humana, la suerte está echada. Los padres pagan, son los clientes, y el cliente manda, según la vieja ley de Adam Smith (que jamás pensó que se aplicaría para estas cosas). Los laboratorios compiten, y sus publicidades y promociones bien lo muestran, y por otra parte es lógico, porque esas son las reglas del juego entre las empresas comerciales. Esa competencia lleva a lograr la excelencia del servicio, y del resultado. Y ese resultado, como bien lo recuerda Pellicer, no es un embarazo, ni siquiera (de ser posible) un niño. No, "en realidad, el objetivo es tener un niño sano”.

    El laboratorio que consiga la mayor tasa de niños libres de enfermedades, ganará el mercado. Será el favorito de los interesados en ser padres, los clientes. Incluso, cuando se manejen índices de éxito importantes, cosa que sin dudas está muy cerca, la fecundación extracorpórea puede llegar a ser preferida antes que la "tradicional" (que se podrá evitar con anticonceptivos), por ser la única que permite el diagnóstico preimplantatorio, con el consiguiente descarte de los embriones no libres de enfermedades, y la certeza de tener hijos a los que aguarde una vida más sana. "Digámoslo de esta forma: si uno pudiera hacer que su hijo sea más inteligente, ¿por qué no hacerlo?", sonríe Verlinsky. Y si uno pudiera hacer que su hijo sea más sano, ¿por qué no hacerlo también?

    Cuando la eugenesia de Galton apareció, y fue reforzada dos años más tarde por La descendencia del hombre (el libro en que su famoso primo se animó a hacer lo que no había hecho con el Origen de las especies: vincular sus teorías con el racismo militante y ponerlas al servicio del imperialismo "blanco"), apasionó al mundo culto. Un lustro después, ya Cesare Lombroso se extasiaba ante la posibilidad de detectar al criminal "nato" antes de que dañase a nadie, y apenas pasarían unas décadas para que, en congresos internacionales, médicos de prestigio asegurasen que era posible reconocer al delincuente futuro en el bebe de un año. Horrorizado, Samuel Butler escribió su novela Erewhon, donde, con un don profético envidiable, destacó cómo el biologismo triunfante mezclaba los conceptos de enfermedad y crimen...

    Hoy, lo hemos logrado. Todo. El conocimiento de la potencialidad de enfermarse, desde la primera etapa de la vida (ya no hay que esperar ni siquiera al embarazo), y la exterminación de los débiles, con que soñaban Galton y sus muchos seguidores, que insuflaba las páginas de Nietzsche, y llevaba al viejo Darwin a acariciarse las largas barbas níveas pensativo. El paraíso de los eugenistas no se ha logrado, como ellos lo creyeron (me viene a la memoria el médico fascista Nicola Pende, seguidor de Lombroso, que tanto influyó en Latinoamérica, incluso -o sobre todo- en círculos católicos), merced a la fuerza del Estado. No: ha sido el mercado, ese dios todopoderoso sin ética ni límites, el que desfila hoy en triunfo. La eugenesia del siglo XXI, es la eugenesia del mercado.

Ricardo D. Rabinovich-Berkman