La muerte de Marcelita Iglesias


DIEZ AÑOS DE IMPUNIDAD
Y DE RECUERDO

 


                                por Federico Piedras Quintana

 

    Paseo de la Infanta. Sábado. 11 de la mañana. Al margen de la vereda, en el límite donde comienza la geometría del verde de los jardines de artificio, hay algo que simula el desierto. Si bien aun no mide entre 12 y 15 metros, lo cierto es que su altura de casi 2 metros adopta la apariencia de la soledad de un niño. También de una niña. En fin, su postura es bellísima, como si se viera por primera vez las escenas que se desearon ver durante todo lo fugaz de una vida. Las ramas aún son más jóvenes y lisas de lo común, es decir, todavía no alcanzan la aspereza de la adultez. Tampoco son demasiado erguidas, como de seguro alguna vez lo serán; mientras tanto, en plena educación sentimental, sólo hay una divisa: no sufrir. La oscura corteza fisurada del tronco aún es delgada; extremadamente delgada, como si aún el árbol sólo quisiera reparar tan sólo en su vida. Hojas compuestas, bipinnadas, de hasta 50 centimetros de longitud, con pinnas de 25-30 pares de folíolos pequeños de forma oval-oblonga, apiculados, de color verde-amarillento. No es mayo ni junio; tampoco septiembre u octubre. No se ven esas flores en panículas terminales de forma piramidal que aparecen antes que las hojas, pero que de todos modos, más allá de todos los ojos, aparecieron. De eso no hay duda; sí hay recuerdos y la esperanza de volver a verlas en un otoño benigno, y, quizá, también, como un eco de ese otoño, en plena primavera. Aún es joven, muy joven, demasiado joven (tanto que da miedo enfrentarse a tanta belleza tan pronto) como para que se vean sus frutos. Frutos probables de un jacarandá de 10 años. De cualquier modo, son más años que los que tenía Marcela Iglesias al morir.

 

            Paseo de la Infanta. 1996. Una chica de seis años camina. Hay esculturas a su alrededor. Disímiles personas intentan expresar un hecho artístico en ese paseo del centro. No hay límites, no hay fronteras, no hay márgenes. Es muy difícil que lo que allí hay sea arte; más si después, al finalizar el evento, lo que siga sea la manifestación de un premio. De cualquier modo, a la niña de seis años que camina nada de eso le importa. Tampoco le importa que ese espacio público esté indebidamente ocupado, que nadie lo haya habilitado. Es muy probable que se sienta atraída por lo que se levanta junto a su contorno. También fue muy probable que antes, en su casa, durante el viaje, incluso antes de comenzar el paseo por el Paseo, los padres la abrazaran, la levantasen y le dijeran que era una niña preciosa. Pero más allá de las probabilidades, hay una certeza: una escultura mal soldada se desploma sobre Marcela, la niña de seis años que ya no camina por el Paseo de la Infanta, y que a partir de ese momento deja una huella a medio hacer, clavada sobre el suelo: 1996.

 

            Poco a poco, el horror se disipa entre la variedad de las voces y de los abismos.

 

            Bolaño escribe:

 

                        Bailemos en el reflejo incierto

                        de los detectives latinoamericanos,

                        un charco de lluvia donde se reflejan nuestros rostros

                        cada diez años.

 

            Diez años después: 2006: una interminable sucesión de apelaciones, impugnaciones, recusaciones y pedidos de prescripción por parte de los imputados, demoraron la concreción del juicio oral. Finalmente, con la promulgación de la ley 25.990, de inmediato se declaró la prescripción de la causa. “Ahora los jueces nos dicen –suspiran los padres de Marcela– que se nos acabó el tiempo, que no tenemos más derecho a reclamar.” Y así, después de 10 años, la muerte de Marcela parece el sueño de unos locos que ya casi nadie recuerda.

 

            Sábado. Poco más de las 11 de la mañana. Los padres de Marcela, junto a otras Madres del Dolor, y junto a los Amigos del Lago, comienzan el acto por el cual se conmemora la trágica muerte de aquella niña que aquel día de 1996 caminaba por el Paseo, sin saber –no podía saberlo– que ese iba a ser su último paseo y que ese iba a ser el comienzo de otra impunidad. Las palabras de los padres se parecen a las de tantos otros padres, como también se parece el reclamo, incluso, como es parecido el dolor, que se transforma en palabras suaves, caricias que, mientras nos tocan, de a poco nos van dejando la sensación de sutiles golpes que avecinan la tempestad.

 

            La tempestad es interna, es contra nosotros mismos, contra el orden desordenado que nos rodea, contra la injusticia que permite muertes cuyos rostros, con el paso del tiempo, ya no recuerda.

 

            Y así, año a año, el jacarandá, plantado por los Amigos del Lago de Palermo, fue recordando, todos los años, el caminar de Marcela; un joven árbol afable que ahora, un sábado de febrero de 2006, desde su estática soledad recuerda a Marcela, la niña que con sólo seis años supo inmortalizar su rostro en los recuerdos de los padres, en todos sus días, y en cada una de las estaciones, en los otoños benignos donde florece el jacarandá, en el deseo del eco floral de la primavera, dándoles fuerzas para que alguna vez la justicia no sea una palabra en bocas de entonaciones demagógicas y para que el consuelo, el tiempo, y los años que vendrán, a través de un toque imperceptible de contradictoria felicidad les indique que, después de todo, no estaban sumergidos en un sueño.