Estimado Ricardo:

 

Simplemente quisiera - si acaso pudieras permitírmelo - convidarte con algo que, últimamente, se ha servido en el modesto y, por cierto, magro banquete al que están invitados, aunque difícilmente lleguen hacerse presentes, mis  pensamientos, tras la lectura de vuestro estupendo trabajo aparecido en el Nº 48 de la Revista Persona intitulado “Paradigmas de ética biomédica, y fecundación asistida”. A continuación, invocaré a las grammata que han suscitado mi apetito:

 

“El griego clásico no medita alrededor del sýndikos, que es lo más cercano que posee al abogado romano. Tampoco su lengua ofrece una palabra equivalente del iurisperitus latino. El nomikós es un conocedor de las leyes, y el dikanikós, más que un estudioso de lo inherente a Dike, es un leguleyo, un rábula.”

 

En verdad, no creo que el sýndikos sea lo más cercano al ad vocatus - pienso en estos momentos, en lo que enseñas en tu libro Derecho Romano, en donde se puede apreciar las circunstancias históricas que han posibilitado el nuevo marco de acción del patroon - en lo que refiere al griego clásico lexical.

No es, desde luego, mi intención aquí hacer gala de vanas sutilezas ni resaltar la brillantez de un yelmo que, en verdad, no detento al repasar toda la literatura en la que, al fin, pueda apoyarse la afirmación mía del párrafo anterior.

Sólo me bastará mencionarte – aunque, si gustas, puedo complacerte, en el futuro, con una mayor exposición sobre el tema, en otras epístolas – que en la aparición personal de Demóstenes frente al tribunal (en el 354 antes de Jesucristo) como abogado de Tesito contra Leptines se dice que fue como sinégoros; palabra ésta, digamos ya para concluir, que también puedes consultarla en el mismo Diccionario al que remites en la nota nº 3 (que, asimismo, ha coronado la transcripción ya citada), precisamente en la página 563.

Sin más, me retiro, Ricardo, en lenta procesión hacia distritos de los que ignoro si seré bienvenido por un caluroso anfitrión.

 

 

Luciano Alberto Ponce
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