Editorial

Universidad y Prepotencia
 

    Cuando Ortega dijo aquello (que me parece muy bien dicho) de que somos nuestras circunstancias, creo que no quiso decir que esas circunstancias nos circundan. Eso hubiera sido una estupidez, y a don Rebelión de las Masas no le andaban las estupideces. Una obviedad de Perogrullo. No, lo que Ortega decía, entiendo, es que esas nuestras circunstancias son nosotros. Que mi ser latinoamericano, por ejemplo, es parte de mi yo que soy. Que si retirásemos hipotéticamente esa circunstancia, ya no sería yo. Por eso, no podemos hablar en tanto esto, o en tanto esto otro. Siempre obramos, pensamos, nos proyectamos, desde nuestro ser en circunstancias, nos guste o no. Y hasta cuando jugamos a imaginarnos otro, metido en una piel distinta, lo hacemos desde nuestras circunstancias. No podemos evitarlo.

        Por eso, como soy ex alumno por partida múltiple, y docente desde hace más de un cuarto de siglo (aunque se olvidaron de darme la medalla que le dieron a otros), y quiero a la Universidad de Buenos Aires mucho y sinceramente, no puedo, ni quiero, soslayar desde este humilde espacio el feo espectáculo que está ofreciendo al mundo, con las reiteradas suspensiones de su asamblea electiva para la designación del nuevo rector, debidas a disturbios violentos generados por personas que se han atribuido el derecho de ocupar edificios, impedir accesos y reuniones, difamar profesores sin el menor sustento, y considerarse portadores de una verdad revelada, en aras de la cual desean preservar a la comunidad del resultado de las instituciones democráticas.

        Conste que estoy lejos de creer en la democracia como un valor absoluto. Democráticamente ganó Hitler las elecciones fatídicas de 1933, y democráticamente acaba de ser reelecto en la noble patria de Lincoln uno de los sujetos más nefastos de la jungla contemporánea. No deja de ser curioso que el arquetipo de las democracias, la Atenas del siglo V, nunca realmente funcionara como tal, y anduviese de susto en susto y de salto en salto, a pesar de ser un club cerrado, donde una selecta minoría detentaba la sartén por el mango. Eso, por no hablar de la caótica República Romana, que sólo anduvo bien en dos sitios: en los libros de Historia y en la mente obsecuente de Polibio, que tenía un problema de miopía política abismal, o bien era un cipayo de aquellos (aunque escribe divinamente, eso es indiscutible).

        No me olvido de las exquisitas ironías de Borges sobre las relaciones entre democracia, alardes y estadísticas, ni se me escapa que la gente de Jerusalén, por alguna razón que en los Evangelios no se explica (y en las iglesias generalmente tampoco), votó por Barrabás en vez de por Jesús, y por el Becerro de Oro en lugar de esperar el regreso del sufrido Moisés. Los iraníes, democráticamente, han elegido a un señor que parece el hermano gemelo de Bush en musulmán, y entre los dos se las están ingeniando para ver si lo que al final nunca pasó en la Guerra Fría, a pesar de las advertencias de Woodstock y de Bob Dylan, de una buena vez y para siempre lo hacen ahora (mientras tanto, al pasar, George se ocupa de abrir las cartas que le llegan del exterior a los estadounidenses, una por una, para ver qué dicen, y el Ahmadinejad se encarga de vigilar que a las chicas de Teherán no se les vean los tobillos, lo cual al parecer tendría terribles consecuencias en la libido persa).

        Creo, sin embargo, que quien no acepta las reglas de la democracia, necesariamente es porque propone otras. Y esas otras, si no surgen del "alarde de la estadística", han de fundarse en principios proclamados como absolutos. Otra no hay. Yo no digo que tales principios absolutos no existan. No me quiero meter en ese tema aquí y ahora. Pero sí he de recordar que los tíos que se alzaron con el poder en la Argentina el 24 de marzo de 1976, razonaron exactamente de esa manera: eso se ve en sus discursos, en sus resoluciones, en sus símbolos. Imbuidos de "los valores tradicionales" venían a rescatar a sus con-nacionales de los desvíos a que la democracia y las instituciones republicanas los llevaran. Otro tanto recuerdo de Pinochet, y de varios más de aquella misma laya.

        Como no me siento portador de verdades cósmicas, sino de preguntas abismales, aunque le temo a la democracia bastante (en general, me asusta la gente junta gritando fuerte, tal vez un recuerdo genético de ghettos y pogromes), creo que no queda mejor alternativa. Sólo quiero arrodillarme ante el Señor, y los que respiran vocación de caudillos me huelen agrio y pesado, así que me quedo con las urnas, con las leyes y con los debates republicanos, y le pido a Dios que humille a los soberbios y enaltezca a los humildes.

 

 Ricardo D. Rabinovich-Berkman