PERSONA estuvo allí

la sección de Federico Piedras Quintana    

 

UN PAÍS QUE SE LLAME ARGENTINA

En memoria de Romina Oliva,

asesinada el 13 de enero del 2006

 

          El 13 de enero de 2006, a las 15:00 horas, el diario Clarín levantó un cable de la agencia DyN que en su primer párrafo decía:

 

Una chica de 24 años murió este mediodía al quedar en medio de un tiroteo entre ladrones y policías, en el cual fue abatido un delincuente y un policía resultó herido, en Villa Madero, partido de La Matanza.

 

            El lugar era una carnicería, La doma, ubicada sobre Avenida Crovara al 300.

            La mujer, que moriría en la ambulancia, camino al hospital, se llamaba Romina Oliva. Tenía 24 años, un esposo, tres hijos, una pequeña casa, amigos, una familia que la quería, vecinos que la apreciaban. No tenía mucho más.

            Durante el enfrentamiento también murió uno de los asaltantes y el policía que inició todo, “franco de servicio y de civil”, resultó herido en un brazo. Esa muerte y esa herida produjeron la detención de los disparos. Mientras tanto, sin que nadie lo supiera, Romina, en el suelo de La Doma, comenzaba a agonizar.

 

            Dos meses más tarde: tomo un taxi en la estación de Liniers para ir hacia la calle Alvarez 413. No tengo idea de cómo llegar, ni siquiera sé cómo se llama el barrio al que voy. Tan sólo sé que debo llegar a las 18:00 horas a ese lugar porque es cuando comenzará la marcha por Romina Oliva, de la que por ahora sólo tengo conciencia de que murió dos meses atrás.

            Casi de casualidad, como parece funcionar todo en la provincia de Buenos Aires, el taxista encuentra la calle, y dobla a la izquierda. Vuelve a preguntarme qué hacemos ahora, yo le indico que continúe, todavía faltan algunas cuadras. Sin demasiadas ganas, pero sabiendo por cómo estoy vestido, por mis gestos, por mi forma de hablar de que al fin y al cabo voy a pagarle sin que me importe demasiado el precio, acepta lo que le indiqué y acelera, despacio, pero acelera. A nuestros costados se levantan diferentes tipos y estilos de casas que más que mostrar diferentes escuelas, tendencias y épocas arquitectónicas, lo que hacen es precisar la humildad del barrio; eso tan sólo expresa eso y nada más que eso, es decir, no estamos ni en San Isidro, ni en Pilar, ni en Parque Leloir, para poner algún ejemplo. También precisa esa condición la calle de tierra por la que transitamos, pero eso, a diferencia de las casas, agrega un dato más: el modo en que se comporta el Estado frente a sus diferentes habitantes y las distintas circunstancias que éstos representan, cómo se distribuye la riqueza, cómo, en fin, está todo en este país.

            La desconfianza del taxista ya resulta molesta y como ya percibí a un grupo de personas que se reúnen en una esquina, y pese aún estar algo alejados, le indico al conductor que se detenga ahí mismo. Llegamos. Luego de pagarle, desciendo del vehículo y a los pocos segundos lo pierdo de vista. Pienso, después de todo, que eso es normal. Vuelvo a mirar la multitud que todavía descansa a unos metros de donde estoy y comienzo a caminar. Finalmente me junto con ellos, pero no tengo suficiente tiempo para indagar en el lugar; enseguida comienza la movilización. Si bien llegué un poco más tarde de lo previsto, de cualquier modo acá estamos, me digo, todo lo que resta por hacer es aprender sobre la marcha.

            Poco a poco intento hablar con los más rezagados, por lo general los más calmos en las manifestaciones, pero sucede que este no es el caso. Por el momento, todo lo que puedo hacer es callarme y acompañar. También podría gritar junto a ellos, pero no lo hago, me resigno a observar.

            Las voces se impregnan de sus propios gritos, las palabras son sus propias palabras, pero todos esos nombres son un solo nombre: Romina. Presente. Romina. Presente. Ahora y siempre.

            La mayoría de los que peregrinan pidiendo justicia son familiares y vecinos de Romina. Los relatos de a poco se van sucediendo, son cortos, pero tampoco es necesario hablar demasiado para saber que en todos esos cuerpos está latente la necesidad de delinear una ausencia. En ese vacío reside la justicia, ese es el espacio que la sociedad moderna le ha endilgado al esclarecimiento de las causas, pienso, no hay necesidad de búsqueda porque nunca hubo nada perdido, la justicia habita en la nada, la justicia es la nueva utopía de esta sociedad.

            Si es verdad que el capitalismo actual es una superficie agujereada, con vastos territorios que escapan a su lógica (o, si se quiere, que han sido abandonados por ella), su extensión a Latinoamérica se rige por la misma relación entre la vida y el abandono que podría verificarse en otras latitudes (la parte comunista del mundo, por ejemplo). Lo que no llega (o tarda en llegar a ese lugar del conurbano bonaerense) es, en especial, el Estado en su nueva forma. ¿Qué esperan los que asisten en ese atardecer a la marcha? ¿La ruta, la luz eléctrica, el agua, el trabajo, en suma, todo lo que las escuelas nos habían enseñado que equivale al Estado? Desde ya que no, no estamos en el Chaco o en pueblos perdidos de Jujuy, pero ante el estrabismo de los conductores que deben ser desviados de la avenida pareciera que todo lo que sucede es un conjunto de locos alucinados que se ahogan en los gritos de sus propias voces.

            De pronto, la tristeza que las lágrimas de uno de los hijos de Romina suscitan se hace carne (agua, fuego) en nosotros –los que estamos allí, presentes–. La ausencia de Romina, a esa altura de los acontecimientos, es el umbral del desvelo de la sociedad actual, donde el pasado no termina de morir y el futuro no termina de nacer. De pronto, frente a La Doma, alguien grita “hijos de puta”, alguien lo sigue y enseguida todos gritan lo mismo hacia las puertas de La Doma, “hijos de puta, hijos de puta”. Ese grito encierra una verdad, no ya la de la responsabilidad, tampoco la del dolor –por más presente que esté–, sino que conjura en esos estruendos de voces la superficialidad de una fuerza que de antemano (y pese al historial que ha escrito con sangre ajena en la Argentina) se define como impune, en un encierro que al principio parecía cómodo y que terminó siendo fatal. También hay otra verdad, más evidente, pero por eso mismo la que menos se ve: La Doma –o, mejor dicho, sus dueños–, luego de que sucedieran los hechos de aquel viernes 13, el martes siguiente ya tenían a La Doma funcionando. “Hijos de puta”, aún gritaban los vecinos de La Doma, que no sabían, o pasaban por alto –no podían no hacerlo– que la perversión del capitalismo funciona así: si hace falta que los suelos brillen, varios se encargarán de lustrarlos, por más que a la basura también se arroje la dignidad.

            Llega un momento en que las cámaras de televisión se apagan. La noche está a punto de vencer al día, y en las voces, afónicas, sólo subsiste un espacio para suspirar el dolor que acompañara a las lágrimas que estuvieron presentes durante toda la jornada. El repentino silencio es inevitable, pienso, con la muerte de Romina, ellos un poco también murieron, y eso es lo que ahora habla: el silencio de los muertos. Pero así como no ocupa demasiado, también persiste escasos minutos en el aire (aún menos de los que les otorgó la televisión, que fueron los necesarios para pintarse con más amarillo putrefacto –es increíble cómo armaron la puesta en escena–), los necesarios para luego emprender el regreso por el mismo camino que transitaron para llegar hasta Crovara al 300, frente a La Doma. De nuevo se oían los gritos, los pedidos de justicia, la presencia de un nombre, la ausencia de un cuerpo, el fervor de los sentimientos, la paradoja de ser escoltados (de ida y de regreso) por aquella institución que dio lugar a su reclamo. Es inevitable no pensar que, como tantas otras veces, la lucha recién comienza adosando un nuevo sinónimo a su nombre: Romina Oliva, madre, esposa, amiga, hermana, hija.

            De regreso a mi casa, la sensación que permanece es que ahí donde lo real fracasa, el anhelo encuentra el intervalo para trazar un eje perpendicular. Su orientación, si se quiere, en última instancia está condenada a un infinito acaecer, a un sacrificio irremediable del instante en pos del devenir, en pos del acto, y a una autocensura entendida como invención púdica de escollos. Ese es el verdadero milagro, la cura para una causa que busca su contemporaneidad, su vara conceptual, la orilla que reúna, de una vez por todas, la voz y la mirada, el dolor con la tranquilidad, el espacio con la justicia, un sistema completamente diferente, un país que se llame Argentina.