La crisis en la Universidad de Buenos Aires
 
La renuncia del
Prof. Dr. Atilio Alterini
a su postulación
al cargo de Rector

Dediqué el editorial del último número de PERSONA a la situación de la Universidad de Buenos Aires. Lamentaba entonces que esa prestigiosa casa de altos estudios fuera escenario de una prepotencia notable, una agresión contraria a la democracia y la libre e institucional decisión de los claustros, apuntada a impedir la elección como Rector del Decano de la Facultad de Derecho, el Profesor Dr. Atilio Aníbal Alterini.

Alterini, distinguido jurista, docente emérito con décadas de fecunda actividad, había sido por dos veces escogido con amplia mayoría para dirigir la Facultad de Derecho. Su postulación al Rectorado contó con el apoyo de la mayoría de los electores y de las Facultades de la Universidad.

Ese apoyo, en razón de la exótica campaña que un grupo de exaltados llevó en su contra, fue transformándose en realidad en una defensa de las instituciones democráticas de la Universidad. Hasta cuajar finalmente en una impresionante concentración, que tuvo lugar el martes 23 de mayo. Sin embargo, a la mañana siguiente se supo la renuncia de Alterini a su postulación al Rectorado.

No entraré en la cuestión de los motivos. La renuncia trasunta su altura humana, pero la moraleja es triste. Unos violentos, esgrimiendo falacias, gritando e imponiendo la fuerza física, obtuvieron lo que deseaban. Ha triunfado la soberbia por sobre la razón. Ha vencido la cultura de los matones. Argentina, Latinoamérica, el mundo entero, están o deberían estar cansados de la prepotencia, que genera miedo, inseguridad, agresividad, y en definitiva dolor y muerte.

La Universidad de Buenos Aires es la gran derrotada. Sea quien sea el nuevo Rector, ya no será el que los claustros democráticamente querían, porque ese fue llevado a desistir, por métodos que hubieran enorgullecido al fascio mussoliniano o las S.A. de Hitler. Queda un acre sabor en las gargantas de los que deseamos vivir en paz y con mutuo respeto.

Queda una insondable tristeza...

Ricardo D. Rabinovich-Berkman