Ética y magistratura
AMNÓN CARMI EN BUENOS AIRES

Ha visitado recientemente Buenos Aires, el Dr. Amnón Carmi, juez de la Corte del Distrito de Haifa (1974 - 1992); Profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de esa hermosa ciudad, Presidente de la Sociedad Israelí para la Medicina y el Derecho, Director del Centro Internacional para la Salud y la Ética de la Universidad de Haifa (1996), Profesor Titular de la Cátedra de Bioética de la UNESCO, y Secretario General de la Organización Internacional para el Entrenamiento Judicial. 

He tenido el placer de conocerlo en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, donde fue recibido con todos los honores y la máxima cordialidad por el señor Vicerrector, Dr. Tulio Ortiz. Carmi, uno de los magistrados más destacados del mundo, impacta por su sencillez. De hablar tranquilo y pausado (se expresa en un inglés excelente, aunque se nota que piensa en hebreo; a veces le faltan las palabras en la lengua de Shakespeare, y recurre al melodioso idioma israelí), posee una mirada profunda y sincera, y una sonrisa de distante dulzura.

Carmi es un arquetipo de su generación. Nacido en Alemania antes del temporal hitleriano, debió a la precaución de sus padres el salvar su vida. Otros miembros de su familia no fueron tan afortunados, y pasaron a engrosar las cenizas horrendas del Holocausto que aún hay sandios empeñados en negar. Para él, en cambio, esperaba otra epopeya, dura pero llena de esperanza: ante sus ojos de niño se abrían las colinas de Galilea, y pasó a ser parte del sueño de Theodor Herzl, el creador del sionismo.

Amnón vive hasta hoy en la casa que fuera de su padre, ubicada en una calle que lleva el nombre de su padre, héroe de Israel. Dedicado desde muy joven a la tarea judicial, fue destinado primero a poblados pequeños en regiones alejadas del país (a nosotros se nos hace difícil pensar que en ese pañuelito de tierra pueda haber lugares remotos, pero ellos ven las cosas de otra manera). Obsesionado por la búsqueda de la verdad y de la justicia, se transformó en un Salomón moderno, resolviendo conflictos entre musulmanes, cristianos y judíos, procurando mantener siempre la idea de una Humanidad de hermanos con religiones diversas, o sin ellas. Y esa Humanidad lo enamora, lo exalta, lo atrapa.

 

Es apenas un muchacho, y al dejar su despacho judicial sueña, por las noches, con los casos que tiene para resolver. Se le presentan imágenes bíblicas de ángeles y héroes. Está entregado en cuerpo y alma a la tarea de llevar la armonía a la gente, en una tierra signada por la violencia y el odio. Amnón está convencido, y así lo declara, que la enorme mayoría de los árabes palestinos y de los hebreos israelíes quieren y pueden vivir en paz, coexistiendo, en dos Estados vecinos. Es más, cree con vehemencia que de esa convivencia surgirían beneficios importantes para ambas partes. Pero considera que hay grupos minúsculos de intolerantes, de fundamentalistas furibundos, que harán hasta lo imposible para impedir ese mañana venturoso, en el que él, a pesar de todo, sigue confiando.

Luego, por gentileza de la Escuela Judicial de la Asociación de Magistrados y Funcionarios de la Justicia Nacional, y muy especialmente de mi ex alumno del Doctorado Sebastián Mohr, pude disfrutar de la conferencia que Carmi brindó en esa prestigiosa entidad. "Ahora, por fin, estoy en casa", suspiró el viejo juez, tras tantos eventos en que participara, al entrar en la sociedad de sus colegas, que lo recibieron con un admirado aplauso. Distendido, habló de sus experiencias alrededor de la cuestión de la ética judicial. Y sus palabras no tuvieron desperdicio.

Carmi adopta (y el aspecto lo ayuda) el aire y el estilo de un seide, un típico abuelo judío. "Yo soy por sobre todo un contador de cuentos", se define. Y es verdad, porque va desgranando en anécdotas jugosas, propias y ajenas, su rica biografía, y su profundo pensamiento ético, eminentemente pragmático y concreto. "El juez debe dejar de engañarse creyendo que puede hallar la verdad: es un ser humano, y nunca podrá encontrarla realmente", reflexiona. Es más: para él, el magistrado que asume que puede descubrir la verdad, peca de soberbia.

La tarea del juez es para Carmi algo sublime y extremadamente difícil. Cree que el magistrado debe estar en contacto con el sentir del pueblo. No dejarse llevar por él, pero jamás desconocerlo, darle la espalda. Su misión ha de ser asumida con humildad, con visceral respeto por el otro, pero también con dedicación absoluta. La justicia es un sacerdocio para este formador de magistrados, que hoy recorre el mundo enseñando a sus colegas de todas las latitudes.

Ricardo D. Rabinovich-Berkman

agradecemos a la Facultad de Derecho (UBA) por las fotografías