Editorial

NO
TODO
TI€N€
PR€CIO

 

    A menudo mostramos, nosotros los humanos, conductas asombrosas.

    Cuando Platón diseñó su famosa imagen de la caverna en penumbras, primer antecedente registrado del cinematógrafo, supuso que los habitantes de esa cueva fuesen unos, y los portadores de las cosas cuyas sombras se proyectan en la pared, otros. Es decir, que los pobres cavernícolas andan engañados, creyendo que esos espectros son la verdad, mientras que los privilegiados que pasan cerca del fuego con los objetos reales, esos sí, saben cómo viene la mano.

    Pero lo extraordinario de los hijos de Adán y Eva, es que somos capaces de crear los espejismos y luego, nosotros mismos, extasiarnos ante ellos. Es como si sufriésemos una repentina amnesia, y nos olvidásemos de que, un rato antes, habíamos inventado ese Golem, tallando su arcilla con nuestras manos... Como si Bram Stoker se hubiera asustado de Drácula, o Julio Verne se pasase las tardes a la vera del Atlántico, esperando ver surgir de las olas grises el Nautilus.

    Desde épocas muy remotas, en diferentes culturas, los humanos hemos procurado resolver un problema que, en realidad, carece de solución. ¿Qué hacer cuando alguien, sin razón, daña a otro, lo hiere, mata a sus seres queridos? ¿Nos limitamos al castigo penal? ¿O buscamos una forma de reparar lo irreparable? ¿Cómo? ¿Con dinero, con bienes materiales? ¿Cuántas monedas de oro vale la vida de un hijo?

    Sin embargo, ya en evidencias antiquísimas, como las normas que el rey babilonio Hammurabí hiciese grabar en la gran piedra negra que hoy, al igual que tantos otros, emigró a Francia, aparecen las indemnizaciones en dinero. O, por lo menos, en unidades de valor. Pero es claro que se trata, como en las versiones altomedievales derivadas en gran medida del Wergeld, el "valor del hombre", germánico, de un último recurso, paupérrimo y torpe. Una de las más patéticas demostraciones de la debilidad humana.

    Un día, siglos después, alguien dijo "time is money", e increíblemente edificó toda una cultura alrededor de ese credo grotesco. Como, en definitiva, nuestra vida es time, es tiempo, la ecuación arrojó un resultado atroz. Nuestra vida se volvió money. Pero ya el Golem caminaba, y nos habíamos olvidado de sus orígenes. Ahora, ya no se veía la equiparación como metáfora, sino como una realidad natural... ¡biológica incluso!

    En otras palabras, el "valor de la vida" dejó de ser, en muchas mentes una mera imagen, una forma frágil de decir las cosas, y pasó a significar un aserto económico, con insólitas pretensiones de objetividad. Ya no estábamos calculando cifras como triste remedo de nuestra incapacidad de volver atrás el reloj del cosmos, sino que, engreídos, nos sentíamos conocedores de los mágicos guarismos a los que pueden traducirse la ceguera, la esterilidad o las cunas vacías.

    Recientemente, en una universidad de los Estados Unidos de Norteamérica (¿por qué será que no me asombro?), un equipo de investigadores (¡hay quienes patrocinan económicamente esos proyectos!) anunció haber descubierto el valor económico de la felicidad. Orgullosos, explicaron cómo habían realizado sus cálculos, dólar a dólar. La felicidad, que tanto preocupaba a los filósofos griegos, es para estos señores tan sólo una variable que incide en la productividad laboral del ser humano. Al parecer, han hallado las fórmulas para obtener con gran certeza la cota de incidencia que sobre la felicidad tiene la pérdida de un ser querido, el divorcio, el despido del trabajo...

    Casi al unísono, aquí mismito, en la Argentina, cundió la idea de establecer el valor económico del trabajo de una madre. A algún iluminado se le ocurrió de repente que las tareas de las mamás no son remuneradas, y se dio a los cálculos. Por planchado de ropa, tanto. Por cocinar, tanto. ¿Por dar de mamar? ¿Por despertar con un beso cada mañana? ¿Por contar cuentos? Claro, es verdad que ahora, con el alquiler de vientres, que es otro alarde del neoliberalismo exótico, hasta los embarazos pueden cotizarse...

    La estimación económica de la felicidad, perseguiría finalidades judiciales, para calcular indemnizaciones en litigios. La de las tareas maternas, Dios sabrá qué objetivo busca. Tal vez impositivo, o jubilatorio. Pero lo interesante que ambas actitudes muestran en común, es el haberse creído ingenuamente (o quizás no tanto) que todo, absolutamente todo, tiene un precio, una oferta, una demanda y un mercado.

    Yo perdí a mi hijo adolescente, a cuya memoria está humildemente dedicada esta revista. Como muchos amigos lectores, sé de ese vacío lacerante que ha cavado su morada en mi pecho, y me acompaña, silente y reptante, oscuro y sordo, cada hora, cada minuto, cada segundo de mi vida. Cuando río, está allí. Cuando bailo, está allí. Cuando canto, está allí. Cuando me emociona un atardecer, está, abrumadoramente, allí. Es un intruso dulce y horrendo, este dolor mío. Y si alguien me pidiera que lo valuase, o que pusiera un precio a lo que esa noche dejé de ser, yo no tendría otra respuesta más que el silencio...

    Y una fugaz sonrisa amarga.

    Hemos puesto precio a la felicidad, a la vida, al embarazo, a la maternidad. Hemos pesado los átomos de la alegría. Hemos tasado las lágrimas. Mal podremos, pues, asombrarnos si, en medio de tanta seguridad, de tanto cálculo y certeza, andamos hoy por el mundo, o por lo que de él aún queda, perdidos, desorientados, conmovedoramente solos, y tristes como nunca.      

  Ricardo D. Rabinovich-Berkman