LOS FUSILADOS DE JUNIO DE 1956 Y UNA PLAZA PORTEÑA

 

 

Sr. Director:

 

Recientemente se han cumplido cincuenta años de los fusilamientos de junio de 1956, trágico episodio de la historia argentina contemporánea.

Tuvo su origen en un intento de revolución que fracasó, siendo su saldo de 34 muertos, de los cuales sólo 7 cayeron en combate. El resto fue fusilado sin ninguna lenidad. Estos desencuentros entre argentinos se originan tiempo atrás, poco después de la caída del gobierno peronista en 1955. El general Eduardo Lonardi, elegido presidente de facto, trató de establecer una política de “ni vencedores ni vencidos”. Por otra parte, el almirante Isaac Rojas, nombrado vicepresidente por Lonardi, pronto se convirtió en el portavoz no oficial de quienes querían que el gobierno combatiera a los peronistas y adoptara una política económica diferente. Lonardi renuncia a fines del año 1955, falleciendo al poco tiempo. Una proclama, emitida en nombre de las fuerzas armadas el 13 de noviembre, lleva al poder al general Pedro Eugenio Aramburu. Rojas continuaría en el puesto de vicepresidente.

Una “Junta Consultiva Nacional” presidida por Rojas se encargará de asesorar al Ejecutivo, integrada entre otros por Oscar Alende, Améico Ghioldi, Miguel Angel Zabala Ortiz, Alicia Moreau de Justo, Nicolás Repetto, Julio Noble, Luciano Molinas, Juan Gauna y Reynaldo Pastor. La creación de esta Junta Consultiva en las postrimerías del gobierno de Lonardi, fue una de las causas de su enfrentamiento con Rojas. Lonardi llegó a decir a la Junta Consultiva que no estaban representadas todas las corrientes de opinión política nacional. El revanchismo se hace pleno. Entre tanto, en los barcos cárceles, un grupo de argentinos juramentaba gestar un movimiento revolucionario que tenía como objetivo rector devolver las soberanía al pueblo.

La proclama revolucionaria afirmaba que se actuaría “sin odios ni rencores, sin deseos de venganza ni discriminaciones entre hermanos” para el logro de “la felicidad del pueblo y la grandeza de la patria, en una nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana”. Pero la infiltración de los servicios ya ha controlado la situación, por lo cual las acciones comenzadas son mínimas y desafortunadas. El 9 de junio de 1956 se produce el levantamiento que a poco es sofocado, “así se explica –dice el general Juan José Valle, líder de este intento- que nos esperaran en los cuarteles apuntándonos con las ametralladoras”. El gobierno nacional en vez de encarcelar a los rebeldes decide fusilarlos.

A la medianoche del 9 el régimen impuso el estado de sitio y expresamente autorizó a sus fuerzas de seguridad a ejecutar sumariamente a cualquier individuo que fuera sorprendido en actos que perturbaran la paz.

Los rebeldes arrestados en Avellaneda fueron conducidos uno por uno frente a un pelotón. El capitán de la marina Salvador Ambroggio ordenó  fusilar, tras una parodia de juicio sumario, al teniente coronel José A. Yrigoyen, al capitán José M. Costales y a los civiles Dante Lugo, Osvaldo Albedro, Clemente y Norberto Ross, este último menor de edad. En la Escuela de Mecánica, a pesar de la opinión de los jefes intervinientes se recibe la orden de fusilar y el general Arandía obedece, así caen bajo las balas los suboficiales Hugo Quiroga, Miguel A. Paolini, Ernesto Garecca y José M. Rodríguez.

En los basurales de José León Suárez son ejecutados Carlos Alberto Lisaso, Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Mario Brion y Vicente Rodríguez. El general Valle, que estaba oculto, decide entregarse para que concluya el festín de sangre. “Se acabó la leche de la  clemencia. Ahora todos saben que nadie intentará, sin riesgo de vida, alterar el orden porque es impedir la vuelta a la democracia. Parece que es materia política, los argentinos necesitan aprender que la letra con sangre entra...”, decía por entonces el socialista Américo Ghioldi, apodado “Norteamérico” por ser habitué de la embajada estadounidense.

Valle es condenado a muerte, había sido un oficial ejemplar y honorable, no hay más que examinar su foja de  servicios. En la carta dirigida a sus verdugos les dice: “Con fusilarme a mí bastaba...Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mis hijos, a través de sus lágrimas verán en mi un idealista sacrificado por la causa del pueblo... Aunque vivan cien años, sus víctimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde pretendan esconderse...PORQUE NINGÚN DERECHO NI NATURAL NI DIVINO, JUSTIFICARA TANTAS EJECUCIONES”.

A cincuenta años de esta tragedia estas palabras del general Valle nos hacen reflexionar que efectivamente, ningún derecho natural ni divino justificó esos crímenes.

Pero una importante plaza, donde juegan los niños y pasean los enamorados, en un barrio de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires lleva actualmente el nombre del general Aramburu. Lo sorprendente no es que el llamado Proceso de Reorganización Nacional la inaugurase y le diese esa denominación, sino que desde 1983 hasta la fecha, ningún gobierno democrático derogó esta normativa, que brinda un homenaje a un dictador que fusiló personas detenidas sin juicio, que dejó sin efecto la Constitución sancionada en 1949, y que persiguió a trabajadores y estudiantes, en una clara antesala del "Proceso", con su triste secuela.

A los compatriotas les pido que reflexionen y saquen sus conclusiones.

            Saludo a Ud. con toda consideración.  

Sandro Fabricio Olaza Pallero
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