PERSONA EN LAS ARTES

 

BANG BANG (acostumbrarse a matar)

escribe Celina Abud 

 

            Para los padres o para quien fuere, resulta difícil familiarizar a un chico con el concepto de muerte. Por lo general, se utiliza al cielo como la esperanza de un lugar mejor o tan sólo para determinar un espacio a aquellos que ya no están. No ocurre lo mismo con la idea de matar, que aparece tanto desde las armas de juguete como desde las batallas de dibujos animados o los videojuegos. Sólo que las cosas son más simples, porque la lucha es del bien contra el mal y la muerte no es del todo muerte. Jugar con lo que no se juega: de eso habla la canción “Bang Bang”, escrita por Sonny Bono en 1966, pero con ideas todavía vigentes.

 

            Si bien la versión original es de Cher, es más conocida por el publico local en la voz de Nancy Sinatra, luego de ser incluida en la película Kill Bill, de Quentin Tarantino. Cuesta creer que una canción que le sirve de apertura a una película tan violenta tenga como protagonistas a una nena de cinco años y a un nene de seis. Ella representa el bien vestida de blanco, mientras que él, con atuendo negro, le dispara hasta vencerla. Después ellos crecen y una vez juntos, él no se cansa de mencionar ese momento en que, en el contexto de un juego de niños, la dejó tirada en el suelo y vuelve a ganar, esta vez no como un disparo, sino con una partida sin adiós ni explicaciones.

 

Cuando en la canción la pareja se vuelve adulta, la idea de matar es una metáfora del dominio de una persona hacia otra al igual que en este juego al estilo far west, en el que se emplean caballos hechos de palos de madera, los dedos empuñados como pistolas y sombreros blancos y negros para marcar un contraste, una diferencia, una justificación. Pero si de dominio se habla, en la vida adulta la muerte real y provocada deja de ser una metáfora para convertirse en un medio para los más diversos fines. Siglos de guerras, asesinatos y masacres lo demuestran: desde la conquista de territorios, la imposición de un sistema político, la lucha por el petróleo, en nombre de algún dogma, o tan sólo el dinero.

 

Pero mientras para los chicos todo queda en el plano de lo absoluto, para los grandes los colores se vuelven difusos. En el caso de las guerras, con el fin de que el juego sea atractivo y convoque a numerosos participantes, los motivos más oscuros deben ser presentados como justos y para el bien común. Distintos son los países, las épocas y lo que se dice en los discursos y las noticias: armas de destrucción masiva que deben ser encontradas, conseguir el afianzamiento de una raza superior o recuperar ese territorio expropiado.

           

        Por otra parte, lo que más parece carecer de razones son los que todavía no crecieron y ya matan. Basta nombrar ejemplos de masacres en las escuelas, como en los casos Carmen de Patagones en la Argentina o la masacre de Columbine en Estados Unidos, de la cual incluso se hizo un videojuego (cuyo elocuente dibujo de tapa vemos aquí al costado). Tal vez, sin ninguna explicación más que la psicológica, el tema de la violencia en los adolescentes, es tratado en diversas ramas de las artes. Un perfecto ejemplo es el libro Los excluidos, de Elfriede Jelinek, que se explaya en los actos violentos sin ningún fin. Pero además, son cada vez mayores los números de chicos que matan por una billetera o alguna pertenencia. La vida, con el paso de los años, parece perder su valor.

 

            Sin duda, los disparos, las peleas, las batallas parecen ser más populares que el juego de la vida. Y si es cierto que lo que se aprende de chico jamás se olvida, es probable que este tipo de juegos no sólo sean inspiradores para la letra de una canción. Durante la edad de la inocencia ya los falsos disparos son más que conocidos, aunque tal vez sin demasiada conciencia del ruido que podrían causar si acaso se volviesen reales.