Una semblanza de Luis O. Andorno

 

                                               por Roberto Andorno

 

 

 

 

A good man is hard to find

Flannery O’Connor

 

El hombre bueno,
del buen tesoro de su corazón, saca cosas buenas

Lc, 6, 45

 

 

 

Es muy difícil resumir en pocas líneas la semblanza de una persona particularmente dotada de talentos, tanto intelectuales como morales. Pero esta tarea se vuelve todavía más ardua cuando la persona en cuestión es nada menos que... el propio padre. A pesar de esta dificultad, he aceptado con gusto la amable sugerencia de escribir este texto que me hiciera mi amigo Ricardo Rabinovich. Creo que entra en juego en esto un deber filial de reconocimiento y gratitud a quién tanto debo, empezando por la propia existencia.

 

Mi padre falleció de modo sorpresivo el miércoles 21 de junio de este año, luego de una operación quirúrgica que, en apariencia, no era especialmente riesgosa. Había sufrido una caída y era necesario reemplazar la prótesis que tenía en el fémur desde hacía muchos años. El día anterior pude hablar con él por teléfono. Ya estaba internado, esperando que los médicos decidieran cuándo se haría la operación. Me dijo que se sentía bien. Cuando me llamaron al día siguiente para decirme que “lamentablemente, no había superado la operación”, no podía creerlo. Confieso que todavía me cuesta creerlo. El hecho de encontrarme a varios miles de kilómetros de distancia (estoy radicado en Europa desde hace algunos años) y no poder acompañar en un momento así a mi madre, a mi hermana Nora y a mi hermano Eduardo lo hizo todo aún más doloroso.

 

Tenía 73 años. Había nacido en el pueblo de Candioti, cerca de la ciudad de Santa Fe, el 8 de noviembre de 1932. Sus abuelos habían llegado del Piamonte a estos lares, como tantos otros inmigrantes, para trabajar la tierra. Ese hubiera sido también su destino si una de sus maestras no hubiera insistido en que tenía que seguir estudios secundarios, por tratarse de alguien especialmente dotado. Fue así como se instaló en la ciudad de Santa Fe para hacer el colegio secundario y luego, la carrera de Derecho, en la Universidad Nacional del Litoral, a lo que seguiría el doctorado en la misma Universidad. Todo, con las mejores calificaciones.

 

Buena parte de su vida estuvo dedicada al Poder Judicial. Apenas terminada la Facultad, y después de haber contraído matrimonio con quien luego sería mi madre (también abogada y con quien se recibió el mismo día), partieron los dos hacia el Chaco, donde se iniciaron en la carrera judicial, aunque en distintas áreas. En pocos años, mi padre fue ascendiendo en los niveles de la administración de justicia hasta llegar a miembro del Superior Tribunal de Justicia de la provincia. Al mismo tiempo, comenzó a publicar sobre diversos temas de Derecho Civil, disciplina que se convertiría en su gran pasión. Entre otras cosas, escribió el primer libro que se publicó en el país comentando la Reforma del Código Civil de 1968, junto con su gran colega y amigo Roque Garrido, hoy ya fallecido. En la misma época comenzó su labor docente en la Facultad de Derecho de Universidad Nacional del Nordeste, en Corrientes. Hacia 1971, la familia decidió retornar a la provincia de origen, pero no a la ciudad de Santa Fe, sino a Rosario, donde existía una vacante en el Poder Judicial. Esto supuso de algún modo para mi padre comenzar todo de nuevo. Volvió a ser Juez de primera instancia y recién unos años después fue ascendido a Camarista en lo civil y comercial. En la Universidad Nacional de Rosario fue profesor titular de Derechos Reales y director de la carrera del doctorado en Derecho, continuando con una prolífica labor de investigación e innumerables publicaciones. Además de los temas de Derechos Reales, su especialidad, dedicó gran parte de sus esfuerzos a promover una mayor protección de la persona en el campo de la responsabilidad civil. En 1992 fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de París XII, habiendo también merecido el mismo reconocimiento por parte de la Universidad Luigi Bocconi, de Milán. Creo no exagerar si digo que se lo puede contar entre los mayores civilistas que ha tenido nuestro país en las últimas décadas (no por azar las XIX Jornadas Nacionales de Derecho Civil, que tuvieron lugar en el año 2003 en Rosario, se realizaron en su homenaje, así como el de los Dres. Roberto H. Brebbia y Angel Chávarri).

 

Pero mucho más importante que su trayectoria profesional es su trayectoria como persona. Si pudiera resumir su vida en pocas palabras diría: fue un hombre bueno. Generoso, afable, con un gran sentido del humor al que no faltaba una pizca de ironía; preocupado por los demás, siempre dispuesto a escuchar y a ayudar a quien sea (un pariente, un vecino, un estudiante, un colega). Tenía un extraordinario espíritu de imparcialidad y ecuanimidad, que son imprescindibles para un juez. Era un hombre pacífico, paciente, comprensivo y dotado de una calma que sorprendía a cualquier interlocutor. En tal sentido, no había nada más ajeno a su persona que el rencor, la envidia o el deseo de venganza. Tal vez estas virtudes eran en alguna medida el resultado de los mismos golpes que a veces da la vida y que amoldan el carácter (siendo aún joven perdió a su único hermano y algunos años después, a su padre). Aunque nunca tuvo participación directa en lo político, debido a su labor judicial, sentía un íntima admiración hacia ciertos grandes políticos de nuestro país, en modo particular, Hipólito Yrigoyen y Arturo Frondizi. Sufría con todo lo que pudiera suponer una restricción a la independencia de la Justicia por parte del poder político.

 

Poseía un espíritu enciclopedista y un ansia de saber insaciable, a lo que contribuía una memoria fuera de lo común. De modo especial, se interesaba por la historia y todo lo que tuviera que ver con las distintas idiosincrasias de los pueblos, sobre todo de nuestro continente americano y de Europa. De hecho, no podía resistirse a visitar una ciudad o un país sin comprar un libro sobre la historia del lugar (desde luego, no para archivarlo en la biblioteca, sino realmente para leerlo...). Por la misma razón, también sentía una gran atracción hacia los idiomas. Además de hablar y leer sin dificultades francés, italiano e inglés, comenzó seriamente a estudiar el alemán, ¡cuando ya se acercaba a los 70 años!

 

Fue un hombre creyente y practicante. Aún cuando hablara muy raramente de religión y no dejara fácilmente traslucir su vida interior, no hay duda de que su trayectoria estaba marcada por los ideales del Evangelio. ¿No es, después de todo, el ejemplo de una vida coherente mucho más importante que las palabras?  

En fin, para concluir esta semblanza, brevísima e imperfecta, no puedo dejar de rogar a Dios por su alma, para que ya la tenga en su gloria.