Editorial

 

 

DESTRUIR UNIVERSOS
 

 ¿Quién hubiera imaginado que el ser humano, esa obra de arte que maravillaba a Hamlet por cuán semejante a Dios y a los ángeles lo veía, desde aquella bruma danesa suya, tantos milenios después de inventada la escritura, de construidas las primeras ciudades, de aprendido el arte de sembrar y de criar los animales, seguiría matándose con dedicación, deliberación, meticulosidad y saña, y dedicando insignes recursos económicos, y esfuerzos intelectuales ciclópeos, al objetivo de acabar con las vidas de otros miembros de la especie?

Hace cuatro milenios y medio, se contaba en la región donde hoy quiere seguir estando Irak la historia del rey Guilgamesh de Uruk. Tras vencer, junto a su compañero Enkidu, al monstruo Humbaba, se disponían a ultimarlo. Entonces Humbaba imploró, poéticamente, a sus captores: "¿No debe acaso el pájaro caído regresar al nido, como el guerrero cautivo volver a casa de su madre?" Pero ellos lo mataron. Y entonces los dioses estallaron en ira: "¿Por qué habéis hecho esto?", exclamaron, derramando maldiciones sobre Enkidu y Guilgamesh.

En aquellos tiempos, los dioses aún hablaban. Jehová, en el Génesis, reacciona de modo muy semejante cuando Caín asesina a su hermano Abel. "¿Qué has hecho?", interroga, "¡La sangre de tu hermano me está clamando desde la tierra!" Pero ni los gritos del Dios bíblico, ni los de todas las divinidades juntas, han podido evitar ese ritual reiterado de dar de comer sangre humana al polvo hambriento. El príncipe Sidartha, devenido Buda, predicó la compasión como virtud excelsa, y el horror de acabar con otra vida. Muchos de sus seguidores, lanza ensangrentada en mano, le alzaron gigantescas estatuas. Jesús de Nazareth predicó el amor a los demás como primero de los mandamientos. Y millones de discípulos suyos masacraron personas en su nombre. "¿Cuándo vamos finalmente a aprender?", se lamentaba dulcemente Bob Dylan. Es una pregunta retórica.

Atrás de todas las guerras hay soberbia. Somos más fuertes, tenemos dioses más poderosos, nos corresponde esa tierra que ocupáis, somos el pueblo elegido, luchamos por la única fe verdadera, nuestras ideas son las correctas, somos más civilizados, nuestras instituciones superan a las vuestras, nuestra raza es más noble, estamos más evolucionados, somos más inteligentes, más bellos, más dignos de estar en este mundo. En el fondo, ese placer arcaico de humillar, pisotear, decidir la vida del otro. La violación ritual de las mujeres del vencido, que se continúa en las guerras hodiernas de mil maneras (incluso la literal, como se vio en la muy europea Yugoslavia). La guerra es un festín de testosterona. Emociona, subleva, pone de pie. Banderas, tambores, desfiles. Ellos y nosotros.

Los rostros desesperados de los niños sin casa, sin familia, sin piernas. El llanto sin límites de las madres ante los cuerpitos que una vez estuvieron en sus vientres. La impotencia cósmica del ser humano común ante las bombas que destrozan sueños, los misiles que, deliberadamente o por error, apagan en un instante mil futuros. Deberían mover a silencio, a penitencia, a regreso. Deberían ser fuente de arrepentimiento, de tristeza amarga, de ademanes humildes. Pero algo anda mal en la máquina del hombre. Porque esas lágrimas operan como lenguas de combustible en las llamas del odio. En vez de quebrar el alma, emborrachan de poder a unos, y enloquecen a los otros con el deseo de venganza. Las cunas son peones en un ajedrez siniestro. Sólo el padre que las ve vacías sabe de lo falsas que son, en materia de besos y sonrisas, las estadísticas.

Las guerras se encadenan unas con otras. Todas son una y la misma, al fin y al cabo. Helenas raptadas, tronos usurpados, patrias ocupadas, soldados capturados... Las justificaciones se reiteran y se suman. Se encaraman, se trepan, se entretejen. Finalmente, se olvidan, y las madres ya no saben realmente por qué entregan a sus hijos en brazos del fusil y la granada. No recuerdan en verdad cuál fue la remota causa primera de que ahora alguien, desde un escritorio ignoto, pretenda que las caricias de invierno sean suplidas por una bandera, una medalla, y una nota escueta.

Cuánta inefable belleza hay en la orden evangélica de dar la otra mejilla, de entregar el manto. Cuánto han escrito los cristianos para explicar, con citas de filósofos helénicos y lujo de argucias dialécticas, por qué ese mensaje no debería ser entendido literalmente, y ni impediría matar, ni hacer la guerra. En el fondo, quizás, la verdad sea solamente que seguir ese mandato, que amar a los enemigos y no exterminarlos, sea demasiado difícil, pero a nadie le agrada reconocerlo. Máxime, si reza el Padrenuestro. Por eso, Nietzsche era más sincero.

“Quien salva una vida, es como si hubiera salvado un mundo entero”, dice, con poesía y profundidad insuperables, el tratado talmúdico del Rabí Eliezer. Porque "todo aquello que el Santo Único (bendito sea) ha creado en el mundo, lo creó también en el hombre" (Aboth d'rabí Natán). Cada bala, termina con un mundo. Cada bomba, destruye decenas de planetas. Cada guerra, es el funeral de un universo entero. ¿Lo entenderemos alguna vez?

Y un antiguo epigrama hebreo agrega: "¿Quién es realmente poderoso? Aquél que de un enemigo hace un amigo"... 

  Ricardo D. Rabinovich-Berkman