LA ELECCIÓN
DEL SEXO DEL BEBÉ

 


Reflexiones a partir de la conferencia
de la Lic. Adriana Baretta

 

 

 

 

                       Federico Gabriel Piedras Quintana

 

            ¿En qué contexto se sumerge, por sobre todas las cosas, una discusión liberal? Hay un debate que se prolonga y disemina dentro de una perspectiva donde abundan los conceptos normativos de persona, cargados de concepciones metafísicas de la naturaleza. Finalmente, ese debate inicial se sumerge en el mar de los principios: de pronto nos encontramos con que ya no interesa el cómo de las cosas, sino que todo se traslada a la cultura y la vorágine del shopping. Y todo, para responder la pregunta inicial, en el contexto de una discusión posfascista.

 

            Escuchemos la voz de Ariel Schettini:

 

            El heredero

 

            Cundo mi hermana tuvo un hijo

no sabríamos qué tendría.

El crecimiento de la cifra de la superpoblación mundial,

un nuevo consumidor en el mercado,

o un agente de polución ambiental.

 

(...)

 

Bienvenido –le decíamos–.

Bienvenido a las clases y a las calificaciones.

Bienvenido a los automóviles usados que reparás

en el taller, como tu linaje de mecánicos.

Bienvenido a la destrucción del Amazonas

y al Discovery Channel.

Bienvenido a la clase obrera.

 

En un artículo de 1966, Michel Foucault escribe: “Para realizar la historia del cuerpo humano del mundo occidental moderno deberían seleccionarse los años del período que va de 1940 a 1950 como un período de referencia que marca el nacimiento de este nuevo derecho, de esta nueva moral, y de esta nueva economía del cuerpo” (“¿Crisis de la medicina o crisis de la antimedicina?”, en Estrategias de poder, Barcelona, Paidós, p. 343).

Desde mucho antes, pero nuca como entonces, el cuerpo del individuo es uno de los objetivos principales de la intervención del Estado. A partir del momento señalado por Foucault hay, para Foucault, un dispositivo estatal que define el cuerpo en otro registro: “Hoy la medicina está dotada de un poder autoritario con funciones normalizadoras que exceden con mucho la existencia de las enfermedades y la demanda del enfermo” (Op. cit., p. 346). Así, continuará Foucault, “Frente al gran poder absoluto, dramático y sombrío de la soberanía clásica (poder hacer morir), aparece un nuevo poder continuo que es el poder hacer vivir (p. 225).

Entonces, en este contexto, cómo se sitúa el debate frente a la predeterminación materna del sexo del bebé. Por ejemplo, en el aula de una Universidad, la del Museo Social Argentino, el 7 de julio de 2006.

Allí, invitada por el Instituto de Bioética y Bioderecho, la Lic. Adriana Baretta, comenzó describiendo su propio método. A partir de premisas que podríamos denominar deleuzianas, distintos matices y pliegues del discurso se fueron diseminando en la explicación de los cuerpos y del sexo para finalmente concluir que el azar del género no responde, sin embargo, a una lógica del azar. Tampoco la ciencia. En ese sentido, todo es una multiplicidad que desde las conexiones mismas que allí funcionan, surgen cuerpos que a la vez se conectan, intensifican, metamorfosean con otros cuerpos. De este modo, la alimentación de la mujer se relaciona – y conecta– con el futuro sexo del cuerpo engendrado –el feto–.

Elegir la comida es la materialidad de un trauma histórico: ser hombre, ser mujer, ser el deseo previo de otros previo a la misma existencia, donde no sólo se predetermina un nombre sino que además se intenta predeterminar, dentro de una máquina del deseo que en ningún momento pretende dejar de potenciarse, el espacio de un cuerpo dentro del género.

Consciente de todo eso, la esquizofrenia capitalista potencia e intensifica, dentro del seno de las distintas sociedades, el sexo. Hay una conexión estrechísima, señalaba la Lic. Baretta, entre las sociedades, la abundancia y el derroche, la pobreza y el género. Luego, lo que deviene, son todas posiciones (mayorías, menorías, cuerpos raquíticos y devastados, cuerpos superpesados, periferia, centro, marginalidad, codicia, locura, normalidad aterradora, palabras descontextualizadas y críticas livianas que en un intento de totalidad, no abarcan nada). Pero esas posiciones son posteriores.

Antes hubo esa conexión ceñida a la suerte de la alimentación donde a través de un método que debe debatirse y analizarse aún más –pero que de cualquier modo desde su principio se incorpora desde de lo natural (es decir, no hay una erradicación de cuerpos de otros cuerpos para posibilitar la experimentación y la maleabilidad en y con el sexo; no es la fecundación in vitro; no es ciencia mercantilizada; es trabajo de investigación a partir de premisas que surgen de analizar las diferencias dentro de las distintas sociedades que se conectan en el engranaje de la máquina social humana)–, se especificó que la alimentación de la mujer incide en el flujo y el flujo y su estado, en la elección de los espermatozoides. Y ser X o ser Y deviene, finalmente, en ser hombre o ser mujer. Luego surgirá un pacto de lectura y clasificación donde la estructura de un microsistema y su micropolítica de poder exponga a los cuerpos. Una vidriera que se agota en la luz de un velador que se pretende sol.