Obispo Angelelli:
el recuerdo, su legado
y la actualidad.
Una mirada filosófica. 

 

                                                   Eduardo Héctor Méndez 

 

Decid, ¿Cuál fue mi crimen? ¿lo sospecháis siquiera?
Y me acusáis sabiendo que nunca delinquí.
Quemadme,  que mañana donde encendáis la hoguera,
levantará una  estatua la historia  para mí.
(Anónimo dedicado a  Giordano Bruno)

 

                                                                       I.

                        El miércoles  4 de agosto de 1976, es decir unos meses después de instalada la dictadura militar, el Obispo Enrique Ángel ANGELELLI  fue asesinado en la ruta que une el Chamical  con la ciudad de La Rioja, capital de dicha Provincia.  Las autoridades militares  se refirieron al mismo como un accidente de tránsito.                    

       Ya el 18 de julio, del mismo año, también en La Rioja,  habían sido asesinados  los sacerdotes Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias, muy cercanos al Obispo, como así también el laico Wenceslao Pedernera, asesinado impunemente  en su humilde vivienda,  en presencia de su familia.

                        Fue una clara advertencia para lo que vendría luego. Intimidación que el obispo asesinado rechazó  “Buscan que yo me vaya para  que se cumpla lo del Evangelio: Heriré  al pastor y se dispersarán las ovejas, pero no pienso moverme de La Rioja, ni callarme”.

                        Horacio Verbistsky en su última obra relata las últimas horas del Obispo “..reunió toda la información posible sobre el martirio de Longueville y Murias. Los vicarios zonales le aconsejaron que se alejara por un tiempo, pero se negó...emprendió viaje a La Rioja con el sacerdote Arturo Pinto...Todo parecía en orden. Salieron  después del almuerzo  una vez que Pinto revisó el auto. El Obispo iba al volante. Imprevistamente fueron seguidos por otro vehículo, un Peugeot 404 claro,   que los pasó y los encerró. Según Pinto..se produjo como una explosión. La camioneta dio varios tumbos. El cuerpo de Angelelli, fue hallado a veinticinco metros del vehículo, cara al cielo con los brazos extendidos  hacia atrás, descalzo y con la piel de los talones  raspados... Según la justicia los autores arrastraron  el cuerpo luego del vuelco. Un camionero que llegó después vio el cuerpo ubicado   con llamativa  prolijidad, derecho sin magulladuras. Luego se comprobó que tenía la nuca absolutamente destrozada”. [1]

        En 1986, el Juez de la causa habló de un homicidio fríamente calculado.

 

        A 30 años de su asesinato se  comienza –aunque tardíamente-  a recordarlo.

                        El Obispo Bergoglio sostuvo hace pocos días atrás   que “el recuerdo de Angelelli, no es una simple memoria capsulada, es un desafío..y nos interpreta”.

                        El Obispo Esteban  Hesayne nos dijo  que “Angelelli  es un mártir de la fe cristiana. Su prédica sacudía a los tibios y molestaba a los injustos  y opresores. Molestaba que dijera  y recordara que la Iglesia de Jesús ha de seguir siendo pueblo o dejar de ser la Iglesia de Dios”

                        Acuñó la frase  que recorrió el mundo pastoral y es eje de una auténtica evangelización “El discípulo de Jesús ha de tener un oído en el Evangelio y otro en el pueblo..”.

 

                                                           II.

                         Pero entonces cabe la pregunta. ¿Quién fue este hombre hoy recordado, incluso desde los ámbitos oficiales? ¿Quién era Enrique Ángel Angelelli?.

 

         Había nacido en Córdoba  el 17 de julio de 1923, y ya a los 15 años de edad,  despertó  su vocación religiosa, ingresando al Seminario Metropolitano Nuestra Señora del Loreto.

                        Fue a Roma, donde estudió  en el Colegio Pio Latino de Roma, y obtuvo la licenciatura en Derecho Canónico. Regresó a Argentina,  para estar junto a los necesitados  como Vicario Cooperador de la Parroquia San José,  del Barrio Alto Alberdi. En 1952 en pleno gobierno Justicialista  fue designado asesor de la Juventud  Obrera Católica, tomando luego contacto con otro sector que siempre defendió y mucho: los estudiantes, pues comenzó a colaborar con la Juventud Universitaria Católica.

 

                        Ya en la década del 60, comenzó a participar  en ayuda de los obreros, en los conflictos que asolaban a nuestro país. Angelelli fue desplazado del gobierno eclesiástico, para luego ser reincorporado  en 1965 con Raúl Primatesta a cargo de la Arquidiócesis.

 

                        En 1968 se producen dos hechos que lo marcarían sustancialmente: Paulo VI  lo designa Obispo de La Rioja y en la ciudad colombiana de Medellín, surge el documento que elabora  la 2da Conferencia  General  del Episcopado Latinoamericano, en el mes de septiembre de dicho año.

 

                        Dicho documento será una guía de acción para Angelelli. En su mensaje  a los pueblos de América Latina, se decía que la palabra de los pastores debía ser un signo de compromiso. Se estaba en una nueva etapa histórica  y  había llegado la hora de actuar, denunciando con firmeza aquéllas realidades de América latina que constituían  una afrenta  al espíritu del Evangelio.

                        Se alentaba y se urgía un nuevo orden de justicia y se “intentará” la liberación de América Latina a costa de cualquier sacrificio.

                        En sintonía con dicho espíritu, se realizó en Córdoba el Primer Encuentro Nacional  del  Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y en ese clima, por ejemplo  el Obispo Angelelli en la navidad de 1970, tomó una medida que chocaba abiertamente con el sector más conservador de la Iglesia. Decidió que la misa de Nochebuena fuera celebrada, no en la catedral, sino en los barrios riojanos más pobres, lo que marcó el inicio de una campaña de críticas y amenazas que no cesarían.

 

                        A su impulso se creó una Cooperativa que peticionaba a favor de la expropiación de 120 hectáreas pertenecientes a una finca privada, lo que no hizo más que agravar la situación. Su nombre figuró en la lista elaborada por la Triple A  y ya en la dictadura militar, su empuje para esclarecer el asesinato de dos de sus compañeros, ya mencionados,  –Murias y Longueville-  fue la excusa de los asesinos para terminar con su vida. Una vida consagrada al acercamiento con el “otro”, con los que no tenían voz.

 

                                                           III.

                        El Obispo Angelelli, fue el que se acaba de describir Allí se mencionan fechas y  lugares, pero es mi deseo plantear mis precisiones y miradas  -para ser honesto intelectualmente- desde un ámbito no convencional desde lo teológico;  no soy un hombre religioso; pero siento una conexión y una  sintonía casi perfecta con algunos mártires de la Iglesia católica. Conocí al Padre Kelly, asesinado por la dictadura  militar en la masacre de los Palotinos, y así como él y Angelelli, muchos de ellos vieron una realidad, una realidad muy nuestra y es  esa “unión” o reconocimiento del “otro”,  donde anida el lazo mencionado. Y ello significa acercarse necesariamente a lo filosófico.

 

                        El pequeño esbozo su biografía,  nos permite aunque limitadamente, pensar a Angelelli,  en un tiempo histórico definido, de luchas, de decisiones y en definitiva, de libertad. Y ha sido evidentemente la del Obispo Angelelli, una vida marcada por la pasión. Y creo que es una excelente ocasión en los tiempos actuales, para reflexionar sobre una  vida tan intensa, marcada por la solidaridad al prójimo.

 

                        Un anuncio  biográfico nos da cierto acercamiento, pero no nos  brinda una mirada total. Es este punto de vista que me motivó realizar esta pequeña glosa. Tratar de ver sus actitudes desde un ámbito filosófico, teniendo como norte la “vida”, los actos  en el más pleno y abarcador sentido de la filosofía existencialista.

 

        Hay que intentar ver sus actos, sus acciones, sus decisiones, sus opciones, por ello mencioné la palabra libertad. La libertad no es una virtud, ni un valor, el hombre es ontológicamente libertad y en esas decisiones  que tomaba por ejemplo,  el llamado obispo mártir, de festejar  la Nochebuena en un barrio pobre, se establece una clara definición de vida y de actitud. A mi modo de ver si se mantiene esa definición y esa actitud a lo largo de los años, eso es lo que marca a una persona comprometida. ¿Qué significa el compromiso?. Acercarse y conocer, no la mirada ajena y piadosa, sino un acercamiento que implique comprender. Angelelli  acercó a los pobres un Evangelio comprometido, un Evangelio que explicaba que eran acreedores de la sociedad.

 

                        Pienso que si  no somos capaces de ver la miseria, la pobreza, la marginación y la exclusión no somos “humanos”. No hay sujeto sin reconocimiento. Por ello  la persona es esencialmente y ontológicamente  intersubjetividad.

 

                        El Obispo Angelelli desde su lugar, desde la función sacerdotal  que eligió, tenía una tarea. Y así lo  entendió. Y ante la opción de quedarse con el sermón tradicional, casi mecánico, burocrático y sin pretensiones de novedad ni de verdad, opta por otra: la denuncia, la crítica, reflexionar con la palabra del Evangelio y cuando advirtió que ello molestaba a ciertos sectores de poder, enfatizó y profundizó su tarea: estaba en lo cierto, había elegido bien.

         Consideró que era  la mejor posibilidad en ese momento y en esas circunstancias.

 

                        Estar junto a los pobres era lo que necesitaba su tarea  pastoral. Las necesidades y reclamos de los que menos tienen, eran los suyos. Consideró  que había una urgencia impostergable de acción solidaria con el oprimido, cualquiera sea el riesgo que corra el compromiso cristiano.

 

                        El no actuar, el omitir, el no decir nada implicaba el ser cómplice. A sus críticos –vinculado con la heterodoxia  eclesiástica- seguramente les habría dicho  que la fe cristiana se había anquilosado, estaba inerte, no tenía vida. La tarea  era la de devolver a la fe, su movimiento, su andar, su espíritu crítico.

 

                        Angelelli era crítico, pero ¿en qué sentido?. Su tarea era revalorizar  la dimensión crítica de la fe  y ello requería que los cristianos hicieran su propia autocrítica,  en la medida en que activa o pasivamente habían forjado  y mantenido estructuras  de opresión y alienación del hombre.

 

                        Para Angelelli y los demás asesinados por la dictadura, la auténtica fe cristiana es un compromiso con la historia, con el aquí y ahora, con el presente histórico  que vive el hombre. El presente es decisivo y en el presente hay que optar por el “prójimo”. El “aquí”  y “ahora”, el presente existencial, el pobre requiere su aquí y ahora.

 

                        ¡El aquí y ahora¡ Ello lo alejaba de la ortodoxia. El aquí y ahora creo que unifica  el pensamiento de los mártires cristianos en la década del 70. Muchas veces sus misas en La Rioja eran obstaculizadas con marchas militares amplificadas. Se le decía que pobres habrá siempre, se “naturalizaba” el discurso, es “natural que haya pobres”. Que tanto ricos como pobres son salvados por Dios, que el amor cristiano es universal, debemos amar a los amigos y a los enemigos, pero seguramente Angelelli, hubiera dicho que la salvación se realiza en la historia, en un proceso histórico.

 

         Si se reduce  el amor cristiano, a una dimensión universal, se hace ineficaz; cada marginado tiene su historia, cada pobre tiene su experiencia de vida, y allí había que actuar, tal cual lo reclamaba el movimiento Episcopal Latinoamericano de Medellín.

 

                        El amor cristiano fiel  al evangelio  debe ser liberador. Debe liberar al pobre de su miseria y también liberar al rico de su  egoísmo.

                        ¿Ello era subversivo?. Pues en las circunstancias históricas que le tocó vivir, tal vez sí. Pero lo que hacía Angelelli   era simplemente un modo de seguir a Jesús.  ¿Provocaba desorientación en los cristianos? Pues sí. Pero callar la realidad, también desorientaba a los cristianos. No se puede dejar de actuar, se puede cambiar, y ese  cambio comienza con el reconocimiento del “otro”, la exterioridad del “otro”.

 

          La única manera de comprenderlo  es la experiencia del encuentro, de la proximidad. Responder a las exigencias de los pobres significa analizar las causas estructurales de la pobreza y construir un orden social más justo. La Iglesia de América Latina elaboraba su propia Teología

 

                        ¿Cuál es la tarea de los pastores, sino es el “estar”, el aproximarse, el conocer al otro?. El encuentro con el pobre debe ser un compromiso  de solidaridad. Creo que el legado de Angelelli y los demás sacerdotes victimas del terrorismo estatal,  sigue siendo la de saber  qué mirada hace la Iglesia sobre la realidad.

 

         Angelelli vivió una época signada por el Documento de Medellín  y el nacimiento del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. Tomaban las categorías de la democracia, el poder, la salvación, la cultura etc, como problema. Se “problematizaba” la realidad. Se hablaba de clases sociales, de lucha.

                        Hoy se dice que dichas categorías están vetustas, perimidas, fuera de la historia, no se habla de clases, se habla de pueblo, concepto más difuso. ¿Cuánto hace que no se escucha hablar de justicia social?. Hace mucho, porque en el discurso actual, ello no interesa. Hayek sostiene que la justicia social es “inaplicable” en una sociedad de mercado.  No hay intersubjetividad.

          Existen los excluidos, que son sujetos sin  ninguna posibilidad de reconocer y consecuentemente sin ninguna posibilidad de ser “reconocidos”. Y eso es la expulsión de todo tipo de solidaridad. ¡Vaya entonces la actualidad de Angelelli en estas épocas de posmodernismo!.

 

                                                           IV

                       

                        Carlos Cossio –el iusfilosofo argentino mas importante del siglo XX-  decía hace cuarenta años atrás, que es revolucionario  el que no tiene nada que perder o el que está dispuesto a perder  todo lo que tiene. Si el revolucionario se juega siempre el todo por el todo, es porque en  su vivencia se juega por la verdad. 

       

                   Angelelli no fue ajeno a muchos de los hombres  pastores  de su época. Luchó contra los poderes públicos que habían  asesinado  a sus compañeros  y su misma muerte –como la de todos-  fue un acontecimiento público. Hoy se lo recuerda a 30 años de su calvario por la dictadura militar. Su prédica sigue en pie.

 

               La Iglesia de hoy –con otras circunstancias-  si tiene voluntad de dar testimonio de su muerte, tendrá que realizar un esfuerzo para elaborar una teología vinculado a la realidad. Debe ser una reflexión sobre la existencia real  y de cómo los cristianos se comprometan con la misma.

               Si no es así, la muerte de Angelelli como de los otros mártires, habrá sido en vano. 

 

                        El reformador, el revolucionario, puede prescindir de modelos y proyectos detallados, pero no pueden dejar de indicar claramente la dirección del cambio. Y Angelelli lo hizo. Había que ser pertinaz en el esfuerzo para salir de la esperanza  permanentemente defraudada. Tan pertinaz fue, que por ello lo asesinaron. No era cosa que tal vez ganara la partida.  Pero  hoy  Angelelli  tiene su estatua. Tal vez haya ganado.

 


[1] Horacio Verbitsky. “La Argentina Católica y Militar”. Editorial Sudamericana. Pag  66.