ALEGATO
SOBRE

LA DIGNIDAD
HUMANA

- A manera de prólogo -

 

                                                           Asdrúbal Aguiar

 

El Doctor Alexis Bello, apreciado amigo, reconocido cardiólogo y muy celebrado hombre de ciencias venezolano, ha tenido la amabilidad de solicitarme el prólogo de este prometedor libro de pedacerías. Se trata de una obra armónica y plural, que cumple al unísono con un propósito divulgativo indispensable y que preserva el rigor conceptual reclamado por los temas a que ella se contrae. La ha preparado de consuno a un calificado grupo interdisciplinario de profesionales y de investigadores preocupados por la revolución genética que vive la Humanidad y por sus efectos diversos en la medicina, la farmacología, la economía, el medio ambiente, la alimentación y, de modo relevante, en la ética y en el Derecho.

 

He aceptado este encargo, de suyo delicado y comprometedor, a título de desafío. La materia me es extraña y se me revela compleja en sus elementos científicos y técnicos; pero no ha dejado de interpelarme en los últimos tiempos, antes que en mi calidad de docente y estudioso del Derecho de los Derechos Humanos sí como simple mortal, a quien le angustia el curso acelerado de la contemporaneidad: tocada por progresos ingentes, que así como benefician al hombre arriesgan valores que son consustanciales a la identidad y a la existencia misma de todo el género humano.

 

“Los recientes progresos en el campo genético – como bien lo apunta Héctor Gros Espiell, Presidente de la Comisión Jurídica del Comité Internacional de Bioética de la UNESCO - ...plantean grandes problemas, de innegable incidencia sobre la naturaleza y el destino del hombre y de la Humanidad” (En Genética y derechos humanos: El anteproyecto de declaración de la Unesco sobre la protección del genoma humano, Scritti in Onore di Guido Gerin, Cedam, 1996).

 

De modo que, vengo observando los asuntos a los que se refiere esta obra útil, por esencial para las generaciones del momento, con la curiosidad  y también con el recelo de todo aquel quien, por vez primera, se cruza con una suerte de <<neúmeno>>: realidad última que se halla fuera de la experiencia posible, que trasciende a lo radicalmente humano y a la cotidianidad de lo natural y de su racionalidad.

 

Como jurista me he acostumbrado a la predictibilidad de las conductas; y, sin mengua de los auxilios indispensables que todo hombre de leyes, animado por la idea suprema de Justicia, debería aceptar desde la ciencia de los valores, mi tarea y la tarea de quienes conmigo comparten intereses intelectuales tiende a aferrarse, lógicamente, a las regulaciones formalizadas de lo que nos ha sido dado y de lo que podemos sujetar dentro de los parímetros culturales de la civilización y de la historia que nos tiene como testigos.

 

Así que, temas como la clonación y la posibilidad próxima, además de cierta, de la clonación de humanos; la eugenesia o la terapia genética para el perfeccionamiento, la extensión vital, o para la mutación de las especies animales o vegetales; la procreación homosexual, unisexual, o sin relaciones coitales; y, en esta misma linea de los inéditos, el advenimiento señalado de la robótica, de la nanobótica, o de los humanoides: suerte de máquina vital o de <<diadoco>> que casi emula a esa piedra pálida que, según una creencia supersticiosa de la antigüedad, puede hacer aparecer a los mismos demonios, son apenas unas de las muchas realidades que a todos nos llenan de asombro y de igual miedo.

 

Y nos trastornan porque no existe otra manera de abordarlos que provocando o admitiendo la provocación, en quienes apreciamos tales asuntos estética o cognoscitivamente, de una ruptura epistemológica. Lo que no es fácil, de buenas a primeras. Aun cuando la misma razón nos diga que, es difícil toda aproximación a los argumentos contenidos en este libro incitante si media prevención o sojuzgamiento; puesto que mal se puede vaciar el vino nuevo en los odres viejos. En todo caso, la actitud prudente es observarlos con respeto crítico y, eso sí, éticamente cuidadoso, a objeto de que sus agentes o los realizadores de tales hazañas también puedan respetar nuestras propias reglas, nuestros propios saberes y disponerse a escucharnos con idéntico ánimo de diálogo y de reflexión acerca de los límites morales de sus respectivos descubrimientos e innovaciones sobre la biología. 

 

Admito, pues, que en un plano distinto no habría espacio más que para la estéril antinomia entre los ordenes moral y jurídico conocidos y las realidades en cierne; que, por originales, reclaman de otro orden por construirse o de la reconstrucción del orden viejo: afincándolo en los neoparadigmas que emergen del contexto histórico y temporal corriente, pero cuya estabilidad, asimismo, dependerá de su adhesión a lo que es inherente, consustancial, permanente, propio a la inalienable e instranferible dignidad humana. Gros Espiell, ya citado, dice bien cuando, al referirse a la ciencia biológica relativa a los mecanismos de la reproducción que aseguran el mantenimiento de la vida y su transmisión de una generación a otra, afirma que un Derecho que no incluya [un] núcleo ético y que no esté dirigido a lograr un orden de justicia, es sólo mandato imperativo caracterizado por la coerción puesta al servicio de su aplicación, pero carece de toda legitimidad”.

 

II

 

Al leer como ya lo hice, dentro de las páginas siguientes, que en las vísperas de haber concluído el siglo y el milenio precedentes, un 26 de junio de 2000  nuestra generación fue capaz de descubrir “el código de la vida de la especie humana”, vale decir, el “manual de operaciones que determinará las características físicas, psicológicas e intelectuales de cada individuo”, pude entender la admonición que – repetida en algunos de mis ensayos y libros – alguna vez me hiciera Juan Carlos Puig, maestro y amigo fallecido, compañero de ideales, ex canciller argentino y exégeta de la teoría jurídica tridimensional y de sus aplicaciones al ámbito jurídico internacional y latinoamericano: “Toda una era en la evolución geo-bio-morfológica terráquea ha llegado a su fin: la del laboreo de los metales, que dio inicio hace más 40.000 años en el cuaternario y que ahora le da el paso a la Edad de la Inteligencia Artificial”. Y Puig, con elocuencia dramática, finalizada su decir con angustia: ¡ Que no nos ocurra como al Búho de la Minerva, que levantaba su vuelo a la caída del crepúsculo cuando ya las tinieblas habían hecho desaparecer la claridad del día”.

 

De modo que, oteando en los referentes morales y al reparar en las prácticas de clonación animal y vegetal junto a sus perspectivas bienhechoras para la Humanidad y para su sustentabilidad dentro de las barreras temporales y de perfectibilidad que le son inherentes a los hombres, varones y mujeres; mas, al considerar las perspectivas cristalizadoras de la clonación de la especie humana y, del mismo modo, al apreciar que la fecundación in vitro, así como ha hecho posible el bien de la procreación en el caso de parejas infértiles ha roto con el principio original de la heterosexualidad y del amor de la pareja como fundamentos de la vida, no he podido evitar mi vuelta conciente hacia las enseñanzas inagotables del Antiguo Testamento.

 

Y aclaro que fuera de toda aproximación confesional, legítima en tanto y en cuanto los seres humanos somos hacedores y productos de nuestra propia cultura - lo que nos distingue de las especies inferiores -, no podría objetarse el que debamos tener presente, de cara a la fenomenología comentada y a los muchos predicados del sugerente libro que ahora tenemos en nuestras manos, el sentido último de la pedagogía metafórica veterotestamentaria: pues habla sobre el origen de la vida, de la emergencia primaria de la hembra por indispensable al varón, y del propósito final que animó ese acto excelso de “duplicación” de la misma vida realizado de manos y según el designio de su Hacedor Supremo:

 

“Y dijo Dios: Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra... Y Dios impuso al hombre este mandamiento: De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio. Dijo luego Yahveh Dios: No es bueno que el hombre este sólo ...Entonces, Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vació con carne. De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: Esta vez si que es hueso de mis huesos. Y al hombre le dijo: Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer....con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás...Y dijo Yahveh Dios: ¡ He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal! Ahora, pues, cuidado, no alargue su mano y tome también del árbol de la vida y comiendo de él viva para siempre...Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín de Edén querubines, y la llama de espada vibrante, para guardar el camino del árbol de la vida” (Génesis, 1, 2 y 3).

 

Los comentarios al respecto huelgan. Y debo repetir, una vez más, que no apelo a los párrafos de la Biblia, para desviar el curso de mi reflexión en este prólogo hacia el campo impermeable de los dogmas.  Evoco sus enseñanzas como espejo para la confrontación dialéctica, dentro una perspectiva más, complementaria y que, con vistas a la crítica ética de conjunto y a la formulación pendiente de las normas jurídicas que habrán de prohijar y moderar el ingenio de las presentes generaciones, mal puede sernos indiferente. Esa perspectiva es, quiérase o no, parte de nuestra cultura y nos dice, con poético lenguaje milenario, sobre el propósito trascendente de un acto típico de clonación y a partir de un hombre premonido de la dignidad de lo divino, sin ser una divinidad, y que necesitaba vitalmente de una pareja; que sería capaz, luego, de crecer bajo el supuesto de su perfectibilidad hasta aproximarse al Absoluto y por ello, conoció el bien y el mal y también comió en el árbol de la ciencia; pero que, tanto como el hombre de nuestro tiempo, hubo de ser contenido en su libertad para que su libertad natural no llegase a violentar el árbol de la vida y enervar la visión ontológica de la mortalidad.     

 

Las ciencias y la técnica, vale apuntarlo, entonces, hacen parte de la cultura. Pero mal podrá olvidarse que en razón de sus métodos, las ciencias y la tecnica no pueden penetrar “hasta las íntimas esencias de las cosas (Constitución Gaudium et Spes, 57). Y de allí que, tanto la ética como el Derecho, que son junto a aquellas expresiones idénticas de la cultura y que, de conjunto a éstas vertebran la triple dimensión de la naturaleza racional y social del hombre (sociológica, normativa y axiodikelógica), deban estar subordinadas en sus realizaciones “a la perfección integral de la persona humana...” y al respeto de su dignidad inmanente (Ibid., 59).

 

La renovada reflexión de Gros, una vez más, no puedo obviarla en su obligado traslado a este Prólogo: “Hoy todo ha cambiado. El Derecho...debe encarar y hacer frente a la nueva situación existente, a inéditos problemas y cuestiones imposibles de pensar hace apenas unas décadas. Pero debe hacerlo fundándose en los mismos principios que en el curso de los siglos, han ido permitiendo edificar el sistema de la protección y garantía jurídica de la libertad y los derechos de todos los seres humanos, sin ninguna forma de discriminación ilegítima”.

 

III

 

El Doctor Bello y sus colegas, al servirnos a todos sus lectores como guías para el descubrimiento de la Transformación genética de la Humanidad, libro éste que lleva por subtítulo ¿Cultivar genes en busca del poder?, tienen el cuidado de informarnos de una manera sencilla sobre este asunto tan vital. Nos invitan, justamente, a compartir la maravillosa tarea de conocernos en profundidad a nosotros mismos y a compartir, de tal modo, el empeño intelectual y experimental que hoy se tiene para también modificar la esencia de lo que somos.

 

Mas, al permitirme destacar en cursivas esa palabra mágica y totalizadora y por lo mismo bastante peligrosa: la esencia,  y que tomo de la breve reflexión introductoria que aparece a continuación, lo hago para aclarar que se trata de la esencia de lo que somos en el ámbito estricto de lo biológico. No podríamos entender y yo tampoco entendería tal expresión dentro de un contexto diferente, como lo sería el de la Esencia del Ser que todos somos. Y los mismos autores, sin mengua de la objetividad descriptiva y rigurosa de sus correspondientes ensayos, sugieren su concordancia con esta última idea cuando fijan, incluso desde el ámbito de lo biológico, un límite ideal y prudente para sus propios desempeños. Escriben y nos dicen, en efecto, que “la naturaleza se ha tomado muchísimo trabajo para que todo individuo sea distinto de otro individuo......[y] cualquier cultura que en interés de la eficiencia o en nombre de cualquier dogma político o religioso trate de uniformar al individuo humano, comete [un] ultraje contra la naturaleza humana”.

 

Lo antes dicho, sin embargo, dado el carácter pedagógico e informativo de la obra in comento, no ha sido óbice para que en ella se nos cuente lo real e inocultable: que el 22 de febrero de 1997, Ian Wilmut, Director del Instituto Roslin de Edimburgo, anunció el nacimiento de la oveja Dolly como producto de la clonación y mediante el uso de la técnica de transferencia nuclear de una célula mamaria de otra oveja adulta. Y que, a partir de este hecho, la posibilidad de clonar humanos – aun siendo ello imposible en el futuro inmediato – finalmente adquiría un elevado grado de certidumbre.

 

En todo caso,  las páginas que siguen y sus autores nos enseñan, fundamentalmente, acerca del significado crucial que tiene para el todo el género humano el descubrimiento de nuestro mapa genético y sobre las prácticas de manipulación o de terapia genética que impactarán favorablemente, junto a sus riesgos y como lo señalé supra, a la medicina, a la farmacología, entre otros sectores. Y no dejan de sorprender, por su carácter casi milagroso – lo que bien fortalece la trillada idea de que sí estamos hechos imagen del Creador – los anuncios de que, en lo adelante, las enfermendades podrán ser diagnosticadas antes del nacimiento y de que, desde la misma concepción, se podrán elaborar bancos celulares para cualquier eventualidad que le presente en su desarrollo biológico a cada ser humano para su oportuna corrección. Todavía más, se nos informa en el libro que algunas compañías de bioingeniería ya han comenzado a considerar el empleo de células progenitoras para revertir los efectos del envejecimiento.

 

El conocimiento genético, en fin, no sólo nos sitúa ante la posibilidad de perfeccionar, mediante la aplicación de la técnica, a nuestra imperfecta especie; nos permitirá, desde ahora mismo y como acontece ya de ordinario, incluso “obtener tomates de lenta maduración, transferir la increíble resistencia al frío de algunos peces del ártico a las fresas para que soporten las heladas, [y hasta] producir arroz resistente a las bacterias, ...., [o] maíz con insecticida incorporado...”. Tantos desafíos juntos, por consiguiente, muestran que el hombre del milenio en cierne, Señor como es de la naturaleza, cultivando y manipulando genes podrá ser capaz de dominar finalmente a la Ciudad del Hombre; pero también nos previenen sobre la probable destrucción de la obra humana a manos de los hombres, si se deciden a sustituir antes que  emular a Dios en su papel protagónico, en uso de ese mismo albedrío que Dios les otorgara en calidad de “don” y sin otro límite que los límites mundanos nacidos de la conciencia recta. Es este el verdadero desafío que nos acompaña y todo cuanto ocurra, para bien o para mal, será el producto exclusivo de nuestra libertad o arbitrio.

 

El Doctor Bello tiene el cuidado de acompañar unas notas en las que discurre sobre las implicaciones éticas, sociales y religiosas que plantean todas las innovaciones que nos muestra en unión de los autores y colaboradores del libro. Se cuida de no influir indebidamente en el ánimo del lector, y le ofrece, eso sí, las herramientas para que reflexione adecuadamente. De manera descarnada comenta sobre la feroz y atroz competencia que tiene lugar en cuanto a las “patentes de los genes humanos”, que instrumentalizan al hombre y le hacen objeto que no sujeto de los descubrimientos alcanzados. Advierte sobre los riesgos de discriminación que puede aparejar el conocimiento del mapa genético del ser humano, quien podría ver menguada no solo su privacidad frente a terceros y, lo que sería mucho peor, desestabilizado en su mismo proyecto de vida o estigmatizado discriminatoriamente al saberse afectado por amenazas ciertas y potenciales a su salud; o carecer de fácil acceso a los beneficios de la terapia genética y, todavía más, ver limitada su posibilidad para encontrar, a manera de ejemplo, un seguro no oneroso de enfermedades si acaso su propio mapa, una vez referido a una empresa aseguradora, le condena como paciente contumaz.

 

Son muchos, en efecto, los problemas que suscitan estos temas y sus avances ineluctables y su igual repercución sobre el plexo de los derechos humanos hoy reconocidos (a la vida, a la integridad personal, a la salud, al desarrollo de la personalidad, a la privacidad, a la procreación, a constituir una familia, a la igualdad, a la identidad, a la no discriminación, etc.). Y, tal como lo sugeri al principio, desde mi óptica personal: difícil no es advertir cuanto se aleja y relaja el paradigma bíblico ante la certidumbre de ese cambio violento de toda la historia del hombre, de las sociedades y de las culturas que tiene lugar: el paso del sexo con reproducción y luego sin reproducción – en especial a partir de los años ’60 - a la reproducción humana sin sexo, agravada, como lo apunta Bello, por la posibilidad de aplicar la ingeniería genética al diseño del “bebé perfecto”.

 

IV

 

¿Tenemos el deber moral y jurídico de impedir la revolución genética que fluye a nuestros pies y que anega nuestra existencia en el presente? ¿Hemos de limitarnos a una crítica ética individualista como moderadora de las acciones libres del hombre, sin ataduras de ningún género, para que éste decida según su albedrío pleno en cada situación específica que le sitúe dentro del ámbito de lo biológico y de sus experimentaciones, vale decir, según su propio proyecto de vida o de personalización como lo sugiere el pensamiento liberal del catedrático mexicano Rodolfo Vásquez ? (Así, Bioética y derecho: fundamentos y problemas actuales, México, Itam/Fce, 1999).

 

La respuesta no es fácil, porque difícil es elaborar una sola respuesta para tantas hipotesis posibles cuanto inagotables.

 

Miguel Bedolla, catedrático de la Universidad de Texas y con quien tuve el privilegio de compartir tareas intelectuales durante un evento pasado sobre Bioética, Axiología y Derechos Humanos, celebrado en Mérida (Venezuela), fue preciso al comentarme que la llamada bioética no tiene otro propósito que hacernos participar a “todos” y a “cada uno” de nosotros en el misterio de la propia existencia. Dicho en otras palabras, nuestra libertad para crecer y para desplegarnos sobre la misma Naturaleza o sobre el ambiente con el que nos ha dotado el Creador, ha de tener como límite, humana y racionalmente discernido, la preservación misma de la misma Naturaleza y de nuestra personal naturaleza, sin degradaciones; pues, al fin y al cabo, una y otra son las que hacen posible y le otorgan sentido a la libertad que nos ha permitido alcanzar los descubrimientos anotados. Y esto, en verdad, nos dice algo más que todo cuanto nos pueda decir el conjunto normativo aún precario con el que cuenta la comunidad internacional para aproximarse al descubirmiento de todos los argumentos y hechos que provoca la revolución genética y que, en unión de otros colindantes, pueden ser reunidos dentro del marco disciplinario de la llamada Bioética.

 

En todo caso, la Declaración Universal de la UNESCO sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos, adoptada en 1977, antes de prohibir como lo hace la clonación con “fines de reproducción de seres humanos” (Artículo 11 ejusdem), reconoce al genoma como “la base de la unidad fundamental de todos los miembros de la familia humana” y, por pertenecer a todos por igual, lo declara formalmente “patrimonio común de la Humanidad”. Y es bueno adverir lo dicho por el mismo Gros, al asumir la responsabilidad del proceso de redacción del instrumento en cuestión y al fijar sus exigencias de base: “...se deberá abolir todo dogmatismo. Será necesario preparar un documento pragmático abierto a los cambios que impone el progreso científico. Tanto la Declaración como la posterior Convención (aún no redactada para la fecha) deberán tomar plenamente en cuenta las diversidades culturales y religiosas, sin por ello dejar de basarse en los grandes principios universales inspirados en la dignidad humana” (Cursivas mías). 

 

La Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, de más reciente autorización, transita por la misma senda principista del documento de la UNESCO, y lo ha hecho luego de que el mismo Consejo de Europa adoptara como prescripción rectora, en su Convenio sobre la Bioética y los Derechos Humanos, que “el interés y el bienestar del ser humano deberán prevalecer sobre el interés exclusivo de la sociedad o de la ciencia” (artículo 2). Y, si bien es cierto que, dentro del contexto interamericano, nuestro sistema regional no ha trazado lineas al respecto, vale recordar lo que es esencial: el Pacto de San José o Convención Americana de Derechos Humanos, al enunciar los derechos humanos que todo Estado se obliga a respetar y garantizar – así, el derecho a la vida, a la integridad personal, a la salud, a la libertad de pensamiento y de información (investigación), etc. – asevera con absoluta contundencia, en su Preámbulo, “que los derechos esenciales del hombre ...tienen como fundamento los atributos de la persona humana”.

 

No son los derechos de la persona humana, por consiguiente, un producto de la mera racionalidad o del voluntarismo social; les corresponden a cada ser humano por el hecho de ser lo que es: Ser y Humano. He aquí, entonces, el punto de partida y el límite dentro del cual ha de discurrir todo discurso, acto u omisión que, como aquellos que provengan de la práctica y del desarrollo de ensayos [científicos y médicos], pueda afectar de manera grave a dimensiones esenciales de la dignidad humana y a los principios ordenadores de libertad, de igualdad y de fraternidad. La intervención de la moral, su conciliación con los repartos de la conducta social y la descripción de ambas dimensiones por las normas jurídicas, o simplemente, la internveción del Derecho en estos asuntos, como nos lo recuerda –mutatis mutandi- Francisco Javier Ansoátegui, Director del Instituto de Derechos Humanos Bartolomé de las Casas, de la Universidad Carlos III de España, parece así justificada y sólo puede construirse dentro de los parámetros señalados, que se resumen en el respeto a la dignidad humana.

 

Pero, a pesar de las señaladas referencias –ya lo advertimos- las cuestiones planteadas por la Revolución Genética son  y seguirán siendo complejas, como compleja es toda reflexión que anuda con la moral y que desafía, abiertamente, a la racionalidad de la persona humana. La apelación a la moral, como categoría a partir de la cual y con fundamento en la cual los seres humanos somos capaces de ejercer nuestra libertad con rectitud de conciencia, lo repito, no sugiere la fijación de un dogma límite; que, según recuerda Jean Desclos (Une morale pour la vie), pretenda ser un yugo fatal sobrepuesto a la existencia o una fórmula mágica en los espacios dentro de los que debe decidir, libremente, cada ser humano o cada sociedad.

 

Esto último es bueno aclararlo, visto que facilitar o compartir la validez moral o no, a manera de ejemplos, de la eutanasia, de la ortotanacia, de la interrupción anticipada del embarazo, de la disposición corporal para un cambio de sexo o, en línea con los temas que directamente interesan a este libro, de la procreación in vitro o de la procreación a partir de la unión de genes femeninos, o de la clonación humana “con fines – por ahora – terapéuticos”, no resulta materialmente imposible. Lo señalé supra: Sómos, ciertamente, libres para acertar como libres somos para errar y liquidar de raíz a nuestra propia libertad. Lo difícil es discernir en cuanto al carácter moral, inmoral o amoral de cada una de las prácticas mencionadas y sobre sus límites concretos. Mas, nos es obligante hacerlo, hasta por la utilitaria razón de nuestra supervivencia o de la garantía de nuestros procederes autonómicos dentro del medio social de la posmodernidad.

 

Quizá algunas preguntas, más que algunas respuestas, puedan iluminar la reflexión de quienes lean esta obra fundamental y ayudarnos en el despeje de de los temores y de las perplejidades comunes: ¿Qué es un ser y, todavía más, qué es un ser humano? ¿Apenas lo es el nacido o, antes bien, el concebido, en otras palabras, toda forma posible de vida humana y, por lo mismo, igualmente digna como digna es toda persona humana que haya alcanzado su plenitud biológica? ¿Es acaso esa dignidad humana, que debe respetarse y asegurarse en toda y por toda experimentación biológica o médica, un mero valor abstracto, que como tal puede valer mucho o muy poco; o acaso es, mejor aún, un referente humanamente absoluto: visto que serían las “cosas” las que podrían tener valor mayor o menor, en tanto que las personas, antes bien, de suyo tienen la dignidad de ser lo que son, sin adjetivos ni condiciones?

 

V

 

De la dignidad humana mucho se habla, es cierto. A ella nos referimos de ordinario, dando por supuesto lo que es: sea por intuición, sea por revelación, sea por mero ejercicio de racionalidad y conforme a la óptica intelectual, cultural e histórica, que motive su planteamiento. Incluso, visto que la dignidad <<se tiene>> o <<se posee>>, para la mayoría resulta trivial o inútil precisarla con efectos prácticos. “El hombre ostenta aquella interior dignidad –lo dice Arturo Ardao- que le viene no de ser un hombre, sino de tener la dignidad de un hombre” (Cf. “El hombre en cuanto objeto axiológico, 1980, apud. German Bidart Campos, Teoría General de los Derechos Humanos, Buenos Aires, Astrea, 1991, pp.74-75). Pero, admitido o no el desafío de su desafiante abstraccionismo, lo manifiesto es que “los derechos humanos parten de un nivel por debajo del cual carecen de sentido: la condición de persona jurídica, o sea, desde el reconocimiento de que en el ser humano hay una dignidad que debe ser respetada [luego de reconocida] en todo caso, cualesquiera que sea el ordenamiento jurídico, político, económico y social, y cualesquiera que sean los valores prevalecientes en la colectividad histórica”, según el lúcido criterio de Angel Sánchez de la Torre contenido en su clásica obra Teoría y experiencia de los derechos humanos (Apud. Bidart, op.cit., p.62). Y, a este respecto, a la manera de un paradigma inexcusable, algo debería decirnos y decirles a los padres de la revolución genética actuante lo que significó, para la sociedad alemana de la última posguerra, lascerada por las atrocidades del nazismo, esa breve y sencilla norma que hoy encabeza a su Ley Fundamental, dictada en 1949 y que declara “intangible” a la dignidad humana; sujetando a dicha intangibilidad la acción de todos los poderes públicos y el desempeño de esa sociedad que otrora padeció los rigores del positivismo durante el período nacional socialista.

 

Quizá, en la búsqueda un hilo conductor que nos aproxime al concepto rector de la dignidad humana, en modo de fundar los criterios reclamados de un modo general por la llamada revolución genética y proveer a la solución de los múltiples y diversos problemas que plantea a la bioética, cabría el auxilio de la enseñanza pontificia: “Por razón de su dignidad, todos los hombres, por ser personas, es decir, dotados de razón y de voluntad libre y, por tanto, enaltecidos con una responsabilidad personal, son impulsados por su propia naturaleza a buscar la verdad, y además tienen la obligación moral de buscarla...Están obligados, asimismo, a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según las exigencias de la verdad. Pero los hombres no pueden satisfacer esta obligación de forma adecuada a su propia naturaleza si no gozan de libertad psicológica al mismo tiempo que de inmunidad de coacción externa” (Declaración Dignitatis humanae, 2).

 

La extraordinaria síntesis que nos provee Tomás Melendo (Las dimensiones de la persona, Madrid, 1999) es quizá la que mejor especifica, en mi criterio, el sentido prescriptivo de la dignidad humana; y así podremos constatarlo con la cuidadosa observación, a manera de ejemplo, del contenido de las distintas normas que recoge el único instrumento internacional convencional que, a pesar de su alcance regional, nos ilustra de manera suficiente en cuanto a esta materia delicada: el Convenio de Asturias sobre Derechos Humanos y Biomedicina, adoptado por el Consejo de Europa en Oviedo, el 4 de abril de 1997; y cuyo texto, luego de precisar que “el interés o el bienestar del ser humano deberán prevalecer sobre el interés exclusivo de la sociedad o de la ciencia” (Artículo 2), deja cristalizados, entre otros, los siguientes principios ordenadores fundados en la idea de la dignidad humana: identidad de la persona; regulación jurídica prohomine; acceso equitativo a los beneficios generales de la sanidad o de las aplicaciones de la biología y de la medicina; consentimiento libre e informado; protección del incapaz y de los menores; privacidad y derecho a la información; no discriminación; finalidad médica de la investigación; intangibilidad del genoma humano; prohibición de las técnicas predefinitorias del sexo; ausencia de medios alternativos; protección del embrión humano; proscripción del lucro; reparación del daño injustificado.

 

Pues bien, Melendo dice, de una manera lacónica, al describir los elementos integrantes de la dignidad, que debemos entenderla como “(1) aquella excelencia o encumbramiento relativos a un tal grado de (2) interioridad – o de conciencia interior – que permite al sujeto manifestarse como (3) autónomo”...Se trata, en criterio del autor, de “propiedades: (i) [que] las poseen, al menos virtualmente, todos los seres humanos, por el hecho sublime de ser personas; (ii) son justo las que debemos procurar incrementar en cada uno de ellos para conseguir el despliegue de su condición personal” (Op.cit., p. ). Y, en todo caso, proyectándose como se proyecta la dignidad en el criterio de la autonomía personal, vale al respecto el límite que a tal libertad asigna la esencia misma de la dignidad, en una suerte de reiterpretación por ella misma de lo que ella es: “..-una persona actúa con dignidad cuando sus operaciones no parecen poner en juego el noble y recio hondón constitutivo de su propio ser”. Así de simple y así de claro.

 

VI

 

La prensa internacional más reciente informó que la IBM estaría por concluir la fabricación de BLUE GENE, una macrocomputadora que podrá realizar operaciones billonarias en segundos para descifrar los 3 millardos de letras químicas que integran el genoma humano o “mapa de la vida”. Tratáse, según aquélla, de un logro jamás imaginado y que, permitirá, en el momento mismo en que la heterosexualidad pierde su fuerza, un maridaje fenomenal y rendidor entre la Inteligencia Artificial y la Revolución Genética.

 

A propósito de esto, dije en ocasión distinta de la que nos obliga esta vez, que la tentación del conocer y del saber no tiene límites en el ser humano, y ello, de suyo es lo que nos diferencia como señores de todo lo creado. Y, en teoría, tal capacidad para desbordar en el afán por descubrir y también para poner nuestros descubrimientos al servicio de la vida, e incluso de la muerte, debería llevarnos –así lo espero yo- hacia una valorización más acabada del sentido último de nuestra esencia y de nuestra propia existencia. Lamentablemente, no es esta la tendencia que domina y, al margen de los esfuerzos que realizan en linea contraria los organismos internacionales de protección y garantía de los derechos humanos, pesa mucho el discernimiento de la competitividad y de la carrera acelerada en la que se han comprometido los nucleos más poderosos de la investigación médica y genética en los países industrializados. Y el libro que tenemos en nuestras manos, con suma honestidad, nos revela esos peligros inminentes y esas fuerzas metastásicas que se han desbordado para una más rápida apropiación del genoma y su pronta disposición en los anaqueles mercaderiles de la globalización.

 

En la medida en que el hombre se percata de la realidad de ese “ser” que somos, expresada en la magnitud cuasi sobrenatural de sus logros, igualmente olvida que los límites de su libertad terrena sólo puede fijarlos él y que esa libertad de actuar y de hacer – a partir de un “punto” X – puede revertirse contra la propia libertad y la existencia humanas.

 

En todo caso, quiero compartir con los autores la creencia y la convicción de que el genoma humano y su disección detallada contribuirán al amplio desarrollo de la medicina predictiva y ayudarán a resolver a tiempo numerosas dolencias que aquejan al hombre de nuestro tiempo. Pero, también me sumo a ellos en la preocupación compartida por amplios sectores de la opinión mundial y a cuyo tenor, de no mediar una pronta consideración ética exigente respecto de estos temas y sobre lo que se hace en el ámbito de la genética y sobre lo que hará por nosotros, por cierto, la anunciada BLUE GENE, quizá llegue a introducirse un gen intelectual contaminante y disolvente de los genes de quienes ya existimos; y que nos lleve a descubrirnos hacia el futuro, como objetos “producibles” y “prescindibles”, como súbditos de una sociedad pulverizada o como partes inertes de un cuerpo  social <<histologizado>>, en otras palabras, de una masa mecanizada de individualidades materiales.