PEREL, Pablo - RAÍCES, Eduardo -PEREL, Martín

UNIVERSIDAD Y DICTADURA

Derecho, entre la Liberación
y el orden (1973-1983)


Buenos Aires, CCC, 2006,  169p

Unos años atrás, me contactaron tres jóvenes egresados (¿o eran aún estudiantes?) de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (UBA), uno de los cuales había sido distinguido alumno mío. Me hicieron saber que se encontraban abocados a la investigación de cómo había sido la vida en los claustros de esa prestigiosa Casa durante los años de la usurpación cívico-militar iniciada en 1976 (y presagiada desde la muerte de Perón, dos años antes, bajo el esotérico gobierno de su viuda). Pido disculpas, pero como cultor de la antigua Roma, me cuesta trabajo atribuir a la palabra "dictadura" un sentido negativo, así que prefiero, en la medida de lo posible, ahorrar ese término a ese gobierno espurio (en lo que disiento, como se observa, con los autores del libro que comento).

 

El proyecto me pareció no solamente interesante por los desafíos involucrados, sino además necesario. Heródoto, el viejo padre de la Historia, empieza sus trabajos concibiendo a esta noble ciencia como la encargada de que "os méte ta guenómena ex anthrópon to jróno exítela guénetai", es decir, "que las cosas hechas por los hombres no sean olvidadas con el tiempo". Y el maestro de Halicarnaso no se refería únicamente a las cosas buenas, sino a todas, tristes y felices, incluso las atroces y sangrientas. De lo que dan buena cuenta sus libros, poblados a discreción de episodios terribles, en cuya reconstrucción puso tanto esmero como en la de las gestas admirables. Por eso, no dudé en acceder al requerimiento que los hermanos Perel (que me hacen pensar, físicamente, en como debieron haber sido, si existieron fuera de la imaginación colectiva helénica, Héctor y Paris, los hijos de Príamo) y de Eduardo Raíces. Ellos buscaban testigos, que estuviesen dispuestos a evocar aquellos años a partir de sus propias experiencias. Para entrevistarlos, interrogarlos, e ir contribuyendo así, con esos recuerdos, a pintar el cuadro que les arrojaban los documentos de la época, que prolijamente revisaban.

 

Hoy, con el producto en las manos, estoy contento y orgulloso de ser parte, siquiera en mínima medida, de esta tarea de reconstrucción de nuestra reciente historia. Por eso quise estar junto a ellos en la presentación del libro, el 23 de agosto, en el Centro Cultural de la Cooperación "Floreal Gorini" donde, ante un salón repleto, expusieron en elogiosos términos los profesores de la UBA Beatriz Rajland (que obró como orientadora del trabajo), Mabel Thwaites y Osvaldo Bayer.

 

Este último, destacado intelectual, es además el autor del Prólogo de la obra. En sus párrafos expresa: "Este libro va a servir para despejar el horizonte de velos, de velos de aquellos a los que les conviene olvidar o de los otros que figuraron como protagonistas o ayudantes silenciosos de los años de la desaparición y de sus orígenes. Va a resultar con el tiempo una base fundamental para el gran debate en las aulas universitarias, en los centros de cultura y porqué no en el propio Congreso de la Nación, sí, qué pasó del 73 al 76. Debatir, la misión fundamental de la democracia: discutir el pasado antes de la dictadura y reconocer sus propios muertos escondidos debajo de la alfombra. Nuestras aulas en todo su drama, su ilusión, sus fantasmas, sus espías, sus delatores, sus héroes sin corbata y de pelo largo. La mano abierta y el puño armado. Pero todo visto con el análisis de la Ética. Como se ha hecho en este libro, en esta investigación con conclusiones para marcar con lápiz o copiar en los pizarrones del futuro".

 

Podrá coincidirse más o menos con algunas de las conclusiones o manifestaciones de estas elocuentes páginas. En definitiva, lo importante no es el consenso, sino la apertura al debate. Concuerdo en eso (no en otras cosas) con Bayer: no hay futuro sin memoria, aunque duela, y no hay universidad (ni sociedad) si se evita la discusión, si no se ponen los temas sobre la mesa, hasta los más espinosos y molestos. Argentina es un país donde nadie se suele hacer cargo de nada, donde de todo echamos a otros la culpa. Así, es imposible reconstruir en serio. Sólo podremos levantar fachadas de utilería, que se desplomen al soplar del menor viento. Este libro es, sin duda alguna, un aporte decisivo en tal sentido.

 

Considero un acierto el haber arrancado la reconstrucción desde décadas antes del golpe de 1976. Yo, sin embargo, me hubiera ido más atrás, y le hubiese dedicado un poco más de atención a ese período previo. Cuando los autores, al entrevistarme, me preguntaron en qué momento fecharía yo el comienzo del colapso universitario argentino, esbocé el año de 1930, con la fatídica revolución que depuso a Yrigoyen. Ellos abren el telón en 1955, y velozmente pasan al triste 1966, acceso del onganiato. Es comprensible, sin embargo, esa brevedad, porque desean centrarse en el período 1976-1983 (del cual, por otra parte, no exceden casi hacia adelante). Otro acierto es, a mi entender, el nutrido apéndice documental que cierra la obra.

 

La metodología empleada pudo haber sido más histórica, y menos periodística, pero no estoy seguro de que el tema, tan cercano y todavía tan presente, lo permita. Quizás en una futura edición pueda incentivarse el aparato crítico, lo que creo que redundará en gran beneficio para este loable trabajo. Yo mismo he visto ahora, al releer mis propias entrevistas, algunos errores en que he incurrido, en razón del tiempo transcurrido desde aquellos tristes años. Equivocaciones circunstanciales, sin embargo, pero no de fondo. Creo que el clima de la Facultad de Derecho (que es a la que los autores se refieren, a pesar del título) está impecablemente retratado en estas páginas. Tanto es así que el solo leerlas me trajo una desazón remota, y al mismo tiempo me hizo recordar la oleada de libertad que inundó los cursos de 1984, una brisa de frescura y alivio que ha quedado plasmada en mi memoria para siempre. El de haber sido designado, casi un adolescente, para dar la recién creada materia Constitución Nacional, en esas aulas ebrias de democracia flamante, fue un privilegio cósmico.

 

Universidad y dictadura traerá muchas secuelas. Habrá elogios fervorosos, como los que se escucharon en la presentación, y críticas punzantes (sobre todo, seguramente, por parte de algunos de los que aparecen en sus páginas). Pero estoy convencido de que constituirá un hito benéfico en nuestra difícil reconciliación con el pasado próximo. Como canta el gran Serrat, "nunca es triste la verdad: lo que no tiene, es remedio".
 

Ricardo Rabinovich-Berkman