Editorial


DERECHOS HUMANOS
MA NON TROPPO

 

    Pocas semanas atrás ha entrado en vigor, oficialmente, una ley de la Ciudad de Buenos Aires que prohíbe fumar en los bares, restaurantes, casinos y demás sitios abiertos al público, salvo en sus espacios al aire libre. Se trata de una norma absolutamente coherente con la tendencia que desde hace años se ha impuesto, sin mayores dificultades ni aspavientos, en Canadá, Europa, Estados Unidos, etc. Es una veda totalmente lógica y científicamente justificada, pues está demostrado sin sombra de duda el efecto nocivo que el humo del cigarrillo causa a quienes lo aspiran. Desde la óptica de los derechos existenciales, es incuestionable, porque la conducta del fumador que lanza su humo en un ambiente cerrado donde hay otras personas es hetero-referente, afecta la salud y la vida de esos otros, y en consecuencia, si no posee una aceptación jurídicamente válida emanada de todos ellos, está cometiendo un acto ilícito, al dañar al prójimo con culpa, o por lo menos con severa negligencia.

    Sin embargo, la reacción que se ha producido en Buenos Aires es vergonzosa e inverosímil, y carece de antecedentes o parangones en el mundo. Inmediatamente llovieron recursos judiciales de inconstitucionalidad contra la ley, y se echó mano de cuanta argucia y artimaña pudo hallarse para resistirla y rechazarla, incluso con fallos favorables de los tribunales, y decisiones en ese sentido, como la que, en uno de los cuerpos legislativos, desestimó el pedido de un empleado que solicitaba se le permitiese trabajar en una oficina donde sus compañeros no fumasen. Esta ciudad, que tolera cualquier cosa, se alzó en cambio airada ante aquella normativa, como si se hubiera tratado de una cruzada apocalíptica contra una restricción tiránica y salvaje.

    Entre las triquiñuelas desplegadas por el ingenio leguleyo para seguir fumándoles a los demás y matándolos sin asco, luce la de sostener que algunos sitios son de jurisdicción nacional, y por tanto en ellos no rigen las leyes de la ciudad de Buenos Aires. Semejante tesis, que debería aplicarse también a las normas sobre salud, sobre derechos de los niños, etc., para ser coherentes (un joven de 18 años podría decidir sobre sus terapias médicas fuera del edificio de una entidad "nacional", pero no una vez que traspuso sus puertas), ha llegado a sostenerse por parte de miembros de la comunidad educativa de la prestigiosa Universidad de Buenos Aires (que es nacional).

    En consecuencia, es muy normal ver hoy, mientras en los sitios aledaños se multa (supuestamente) a fumadores, en la Sala de Profesores de la mismísima Facultad de Derecho, a los señores y señoras profesores, cómodamente repantigados en los aristocráticos sillones de cuero, degustando sus cigarrillos sin prisa ni cuidado, y regalando su oncológica neblina a cuanto pulmón atine a pasar cerca. Algunos de ellos enseñan materias vinculadas con los derechos humanos, o con la bioética, o con la preservación del medio ambiente. En clase, no fuman, en general...

    En la Argentina, como en otros países de la querida Latinoamérica, nos emborrachamos de declamaciones y discursos acerca de los derechos humanos, nos sumergimos en cánticos, manifestaciones y cartas abiertas, nos atiborramos de panfletos, carteles y pancartas. Los gritamos por los altavoces, los pregonamos en las aulas, los predicamos en los parlamentos, los reiteramos en los encuentros científicos. Hablamos con lógico horror de los grandes fantasmas. Nos retroalimentamos con ceños fruncidos y puños cerrados en nuestra común convicción de ser ardientes defensores de las prerrogativas básicas.

    Pero luego salimos a las calles repletas de las heces de perro, que los dueños de estos hermanos animales riegan por veredas, plazas y aceras sin el menor recato. Ayer mismo, ante mi puerta, un joven de excelente aspecto, con ambo verde de médico, la barbita castaña prolijamente recortada, esperaba estoicamente mientras su canino amigo defecaba en plena vía pública, para luego irse a seguir la paseata, dejando el biológico recuerdo. "Doctor", le dije sin conocerlo, "si usted, que debería dar el ejemplo en temas de salud, anda dejando caca por allí, ¿qué queda para los demás?" Por toda respuesta, me lanzó una mirada fiera, cargada de reproches, y fuese con el pobre cachorro, que no tiene la culpa de ser Argos y no Ulises. Esas toneladas de materia fecal, enferman y matan. En las plazas y parques públicos, sobre todo a niños. Pero no importa, no son esos los derechos humanos que nos interesan. Son los otros, los grandes.

     En las esquinas, las sendas peatonales están pintadas como adorno. Pasen niños, ancianitas, mujeres encintas o ciegos, el automóvil, por gracia de Ford, tiene la primacía. Y la ejerce a velocidad generosa, como dando por sentado que ni siquiera se le ha pasado por la cabeza al conductor la quimérica idea de respetar la prioridad del que camina. También se va de contramano de vez en cuando, y se cruzan los semáforos en rojo, porque no es cuestión de llegar tarde. Claro, la Argentina es uno de los países del mundo con más accidentes de tránsito (algunas estadísticas lo ponen primero). Muchos de esos siniestros lesionan gravemente o matan a las personas que cruzan la calle. Un alto número de ellas son niños y jovencitos que empezaban el camino de la vida. Pero no importa, con tal de que la policía no torture.

    ¿Comprenderemos alguna vez los argentinos, y otros hermanos latinoamericanos, que aquellos grandes derechos humanos, que tanta sangre cuesta defender, no pueden ni deben ser concebidos desligados de los otros, de los cotidianos, de los pequeños derechos esenciales que está en nuestras manos respetar y no violar? ¿Cómo puedo creerle a un profesor que enseña estas prerrogativas en el aula y fuma en el pasillo abarrotado de alumnos? Si ese no es un doble mensaje, los dobles mensajes no existen...

    Cuando alguien fuma en un sitio público cerrado, donde hay otras personas, normalmente es un irrespetuoso, no un sujeto simpático y vivaz. Merece tanto repudio como un torturador, porque igual que éste se ríe del congénere humano. Hasta podría llegarse, morbosamente, a sostener que el policía que tortura a un delincuente para obtener información, es un salvaje, y tanto o más criminal que el atormentado, pero lo guían buenas intenciones, mientras que al fumador sólo lo impulsa el deseo de satisfacerse a sí mismo. Y si se responde que se trata de un enfermo, cosa que es harto posible, que se busque un patio abierto, que sobran, y practique su enfermedad allí. Porque el leproso es una persona enferma, y también el que padece SIDA, pero no por eso tienen licencia para ir por el mundo contagiando, y arruinando la vida de los otros.

    Que me perdonen mis queridos compatriotas, pero yo, hasta no ver a los automovilistas dejar pasar a los peatones en las esquinas, a los propietarios de perros limpiar los productos de sus mascotas, a los fumadores abstenerse de derramar su nube cancerígena sobre otros, y varias cosillas más por el estilo, voy a seguir escuchando con incredulidad las peroratas.

Ricardo D. Rabinovich-Berkman