Patricia Moira Domeniconi McInerny

"El corazón derrama vida en cada cosa que ama" A. France.

Estas palabras cerraron para siempre su cuaderno de actuación profesional. Profesora de enseñanza primaria. Profesora de educación preescolar. Alegre, creativa, solidaria. Su prematura partida marcó un compromiso de eterna memoria. Nació en San Pedro, provincia de Buenos Aires, el 17 de octubre de 1961. Murió en su querida ciudad natal el 21 de julio de 1999.

 

   Endocarditis Bacteriana 

   

 Estreptococo beta hemolítico del grupo A de Lance Field.

 

                            26 de octubre de 2006

 

Señor Director de PERSONA:

 

        Siempre fue mi intención hacer todo lo posible por difundir los peligros de esta terrible enfermedad, para que en lo posible nadie más sufra lo que Patricia debió pasar y para que su muerte no haya sido en vano.

 

       No inicié ningún juicio por mala praxis porque en esa oportunidad consulté abogados y me informaron que quien debía hacerlo era el esposo de Patricia en representación de la hija de ambos, de 14 años de edad en ese momento. No lo hizo: hoy esa niña tiene 22 años, y su padre, una nueva familia.

 

       Los conocimientos que logré adquirir sobre la endocarditis bacteriana fueron desgraciadamente posteriores a la muerte de Patricia, a través de lecturas, investigaciones y entrevistas con profesionales, algunas telefónicas, porque los escuchaba hablar en distintos medios y luego trataba de comunicarme con ellos. En algunas oportunidades lo conseguí.

 

       La primera parte del proceso de su enfermedad se desarrolló en San Pedro, provincia de Buenos Aires, República Argentina, donde nuestra familia está establecida desde el siglo XIX y donde residen también la odontóloga y el médico que atendieron a mi hija.

       Todo comenzó en febrero de 1999, cuando Patricia decidió consultar a una odontóloga porque tenía previsto realizar una limpieza de su dentadura antes del comienzo de las clases. La odontóloga le efectuó además la extracción de dos últimos molares por haber encontrado en ellos caries que, según su opinión,  no convenía tratar de otra manera. En estas dos oportunidades, presentó intensas cefaleas. Con respecto a los antibióticos, no le fueron indicados por la odontóloga ni antes ni después de la limpieza de la dentadura ni de las extracciones dentarias, sin tener en cuenta su anterior amigdalectomía ni la circunstancia de que no tenía la experiencia de anteriores extracciones. Con posterioridad a la muerte de Patricia defendió su posición argumentando que los antibióticos no eran necesarios.

 

       Muy pocos días después de estas extracciones Patricia se sintió enferma; presentó decaimiento, fiebre, anemia, hemorragias, además de nódulos, edemas, manchas y fuertes dolores en piernas y brazos. Mediante un exudado nasofaríngeo, el 27 de marzo de 1999, se comprobó la presencia del estreptococo beta hemolítico del grupo A de Lance Field; entonces el médico que la atendía recetó un antibiótico inyectable con determinada frecuencia, sin darle demasiada trascendencia a lo que sucedía y sin mencionar siquiera la posibilidad de que pudiese haber contraído esta temible enfermedad: de haber tenido esa sospecha, debió comprobarla, para inmediatamente indicar internación e iniciar el correspondiente tratamiento de antibióticos por vía endovenosa durante 45 días requerido para la endocarditis infecciosa. Nada de esto sucedió.

       Mi preocupación me llevó a pedirle a este médico que explicara los motivos que mantenían a mi hija sin mejoría. Pero creo que recién tuvo la evidencia de la gravedad del caso, aunque no sé si del carácter de la enfermedad, en el momento en que Patricia sufrió el infarto cerebral agudo, el 21 de abril de 1999.

       Entonces sí indicó internación, por primera vez, en una clínica de San Pedro. Se le efectuó una tomografía computada de su cerebro, y sólo con el resultado de la misma, sin poder incorporarlo a la historia clínica, porque no existía, a las pocas horas fue derivada a Buenos Aires, al hospital Francés anexo 1, que está ubicado sobre Honorio Pueyrredón, a pocos metros de la Av. Angel Gallardo. Fue al ingresar directemente a la sala de terapia intensiva, cuando la médica responsable recabó los datos para redactar y componer su historia clínica. Allí pasó varios días, hasta ser trasladada a una sala común. 

       Tuvo una muy buena atención y fue controlada por diversos y numerosos especialistas que le realizaron los estudios de práctica en reiteradas oportunidades. Llegaron a determinar la evidencia de un infarto cerebral agudo, en territorio de distribución de la arteria cerebral media derecha, con efecto de masa, que le produjo una hemiplejia lateral izquierda que nunca se modificó.     

       Entre los estudios que se le realizaron a mi hija en el hospital Francés, llama la atención el examen tansesofágico de su corazón,  que puso al descubierto, además de numerosas vegetaciones bacterianas, un prolapso de válvula mitral, de cuya existencia no se tenía previo conocimiento. Según la opinión de los médicos que la atendían, esta anomalía, supuestamente congénita y que nunca se había manifestado, pudo ser un factor agravante de su endocarditis infecciosa.

 

       A pesar de la dedicación de los profesionales, ya era demasiado tarde para ella. La terrible enfermedad se manifestaba una y otra vez con sus múltiples y graves complicaciones, y nuestra permanente presencia junto a Patricia sólo servía para tratar de paliar su soledad y su dolor, nada podíamos modificar.

       En los primeros días del mes de mayo, un coágulo le provocó un serio entorpecimiento de la circulación sanguínea en su pie, y en medio de ese cuadro alarmante nos comunicaron que si esa situación no se revertía, sería necesario amputar, pero no fue así. Después de pasar en este establecimiento los 45 días que comprendió el tratamiento endovenoso indicado, donde jamás fue acompañada ni visitada por ese médico sampedrino que la atendió al principio, y que desapareció de la escena de nuestra angustia y nuestro dolor, dejamos el hospital Francés.

       Sin ninguna recuperación de su hemiplejía izquierda, a la que se sumaba una alteración del movimiento del lado derecho de su cuerpo, regresamos a San Pedro el 4 de junio, puesto que el tratamiento se daba por concluido. Al llegar debimos organizar un equipo integrado por un médico clínico (no el que la había atendido en un principio), un cardiólogo, un enfermera y una kinesióloga. Estos médicos estaban en constante comunicación con quienes la habían atendido en el hospital Francés, pero no se advertía ninguna mejoría, por el contrario, su cerebro tan dañado la sumía en un estado nauseoso imposible de revertir. Debió ser alimentada mediante una sonda gástrica y tuvo repetidos picos de fiebre. Ni siquiera pudo sentarse una vez en la silla de ruedas que habíamos conseguido.

        La endocarditis bacteriana siguió implacable su curso y a pesar de todos los cuidados murió el 21 de julio de 1999, tras una larga y penosa agonía.

 

       Me pregunto cómo al hacer una práctica odontológica, el profesional puede no tener alguna duda o temor de que su paciente, sin saberlo, esté expuesto por esa singularidad cardiaca a una enfermedad tan grave como la endocarditis infecciosa, y no prevenga esta situación indicando un antibiótico. Por otra parte la amigdalectomía a la que había sido sometida Patricia en su adolescencia disminuía sus defensas, pero no fue tenida en cuenta, como tampoco lo fue el antecedente de que nunca, hasta entonces, se había sometido a una extracción dentaria.


       Poco tiempo después de la muerte de mi hija, le hice este planteo a la odontóloga secretaria del círculo odontológico local, quien me citó con motivo de la carta documento que envié a dicha entidad y a la profesional que la había atendido. En esa oportunidad le ofrecí la documentación necesaria para que pudieran estudiar e investigar sobre este caso, para que esa terrible desgracia sirviera como alerta a todos los profesionales. Descalificó mi sugerencia argumentando que por esa causa "se morían muy pocos", además de agregar que los odontólogos no recetaban antibióticos porque “los pacientes no tenían dinero para comprarlos”. Nunca podré olvidar sus desafortunadas palabras ni podré entender tanta insensibilidad de parte de los profesionales de la salud.

       Todos los 21 de cada mes publico un recordatorio de Patricia en un periódico local alertando sobre esta enfermedad, para que la mayor cantidad de personas estén atentas ante cualquier indicio, y sepan defenderse y luchar contra la indiferencia y la ignorancia: el peor enemigo es la desinformación.

              Difundan, por favor, el conocimiento de esta cruel y devastadora enfermedad.

 

      Julia McInerny

     Su mamá.

 

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