Editorial


NEGAR
EXTERMINIOS

 

    Ha causado asombro y tristeza la reciente convocatoria oficial del gobierno iraní a una especie de congreso internacional dedicado a la puesta en duda de la existencia misma, características y dimensiones del Holocausto.

    Los genocidios, como tales, parecen ser una novedad del siglo XX (con antecedentes decimonónicos, como las campañas militares de "conquista" de territorios habitados por etnias aborígenes americanas, con la consecuente destrucción de éstas). De modo que la obsesión de algunos por negarlos, también lo es. El primero, que fue el perpetrado por el "moderno" gobierno turco contra los armenios, se llevó las vidas de alrededor de un millón y medio de personas, y ha sido reiteradamente desconocido por la República de Turquía, y por autores individuales, generalmente turcos, desde entonces.

    El episodio de negación activa más reciente es tal vez el del flamante ahorcado Saddam Hussein, que ante el tribunal que lo juzgara en lo que los estadounidenses & friends dejaron de Bagdad, desconoció con tenacidad las matanzas masivas de kurdos con sofisticada tecnología mortífera, como las armas biológicas y los gases nerviosos. Pero las palmas del patetismo y el pasmo van para las decenas de miles de seguidores que con fervor y unción despidieran los restos de Slovodan Milosevic, el caudillo serbio que condujo las "limpiezas étnicas" durante la guerra de secesión yugoslava, agregando al exterminio una novedad (desarrollo de ideas ya puestas en práctica por los japoneses y los nazis): los "campos de violación" (al parecer, la violación sistemática, o por lo menos permitida, quizás hasta fomentada, fue practicada también por los iraquíes contra las mujeres kurdas). El genocidio es atroz, pero el funeral heroico de su responsable es infinitamente más grave, y no puede pasarle desapercibido a la comunidad internacional.

    Otros genocidios no suelen ser abiertamente negados por sus autores, porque simple y sencillamente no necesitan hacerlo, dado que siguen adelante, sin mayores peripecias, y hacen parte del concierto mundial con gran respeto de los otros. El caso paradigmático es el de la República Popular China, que arrasó con el Tibet, para llevarle su versión del socialismo y sacarlo de la teocracia, en épica gesta de armas de última generación contra espadas y mosquetes, de ejércitos adiestrados contra monjes de clausura, cobrándose, según las estimaciones del Dalai Lama, al que merece creérsele, cerca de diez millones de vidas que, como dice con humildad ese líder budista, "terminaron antes de su tiempo". Por cierto, Beijing no ha hecho jamás una reflexión sobre esa carnicería (humana y cultural, porque casi todos los monasterios fueron destruídos), ni mucho menos un esbozo de disculpa. Y ahora, en plena faceta de "apertura capitalista", las persecuciones arrecian contra miles de budistas de la línea Falun-Gong, que son torturados, llevados a campos de trabajos, y muertos (quizás ese simpático juguetito chino que usted le compró a su hijo, fue confeccionado por esos infortunados, para ser vendido a una multinacional luego -no es de despreciar la mano de obra barata-).

    Los sudamericanos sabemos de exterminios masivos negados o absurdamente relativizados por sus autores (que caminan a menudo entre nosotros), sus secuaces (los intelectuales los peores) y sus defensores ideológicos. En diciembre, una figura emblemática, Pinochet, finalmente murió, y si bien no hubo una apoteosis al estilo de Milosevic, no le faltaron encomios, y hasta el gobierno socialista le deparó un funeral de estado, con presencia ministerial incluida. En realidad, los argentinos en particular ya teníamos tradición en estas maravillas, porque a principios del siglo XX hicimos una activa vista gorda cuando los estancieros (no todos ingleses) de Tierra del Fuego, con complicidad policial, masacraron a los indios selknam, ante la horrorizada mirada del antropólogo jesuíta Martín Gusinde, y la tristeza de los padres salesianos. Después, aunque evitando el mea culpa que hubiese sido deseable, se levantó algún monumento a los caídos, y se abrieron museos dedicados a su civilización (también Hitler tenía previsto un gran museo del patrimonio cultural hebreo). Pero el monumento más elevado de Buenos Aires, estratégicamente ubicado en las inmediaciones de la Plaza de Mayo, sigue siendo el del general-presidente Julio Roca, que en aras del progreso y del latifundio condujo la "Campaña del Desierto", nuestra versión de la "Conquista del Oeste" (sin dudas, menos sangrienta que la norteamericana, y con infinitamente menor rechazo étnico, pero no por ello memorable).             

    La negación de los exterminios presenta una variante particularmente odiosa: se discute no ya su mera existencia, sino los números. No fueron seis millones de judíos, sino "sólo ochocientos mil". Es cierto que Turquía mató armenios, pero... ¡ni siquiera medio millón! ¿Treinta mil desaparecidos en la Argentina? ¡Pero no, si fueron muchos menos! La raíz misma de estos enunciados es en sí notable. Porque asume que lo aberrante de estas matanzas está en la cantidad de víctimas, y no en las características de los holocaustos. Miles de seres humanos fallecen a consecuencia de un tsunami, un terremoto, una inundación, una erupción volcánica. Pero eso no convierte tales fenómenos en "aberrantes", ni permite otorgarles calificativos de índole moral, salvo que los atribuyamos, como Homero, a la voluntad de los dioses olímpicos, en cuyo caso será a éstos que habremos de cargar de diatribas (cosa de la que, si somos realmente politeístas, nos guardaremos bien). Tal vez, al estar ausente en tales fenómenos el factor ético, podríamos hasta graduar su calamidad, según el número de muertos, de heridos, de destrucciones materiales.

    Pero hasta esa calificación sería harto relativa y falaz, porque es muy discutible el valor de las estadísticas en cuanto a las personas. Cada una de ellas, como insuperablemente lo advierte el Talmud, es un universo. ¿Pueden cuantificarse los universos? ¿Es menor el dolor de mil madres que el de un millón? ¿Se retuerce menos el cósmos por la tristeza de cien esposos que por la de quinientos? Cuando detestamos un exterminio deliberado de seres humanos, es al plan de aniquilación que aborrecemos, independientemente de sus logros. Si se hizo por fuera del sistema jurídico, como sucede en la mayoría de los casos, esa misma ilicitud nominal es ya un primer descalificativo, que no puede suplirse con argucias. En Argentina, por ejemplo, las atrocidades cometidas fuera de las leyes vigentes no podrían jamás justificarse a partir de un supuesto estado colectivo de necesidad, toda vez que, si éste realmente hubiese existido, deberían haberse introducido las modificaciones legales pertinentes, por la vía parlamentaria adecuada (lo cual hubiese sido impensable sin un cambio de la Constitución, que protegía y proteje los derechos esenciales). Todo ello, sin menoscabo de la aberración moral que implica todo exterminio de personas, y que no hay reforma legal alguna, por dramática que sea, susceptible de lavar. Porque no podemos, como decía Cicerón, huir de  nuestra propia naturaleza humana.

    El caso del exterminio nazi es idiosincrásico, porque se realizó de acuerdo a un plan públicamente anunciado, desde que Hitler lo configurase en su extremadamente vendido (y traducido) libro Mein Kampf, a mediados de la década de 1920. La destrucción de los judíos del mundo entero aparece en las páginas de ese panfleto como una necesidad, si es que la "raza" aria desea sobrevivir, física y culturalmente. Ese fue el programa del Partido Nacionalsocialista, por el que votaron los alemanes a principios de 1933, llevando a su creador al poder, y al que adhirieron cerebros como Jung, Heidegger, Lorenz, Heisemberg y Alexis Carrel, entre muchos otros, varios de ellos premios Nobel. El triste cabo austríaco fue muchas cosas malas, pero no hipócrita, por lo menos no al exponer sus ideas a este respecto. Años después, aún fuerte el Reich, el desertor Rauschning, que gozara en su tiempo de las simpatías más íntimas del Führer, dio a la prensa su Hitler speaks, haciendo públicas las opiniones vertidas en su círculo de acólitos por éste. Todo lo que en esas imperdibles páginas aparece diciendo Hitler es acorde con sus ideas previas, expresadas en su librito y en sus innumerables discursos, y absolutamente coherente con la "solución final". El judío aparece como resultado de una evolución darwiniana paralela, diferente de la que generase a la humanidad. Los negros, los indígenas americanos, los eslavos, serían "razas" inferiores, pero humanas. Los hebreos serían un cáncer, una gravísima amenaza a la identidad biológica del verdadero ser humano. No son "inferiores", al contrario. Poseerían una capacidad intelectual extraordinaria, pero dedicada, inevitablemente, al mal, a la perversión, a la destrucción parasitaria de los humanos (y en especial de los "arios", cabeza de la especie). Su aniquilación resultaría, pues, imprescindible.

    La otra peculiaridad notable del Holocausto, es que se completó dentro del margen de la ley. De modo plenamente coherente con su plataforma, el nazismo, desde su acceso al poder en 1933, comenzó a proponer reformas legales y administrativas que implementasen un esquema persecutorio contra los descendientes de hebreos, con un pico álgido en las normas "raciales" sancionadas por el Reichstag en 1935. Este camino, clarísimo y perfectamente predecible, desembocó en las deportaciones, incentivadas con el comienzo de la Guerra Mundial, la concentración de los detenidos en campos de trabajo, y su concomitante aniquilación física, ayudada por la tecnología imaginada por el católico francés Carrel, Premio Nobel de Medicina y padre de los trasplantes de órganos: las cámaras de gas destinadas a matar personas.

    Por todas estas razones, y especialmente por su abrumadora contundencia, negar la existencia de la Shoáh, o sus características básicas, es una estupidez en el mejor de los casos, y una cretinada en los restantes. Sin embargo, deberían dejarse en claro dos cuestiones. Ante todo, que aspectos circunstanciales, pero sin dudas importantes, del Holocausto, sí están abiertos a la controversia científica seria. Los debates generados por la tesis de Goldhagen acerca de la contribución voluntaria masiva en el exterminio, son un ejemplo. Los excelentes planteos de Kershaw acerca de si realmente existió la orden concreta de Hitler para la "solución final", o si la masacre resultó de un plan meticulosamente ejecutado, o del desastre burocrático de un sistema ineficaz y corrupto, constituyen otra muestra. Al famoso alegato de Broszat por la "historización" del nazismo, coherente con obras profundas como las generadas por la "Escuela de Baviera" (valga Detlev Peukert como prueba), se opuso Poliakov, pero él mismo dio a la pluma algunas de las más logradas obras de análisis de la masacre. La visión de Robert Lifton, que acentúa las aristas biomédicas de la Shoáh en detrimento de otras facetas, es una demostración más de este punto.

    En segundo lugar, las leyes europeas que tipifican como delito penal, con severas sanciones, la denegatoria del Holocausto resultan, si bien comprensibles como reacción frente a tanta idiotez de los que se empeñan en desconocer lo obvio y en insultar la memoria de tantos asesinados, resultan cuando menos absurdas, tanto desde la óptica jurídica como científica. Para el Derecho, castigar una opinión historiográfica, por sandia e infundada que sea, es un despropósito, un ingreso inquisitorial en las áreas de las que tanta sangre costó sacar a los tribunales. Ningún hecho histórico, ni siquiera la Shoáh, puede ser sacralizado a un nivel en que no se lo pueda poner en duda. El que actualmente, con el cúmulo de evidencia disponible, desconoce el Holocausto, es un zonzo o un malnacido, y no merece ser invitado, no ya a un congreso de historiadores, sino ni siquiera a tomar el té. Pero de ahí a llevarlo ante los magistrados y condenarlo penalmente hay un trecho demasiado largo, que los fantasmas de Galileo y Giordano Bruno, entre tantísimos otros, no deberían permitirnos cruzar.

    Desde el flanco de la ciencia histórica, es sublevante que una postura, cualquiera sea, que se sustente al procurar reconstruir episodios antiguos, pueda transformar a su autor en un delincuente. La tarea epistemológica requiere una libertad incompatible con semejantes cortapisas. Si un grupo de supuestos historiadores quieren reunirse en Irán, y Dios sabrá lo que irán a decir, porque difícilmente sea algo que siquiera de lejos se parezca a lo científico, a la luz del atávico Ahmadinejad, que mezcla su preocupación por los tobillos femeninos y la música rock en los autos particulares con la persecución de los docentes que osan no creer que Muhammad sea el Profeta, y las chicas que osan soñar con usar minifalda, y los hombres que osan pensar en sus compañeras como iguales, y les encantaría verlas realizarse como profesionales, científicas, empresarias, y sobre todo como seres libres, con la obsesión por borrar al Estado de Israel (que últimamente hace poco por no ser antipático) del mapa, con todos sus hebraicos habitantes, excepción hecha de los exóticos rabinos barbudos que fueron a la reunión de Teherán y le anduvieron de la mano, para ser así fotografiados urbi et orbi, y que sostienen cosas tan curiosas como que mientras el país judío exista el Mesías no va a venir (aunque, francamente, en las imágenes se les ve una cara de no tener ni idea de para qué están alli...) Si un grupo de fantoches desea escucharse mutuamente en Irán, o en donde sea, bajo la batuta de Ahmadinejad, o de quien sea (¡por favor, presidente Chávez, no usted!), riámonos o lloremos, o ambas cosas, simultánea o sucesivamente, pero dejemos a los jueces tranquilos.

    El líder iraní quizás esté equivocado al vincular tanto la Shoáh con la existencia del Estado de Israel. En realidad, parece que la verdadera culpa de este viejo problema surge del fanatismo romanizador del príncipe Adriano, que pretendió imponer a los hebreos conductas aberrantes para sus modos de vida, a fin de que se diferenciasen menos de los demás habitantes del Imperio, lo que llevó a la Segunda Guerra Judaica, que terminó (como era de esperarse) con la total destrucción de Judea, y la dispersión israelita. Siglos más tarde, cuando Roma se hizo cristiana, los viejos hermanos, en vez de estrechar vínculos con sus compañeros de Torá, llevaron la persecución y la discriminación hasta niveles impensados. La vida de los judíos se volvió un infierno, y lo sería por siglos, hasta la Revolución Francesa y sus efluvios emancipadores que abrieron los ghettos finalmente, pero no pudieron ya vencer una tradición oscura de antisemitismo y rencor acumulado, al que lejos estuvo de ser ajena la Iglesia, como sabia y valientemente lo reconociera Juan Pablo el Grande, verdadero adalid de la restauración de esa hermandad tristemente perdida tantas centurias atrás.

    Sin persecuciones, sin odios, sin discriminación, sin normas jurídicas restrictivas, sin prohibición de matrimonios interreligiosos, quizás los hebreos se hubiesen ido diluyendo en las demás sociedades, asimilándose, mezclándose, incluso hasta cristianizándose, como ha sucedido en la Argentina, y en otros países con poco antisemitismo (característicamente, latinoamericanos). Seguramente no habría habido nunca un Holocausto, pero tampoco pogromos, ni autos de fe, ni carnicerías salvajes en las aljamas. Quizás, entonces sí, el Estado de Israel hubiese carecido de sentido y razón de ser, porque el soñador Herzl no hubiera estado preocupado por la situación de los judíos europeos (recuérdese que uno de los episodios desencadenantes de su visión sionista fue el juicio de Dreyfuss)...

    Así que, si el señor Ahmadinejad y sus amigos, incluidos los rabinos exóticos que van de su mano en las fotos periodísticas, desean restar fundamentos a la existencia de Israel, no les basta con desconocer el Holocausto. Deberían convocar innúmeros congresos (papanatas no les faltarán) para negar y rechazar como hechos históricos todas y cada una de las atrocidades discriminatorias, de las persecuciones y menoscabos, sufridas por los judíos en los últimos dos mil años. Semejante tarea revisionista les podrá llevar décadas, y costar no pocos petrodólares.

    Pero ellos se sienten imbuidos del tiempo de lo eterno...              

Ricardo D. Rabinovich-Berkman