LOS TÍTULOS JURÍDICOS AL ABORTO* 

Juan Fernando Segovia

 

Sabida mi opinión fundada contra el aborto, quiero referirme en esta ocasión no tanto al aborto como un derecho en sí, sino del aborto como una pretensión jurídica, a favor de la cual se esgrimen títulos fundados, por supuesto, en derecho. Esto es, a diferencia de algunos planteos actuales que descentran el problema del aborto reduciéndolo al derecho de la mujer a decidir, creo conveniente volver a ponerlo en su sitio, tratándolo como un reclamo tanto como una autorización legal o una decisión jurisprudencial. Para decirlo en lenguaje jurídico anglosajón, trataré de las condiciones habilitantes del aborto (abortion enabling conditions).

 

 

Una cuestión de miradas

 

Estoy convencido que la imposibilidad de entendernos los que tenemos distintos pareceres en materia de aborto se debe a un problema: no sólo quienes miramos somos diferentes, sino que lo que vemos también difiere. Por eso, al preparar el tema, decidí revisar los diferentes argumentos de los abortistas, centrándome en las razones de los que sostienen la visión pro abortista, mirada típicamente feminista, centrada en la mujer exclusivamente.

 

Al emprender dicha revisión, me ha sorprendido la pobreza de los dichos a favor del aborto: más que fundar el aborto, se critica la posición moral, jurídica, religiosa e ideológica de quienes se le oponen. Hay, en todas las formulaciones pro aborto un eje central que se reitera de un modo u otro, pero invariablemente, en torno del cual gira todo el proyecto: el derecho a decidir de toda mujer. Esto es, se tiñe al aborto con los colores de la libertad y, sin más fundamento, se procede a darlo por defendido. Las diversas formas que asume este argumento no pueden ser omitidas, incluso cuando se manifiestan negativamente, es decir, cuando se expresan como el rechazo a la imposición dogmática de la Iglesia Católica, el repudio a los estereotipos burgueses de los sexos, la crítica al autoritarismo masculino o el paternalismo cultural que impregna las legislaciones liberales[1]. En todo caso, cuando se escarba un poco más allá de la superficie de la ideología, el derecho, lo jurídico, parece desvanecerse. El problema del aborto no es jurídico, se dice: es político, debe definirse en el marco de una democracia paritaria y deliberativa, que supone un Estado de derecho laico y una moral por consenso.

 

¿Por qué un fundamentación tan débil cuanto falaz ha hecho carrera? Más allá de los factores culturales –nada despreciable, por cierto-, creo que buena parte de la responsabilidad de que el problema del aborto se haya desvanecido la tienen los técnicos del derecho, que lo han banalizado. Y lo digo no sólo porque es vox populi que los jueces no juzgan de los abortos sino en casos extremos, y que las causas incoadas caminan hacia la prescripción por la gran masa de trabajo que tienen sus tribunales. Hay otra razón más seria.

 

En esta materia existe un problema central: el jurista, si aún merece este título, se ha convertido en un especialista encerrado en estrechos lindes, un meticuloso perito diestro en tecnicismos, de modo que para él el aborto es un capítulo de menor importancia del derecho, específicamente del penal. Los juristas se contentan hoy con tipificar conductas, verificar la subsunción de ellas en el tipo legal y concluir, en consecuencia, la existencia o no del delito, y, en su caso, de la causal que justifica el aborto. Jugador hábil entre hechos y normas, el especialista se ha vuelto un técnico, capaz de comentar fallos o emitir un dictamen, pero inhábil a la hora de remontarse un poco más alto, más arriba. Es así: el horizonte jurídico del aborto se constriñe a un precepto legal y nadie se pregunta –desde el campo del derecho, no desde el de las ideologías- por la justicia subyacente o precedente, por los bienes que merecen ser protegidos más allá de lo que digan las normas, por los argumentos que llevan a condenar una conducta que trascienden lo meramente positivo. La técnica pareciera neutral, pero en este caso demuestra no serlo: al banalizar el aborto y cercenarle sus dimensiones esenciales, como la ética, la técnica jurídica deja el juicio crítico en poder de las ideologías.

 

No desconozco que este proceso pudiera ser sindicado como propio de la modestia con la que el intelectual debe moverse en tiempos posmodernos. Zygmunt Bauman ha escrito de modo muy convincente que el intelectual en la posmodernidad ya no es el legislador universal que ideara la Ilustración sino el paciente intérprete de los fragmentos de una realidad desarticulada[2]. Sin embargo el fenómeno al que me refiero toca más a la miope soberbia del positivista que a ese humilde hermeneuta mentado por el sociólogo polaco.

 

Pero mi sorpresa es aún mayor cuando compruebo que  existen algunos presupuestos que ya no se discuten; por caso, el más importante, que en el aborto no extirpamos ni un lunar ni un tumor, sino que matamos un ser vivo. El inicio de la vida no está en cuestión para los abortistas sino secundariamente. Con lo que el enorme esfuerzo argumentativo de los contrarios al aborto por demostrar que hay vida desde el instante mismo de la concepción les tiene sin cuidado.

 

Lo que ameritaría alguna reflexión sobre los límites de la bioética, pero que dejaré para otra ocasión. Simplemente déjenme apuntar una sola cosa: entablar un diálogo en estas condiciones es inútil, porque la comprensión de los argumentos contrapuestos requiere, cuando menos, de la sinceridad de los interlocutores. En nuestro caso, quienes estamos contra el aborto hablamos de defender la vida, ¡y quienes apoyan el aborto también! Sólo que nosotros hablamos de la vida del embrión y ellos de la vida de la madre/mujer, sin interesarse por la del otro.

 

Contra los intentos de negar la maternidad como condición o consecuencia de la feminidad –porque se reduciría a la mujer a continente del ser por nacer-, lo cierto es que no hay hasta ahora otra forma natural de venir a la vida sino del vientre de la madre. En realidad, sólo antojadizamente puede aducirse que sea un reduccionismo el centrar la visión en el feto, olvidándose de la mujer, reducida a mero cuerpo. En todo caso, nos hace falta una visión integradora, como propondré al final.

 

Hecha la salvedad, entremos en materia; revisemos, pues, los argumentos más destacados en procura de la legalización del aborto.
 

 

El aborto y el derecho a la salud

 

Esta situación es normalmente conocida con el nombre de aborto terapéutico, que atiende a la salud de la mujer: drásticamente, se trata de evitar el agravamiento de la salud de la madre, matando al  niño. En realidad, este título a favor del aborto no difiere de los otros que veremos más que por añadir un argumento extra: la salud de la embarazada. Sin embargo, sin vida no hay salud. Pero esto significa posar la mirada en el embrión, lo que el abortista no se permite.

 

El campo de aplicación de este supuesto derecho se va restringiendo en la misma medida que los avances científicos admiten la conservación de ambas vidas. Los tratamientos médicos actuales, por caso, permiten preservar la vida de la embarazada sin atacar el feto, incluso si se tratase de madres con SIDA. Lo que pasa es que necesariamente hay que torcer la mirada y posarla en el otro.

 

Últimamente se ha argumentado a favor del aborto en vista de la salud del feto. Esto es: ante el caso de un nacido vivo con taras y defectos que pudieron haber sido evitados con un aborto terapéutico, incluso en el caso de un nacido con síndrome Down, la justicia francesa ha establecido una indemnización económica a favor de ellos (en verdad, de sus padres) por impericia médica. Las feministas y sus abogados consideran que ejemplos como estos indican que el derecho a la calidad de vida incorpora el derecho a no nacer[3].

 

Absurdo lógico y jurídico: ¿puede un no nacido decidir si quiere o no nacer?, ¿lo puede un nacido? En todo caso, se trata no de un derecho del nacido sino de sus progenitores o una política del Estado: el aborto eugenésico no puede ser presentado como derecho a no nacer, sino como política de exterminio del diferente, del imperfecto. Lo que por otro lado es equívoco, sino falso, pues las incapacidades y las imperfecciones no son siempre genéticas; la mayoría de ellas son adquiridas a lo largo de la vida, como demuestra la experiencia.

 

El filósofo Jürgen Habermas ha dicho que no se le puede garantizar al embrión la protección absoluta de su vida, pero que sin embargo es admisible que se le aplique la tecnología genética para mejorar su salud, porque en una intervención terapéutica de este tipo debe presumirse el consentimiento afirmativo del mismo embrión[4]. El argumento es ingenioso: el feto admite intervenciones genéticas que le preserven la salud y la vida, pero también puede ser abortado. La contradicción es evidente: ¿por qué presumir un “sí” del feto para que lo salven y presumir el mismo sí en caso de aborto, para que le maten? Me parece que, con los mismos argumentos de Habermas, para el supuesto del aborto deberíamos presumir un rotundo “no”: si el feto quiere ser sanado, ¿por qué querrá ser muerto? Absurdo.

 

 

El aborto y la seguridad

 

Las feministas repican las campanas con esta cantinela. Es decir, hay que legalizar el aborto para vivir la maternidad sin riesgos, para evitar la clandestinidad del aborto y la muerte de la mujer. Por supuesto que la mirada tuerta les impide preguntarse por la vida del feto, harina de otro costal.

 

Por lo general se aduce este derecho en provecho de las mujeres pobres. Así, por caso, en el XIX Encuentro Nacional de Mujeres, celebrado en Mendoza en octubre de 2004, se dice en un considerando de las conclusiones del taller sobre anticoncepción y aborto, que “la penalización del aborto evidencia la desigualdad social representada en las muertes de las mujeres pobres por abortos clandestinos realizados en malas condiciones sanitarias”. Penalidad inexistente, por aquello ya dicho: los jueces no juzgan ni condenan sino por defecto en caso de aborto.

 

Los datos aducidos, los números y las estadísticas sobre la cantidad de abortos clandestinos y de muertes por esta causa, son de difícil comprobación, en razón de la clandestinidad misma, lo que no permite entender cómo una cifra tal o cual pueda usarse como argumento, porque no dice nada cierto, al menos comprobable. En los países en los que el aborto es ilegal, se insiste en el uso de estos datos falsos, difícilmente verificables. Así, por ejemplo, en una publicación de la denominada Organización Socialista Libertaria Argentina, que se edita con el nombre de En la calle, se dice sin prueba alguna: “En nuestro país se practican alrededor de un millón de abortos por año y cada día dos mujeres mueren a consecuencia de un aborto hecho en condiciones precarias”. La fuerza del argumento viene nada más que del poder del número, de la cantidad.

 

Cotejemos la forma de argumentar con esta otra. En una entrevista que se le hiciera a la militante socialista Andrea D’Atri, partidaria de la legalización del aborto, ella dijo: “Hoy en la Argentina se producen entre 350.000 y 500.000 abortos por año Si tenemos en cuenta que en el país existe un promedio de 650.000 nacidos vivos al año, se deduce que, como mínimo, se produce un aborto por cada dos embarazos que llegan a término. Y esto culmina en que son más de 400 mujeres las que mueren, mientras otras 15.000 sufren graves secuelas de salud”…[5]

 

Creo que este es un modo efectivo y emotivo de eludir el problema de qué es lo correcto; el atajo abortista evita preguntarse por las condiciones de un embarazo y de un nacimiento dignos. Por lo demás, es evidente que la legalización no evita la muerte, porque sigue matándose al feto. Se legaliza la muerte de uno para evitar la muerte ilegal del otro. Paradoja de la ética y el derecho formales kantianos, que sólo se resuelve cambiando la mirada.

 

 

El aborto y la honestidad. A propósito de la violación.

 

La honestidad de la mujer pareciera estar en juego en todas las situaciones de embarazo forzado, involuntario o violento. El supuesto debería ser extraño en sociedades que amparan una amplia libertad sexual, pero no es así. Se ha vuelto a poner de moda con el caso de la joven jujeña Romina Tejerina, que quedó embarazada después que un vecino la violara –aparentemente-, escondió el embarazo y mató al bebé recién nacido. Y ha vuelto a ocupar últimamente la atención de la opinión pública en los reiterados casos de jóvenes deficientes mentales embarazadas, argumentando violaciones presuntas, para que sus tutores consiguieran la autorización para abortar que prevé el derecho penal.

 

Les Luthiers podrían poner una nota de humor en estos casos: relataban la historia de unos amigos alegres, y algo disolutos, que “no hacían el amor a tontas y a locas, sólo a las locas”. Al contrario de la ficción, en la vida real un semental enmascarado se encarga de las opas que aquellos amigos despreciaban.

 

Algunos organismos y asociaciones sostienen que en estos supuestos debe aplicarse analógicamente la normativa internacional, prevista en situaciones de conflicto armado para los casos de violación sistemática y esclavitud sexual, y de tal modo interpretar el embarazo forzado como una violación de los derechos humanos de las mujeres, en los términos de la Conferencia de los Derechos Humanos de Viena. Pero la Organización Mundial de la Salud ha ido más allá: afirma que ninguna mujer ha se ser obligada a llevar adelante un embarazo, porque todos los embarazos imponen riesgos para su salud. Si la ley no prevé el aborto, entonces la mujer es obligada contra su voluntad a llevar adelante un embarazo.

 

De modo genérico, luego, se puede seguir que todo embarazo constituye un atentado contra el derecho a la vida de las mujeres, como lo hace la Carta de la Unión de las Mujeres, Salud y Derechos Reproductivos y Sexuales, del 30 de agosto de 1995, que incluye entre esos atentados, a cualquier embarazo en el cual “una mujer está obligada a continuar embarazada”. En similar sentido, la Carta de los Derechos Reproductivos y Sexuales de la International Planned Parenthood Federation, de 1995, en su artículo 1º sostiene que “el derecho a la vida debería invocarse para proteger a las mujeres cuyas vidas están en peligro debido al embarazo”; y el artículo 2º prevé que “el derecho a la libertad y la seguridad de la persona debería invocarse para proteger a las mujeres… sujetas a embarazos forzados”…

 

Fuera de la generalización de las declaraciones últimas, cuando se trata de un embarazo por violación estamos, sin duda, ante casos extremos, que difícilmente pueden resolverse de modo general –uniforme- por el derecho. Es cierto que, como dijera el conocido penalista Jiménez de Azúa, el derecho no puede exigirnos conductas heroicas. Sin embargo, no es menos cierto que tampoco puede forzar la muerte de un inocente. ¿Podemos pedir al feto que sea héroe y presumir, como Habermas, que aceptará el rol que otros le imponen?

 

 

El aborto y la libre disposición del cuerpo

 

El aborto, como derecho de género, se argumenta desde el derecho al propio cuerpo. El derecho de la mujer a controlar su propio cuerpo es una precondición básica para la liberación de la mujer de la opresión que sufre como sexo. Por eso el aborto debe ser legal: desconocerlo, negarlo, sería tanto como conservar la condición de sometimiento de la mujer, que no es libre sino cuando dispone de su cuerpo según su voluntad. No es raro encontrar, tras este argumento, las diversas expresiones del movimiento feminista y a casi todas las vertientes libertarias. Se ha hablado expresamente del derecho de las mujeres a la soberanía sobre sus cuerpos como condición inexcusable para ser sujetos en sentido jurídico, pues en la medida que no sean dueñas de sus cuerpos no tiene control de su futuro[6]. El cuerpo de la mujer, en nuestra cultura machista, se define como un cuerpo tutelado, sometido a diversas pretensiones (maritales, morales, jurídicas), no como un cuerpo liberado, disponible únicamente por la mujer como su propietaria[7].

 

En el año 2000, la Suprema Corte norteamericana se hizo eco de este argumento. Efectivamente, como se sabe, en el caso Stenberg v. Carhart, la mayoría de cinco jueces decretó que la protección de lo que dieron en llamar el “derecho de la mujer a escoger” se extendía hasta el supuesto fáctico de infligir la muerte a un niño casi nacido vivo. Sorprendente razonamiento, pues con este derecho de la mujer a elegir no justifica tan solo el aborto, puede incluso amparar el infanticidio, como de hecho sucedió. ¿Qué quedó de aquella burla en forma de paradoja del genial Chesterton, cuando, protestando contra las locuras modernas, dijo que a los defensores del derecho al aborto oponía su preferencia por el infanticidio?

 

La Conferencia Nacional de Obispos Católicos de los Estados Unidos, en la declaración del 15 de noviembre de 2000, señaló con toda precisión los riesgos de tamaño equívoco: “El eufemismo del ‘derecho a escoger’, que se usa rutinariamente para evitar la mención del aborto –dijo-, se usa ahora para justificar las matanzas fuera del vientre también.”

 

Pregunto, ¿qué relación tenemos con nuestro cuerpo? En el argumento feminista anterior pareciera hablarse de propiedad, pues se argumenta sobre el derecho a disponer del cuerpo de uno mismo como quien dispone de sus propios bienes materiales. Sin duda que aquí no hay espacio para elucidar el problema, pero desde ya que repudio esta cosificación, producto de un razonamiento cartesiano llevado al extremo, extraviado, que acaba haciendo de nuestro cuerpo una cosa sometido a nuestros deseos y pasiones, a nuestra voluntad y designio, omitiendo el hecho simple de que somos un cuerpo.

 

Esta manera de abordar el aborto está patente en los motivos feministas a favor de la planificación familiar. Estamos instalados en el campo de los llamados derechos de la salud reproductiva. No se debe forzar a la mujer –se dice- a que tenga hijos contra su voluntad; se debe permitir que una familia tenga los hijos que ella desea y no más; en una sociedad como la contemporánea, la igualdad del hombre y la mujer no se realizará (especialmente en el plano laboral) mientras ésta tenga que asumir forzadamente su maternidad.

 

En realidad, no hay más fundamento a estos supuestos derechos que el consenso. A decir verdad, el consenso es, en la posmodernidad, el título de todos los derechos y la legitimación de toda política. En las últimas conferencias de las Naciones Unidas, ha sido el consenso el que ha establecido: a) que los derechos humanos de las mujeres son universales[8]; b) que las mujeres tienen derechos reproductivos[9]; y c) que los derechos reproductivos son derechos humanos[10]. Ahora bien, en la medida que asistimos a una desnacionalización de las decisiones políticas, al menos en materia de derechos humanos, la decisión internacional sustituye la voluntad estatal. Se trata, por tanto, de un consenso impuesto, verdadero contrasentido, que sin embargo es tomado como trampolín de los reclamos feministas.

 

En la última de las conferencias mencionadas, el aborto queda implícitamente incorporado a sus disposiciones. En efecto, la Plataforma de Beijing, en su numeral 96, dice: “Los derechos humanos de la mujer incluyen el derecho de controlar y decidir libre y responsablemente en materias relacionadas con su sexualidad, incluyendo la salud sexual y reproductiva, libre de toda coacción, discriminación y violencia”. En este sentido, diversas organizaciones no gubernamentales de clara orientación feminista[11], entienden que si la legislación local desatiende las directivas internacionales, y no legaliza el aborto, está discriminando a la mujer pues perjudica ostensiblemente su salud.

 

 

El aborto y la felicidad: sobre el voluntarismo (pos)moderno.

 

El aborto, finalmente, puede ser presentado como un problema o una decisión propia de la mujer o de la pareja, es decir, como una cuestión privativa que hace a cada uno y que no debiera entorpecerse por el derecho ni por sus agentes. Como sostienen las mujeres autoconvocadas a favor del aborto (los llamados Encuentros Nacionales de Mujeres), el aborto se funda en su derecho a decidir, que comprende el derecho a la sexualidad no reproductiva y al placer.

 

En este caso, el voluntarismo alcanza su pico más elevado: los que están a favor del aborto no discuten ya que se trata de la muerte de un ser vivo. En el peor de los casos, se evita esta discusión, se la descentra, poniendo un su lugar otro tema y otro protagonista: la voluntad, el poder de decidir de la mujer. La feminista mexicana Marta Lamas lo confiesa sin tapujo alguno: “Hoy en día, la cuestión crucial sobre el aborto ha pasado de tratar de esclarecer la humanidad de los seres no nacidos a determinar quién decide si nacen o no.”[12] En todo caso, se trata de defender una instancia que es independiente de la vida misma, a la que se llama autonomía procreadora o voluntad procreacional.

 

Atando cabos sueltos, se afirma que el derecho de la mujer a su cuerpo comprende no sólo el derecho a la atención de la salud sexual y reproductiva, sino también el derecho a la autodeterminación sexual y reproductiva, esto es, el derecho a la integridad física con el alcance de autonomía corporal comprensiva del derecho a estar libre de interferencias en la toma de decisiones reproductivas, siendo solo admisibles las restricciones consensuales de la propia mujer[13]. A buen entendedor pocas palabras: si el feto vive es porque la mujer lo quiere así; si muere por aborto, es porque ella lo ha decidido. En todo caso, es la voluntad de la mujer la que acaba siendo juez y parte.

 

 

¿Podemos entendernos?

 

Yo creo que no hay un derecho al aborto, de la misma manera que no hay un derecho a la muerte. Creo también que los argumentos de las mujeres a favor de su vida y del aborto, son insostenibles, como hemos visto. El aborto es un crimen, literalmente, una situación anti jurídica.

 

Ahora bien, si he sostenido que el problema de la falta de entendimiento radica en las diferentes miradas, una vez hecho el esfuerzo por comprender el argumento de la mirada femenina, puede servirnos para sentar las bases de un (im)probable diálogo en el que todos los actores (o sujetos) y todas las aristas del aborto sean puestas en discusión. Esto significa, a mi juicio, un cuádruple esfuerzo que nos permitirá ampliar la mirada, volver comprensiva, abarcadora.

 

Primero, creo que hay que esforzarse por pasar de lo biológico a lo ético, de la definición de la vida a la defensa de la vida. Poco ganamos en las discusiones bioéticas sobre cuándo y desde qué momento hay vida, si no somos capaces de pensar la vida proyectada, la vida como futuro. Quiero decir, hay que avanzar de la bioética a la ética social y política.

 

Segundo, tenemos que remontarnos de lo jurídico a lo ético, del derecho al deber. Es imposible encontrar repuestas sensatas al aborto si se conserva el tono individualista de los planteos, si se argumenta desde la libertad o desde el poder, olvidando el contexto social de la vida, el despliegue comunitario de la felicidad. Con esta perspectiva creo que ganamos el horizonte de la responsabilidad, que no está reñida con al felicidad ni con el derecho.

 

En tercer lugar, queda dicho en lo anterior, hay que saber pasar de lo individual a lo social, de lo contrario el aborto queda atrapado en las razones del yo y nunca se abrirá al nosotros. Y ya sabemos, como nos advertía Tomás Moro, que hay pocas cosas tan invasivas como el “yo”[14]. El aborto, mirado desde el horizonte del nosotros, supone la integración vital del embrión y de la madre; la cohabitación necesaria de dos seres que forzadamente conviven; y la protección de ambos, singularmente del más débil.

 

Finalmente, me parece que hay que renovar los estudios filosóficos del cuerpo, de modo que podamos explicarlo no como propiedad sino como personalidad. Esto es, abandonar la idea del cuerpo cosa y progresar en el camino de la persona como cuerpo, desde el momento que el cuerpo que tenemos no lo poseemos sino que somos en él, vivimos gracias a él.

 

Concluyo. Un autor agnóstico, que ha reconocido no tener oído para la religión, y que apoya fervientemente estas transformaciones posmodernas, Jürgen Habermas, al referirse a la condición de los embriones humanos crioconservados, señaló que la solución al problema no se encuentra exclusivamente por las vías racionales ni a través de reclamos individualistas. Hay que reconocerse uno mismo, como hombre, en el otro. “Amor no puede haberlo sin reconocerse en el otro, y libertad no puede haberla sin reconocimiento recíproco.”[15] Y he dicho paradojalmente porque sabemos que Habermas no suscribe lo mismo respecto del aborto; sin embargo, en lo que acaba de decir está la clave: en la rectificación de nuestros deseos, de nuestra libertad y de nuestro amor por medio de la admisión del otro.

 


* Este trabajo constituye la exposición del autor en el Tercer Encuentro Interuniversitario de Bioética, reunido en Mendoza,Argentina, el 6 de octubre de 2006.

 

[1] Un ejemplo reciente y al alcance, el artículo de la diputada Juliana Marino, El derecho en el cuerpo, Página 12, Buenos Aires, 16 de junio de 2006. Las invectivas se usan aquí con el fin de autorizar las prácticas de ligadura tubaria y vasectomía.

[2] Bauman, Zygmunt, Legisladores e intérpretes, U. N. de Quilmes, Buenos Aires, 1997.

[3] Lamas, Marta, Aborto, religión y derecho en el siglo XXI, en Debate feminista, año 14, vol. 27 (abril 2003), pp. 139-164 (www.abortolegal.org)

[4] Habermas, Jürgen,  El futuro de la naturaleza humana, Paidós, Buenos Aires, 2004, pp. 63-64.

[5] “De eso no se habla”, La Voz Obrera, Nº 124, Buenos Aires, 31 de julio de 2003.

[6] Fríes, Lorena - Carrera, Carolina, Mujeres, cuerpo, derechos y política, en Foro, Santiago de Chile, 4 (junio 2004), p. 7.

[7] Fernández, Ana María - Tajer, Débora, Los abortos y sus significaciones imaginarias: dispositivos políticos sobre los cuerpos de las mujeres, en Checa, Susana (comp.), Realidades y conjeturas del aborto, Paidós, Buenos Aires, 2006, pp. 33 y ss.

[8] Conferencia de los Derechos Humanos de Viena, 1993.

[9] Conferencia de El Cairo sobre Población y Desarrollo, 1994.

[10] Conferencia de Beijing sobre la Mujer, 1995.

[11] Entre ellas, Center for Reproductive Law, Family Care International, Family Health, International Planned Parenthood Federation, etc.

[12] Lamas, cit.

[13] Centro Legal para Derechos Reproductivos y Políticas Públicas (CRLP), Cuerpo y derecho. Legislación y jurisprudencia en América Latina. Versión resumida, Temis, Bogotá, 2004, p. 86-87.

[14] “La plena confianza en sí mismo, aparte de ser un pecado, es también una debilidad. Creer demasiado en uno mismo es una creencia histérica y supersticiosa”, enseña Gilbert K. Chesteron, Ortodoxia, FCE, México, 1987, p. 20.

[15] “Fe y saber” (2001), en Consonancias, Año 4, Nº 13 (septiembre 2005), p. 29.