| Editorial
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Algunos creen que el rechazo de la idea de dar muerte a personas que están desarmadas y presas, y por tanto no constituyen amenaza alguna, como retribución por conductas que realizaran en el pasado, es una novedad, algo moderno. Sin embargo, ya en la Epopeya de Guilgamesh, compuesta hace unos 4.500 años, ya aparece ese repudio. El protagonista, un rey súmero-acadio, vence en combate al monstruo Humbaba, malhechor y prepotente (Guilgamesh no le iba en zaga). El derrotado, desarmado y de rodillas, le implora que mude su ejecución en eterna servidumbre. "¿No debería acaso el pájaro caído regresar al nido, como el hombre cautivo a los brazos de su madre?", alega poéticamente. Pero es en vano, pues sus vencedores lo ultiman sin clemencia. Entonces se escucha la voz atronadora de los dioses, Enlil, el viento arrasador del desierto, y Shamash, el sol al que nada escapa. "¿Por qué habéis hecho esto?", exclaman enojados, derramando maldiciones atroces sobre los matadores, y dejando claro que, para ellos, se ha tratado de un vil asesinato.
Esas cosas se contaban en las casas de adobe, alrededor del fuego, en las noches profundas, hace más de cuatro milenios, en las riberas del Tigris y del Éufrates, exactamente donde hoy se encuentra Irak.
Los ejemplos de la actitud contraria a la pena de muerte no son privativos del Medio Oriente. En nuestra mismísima Roma, en los turbulentos días de la caída de la República, cuando la temible conjuración del patricio Catilina y un importante grupo de poderosos para hacerse con el mando a sangre y fuego es descubierta y muchos de sus protagonistas detenidos y juzgados, se presenta esta cuestión nuevamente. Julio César, que aún era joven pero ya mostraba su carisma, y al que al parecer los rebeldes no le eran del todo antipáticos (quizás aprendiera de ellos más de una lección para su propia carrera), se opone con ardor a que se los ejecute, a pesar de lo grave de sus crímenes. Aboga en cambio, según Casio Dión, por una pérdida total del patrimonio, y el exilio definitivo en ciudades lejanas.
Halla, sin embargo, una muralla aún demasiado masiva para sus pocas décadas. El astuto Cicerón, y Catón, que honra la sangre de su antepasado, el discutible Censor de los higos cartagineses, haciendo del estoicismo una doctrina de dureza y sequedad, lejos de la belleza que, años más tarde, le darían Epicteto y Séneca, y más lejos aún del divino Marco Aurelio. Ambos próceres, Catón y Cicerón, lideran la postura inamovible que exige la aniquilación de los presos. Y vencen. "¡Vivieron!", grita César según Plutarco, al verlos caer ante el verdugo, como a veces decían los latinos para no hablar de la muerte. ¿Podemos imaginar su gesto adusto, la tristeza de sus labios? Poco después, el pueblo reprocharía a Cicerón esa ejecución (al extremo de impedirle pronunciar el discurso de despedida de su consulado), por considerarla inútil y excesiva, y más engarzada en los proyectos personales del genial orador que apuntada a la salvación de Roma.
Sin embargo, seguimos matando... Milenio tras milenio, desfilaron formas ingeniosas de terminar con la vida de personas ya indefensas. Desde el garrote tan grato a los hispanos, pasando por las hogueras (que en la Edad llamada Moderna tanto se teñirían de humo hebraico), las hachas y espadas que cortan cabezas (sin discriminar, hoy la de Tomás Moro, mañana la de Ana Bolena), los suplicios lentos (la lista sería larga: despellejamiento, aplastamiento, ahogamiento, cortes interminables, exposición al sol, lapidación, el invento incaico de colgar de los cabellos, la ecológica entrega a fieras famélicas, las agonías por hambre y sed...) La pólvora trajo los fusilamientos. La Revolución Francesa incorporó la guillotina. Los Estados Unidos aportaron la silla eléctrica y las inyecciones computarizadas. Y por sobre todas, capeando siglos, remontando guerras y revueltas, ideologías y credos, la Señora Horca, sencilla y barata, eficaz y pública, teatral y rápida, limpia y modesta.
¿Para qué matar? "¿Porqué habéis hecho eso?", preguntaban desorientados los dioses de la Mesopotamia. ¿Hemos hallado alguna vez, en las cuarenta y cinco centurias siguientes, una respuesta válida? Para causar temor en los demás, para que al ver la ejecución del criminal, se abstengan de delinquir, respondían las fuentes medievales, como las Partidas de Alfonso X. Para retribuir: has matado, has arruinado vidas de personas inocentes, ahora vas a ser tú quien muera. Para restablecer místicamente el orden que quebraran las transgresiones del condenado, en el esquema mental de los inquisidores. Más modernamente, y al calor de las ideas positivistas biológicas del siglo XIX, para librar a la comunidad de un ser degenerado, cuya vida carece de valor y no merece ser vivida.
¿Alguno de esos argumentos satisface? La ejecución de un delincuente atemoriza a las personas que no cometerían normalmente un crimen severo. A ellas no era necesario amedrentarlas. En cambio, a los malhechores peligrosos les aporta un ingrediente de excitación, el saborcillo del riesgo, como les sucede, con perdón por la comparación, al corredor de autos o al paracaidista. Alimenta la testosterona (la mayoría son hombres, o mujeres poco femeninas), los hace sentir más machos, más guapetones, más valientes. "Yo, que me codeo con la parca", se dicen al contemplarse ufanos en los espejos opacos de sus espíritus torvos. Y se admiran más, se adoran como Césares, como Narcisos, como héroes de una novela romántica. "Los que vamos a morir te saludamos", repiten cada mañana, mientras planean sangre y tristeza. Si apareciera un luchador por los derechos humanos, y consiguiese abolir en ese lugar la pena de muerte, algo muy importante, muy visceral, se les quebraría. Asesinar, ya no sería lo mismo. Una eternidad en la celda, con clases de carpintería y coro, es algo denigrante, indigno, la imagen de la decadencia misma. En cambio, ser ahorcado... ¡qué mutis! Un fusilamiento... entrar en la leyenda para siempre. Hasta la silla eléctrica y las inyecciones letales poseen su nostalgia, a pesar de que nunca hubieran sido seleccionadas por Bécquer ni por Goethe para aniquilar a sus protagonistas.
La idea de la retribución, es pueril y ridícula. Los crímenes graves generan daños que no pueden compensarse de ninguna manera. En cierto modo, incluso, esa visión desmerece a la víctima, colocándola, suprema ofensa, al nivel infame del criminal. He aquí un zángano drogadicto y amoral, que bien hubiera cuajado en una milicia de SS hitlerianosm. Ha asesinado a una médica rural dedicada a luchar contra las epidemias salvando vidas infantiles. Si lo ejecutamos, ¿compensaría su muerte la de la heroica doctora? ¿No estaríamos insultando la memoria de ésta?
Del concepto del restablecimiento del orden, que es muy raro escuchar en nuestros días, pues requiere de una cosmovisión mítica característica de sociedades remotamente arcaicas, se puede decir otro tanto. Porque ninguna muerte realmente equipara a otra. Si a la madre del asesino le falta un hijo, esa carencia no suplirá nunca la que ha ocasionado éste en la familia de la víctima. En todo caso, si alguna conducta existiese que pudiese aportar siquiera un mínimo de cicatrización al atentado contra el cosmos que el malhechor comete, esa sería el perdón de los heridos frente al arrepentimiento del transgresor. Cristo enseñó un par de cosas al respecto, pero actualmente es un autor muy poco leído.
Finalmente, y sin pretender agotar los argumentos, está aquél de la eliminación tranquila (o directamente conveniente) de las vidas que no merecerían vivirse. Este concepto, arraigado en las elucubraciones patéticas del social-darwinismo, más tributarias del lamentable Darwin de 1871 (La descendencia del hombre) que del de 1859 (El origen de las especies), sin dudas brillante, y en las ideas del padre de la eugenesia, Francis Galton, caballero de Inglaterra y uno de los hombres más peligrosos que haya criado la historia, floreció en la obra conjunta que publicaran, en 1920, el afamado jurista Binding y el neuropsiquiatra Hoche, apenas menos prestigioso. Quince años más tarde, la propuesta hallaría caluroso amparo en la pluma del galeno católico francés Alexis Carrel, Premio Nobel de Medicina, inventor de la anastomosis sin la cual jamás hubieran sido posibles los trasplantes de órganos, y de las cámaras de gas sin las cuales no hubiera sido posible el Holocausto. Carrel, ese hombrecito calvo de pulcros anteojos y mirada dulce, que se apresuró feliz a regresar a su patria desde los Estados Unidos, donde era harto loado por sus ideas, muy acordes con las de la crema científica del país, tras la invasión hitleriana, para ponerse a las gratas órdenes del gobierno de Vichy. Petain lo recibió de brazos abiertos, y puso a su cargo una oficina dedicada a limpiar la sociedad francesa de degenerados y balastos, tarea a la que el simpático doctor, que siempre protestó su cristianismo militante, se dio en cuerpo y alma hasta la hora de su muerte, acaecida antes de la llegada de los aliados.
Creeríase, pues, que ese fundamento de tan poco agradable prosapia, hubiese quedado perdido en el mismo lodazal en que se hundieran la svástica y los delirios spenglerianos de los adoradores de la muerte. Pero no. Sobrevivió, como sobreviven los bacilos tras una bomba atómica. Tal vez porque, en el fondo, quienes hoy lo sustentan no difieren tanto en sus cosmovisiones de aquellos dementes de paso y cerebro de ganso. Ellos también se sienten imbuidos de la etérea capacidad de clasificar las existencias, de resolver cuáles sí y cuáles no, cuáles valen y cuáles son un error del universo. Ellos también se contemplan superiores a los demás pobres seres de la especie. "No", responden ceñudos desde la gobernación de California, de Florida o de Texas, a los pedidos de conmutación de penas. Conan el Bárbaro, que alguna vez interpretó el papel de Schwarzenegger, baja el pulgar con rigor. Los hermanos Bush asienten adustos. George W., digno hijo de su padre, digno tercer príncipe de la dinastía reaganita, felicita a su nueva colonia, el destrozado, saqueado y subastado Irak, por haber sacado a relucir las horcas medievales. Cadáveres colgantes, cabezas que horrendamente se separan de los cuerpos, ceremonias grotescas y dantescas, donde ni siquiera faltan las capuchas negras de los verdugos ni las bromas de mal gusto (como un Hollywood pero en serio). Y el mundo entero, en alas de Internet y CNN, puede asistir a las ejecuciones, desde la comodidad de sus hogares, con lo cual evidentemente se ha avanzado mucho en relación a las plazas antiguas y los bulliciosos autos de fe.
Frente a tantísima idiocia, hasta el más firme optimismo en el futuro humano tambalea. El corazón se oprime, duele el espíritu y sangra de tristeza el sentido común. La memoria impone el cuadro de las asignaturas que apremian. El hambre de millones, las muertes ridículas de niños, las injusticias colosales, las nubes espesas de infranqueable dolor que pueblan hoy el mundo. Y resuena en los salones vacíos de la conciencia la arcaica demanda de los dioses sumerios: ¿Por qué hacéis esto?
Y no tenemos, no, horrorosamente no tenemos, ni tendremos jamás, una respuesta.
Ricardo D. Rabinovich-Berkman