MARCH, Juan Manuel

CRITERIOS DE RACIONALIDAD
E INDICADORES
DE IMPACTO AMBIENTAL

Un estudio de casos
desde la epistemología
de las ciencias ambientales


Argentina, Jorge Sarmiento-Universitas, 2006,  432p


Estoy bastante persuadido de que uno de los más flacos servicios que la difusión del "principismo" derivado del
Principles of Biomedical Ethics de Beauchamp y Childress (1989) ha sido la medicalización de la bioética. Ésta, en su propuesta "original" (por así decirlo) de Van Rensselaer Potter, apuntaba a una reflexión muchísimo más amplia, donde tenía lugar prioritario la preocupación por el medio ambiente, por el futuro de la tierra, y donde las cuestiones galénicas, a pesar de ser él mismo un facultativo, no eran tan protagonistas del cuadro, sino sólo una parte (importante, sin dudas) del mismo.

No se me escapa que contribuyó mucho en este sentido la participación decisiva de estadounidenses en los pensamientos bioéticos, en especial durante las primeras dos décadas a partir de la aparición del libro de Potter de 1971. La cultura norteamericana guarda un sitio privilegiado para el litigio judicial y la indemnización. De allí que para muchos autores la reflexión bioética se confundiera con un planteo de criterios de responsabilidad profesional, lo que desvirtuó completamente el mensaje del genial oncólogo de Wisconsin. Sin embargo, esta disciplina nace y crece como un producto netamente estadounidense, así que esos avatares no son de extrañar, y hasta podría decirse que estaban en ciernes desde el principio.

Hoy, la ética biológica no puede ser ya relegada al ámbito médico, y debe asumírsela fundamentalmente como una disciplina que estudia los problemas morales ocasionados por la tecnología en su incidencia sobre la naturaleza en general, y en cada uno de los aspectos particulares. Es tanto de su incumbencia la clonación de células embrionarias humanas, como la utilización de animales para experimentación científica, y la destrucción del medio ambiente en razón de los excesos industriales.

Este último aspecto, que hace al meollo del interesantísimo trabajo que comento del joven investigador y docente Juan Manuel March, de la Universidad Nacional de Catamarca, en el Noroeste argentino, es hoy quizás el más trascendente. Ahora sí, la humanidad enfrenta, en términos muy concretos e inminentes, la destrucción de su medio natural. Es decir, su extinción. En forma directa, por la pérdida irreversible de las condiciones de vida que la especie requiere, e indirecta, de resultas de la proliferación de cánceres debidos a las alteraciones del ambiente y a las emanaciones nocivas de toda índole. El futuro cercano es ominoso, y el presente harto preocupante.

Reflexionar, pues, como lo hace con profundidad y erudición March en este sesudo libro, sobre el impacto ambiental en sí, y sobre las cuestiones epistemológicas que a su alrededor se erigen, es necesario y urgente, y estas temáticas deberían estar mucho más presentes en nuestro discurso cotidiano de lo que están. Pero no cesamos de alzar loas, expresas o implícitas, a la globalización, y a los criterios capitalistas que la insuflan, como si no fueran esas mismas premisas las que, al constituir al lucro en norte y meta de la actividad humana, han transformado al orbe en un coto de caza (la "hübris ambiental", como dice nuestro autor), y al ser humano en "consumidor", cuyos gastados "derechos" se reducen a no ser engañados por la publicidad y a disfrutar del producto que adquieren. Hora es de que, frente a la incuestionable evidencia, proclamemos que la suma de los egoísmos no conduce, como creía Ayn Rand, a la felicidad general, sino al colapso del mundo.

Lástima que sea tan tarde... ¿Será que aún se puede hacer algo? Juan Manuel lo cree. Sueña, optimista, con "una edad en la que GAIA y el mundo humano operen con los mismos patrones de lógica y la racionalidad, de tal forma que el mundo humano se nutra de la suficiente flexibilidad epistemológica como para llegar a producir, también, impactos que mejoren la calidad del ambiente". Debo reconocer que no consiguen sus bien logradas páginas (quizás con demasiadas palabras difíciles, neologismos, esdrújulas y griegos, excesos que se han vuelto estilo en algunos círculos intelectuales argentinos) vencer mi angustia. Pero el mero hecho de que obras como ésta, con solvencia y seriedad, impongan estos temas en la mesa de debate, es ya un auspicioso paso adelante. Ricardo Rabinovich-Berkman