Editorial


¿ES SUPERFLUO
EL "DÍA
DE LA MUJER"?

 

     PERSONA tiene como símbolo a la "Venus de Willendorf". En otro editorial, hace muchos números, explicamos las razones de esa adopción, que cada día se torna más feliz. Porque esta remota imagen de la Humanidad, que nos contempla desde sus más de veinticinco mil años de historia, retrata a una mujer. ¿Fue acaso real la modelo de esta extraordinaria escultura? Los detalles así parecerían indicarlo. ¿Simbolizaba a una diosa (y de allí ese nombre de "Venus" que la ha acompañado desde su descubrimiento en 1908)? La similitud entre las figurillas femeninas del período, desde la Península Ibérica hasta Siberia, hablaría en favor de esa hipótesis...

    ¿Abonan estas piezas la hipótesis de una posición descollante de la mujer en la sociedad prehistórica, con funciones jerárquicas sacerdotales, o inclusive políticas? La notable obesidad de esta señora así lo haría pensar. En grupos cazadores y recolectores nómades, sometidos al permanente movimiento, a la amenaza de animales gigantescos, y a la acuciante necesidad de comer, no debe haber sido fácil acumular tantos kilos. A no ser que se tratase de mujeres que, en razón de su rol socio-político, hubiesen estado exentas del estrés general, atendidas solícitamente por los demás, llevando una vida tan sedentaria como la economía del conjunto lo permitiera.

    Estudios recientes, realizados fundamentalmente sobre simios, arrojaron la interesante hipótesis de que hayan sido las hembras, en el más profundo paleolítico, las que comenzaron a utilizar armas, movidas por su acuciante inferioridad física frente a los varones, en una era en que la lucha por sobrevivir era mucho más que una metáfora. Esa adquisición (que hoy se nos representa tan masculina, y no va a sernos sencillo reformar esta postura) es una muestra de aguda inteligencia. De esa misma sagacidad brillante y honda que las mujeres han evidenciado y empleado a lo largo de los milenios subsiguientes, frente a la violencia característica de sus compañeros de camino.

    Sin embargo, la enorme mayoría de las civilizaciones ingresaron en la edad de los metales exhibiendo una postergación de hecho y de derecho de las mujeres, desde la mera actitud protectora hasta formas de esclavitud doméstica. Estas respuestas culturales iban normalmente sustentadas en cosmovisiones arraigadas en el pensamiento del grupo. Narraciones mitológicas, leyendas, creencias religiosas. Hasta desarrollos seudo-filosóficos, como las afirmaciones de Aristóteles en la Política acerca de la inferioridad natural de la mujer, semejante, en el pensamiento del maestro de Alejandro Magno, a los esclavos, hechos para obedecer por su propio bien...

    Los pobres selknam de Tierra del Fuego, exterminados por la República Argentina y los estancieros australes a principios del siglo XX, en sus reuniones anuales (klóketen) tan bien descriptas por el jesuita Gusinde, que veía desesperado el avance del genocidio, contaban una historia. Recordaban un tiempo en que había gobernado el universo la Luna, y en la tierra, por consiguiente, habían mandado las mujeres. Pero, para felicidad del cosmos, fue vencida por el Sol (así pudo nacer el día, brillar la luz) y éste entregó el poder a los hombres, que deben guardarlo celosamente, pues las hembras añoran el matriarcado, y siempre están prestas a recuperarlo.

    Para los griegos, la valentía era la andreía, palabra derivada de andros, hombre. Es decir, una cualidad masculina de por sí. Sin embargo, se requería, y se ha requerido en casi todas las épocas, geografías y culturas, mucho coraje para ser mujer. Es que suelen ser muy bonitas, y sujetar la tentación de tenerlas por la fuerza, cuando ello se puede y no genera represalia, ha sido desde la noche de los tiempos demasiado difícil para cantidad de sujetos. Ya Guilgamesh, rey de Uruk dos milenios y medio antes de Cristo, protagonista de la primera obra literaria que existe, hacía lamentar a sus súbditos, porque "su lujuria no deja ninguna virgen para su amante, ni siquiera respeta a la hija del noble ni a la esposa del guerrero" (y nótese que los damnificados parecen ser los hombres: el amante, el noble, el guerrero, y no las mujeres violentadas, verdaderas víctimas de la prepotencia del monarca).

    La epopeya fundacional griega, la Ilíada, es de por sí un buen ejemplo. ¿Quién duda que la colosal campaña de Troya, en los términos en que la concibieran sus arcaicos cantores, sus homeros, se organizó y cumplió en restauración del honor herido del rey Menelao de Esparta, y no por su raptada esposa, la sublime Helena, que al parecer estaba bastante contenta en brazos del apolíneo Paris? Se dirá que Roma marcó una sustancial mejora en la situación femenina, y es cierto, aunque los propios juristas destacaban con sinceridad la inferioridad en la consideración de la mujer por el ordenamiento normativo, incluso en época tan tardía como la del emperador Justiniano.

    Además, la omnipresente esclavitud golpeaba en forma especial a la mujer. Su papel de reproductora de siervos, hijos tanto de otros esclavos como de hombres libres, le confería por cierto un valor agregado, pero también la carga de ver a sus vástagos vendidos, alejados, humillados y explotados de mil maneras. Y estaban las miríadas de esclavas destinadas a la satisfacción sexual, que llenaban tristemente los innúmeros burdeles del Imperio.

    En la Edad Media, más allá de la subsistencia de la esclavitud antigua, y del incremento de la violencia hasta niveles inusitados, con su lógica carga de atropellos sexuales perpetrados con absoluta impunidad, la nueva realidad de los siervos de la gleba aporta abusos curiosos. Uno de los más paradigmáticos es el derecho de la primera noche. A mediados del siglo XIII, por ejemplo, unos campesinos se quejan al rey Alfonso XI de Castilla, porque su señor "les hacía mucho mal, entre otras cosas forzaba a las mujeres". La querella es rechazada por el monarca.

    Una centuria más tarde, en 1462, un alzamiento de siervos estalla en Cataluña contra los potentados feudales. Convocados por la corona para llegar a un acuerdo, los rebeldes, entre otras quejas, aducen que "algunos señores pretenden que cuando el campesino toma esposa el señor ha de dormir la primera noche con ella, en señal de señorío”. Y agregan: “esto es inútil para el señor y de gran angustia para el campesino, y reporta un mal ejemplo y ocasión de daño". Los nobles responden "que no saben ni creen que actualmente ningún señor realice este acto" (nótese el adverbio "actualmente"). Pero, por las dudas, añaden que "si esto es verdad, están conformes en renunciar a acto tan injusto como deshonesto".

    Sin embargo, catorce años después habría tenido lugar la rebelión de la aldea castellana de Fuenteovejuna, que motivaría un siglo y medio más tarde el drama de Lope de Vega. Al parecer, el movimiento se inició como reacción a la tropelía del señor del lugar. Éste hizo capturar a una campesina el día de su boda, violándola, cual si ejerciera el derecho de la primera noche. Vejada, la mujer increpa a los suyos, en la obra de Lope: "Gallinas, ¿vuestras mujeres, sufrís que otros hombres gocen?"

    No sólo la mujer es algo "vuestro" que los hombres "gozan", en este texto. Además, no le queda a la víctima otro recurso que, para escarnecer a los hombres, llamarlos de mujeres. Es decir, reducir su propia condición sexual al rango de insulto, lo cual resulta patético. "Poneos ruecas en la cinta. ¿Para qué os ceñís estoques?", les grita. Y los nombra de "maricones, amujerados, cobardes", deseándoles "que mañana os adornen nuestras tocas y basquiñas". La equiparación de lo femenino con lo pusilánime y medroso cierra con una referencia amenazante a la era remota del matriarcado militante:

"yo me huelgo, medio-hombres,
por que quede sin mujeres
esta villa honrada, y torne
aquel siglo de amazonas,
eterno espanto del orbe".

     No. La historia de los derechos humanos no ha sido la misma, ni parecida siquiera, para Adán y para Eva. Fueron dos caminos en extremo diversos, y a menudo asombrosamente contrapuestos, enfrentados. Sólo muy recientemente hemos comenzado a comprender que los derechos son de toda la especie, y de cada uno de sus miembros, tenga lo que tenga entre las piernas. Pero esto es recientísimo. Hace poco más de un siglo, mientras Marx y Engels denunciaban el uso del capital como herramienta para prostituir en manos de la burguesía a las mujeres proletarias (Fuenteovejuna y Guilgamesh, versión era industrial), Charles Darwin, en ese dechado de prejuicios y sandeces que es su Descendencia del hombre de 1871 (increíble e incomprensible en quien poco más de una década antes diera a luz al magnífico Origen de las especies), pretende probar científicamente, con las reglas metodológicas del positivismo comtiano, la inferioridad de la mujer.

    Nietsche, en sus delirios darwinianos, destilaba por la mujer un desprecio infinito. Ella sólo serviría, en una sociedad correcta, obediente al "llamado de la tierra", para solaz de los guerreros. Su poco aventajado discípulo futuro, Adolfo Hitler, que no lo profundizó tampoco demasiado, tomó debida nota, y ajustó a esas premisas su paradigma femenino para el imperio de los mil años. "Si vas con mujeres, no olvides el látigo", aconsejaba por boca de Zarathustra el pusilánime escritor germano, que algunos tildan de filósofo, a pesar de que en su vida personal sólo había conocido el sexo con rameras, sin látigo pero con sífilis.

    Y ya llevaba veintiséis años el siglo XX cuando la popular revista argentina Caras y caretas (Nro. 1464), en un breve "código de las mujeres", supuestamente enderezado a aconsejarlas, les predica: "No tengas muchas amigas. Las mujeres son egoístas y sólo desean la desventura de las demás. La única amiga desinteresada y noble es la madre". Y la regla final: "Sé, como madre, amante; como hija, humilde; como esposa, amante y humilde". Para cerrar: "Mujer, practica estos preceptos y la felicidad será tu compañera". Lo más notable es que estas bazofias se incluían en una publicación que, como puede deducirse a partir de las propagandas que en ella aparecen, apuntaba en gran medida a la población femenina.

    Después de semejante historia, y cuando aún truenan en el mundo atroces restricciones jurídicas, postergaciones sociales, redes de tráfico y explotación sexual, y todo tipo de horrores y desmedros sobre las mujeres, ¿tiene o no sentido establecer un día al año para consagrarlo especialmente a esto que estamos tratando de hacer aquí ahora: la memoria, la reflexión, el análisis, alrededor de la situación de la mujer en la comunidad, de sus derechos, de su posibilidad de realizarse, de ser feliz, de sentirse plena y absolutamente humana?

    Porque algunos piensan que es superfluo. ¿Por qué no también un Día del Hombre?, argumentan. Quizás sólo ven las felicitaciones y las rosas, que son bonitas cosas, y muy dignas de darse, pero constituyen sólo la cáscara del 8 de marzo. En realidad, con cada flor que un hombre entrega a una mujer, debería bajar los ojos, humildemente, y decirle, con voz tan masculina como su boca produzca: "Hermana, en nombre de mi sexo y de todos los miembros del mismo que me precedieron, te pido perdón, a ti y a todas las mujeres de la historia, por haberlas menospreciado, discriminado, postergado, explotado, injuriado y tenido a menos, y prometo respetarte como parte que eres de mi especie, y reconocer por siempre jamás en ti mi semejante: construyamos un universo mejor juntos, pero como iguales".

       Pero no todo es evocar el pasado con pena, sino que se trata, hoy más que nunca, de aparejar un presente de respeto, y luchar por un futuro limpio de discriminaciones. Es imprescindible hacer, y pronto, y en todas partes. Ningún país del mundo, por ejemplo, debe permitir más los burdeles (otra cuestión es la prostitución individual de personas adultas, decidida por ellas mismas), ni los sitios que, sin llegar al prostíbulo, le están limítrofes (como muchos "cabarets" y "night clubs", en cuyas instalaciones mismas hay habitaciones para tener sexo con las mujeres que allí trabajan, cantidad de "casas de masajes", etc.) Estos establecimientos se exhiben abiertamente, poblando las ciudades. Son un flagelo en gran parte de Latinoamérica.

    Sus oscuros ámbitos favorecen el tráfico de mujeres, a menudo adolescentes, y la reducción a esclavitud de otras, muchas veces por medios sutiles, como la venta a crédito, por parte del propietario del antro, de las ropas (que son muy caras) y el alquiler de las camas (porque muchas viven en el lugar). Esos "préstamos" jamás pueden cubrirse, y la mujer va quedando atrapada. Además, con el tiempo sus lazos con la comunidad exterior (su familia, sus amigos) se debilitan. Salirse, se le va haciendo cada vez más difícil. A las instituciones, va aprendiendo a no creerles, porque su experiencia cotidiana le permite ver, a través de los policías comprados, de los inspectores que hacen la vista gorda, de los políticos que acuden a desahogar sus ansias en el lupanar, hasta qué punto esas instituciones son corruptas, y no están hechas para ella. Es una paria, está fuera de la sociedad y del mundo. No es necesario (aunque tampoco raro) que intervenga la violencia física. La van sujetando cadenas invisibles, pero más pesadas e inquebrantables que si estuviesen forjadas en acero.

    Esa de la desaparición de los prostíbulos es sólo una de las tareas que a la humanidad le esperan en agenda en este campo. La total equiparación salarial, el trato equivalente en los trabajos, la posibilidad de estudiar y desempeñar cualquier profesión, de mudar de religión a su voluntad, de codirigir la educación de los hijos, son sólo algunas asignaturas pendientes más, sobre todo en ciertos países, pero en general en todas partes. Nuestra especie ha sido lo suficientemente estúpida como para postergar por milenios a la mitad de sí misma. Veamos si es ahora lo suficientemente inteligente como para revertir con rapidez y eficacia ese error.

    Porque lo cierto es que, en un mundo gobernado por los hombres, hemos llegado al cabo de cuatro milenios a un caos total, a una civilización de tristeza, explotación y odio, a un show fálico de misiles de largo alcance, a una exhibición de testosterona entre gobernantes que incrementan impúdicamente los presupuestos militares, mientras millones de congéneres mueren de hambre y de enfermedades nimias... Quizás, sólo quizás, si de una buena vez compartiésemos realmente el orbe entre ambos sexos, las cosas podrían ser diferentes.

    Mientras tanto, el Día Internacional de la Mujer no parece mala cosa...

                                                                                                                                  Ricardo D. Rabinovich-Berkman