Editorial


EL DILEMA
DE JOR-EL

 

     En mi niñez, yo estaba obsesionado por el fin del mundo.

    Dos eran los directos responsables de ese terror infantil que me quitaba el sueño. Por un lado, unos artículos que había leído en el suplemento Ayer, hoy y mañana del diario La razón, que no me lo perdía nunca. Con imágenes tan asépticas como espeluznantes se planteaba allí, no muy profundamente, la remota extinción del sol. Recuerdo que corrí, casi en lágrimas, temblando, en procura de la infalible sabiduría de mi padre, y puse la hoja del periódico en sus manos. Él sonrió, con sus insondables ojos semitas, y me tranquilizó, palmeando mi cabeza: "Para que estas cosas pasen, querido, faltan millones de años". Recuperé el aliento, pero esa tarde anoté en mi cuadernito una duda nueva: ¿qué sentido tendrá toda la civilización, los libros, las casas, los jets y las escuelas, si al final vamos a desaparecer, y será como si nunca hubiésemos existido? Igualmente, al día siguiente fui a pescar, y me olvidé del asunto.

    El segundo causante de mi angustia fue Jor-El. No necesito recordar que este científico renombrado del planeta Krypton era el padre de Superman. Quizás sí, en cambio, valga la pena evocar su historia que, esbozada primeramente por Jerry Siegel y Joe Shuster en el turbulento 1933, mientras los diarios informaban el triunfo electoral del nacional-socialismo, fue completándose luego. Incluso mucho después de la aparición de la historieta en 1938, cuando la nunca ocultada (aunque sí menospreciada por los otros dirigentes del mundo) avidez territorial de Alemania, entraba en eclosión y hacía muy obvio que estaba por volver el fantasma de la conflagración global que se había pretendido, torpemente (por no escuchar a H. G. Wells), encadenar con el Tratado de Versalles. De hecho, la biografía de Jor-El ha ido cambiando desde entonces, al unísono con las mudanzas de nuestra terrestre civilización y el estado de su ciencia.

    Sin embargo, y contrariamente a lo que sostenía Hitler, no parece haber incidido mucho el riesgo nazi, tan acuciante en esos años, en el modelado de la historia de Superman. Que luego, entrados los Estados Unidos en la guerra, el fornido héroe se convirtiese en referente de las tropas norteamericanas, es otro cantar. Quizás en ese momento fue que los ideólogos germanos cayeron en la cuenta de que Siegel y Shuster eran ambos judíos. Hasta se registraron debates acerca de la biotipología israelita del personaje mismo. Pero, y en esto me permito discrepar con algunos expertos, no encuentro en la narración original ni elementos culturales característicamente hebraicos, ni tampoco una real presencia de la amenaza nacional-socialista (de las ideas eugenésicas en boga y de los delirios de Nietzsche sí, pero eso lo dejo para otro editorial).

    La visión de Siegel y Shuster es mucho más profética, desgraciadamente. Jor-El, que ha ganado merecida fama por sus aportes y descubrimientos, al extremo de haber recibido el Premio de las Ciencias (una especie de Nobel kryptoniano), comienza a estudiar algunos signos climáticos y geológicos que le preocupan, aunque para los demás científicos (y ni hablar de la gente común) no revisten mayor importancia. Descendiente de la familia El, orgullosa de sus muchos sabios y líderes (incluso un jurista, Tala-El, autor de la Constitución Planetaria), Jor-El se siente obligado a investigar estas anomalías. Y el interés se torna en obsesión, hasta que finalmente llega a la conclusión de que Krypton está condenado a estallar, en un plazo brevísimo.

    La situación de Krypton difiere de la de la Tierra actual en varios aspectos. Primero, que el cataclismo que se cierne sobre el planeta de Jor-El es absolutamente natural (por lo menos en su versión original). Se debe a presiones geológicas que operan sobre el corazón del planeta. Aunque los kryptonianos han desarrollado mucho su tecnología, no parece que ésta haya afectado al medio ambiente (las muchas maravillas naturales del planeta siguen incólumes hasta el final). Muy relacionada está la segunda diferencia: que no hay nada que los habitantes de Krypton puedan hacer para evitar, o siquiera demorar, la catástrofe. No poseen, pues, el privilegio de los terrícolas, que sí tenemos en nuestras manos alternativas susceptibles de salvar al planeta. La tercera y más importante diferencia, es que Krypton nunca existió, y en consecuencia ni estalló ni se murió nadie, y en cambio la Tierra sí es real, y está en juego el destino de miles de millones de seres humanos concretos.

    Jor-El nos hubiese envidiado. Como un Noé sin ultimátum de Dios, inicia una desesperada lucha para tratar de que los demás científicos y los conductores políticos de Krypton comprendan lo que está por suceder, que tomen cabal conciencia del desastre que se avecina, de su inmediatez, y adopten las medidas imprescindibles para salvar a su especie. A él no se le ocurre otra opción que una colosal emigración masiva en cohetes espaciales, que abarque a todos y cada uno de los kryptonianos, con destino a un remoto planeta que ha venido estudiando con los telescopios, y de cuya habitabilidad está convencido: la Tierra.

    Jor-El nos hubiese contemplado boquiabierto. Porque aquí en nuestro planeta son enorme mayoría, entre los científicos serios, los que como él en Krypton claman a la opinión pública, a los gobernantes, a los dueños del gran capital, advirtiendo a gritos que se aproxima el colapso. "A mí no me quisieron oír", pensaría sin dudas, "pero estaba solo. Los demás investigadores se rieron de mis teorías, me tildaron de alarmista, de exagerado... Por eso los líderes políticos no me escucharon. Pero si mis colegas me hubieran apoyado, quizás entonces los líderes kryptonianos hubiesen tomado otra conducta..." O no, porque en la Tierra son todos, o casi todos los científicos, los que urgen, en un simposio tras otro, una declaración tras otra, un estudio tras otro, a dar un vuelco en el camino del desastre. Y, sin embargo, no tienen éxito...

       Jor-El adopta finalmente una decisión desesperada. Como parte de su proyecto colosal de evacuación, ha construido un prototipo de cohete espacial. Es pequeño, pero suficiente para dos personas: su esposa Lara y el niño que les ha nacido poco atrás, Kal-El. Sin embargo, cuando revela sus planes a Lara, ella se opone a dejarlo. Es un personaje muy particular éste de Lara (originalmente, Lora), mujer de gran personalidad en un planeta que, a pesar de su progreso tecnológico, sigue afectado por un acendrado machismo (todos los científicos y líderes son hombres). Finalmente convence a su marido. Transidos de tristeza, ambos colocan a Kal-El en el pequeño habitáculo de la nave espacial, y cierran la escotilla. En ese momento, un temblor especialmente fuerte los sacude. "¡Krypton se muere!", exclama Jor-El, con una mueca de dolor. "Sí", responde Lara, tomándole afectuosa el brazo, "pero nuestro hijo vivirá". Y agrega, mientras ambos se entrelazan con los ojos húmedos clavados en el firmamento oscuro, que el cohete azul surca, perdiéndose para siempre con su preciosa carga: "El último sobreviviente de una gran civilización".

    Nosotros no tenemos cohetes de evacuación. Además, ¿para qué nos iríamos a otro planeta? ¿Para destruirlo también? Nuestro problema, a diferencia del de Krypton, no es la Tierra: somos nosotros. Nosotros no tenemos otro mundo a donde ir, como ellos tenían el nuestro. Estamos atados a esta pobre y modesta bola nómade, que en su hermosa sencillez nos ha ofrecido cobijo por milenios, y ahora se nos insinúa, sin culpa suya alguna, como un ataúd gigante y colectivo. Nosotros no tenemos naves prototipos para salvar a ningún niño, ni siquiera al hijo de un presidente o de un magnate. Así que esta gran civilización que fue la nuestra, la de la Humanidad, se extinguirá sin dejar sobrevivientes.

    En mi niñez, me obsesionaba, como a Jor-El, el fin del mundo. Pero estaba equivocado. No era de la extinción del sol que debía asustarme, sino de la del agua. No de que la Tierra estallara, sino de que se calentase. Y ahora, que han pasado las décadas, vuelvo a tener miedo, pero esta vez con motivos. Porque cien mil Jor-Eles están clamando, pero nadie les presta atención. En lugar de dedicar las energías y los presupuestos a buscar soluciones para salvar nuestro Krypton, los poderosos (y los que no lo son tanto) anuncian incrementos siderales en las partidas destinadas a armamentos e infraestructura militar. Mientras nos estamos muriendo, pensamos cómo hacer para matarnos. "¡Oh, qué obra de arte es el hombre!", decía Hamlet. Pero Hamlet estaba loco.

    En mi niñez me aterrorizaba el fin del mundo, pero mi padre me tranquilizó con el argumento incuestionable del tiempo enorme. Ahora, que han corrido los lustros y mi padre ya ha pasado a un plano donde los planetas no se extinguen, estoy angustiado de nuevo. Pero el horizonte ya no es aquél de mi infancia. Ya no son millones de años. Ni miles. Ni siquiera cientos. Ahora, el fin es mañana, está aquí nomás. Es más, ya llegó, entre tsunamis, terremotos, inundaciones y granizos. Ahora la lluvia, que antes tanto me gustaba, me da miedo. Y seguimos como si no pasara nada. Somos, hemos devenido, kryptonianos.

    "A menudo las personas rechazan las verdades que son demasiado terribles de enfrentar", murmura Jor-El mientras abandona, abatido, vencido, el Salón de la Sabiduría de Krypton, donde ha expuesto sin suceso ante el Consejo de Ciencias, que él mismo integra. ¿Qué pensarán nuestros científicos hoy en día aquí en la Tierra?

    En mi niñez, yo estaba obsesionado por el fin del mundo.

    Hoy, que ha pasado el tiempo, sé que tenía razón.  

                                                                                                                        Ricardo D. Rabinovich-Berkman