Editorial


¿Y SI
PROFUNDIZAMOS MÁS
EN LA CUESTIÓN
DEL ABORTO?

 

    De tres cosas estoy convencido en lo inherente al debate sobre la regulación jurídica del aborto. Todas ellas, muy relacionadas entre sí. Primera, que se trata de un tema muy complejo, que no tiene cabida para respuestas simples y veloces. Sin embargo, en todos los sentidos, son éstas las que suelen arrojarse. Peor aún: quienes las esgrimen a menudo se enojan si otros pretenden sostener la necesidad de una reflexión mayor. Como si en este tema la superficialidad fuese obligatoria, y toda profundización oliese a peligro, a subterfugio. Quizás esa sea la razón por la cual este asunto goza de tanta repercusión y aceptación mediática: porque se parte de la tácita premisa de que todos los involucrados en el debate (o seudo-debate), traigan las posturas que traigan, se abstendrán de exceder la mera capa externa del problema.

    Mi segunda convicción se deriva claramente de la primera, y es que a muy pocos les interesa realmente que el tema se estudie y se discuta en profundidad. Es funcional al sistema (y todos los "bandos", en definitiva, están dentro del sistema) que la confrontación se mantenga en los niveles de superficialidad en que se plantea normalmente. "Derecho a la vida" contra "derecho de elegir", "derechos del no nacido" contra "derechos de la madre", son dicotomías light, que van acompañadas por proclamas estentóreas de ambos flancos. Pocas veces se ha visto una estructura maniquea tan obvia como la que se despliega alrededor de esta temática. Con cargas de violencia y de exclusión del otro (el que piensa distinto) que van in crescendo, y no es raro que lleguen a la agresión concreta, como sucediera en Buenos Aires poco tiempo atrás, en oportunidad de una reunión "abortista".

    Mi tercera convicción es coherente con las dos anteriores, y me surge de la contemplación de la realidad social y su cotejo con las fuentes: se han generado estereotipos, en base a los cuales se asignan respuestas ideológicas prefabricadas, cual compradas en paquete. Todas las partes involucradas en el litigio se han afincado cómodamente en ellos, interna y externamente. Estos paradigmas de pertenencia grupal son tan fuertes, que si alguien no los comparte, pero se siente y declara perteneciente al sector que supuestamente los respalda, debe deshacerse en explicaciones, y aún así los demás dudarán de su real adscripción al grupo en cuestión.

    Esos estereotipos (lo he denunciado ya varias veces desde este humilde espacio) no resisten la menor profundización. Se aduce que todos los católicos están en contra de todas las formas de aborto, porque hace a la esencia del catolicismo tal postura. Al propio tiempo, suele decirse que la despenalización de supuestos de aborto obedece a la reciente pérdida de religiosidad de las sociedades y personas. Sin embargo, por lo menos para la Argentina (y también para otros países) eso no es cierto.

    ¿Cómo así? Pues sucede que la despenalización del aborto en caso de violación se consagra en el Código de 1922. Más allá del predominio de ideas positivistas en muchos círculos intelectuales, es el Congreso Nacional el que aprueba el proyecto (la novedad surge en el Senado, la más conservadora de ambas cámaras, y es aceptada por los diputados). Es decir, que se trata de la expresión democrática de los "representantes" del pueblo argentino (ésta es, quizás, la década más genuinamente republicana de todo el siglo XX en el país).

    ¿Cómo se ve a sí misma esa sociedad argentina de la década de 1920? Jurídicamente, rige en su plenitud el sostenimiento oficial de la religión católica apostólica romana, establecido por la Constitución de 1853-1860. También se mantiene, en virtud del mismo texto, la obligación de que el Presidente y el Vicepresidente (que dirige a su vez el Senado, cuna de este precepto) profesen esa religión (esto sólo se releva en 1994). En ningún momento la jerarquía católica deja de considerar a la Argentina un país donde la amplia mayoría del pueblo, y de sus autoridades, comulga con sus premisas. Abundan las fuentes en tal sentido, y valga como ejemplo principal el impresionante Congreso Eucarístico Internacional de 1934, celebrado con la presencia del cardenal Eugenio Pacelli, futuro papa Pío XII. 

    Por otra parte, y como también lo he reiterado en varias oportunidades, la excepción al castigo del aborto no tuvo nada que ver con los derechos de la mujer encinta. Basta leer la exposición de motivos del proyecto, para descubrir que otras eran las consideraciones que estaban en la mente de los legisladores: la idea es "atreverse a legitimar el aborto con un fin eugenésico", dice con claridad. El declarado objetivo es "evitar que de una mujer idiota o enajenada, o de un incesto, nazca un ser anormal o degenerado". Y se cita la autoridad del criminalista español Jiménez de Asúa: "¿Qué puede resultar de bueno de una mujer demente o cretina?"

    No muy diferentes son los fundamentos que se expresan para el caso de violación simple. Se vincula este aborto con la esterilización de criminales (que se declara inadmisible), y en ambos casos se aduce como sustento "el perfeccionamiento de la raza". La solución propuesta no surge de la simpatía por la mujer violada, que es vista como una mera reproductora inseminada por quien no debía hacerlo: "El problema se ha planteado en Europa durante la última guerra [la Primera Mundial], con motivo de las violaciones de que fueran víctimas numerosas mujeres belgas por soldados ebrios, desenfrenados o criminales", se explica.

    Tales serían, según la exposición de motivos, los orígenes del art. 112 del anteproyecto suizo de Código Penal de 1916, que la comisión redactora cita como antecedente del esbozo argentino. Es decir, razones plenamente coherentes con las ideas eugenésicas tan en boga en aquellos días. Y, por si algún desprevenido cree que tal cosmovisión era objeto de unánime repudio en los círculos católicos de entonces, lamento decepcionarlo. Porque se confesaban de dicha religión numerosos ardientes defensores de la eugenesia, como el galeno fascista italiano Nicola Pende, el psiquiatra franquista Juan A. Vallejo Nágera o el Premio Nobel de Medicina francés Alexis Carrel (que hoy da nombre a un colegio católico de la Córdoba argentina, y fue el precursor de las cámaras de gas). Por no mencionar a nuestro primer Ministro de Salud, el santiagueño Ramón Carrillo...

     Tan poco serio como creer que el catolicismo siempre ha estado comprometido en la lucha contra estos supuestos, es asumir que los enemigos del aborto son y han sido necesariamente católicos, o por lo menos cristianos, o siquiera creyentes en Dios y en la Biblia. Craso error. Ningún sistema jurídico defendió tanto la vida humana antes del nacimiento como el que pergeñaran los juristas romanos de los siglos II y III (dinastías de los Antoninos y los Severos). No se sabe que haya habido entre ellos cristianos, y en cambio es bien posible que esta nueva rama del judaísmo les cayese tan mal como el tronco, o quizás hasta peor. Eran paganos, panteístas o agnósticos, y nunca necesitaron de argumentos teológicos para amparar al concebido.

    ¿Y después de Roma? Lo diré una vez más: no existe a mi humilde juicio alegato más incontestable en contra del aborto que el cuento "Las pre-personas" de Philip K. Dick, escrito al calor de los debates generados por el fallo "Roe vs. Wade" de la Corte Suprema de Justicia estadounidense (1973). Por si alguien no lo recuerda, este genial autor de ciencia ficción, eterno rebelde, no tenía un pelo de católico. Era un recalcitrante socialista, entre ateo y agnóstico (más tarde tuvo unas "revelaciones" religiosas, nada ortodoxas). Nadie que haya leído ese breve relato suyo, puede luego defender el aborto. Por cierto, y como era de esperarse, Dick no sólo no recurre a argumentos religiosos, sino que hasta se mofa indirectamente de ellos.

    Refiriéndose al cuento de Dick, dice el renombrado escritor de ciencia ficción Thomas Disch , que la clave de todo el asunto puede, según él lo ve, reducirse a esta pregunta: “Si aceptamos el aborto, ¿por qué no el infanticidio?” Y, ¿es Disch un católico? No, por cierto, todo lo contrario: sus obras están repletas de alusiones sarcásticas a esa religión, por la que siente un profundo desprecio, producto quizás de su temprana educación en colegios religiosos, que le dejó malos recuerdos. ¿Por qué este filo-socialista ateo y anti-católico rechaza el aborto? Porque está comprometido con la defensa de la vida.

      Que la defensa del "derecho de abortar" o del "aborto libre" sea parte del ideario socialista (o "de izquierda") es otro estereotipo increíble. No sólo demuestra flagrante ignorancia de los principios y las fuentes del socialismo, sino que insulta y degrada todo aquello que hace al legado marxista genuino. Una comunidad socialista fiel a esas raíces, jamás podría construirse sobre la base de la muerte de seres humanos, por pequeños que fuesen (al contrario, cuanto más tenues y débiles, mayor habría de ser la protección). Quien aduzca que los problemas sociales pueden resolverse matando inocentes, no está siguiendo las enseñanzas de Marx y Engels. Las está injuriando.

    Claro, construyendo estos estereotipos sencillos en el astillero de nuestras vapuleadas mentes, navegamos felices la superficialidad. Y entonces evitamos bucear, y plantearnos asperezas tales como la relación entre este sistema socio-económico y el aborto. O asumir que la defensa de la vida no puede limitarse al combate contra el aborto, sino que debe abarcar una actitud severa y permanente de rechazo contra todas las formas de degradación y explotación de las personas, de cualquier edad y condición. O preguntarnos si realmente la punición del aborto sirve o ha servido para luchar contra él, o si no será que, si nos interesa en verdad salvar esas existencias, hemos de pensar en otras alternativas más eficaces.

    Por encima de todo, interrogarnos si no será trabajando en hacer sociedades más solidarias, más justas, más fundadas en el amor al prójimo, menos hipócritas, donde cada vida humana nueva sea el resultado del amor, y que si no lo es resulte una fiesta igual, de verdad, muy de verdad, para ella y para su madre, que finalmente lograremos terminar con el aborto. Si la vida es una imposición, entonces es porque se trata de algo malo: las cosas buenas no se imponen, se desean, se añoran con ansia, y cuando llegan, si llegan, se agradece al destino o al dios en que se crea.

    Quien pide el aborto, salvo en el caso de riesgo inminente para la vida de la madre, asume que, por la razón que sea, esa criatura que viene es algo malo. No un poco malo. Muy malo, terriblemente malo. Tan malo, que hay que matarla, aunque sea chiquita, indefensa, y absolutamente inocente. Es decir, tan malo que hay que hacerle lo que hoy en día en los países decentes ya no se les hace ni siquiera a los peores criminales. ¿Cómo hemos llegado a sociedades donde tantas personas pueden pensar que un bebito es algo tan malo? ¿Por qué no meditamos un poco acerca de qué tipo de instituciones socio-económicas llevaron a esa consideración, e incluso a las circunstancias generadoras de esos embarazos indeseados?

    Modestamente, creo que del aborto debe hablarse. Mucho, y en profundo. Pero sin estereotipos, sin maniqueísmos, sin violencias. Sin hipocresías ni obvias deformaciones de la realidad. Las soluciones que se adopten deberían ser resultado de estudios serios y concienzudos, no de berrinches. A las declamaciones y anatemas deberían dejar paso la autocrítica y el análisis genuino de las causas. Y, por sobre todo, estimo que las respuestas han de ser integrales, y ver a la comunidad como a un todo, no cual un conglomerado de compartimientos estancos. Vivimos en sociedades violentas, agresivas, egoístas, hedonistas, codiciosas, humillantes, eugenésicas, explotadoras, discriminatorias, vengativas, sadomasoquistas y farisaicas. ¿Podremos vencer al aborto penalizando a las madres y sin cambiar ese contexto? ¿Siquiera reducir su incidencia?

    No lo sé, pero me parece que vale la pena pensarlo.

                                                                                                                        Ricardo D. Rabinovich-Berkman