Editorial


POR TODAS
LAS MADELEINES

 

     El reciente secuestro de la pequeña inglesa Madeleine McCann en Portugal, con todas sus connotaciones de tormenta en el paraíso, despertó al mundo "desarrollado" y a las personas de las clases acomodadas de Europa, a un drama que los demás países y las demás gentes padecen en forma cotidiana, y cada día con más virulencia: la apropiación de niñas y de mujeres jóvenes (y en menor medida, de varones) para alimentar las redes de prostitución (y de pornografía infantil) que se ciernen sobre el maravilloso mundo nuevo que hemos sabido construir.

    En la Argentina, por ejemplo, serían más de cuatrocientas las víctimas de este tipo de hechos, contando sólo los últimos dos años. Lo más aterrador es que muchas de las personas (en su gran mayoría mujeres) secuestradas, desaparecen para siempre, o bien son encontradas muertas. Las excepciones a esta tétrica regla, aunque son pocas, bastan para alimentar en los familiares y amigos la lógica esperanza de hallarlas con vida.

    El tesonero trabajo de Susana Trimarco, la madre de la joven secuestrada Marita Verón, ha permitido recuperar a un centenar de mujeres vendidas y obligadas a prostituirse. Trimarco, recientemente premiada en los Estados Unidos, no pudo sin embargo rescatar a su propia hija (que, según parece, seguiría en poder de traficantes). Y el número de víctimas no cesa de crecer...

    Algunos casos argentinos se han hecho famosos, como el de María Fernanda Aguirre, secuestrada en Entre Ríos, el de la ya mencionada Marita Verón, que desapareció en Tucumán (el Noroeste posee una triste estadística en este sentido), el de Andrea Noemí López, al parecer entregada en La Pampa por su propio compañero, el de Florencia Pennachi, estudiante neuquina de la Universidad de Buenos Aires que se esfumó en esa capital. Recientemente, el cadáver de la protagonista de otro de estos infames episodios, la bella adolescente Otoño Uriarte, fue hallado en Río Negro, la provincia donde había desaparecido. En todo el territorio nacional se reportan episodios semejantes.

    Estos casos notorios son sólo la cima del témpano. De un témpano gigante y hediondo, que consume la dignidad, la salud y la vida de infinidad de seres humanos, en Argentina, en Latinoamérica y en el mundo, especialmente en los países más pobres y con instituciones más fácilmente corrompibles. Millones de familias viven cada día con el miedo de que sus hijos sean secuestrados y derivados al tráfico de personas, con destino a las redes de prostitución y pornografía infantil.

    A esa gente, cuando le roban una niña, no le viene Bill Gates a ofrecer una cuantiosa recompensa, ni las estrellas mundiales de rock les dedican recitales, ni los grandes futbolistas les graban avisos televisivos. No ven al papa en visita especial... Ellos deben cargar en desconsolada soledad con su cruz enorme, sin dinero para campañas ni viajes, sin apoyos institucionales, sin llegada a los medios masivos. Quizás, incluso, deban escuchar con dolor insondable como alguien, encogiéndose de hombros, en un susurro, llegue a insinuar que así sus hijas estarán mejor, comerán más, tendrán más posibilidades de ascenso económico, que si no hubiesen sido raptadas.

      ¿Por qué se ha incrementado tanto el secuestro y tráfico de personas para la prostitución? Evidentemente, porque florece la prostitución. Ese florecimiento, como ha sucedido en otras épocas, redunda en el auge de la versión prostibularia, mucho más que en su expresión "liberal", por así llamarla, o individual. Esta última es infinitamente menos problemática, y de hecho se da dentro del campo de autonomía del sujeto, si éste es mayor de edad y sano de mente. No siempre se vincula con las necesidades económicas, aunque es normal que exista, por lo menos en un principio, ese factor. En su forma más pura, si la persona que se prostituye lo hace realmente porque desea hacerlo, el tema parece salir del campo jurídico, para quedar en el terreno meramente ético. Este último fenómeno no incentiva el rapto ni la venta de seres humanos. Desgraciadamente, la manera de prostitución que prospera es la otra.

    ¿Por qué florece la prostitución y se "necesitan" más personas para ser prostituidas? Evidentemente, porque hay muchos que desean tener sexo con ellas, y poseen los recursos como para hacerlo, de modo que el negocio resultante deviene lucrativo para los empresarios, intermediarios y satélites de tan patética explotación. Y en este punto parece que se dan cita una serie de elementos infelizmente coadyuvantes, de muy diversa índole.

    Por un lado la presencia, en un mundo que las comunicaciones han acercado, pero donde esa proximidad no ha redundado en respeto, de sectores mucho más poderosos económicamente que otros. Puede hablarse de países más ricos y más pobres, aunque esto sea parcialmente metafórico, porque los grupos ricos de los países pobres suelen ser harto más poderosos que la mayoría de los habitantes de los países ricos, y a menudo someten y humillan a sus propios compatriotas bastante más que los extranjeros.

    Además, algunos estados han puesto en vigor normas protectoras de los derechos básicos, que se cumplen en grado aceptable, y de ese modo han erradicado o reducido drásticamente la esclavitud prostibularia. Sin embargo, muchos de sus residentes, lejos de haber asumido éticamente la base de esos preceptos, no ven la hora de hallarse libres de ellos, en países donde no existan o no se respeten. Países donde sólo mande el dinero, que es lo que sí tienen, por lo menos en la medida (a menudo poco exigente, dada la realidad económica de esas poblaciones) en que los empresarios del burdel requieren.

    En cualquiera de ambas modalidades (extranjeros provenientes de países restrictivos -generalmente más ricos- que viajan a otros donde la prostitución está al alcance de la mano, o bien sujetos de las clases pudientes de estos últimos países, que sacian sus deseos con compatriotas prostituidas), lo que resulta obvio es que la explotación prostibularia es un epifenómeno de la sociedad capitalista, por lo menos en la forma como la hemos construido en la segunda mitad del siglo XX (y probablemente, como lo anticiparan Marx y Engels, que vieron esto muy claramente, en todas las otras variantes).

    Sin embargo, esto no parece ser todo. Porque la civilización basada axiológicamente en el dinero, ha arrasado con todo esquema de valores con pretensiones objetivas, y en el nihilismo resultante ha germinado invencible un erotismo que carece de límites éticos. Más aún: por todos lados, y en especial desde los medios masivos de difusión, se propugna la instalación de una cultura prostibularia, donde la mujer es mostrada como un objeto sexual, que obediente y deseosamente se instala en el rol de ninfa.

    Paradójicamente, esta visión se presenta como liberación femenina, como reivindicación de la mujer que emerge de la sumisión milenaria, cuando en realidad constituye la más temible de las trampas. Se instaura socialmente el modelo de la mujer ávida, desinhibida y carente de frenos. Pero resulta que ese es un paradigma, y no la mujer real. Así que, como el arquetipo se ha instalado exitosamente en la mente masculina, y los hombres desean hallar en la realidad mujeres que cumplan con ese paradigma, dos flagelos florecen: las violaciones (y demás atentados a la integridad sexual femenina) y la prostitución forzada.

    Creo que la responsabilidad del presente estado de cosas recae largamente en nuestra civilización actual. Por un lado, porque hemos consagrado un sistema que divide a las personas en ricas y pobres, y acepta, tanto a nivel mundial como local, la coexistencia de los poderosos con los famélicos. Por el otro, porque creamos culturalmente la necesidad de prostitutas, la fomentamos abiertamente, como si no nos diéramos cuenta (o no quisiéramos darnos cuenta) de que esa instalación de paradigmas impondrá la transformación obligada de miles de mujeres en objetos que satisfagan ese modelo, impuesto en la psiquis de los hombres (que son todavía los mayores detentadores del poder efectivo).

    En suma, hemos erigido una cultura de explotación de la mujer-cosa-sexual, y ahora nos rasgamos las vestiduras porque tan pútrida siembra da sus frutos, y la cosecha llega bajo la forma de delitos sexuales en auge, secuestros, tráfico de seres humanos y prostitución forzada. Madeleine, Marita, Fernanda, Otoño, Florencia, Andrea, y tantísimas jóvenes y niñas más, no sólo son las víctimas de las redes de trata de mujeres y regenteo de burdeles: son las ofrendas que sacrifica una sociedad que ha resuelto rescindir toda objetividad moral, y entregarse a una visión abiertamente prostibularia del sexo. Un cierto número (creciente) de violaciones y de reducciones a la esclavitud sexual, es la válvula de ajuste aceptada por una civilización que optó por una forma sadomasoquista de hedonismo, donde la mujer es colocada finalmente (y se supone que ella así lo quiera) en el papel de insaciable sexópata carente de límites que el hombre siempre quiso darle.

     Y no quiero cerrar estos párrafos sin deplorar antes la actitud de los países que se benefician de la explotación sexual. Los hay de dos tipos. Por un lado, los que la ostentan, como es el caso de Brasil, que directa o implícitamente fomenta su imagen internacional de paraíso del burdel, con lo que genera un permanente turismo sexual, que acaba rindiendo réditos para el estado. La Argentina se halla en franca carrera en ese sentido últimamente, aunque tardará en poder ser rival para su socio, que ya lleva décadas en el negocio, y goza de gran predicamento en las naciones del Norte. Y no son, por cierto, los únicos países de Latinoamérica que explotan la prostitución como fuente indirecta de ingresos públicos. Y varios estados asiáticos poseen su fama proverbial en ese campo. Se trata, pues, de países proxenetas, que prostituyen a sus propias mujeres (y a las demás que se consigan) en aras de la economía nacional.

    Pero también están los otros, los que establecen estrictas restricciones internas, en defensa de sus propios nacionales, pero lo hacen en la tranquilidad de que para saciar sus desbordes los hombres del país se irán de viaje (el bienestar económico general lo permite) a alguno de esos otros estados donde las personas valen menos, y su humanidad es dudosa, y donde, en definitiva, con sus euros y sus dólares van a dar de comer a esas niñas que, de lo contrario, se morirían de hambre y que, en última instancia, venden su cuerpo porque otra cosa para vender no tienen.

    A comienzos de este año, se alzó una controversia alrededor de un ejemplo emblemático. El gobierno estadounidense concedió licencias de unos días a los soldados que llevaban más tiempo destacados en Irak, y el diario inglés The Guardian informó que el destino preferido por estos hombres (y fomentado por los mandos) sería Río de Janeiro, visto como meca del turismo sexual, donde podrían desahogarse de los horrores vividos en el país invadido. Algunas voces se alzaron indignadas en Brasil, pero lo cierto es que el turismo sexual sigue siendo una característica de ese extraordinario país, así como de otros de la región.

    Alzo, pues, mi humilde plegaria al Cielo para que Madeleine reaparezca sana y salva. Y para que regresen a sus hogares Florencia, Marita, Andrea, Fernanda, y todas las otras mujeres secuestradas. Y para que sean desmanteladas las redes de tráfico de seres humanos y prostitución, y sus nefastos regentes castigados con rigor extremo. Pero, por encima de todo, pido porque veamos de una vez, que somos nosotros mismos los que estamos levantando el altar del sacrificio para estas jovencitas. Si no modificamos esto, podremos descabezar mil bandas, y aparecerán otras dos mil. Podremos clausurar cien burdeles y cabarets, y se inaugurarán quinientos. Estaremos luchando contra la fiebre, no contra la enfermedad.

    Sólo la construcción de una cultura donde el sexo sea entendido en un contexto de valores absolutos, con la familia como núcleo y objetivo, y donde los roles de la mujer y del hombre se definan a partir del respeto y la igualdad esencial, como seres humanos plenos y no como muñecas inflables, terminará con calvarios como el de Madeleine.

    En nuestras manos está.

                                                                       Ricardo D. Rabinovich-Berkman