Editorial


SOBERANÍA,
INTROMISIÓN
Y DERECHOS HUMANOS

 

        La primera persona a la que agradezco por haberme puesto en crisis (que es para lo que han de ser las aulas universitarias) el concepto de soberanía, fue el profesor Werner Goldschmidt. Con su indomable acento alemán, ese ferviente católico que había recalado en la Argentina por obra y gracia de Hitler, atacaba aquel concepto más con tristeza que bronca, pero sólo desde la óptica del Derecho Internacional Privado (que era su materia).

        Sin embargo, a muchos alumnos nos hizo pensar... Sobre todo a los que, quizás por influjo de Marx (y en mi caso de Bakunin), ya veíamos al estado con desconfianza. En aquellos mismos días, el genuino interés de las entidades internacionales de derechos humanos y de algunos países europeos por las atrocidades que estaba llevando avante el gobierno militar argentino, eran airadamente mostradas, fronteras adentro, como irrespetuosas y malintencionadas injerencias extranjeras en nuestros asuntos internos, movidas por aviesos intereses apátridas.

        El brillante novelista israelí Amós Oz, reciente y merecidamente laureado con el premio literario Príncipe de Asturias, ha lamentado días atrás la reiterada inactividad real y concreta de los países frente al genocidio. Lo hizo en referencia a la carnicería de Darfur. Pero otro tanto podría haberse dicho de las matanzas de Ruanda, de Yugoslavia, de Stalin, de China. De la Argentina de 1976, y de tantos otros casos... Y eso, por hablar de los genocidios. Porque si de terribles violaciones a los derechos humanos se tratase, sin llegar a la exterminación de etnias o de grupos enteros, o a la matanza de miles de personas, la lista sería interminable.

        Dos factores parecen destacar en relación con esa falta de intervención efectiva. Por un lado, la cuestión de la "primera piedra", por llamarla de algún modo. Sucede que la mayoría de los países fuertes están a su vez tan empapados en violaciones a la dignidad humana, que no hay quien pueda ponerle el cascabel al gato sin sonrojarse. Quien no tiene en su haber cárceles de Guantánamo, posee Chechenias. Quien no esconde campos de concentración para budistas, tapa con esfuerzo discriminaciones a musulmanes. Pena de muerte por aquí, aborto por allá, armas biológicas acullá... El mundo es hoy un consomé de podredumbre, cuyo hedor no perdona a nadie.

        El segundo aspecto es más profundo. Los derechos humanos, ¿son el resultado de una realidad objetiva, surgida de la naturaleza, de la razón, o de alguna otra fuente compartible por todos los miembros de nuestra especie? ¿O se trata de una construcción cultural, resultado de la particular línea histórica propia de la civilización "occidental"? Porque si la respuesta fuese esta última, la pretensión de hacerlos valer en otros contextos culturales (como el islámico, el chino o el africano) constituiría una imposición autoritaria, una supina falta de respeto...

        Como bien lo plantea Roberto Andorno, nos hemos pasado las últimas décadas trabajando con ahínco en relativizar la noción de dignidad humana. Cual si al hacerlo estuviéramos bordando una revolución de iluminación y modernidad filosófica... Y hoy nos encontramos, desazonados y tristes, frente a nuestros propios resultados. Cautivos, como el aprendiz de brujo, de hechizos cuyo poder no parecemos capaces de controlar, y que nosotros mismos hemos desatado, con aires de positivista suficiencia.

        Y ahora, frente a países que obligan a las mujeres a usar polleras hasta el piso, y las encierran hasta que sean buscadas vergonzosamente por un hombre, si muestran en público los tobillos o el cabello, que les restringen la posibilidad de tener profesiones y carreras, que aplastan su autoestima a niveles más que medievales, nos sentimos obligados a callar por condescendencia hacia otra corriente cultural.

        Lo que parecemos olvidar es que si los derechos humanos son tales, lo son independientemente de la civilización de que se trate. De lo contrario, se acabó la teoría de los derechos humanos. Es decir que habría un cierto grado de suicidio ideológico aquí implicado. Porque el respeto a la diversidad es un epifenómeno de la teoría de los derechos humanos, pero podría terminar dando por tierra con estos...

        En otras palabras, la vida en un mundo integrado parece requerir de cierto respeto por la diversidad cultural. Pero esa consideración, a su vez, impondría la observancia de una plataforma mínima de derechos para todos los miembros de nuestra especie, incluso cuando tal reconocimiento importase la modificación de parámetros culturales. La delimitación de esas bases comunes es una tarea delicadísima y difícil en extremo, y quizás se trate de una de los más importantes tareas de la humanidad actual.

        Mientras tanto, hay vidas únicas, irrepetibles, preciosas, que se pierden, que se malgastan. Lágrimas, tristeza, humillación, postergación, dolor. Parece que la conquista de los derechos humanos debe ser patrimonio de absolutamente toda nuestra raza, en los cinco continentes, sin excepciones. Quizás sea llegada la hora en que cada uno de los países del mundo se comprometa a hacerlos valer dentro de sus propias fronteras, real y efectivamente. Así, una vez limpios, podrán velar por el cumplimiento universal de esas prerrogativas preciosas. Se trata de un proceso largo y complejo, pero el camino se muestra lo suficientemente atractivo como para, de una buena vez, echarse a andar.

                                                                       Ricardo D. Rabinovich-Berkman