Editorial

 

 

RACISMO,
XENOFOBIA
E INMIGRACIÓN

     Me llamó poderosamente la atención (y no soy el único al que le ha pasado), estando en Roma pocos días atrás, cuánto más hosca y malhumorada encontré a la gente. Lo comenté con romanos de diferentes ubicaciones sociales y económicas, y allí me asombré aún más. Porque el gran factor que aparecía como común denominador de muchos discursos, con tan pocas como enfáticas excepciones, era la referencia a la inmigración.

    "Los inmigrantes son nuestra infelicidad", hubiera dicho Hitler, con su patético simplismo, y algo así parece surgir a veces del discurso general que se ha instalado en Europa. En los niveles culturales más sofisticados, donde el racismo es conscientemente rechazado, no es raro que aparezcan elaboraciones que mal lo disfrazan, tornándolo más aceptable. "No se trata de la raza, sino de la civilización diferente: eso es lo que nos molesta", se justifican a menudo.

    No voy a negar que es un desafío muy grande el de convivir con personas que tienen otra religión, se visten de manera diversa, comen alimentos que nos resultan extraños, conversan en lenguas que no entendemos... En definitiva, que ven el universo de un modo diferente. Pero ese reto puede, también, ser encarado como una magnífica oportunidad de aprender (porque el otro siempre tiene cosas que enseñarnos), de enriquecerse culturalmente (ambas partes), de conocer. Sucede que se trata de seres humanos, que están en el mundo, y que en ese mundo las fronteras se diluyen. Asombra que a menudo los mismos que se llenan la boca de loas a la "globalización", tiemblen ante la mera idea del contacto cultural estrecho que nuestra época impone.

    En Génova, un posible inmigrante africano entrega en la calle de San Lorenzo un diario de distribución gratuita. Se trata de periódicos que, como he podido ver, infinidad de personas leen. Acepto mi ejemplar con una sonrisa. El hombre, de piel color de ébano y ojos profundos, me dice "grazie". Camino unos metros y leo la primera plana, al pasar. ¡Doy un respingo! "Extranjeros: tres millones. Es invasión del Este", clama el grueso titular central. "Aumentan los nacimientos de ciudadanos extranjeros residentes en Italia", abre el espantado artículo. Luego, se sumerge en cifras, muy al gusto de nuestro tiempo, para terminar con un guiño de alivio, remarcado en tinta azul: "En otras partes son más", tranquiliza el titulito, y explica que así es en Alemania, España, Francia y el Reino Unido.

    Como me he quedado helado, porque no esperaba encontrar ese contenido en tal periódico (sí en algún pasquín neofascista, o en un folleto político de última estofa), me doy vuelta. Allí abajo (San Lorenzo trepa), el joven de ébano sigue repartiendo diarios. A mi lado pasa una familia hablando en castellano. "Pero, ¿has aclarado eso con tu patrón?", le dice el hombre a la mujer. Por el acento, quizás peruanos. El aspecto físico, típicamente andino, apoya esa hipótesis. Doblan en la esquina de la catedral, donde un viejito sonriente de bigote decimonónico, toca al acordeón tonadas italianas. Lo escucha una parejita. Él parece genovés, e intuyo sus vocales arrastradas. Ella no: es china o japonesa. Son estudiantes secundarios: están con sus útiles escolares. Se emocionan por la música y se besan. Retomo la marcha, distraído, y casi me topo con tres muchachos que van concentrados en una charla sobre mujeres. Uno de ellos tiene inconfundibles rasgos árabes. Conversan en italiano...

    "Invasión del Este". La reminiscencia de las hordas que asolaran el Imperio Romano (que, dicho sea de paso, eran de germanos, los mismos que después formaron gran parte de la población y la cultura de lo que hoy son esos "otros países" de que el diario habla...), de las oleadas de hunos y maguiares (que, claro está, componen actualmente el sustrato base de otros pueblos europeos, como Finlandia y Hungría), turcos, y otras pesadillas que se remueven en la memoria mítica de Europa occidental (generalmente más alimentada por relatos románticos que por verdades históricas), es más que obvia. Mussolini, que amaba convocar tales fantasmas, hubiera celebrado el titular de este periódico.

    El estereotipo del inmigrante, que viene a conseguir en el "primer mundo" los recursos con los que mantener a sus familiares que permanecen en sus "países subdesarrollados" (entre los que se incluye a algunos de la propia Europa), está tan instalado en la comunidad italiana, que es el eje de una importante campaña publicitaria, omnipresente en los medio de transporte público.

     En ella se ve a tres residentes extranjeros, un senegalés (obrero), una polaca (instrumentadora quirúrgica, enfermera, partera) y un marroquí, que "envían el dinero" a casa por medio del Correo Italiano. Atención: no pongo en duda que esa situación exista. Pero el hecho de que se la transforme en centro de una publicidad tan masiva, además de evidenciar la fuerza de los estereotipos, contribuye a afianzarlos, con todas las consecuencias negativas que de ello pueden derivarse.

 
     Aunque si de campañas xenofóbicas o racistas en transportes (y sitios) públicos se trata, el premio parece que se lo lleva Suiza. En este hermoso país, hoy tan consustanciado con la defensa de los derechos humanos, uno no puede viajar en tren sin tener que sufrir, en todas las estaciones, la visión de enormes carteles que, descaradamente y como si tal cosa, muestran unas ovejas blancas, sobre una bandera helvética, que sacan a patadas a una oveja negra.

     La leyenda, en letras bien grandes, "Sicherheit schaffen", involucra un juego de palabras (no muy bien hecho) entre las ideas de "cuidar la seguridad", que es la expresa y "ovejas seguras" (la incorrección idiomática se compensa con el dibujo). Claro que se puede argumentar (y seguramente lo harán) que la idea de "oveja negra" va más allá del racismo, pero... ¿eso no es tomar a los demás por estúpidos?

     Que no soy el único al que esta propaganda -de un partido político nacionalista- le ha molestado, surge con evidencia (además de varios comentarios en Internet) del hecho de que, como vemos por ejemplo en la primera fotografía, algunos (no tantos como sería de esperarse) de estos afiches muestran huellas de haber sido atacados (cosa no normal en Suiza).

     Otros han sido más intelectuales en su reacción, como se observa en la segunda imagen: tachando unas letras del mensaje original, lo transformaron en "Sicherheits Affen", o sea, "monos de seguridad". Con perdón de los monos, por supuesto, que como las pobres ovejas, se la están llevando gratis (uno no puede sino recordar las imperdibles reflexiones de los perros en el Sitio de Lisboa del genial Saramago, acerca de las expresiones peyorativas que los incluyen).


 

 

    Uno de los efectos colaterales que a veces provoca la riqueza, parece ser la amnesia... que resulte conveniente. Europa, hoy floreciente y receptora de inmigrantes, ha suministrado no hace mucho carradas de personas, principalmente hacia América. Quizás fueron tan bien tratados allí, que no tuvieron tristezas de destierro para contar a sus parientes, y por eso ni éstos ni sus descendientes hoy se acuerdan. Pero no lo se, porque en la Argentina me cruzo a diario con nietos de extranjeros, que han perdido la memoria también, y discriminan abiertamente a los que ahora llegan al país en busca de trabajo.

    Dejar la propia casa siempre es triste. Por agreste que sea el paisaje natal, es el que nos integra. Por pobre que haya sido nuestro hogar, es el que puebla nuestros recuerdos. Por eso, emocionado, el inmigrante escucha su lejana música, se regodea al conversar en su remota lengua, se le nublan los ojos al hablar por teléfono con los amigos que han quedado allí, allí donde los pájaros tienen nombres conocidos... allí donde reconozco los productos que se venden en el mercado... allí donde tengo la tecnología necesaria para interpretar los silencios.

    El inmigrante, en general, no se iría si no tuviese que irse. Y no tendría que irse si no hubiera en el mundo países en extremo poderosos y ricos, y otros famélicos. No se iría si no hubieran guerras y exterminios. No se iría si no hubieran fundamentalismos religiosos de toda índole (cristianos inclusos). No se iría si el alimento mundial, que sobra con creces, estuviera distribuido en base a principios diferentes del mero y desnudo afán de lucro. No se iría si unos estados no hubieran explotado, y siguieran explotando, a otros hasta sacarles el tuétano, fomentando en ellos la corrupción, la pobreza, la ignorancia y la violencia. No se iría si el modelo capitalista descarnado que se instauró en el mundo hace tiempo, y sus prolegómenos, no hubiesen llevado a la humanidad al borde del colapso. No se iría si el imperialismo no hubiese minado la mente de tantos gobernantes a lo largo de los siglos.

    No se iría, en definitiva, si pudiera, en su terruño, hacer eso que la enorme mayoría de los miembros de nuestra especie quiere: crecer, trabajar, aprender, disfrutar sencillamente, formar una familia, tener hijos y verlos crecer, y luego envejecer tranquilo, y morir en paz. ¡Caramba! ¿Es tan difícil dejar a la gente hacer eso? Parece que sí, a juzgar por el éxito que, a lo largo de los milenios, han tenido los pocos que se empeñaron en destruir las existencias ajenas.

    El "otro" es temido. Porque lleva turbante donde yo uso la gorra. Porque llama a Dios Alá, o cree en Iemanjá y en Iara, o no cree en deidad alguna. Porque tiene un color de piel más oscuro, o más claro. Porque sus ojos son distintos de los míos. Porque no le gustan mis manjares, y se deleita con platillos que a mí me dan calambre. Porque no saluda como mi gente, ni se ríe de los chistes que a mí me destartalan. Porque sus canciones me suenan a barullo, y a él las mías no le agradan. Porque yo no me vestiría con sus ropas ni en carnaval, y él mira las que yo uso son asombro. En suma, porque es distinto. Y al serlo, me muestra que mi forma de ser no es la única. Y, claro, que quizás pudiera no ser la mejor. Y que hasta podría estar equivocada, al menos en parte...

    En otras palabras, el diferente me hace pensar. Y pensar pone en crisis a veces, y las crisis duelen. Por eso, es más tranquilo, más seguro, suprimir al otro, o por lo menos taparme para no verlo, como los niños, y así jugar a que no existe, y seguir durmiendo. El rechazo al otro, el temor al distinto, es muy antiguo. El racismo, que es moderno, le ha brindado a este arcaico veneno un nuevo envase, acorde con los tiempos que corren. Y extraordinaria, polifacéticamente, persistente...

    Y en medio de todo esto, aparece Watson (el del ADN, no el de Sherlock Holmes) y proclama que, científicamente demostrado, los "negros" son inferiores a los "blancos"... Pero de esta belleza me ocuparé en el editorial del próximo número. 

                                                                       Ricardo D. Rabinovich-Berkman