Editorial

 

LA MUJER,
ESE SEXO TAN FUERTE
Y TAN VAPULEADO
(o hasta qué punto
compartes una mesa...)

    Nos ha tocado vivir una época muy curiosa.

    No digo que las anteriores no lo fueran. Desde aquellas "lamentaciones del campesino" del antiguo Egipto y las tristes quejas de los habitantes de Uruk en la Epopeya de Guilgamesh, es decir, desde la más remota noche de los tiempos, casi siempre los humanos hemos tenido una especie de conciencia trágica de nuestro momento existencial. Quizás sea lógico, porque es el que nos toca ver de cerca. No necesitamos ir a los libros para palparlo: está allí afuera, en las calles y los campos. Y aquí adentro, en nosotros mismos, como una de nuestras inevitables circunstancias.

    Aquellos arcaicos antepasados de todos nosotros, allá en la Mesopotamia prístina de hace cinco milenios, se dolían de las contradicciones. Les hería la incoherencia del mundo cultural que los rodeaba. De su rey, cuya legitimidad no objetaban, esperaban que fuese un pastor, un sabio. Pero a menudo hallaban un hombre vil, abusador y lujurioso, que les faltaba al respeto y los explotaba sin vergüenza. Quizás soñasen, en sus ventosas noches oscuras acunadas por el Éufrates, con un futuro insondable de mayores concordancias. Si así fue, se trató de un anhelo no cumplido. Por lo menos, hasta ahora.

    Porque una de las características más notables de nuestro tiempo son y han sido las contradicciones, las abrumadoras incoherencias, internas (es decir, dentro de cada subcultura) y externas (o sea, entre una y otra). Predicamos que el mundo se ha vuelto pequeño, que los sucesos acaecidos en una parte del planeta resuenan sobre todas las otras. Destacamos la inmediatez generada por las comunicaciones, tanto físicas (viajes veloces y fáciles) como virtuales, a través de la telemática. Hablamos de la "globalización" (algunos como maravillosa realidad presente, otros como peligroso mito imperialista). Y, sin embargo, coexisten en la Tierra civilizaciones no sólo diferentes (lo cual sería normal), sino francamente opuestas en materia valorativa.

    Los derechos que en unos países son esgrimidos como esenciales, como razón de ser de la organización estatal, como jurídicamente inherentes por definición al ser humano, resultan deliberada y declaradamente vulnerados, hasta el extremo, en otros países. Mientras en unas naciones, como la Argentina y Chile, mujeres gobiernan (hubiera querido incluir a Francia...), mientras en los Estados Unidos de Norteamérica una mujer se perfila como la más posible próxima presidente, mientras felizmente en Occidente las universidades, los cargos judiciales, los parlamentos, y casi todos los segmentos sociales bullen de mujeres, libres, inteligentes, dinámicas, orgullosas de su sexo, en otros sitios la cosa es muy diferente.

    Porque aún existen millones de mujeres sometidas a sociedades que las subyugan y obligan a ocupar un lugar subalterno, a ocultar sus cuerpos, a prescindir de cosméticos y de ropas vistosas o sensuales, a mantenerse alejadas de los hombres. A llevar vidas segregadas y tristes. A soportar la autoridad de un padre, un marido, un hermano o un hijo, que a veces pueden llegar hasta el ejercicio de castigos físicos. Culturas que vedan a las mujeres carreras y trabajos. Que les cierran universidades y fábricas. Que les pagan menos que a un hombre por las mismas tareas. Que las encierran en comisarías por mostrar un tobillo. Que no persiguen judicialmente a sus esposos cuando les pegan "con moderación" para reforzar su autoridad hogareña.

    "Es nuestra respuesta cultural", se defienden a menudo quienes estas restricciones sustentan. Y exigen respeto. Y, claro, como Occidente ha venido construyendo últimamente un pedestal para el relativismo, y ha gritado con fervor que toda pretensión de universalidad es una muestra de soberbia, se queda sin palabras. Sus propios argumentos lo enredan. Los violadores de los derechos humanos alzan una de estas mismas prerrogativas (el respeto a la diversidad) en amparo de sus atrocidades. En efecto, es un dilema de hierro. Ya nos hemos ocupado de esto en otros editoriales. Si todas las alternativas son equivalentes desde el punto de vista axiológico, si de ninguna puede predicarse que sea mejor que otra, porque ello implicaría una soberbia etnocéntrica, entonces nada tendremos para decir del nazismo, ni de los regímenes usurpadores militares que violan derechos esenciales. Serán meras opciones culturales...

    Como decía el gran Émile Zola, "yo acuso". Acuso humildemente, sin alardes ni altanerías. Acuso con la mirada en alto, pero sin gritos. Acuso en paz, sin violencias, pero sin vacilaciones. Acuso a los países que degradan a las mujeres, que las obligan a vestir en público ropas determinadas, que les vedan el acceso a los mismos cargos, puestos, aulas, hospitales o beneficios a los que pueden llegar los hombres. Que las ponen bajo la supervisión y el control masculino. Que las humillan, las marginan, las hieren y les faltan al respeto. Acuso de hipocresía e incoherencia a los gobiernos que, manteniendo semejantes medidas, se llaman a sí mismos socialistas. Acuso de mendacidad y fariseísmo a los que, diciéndose socialistas, tienen como aliados a esos regímenes, o los cortejan, o ensalzan, o protegen. En última instancia, claro, también Hitler se decía socialista...

    Acuso también a los países que toleran, más o menos encubiertamente, la prostitución, la esclavización de mujeres con finalidad de explotación sexual, el comercio y el engaño de mujeres. Acuso a los estados que aceptan, y a veces hasta fomentan, el turismo sexual, porque cobran ingresos indirectamente por esa vía. Los acuso de haberse así transformado en verdaderas naciones proxenetas, que corrompen a las mujeres y las prostituyen en aras de lograr un mayor flujo turístico, y un aumento en las ganancias públicas y privadas. En cada mujer prostituida, abusada, traficada, esclavizada, llora y se deshace el género humano entero. No podemos seguir coexistiendo pacíficamente con estas realidades. No podemos aceptarlas como algo dado. No podemos mirar para otro lado, porque devenimos cómplices. Cómplices del dolor, de la tragedia, de la miseria.

    Acuso asimismo a los gobiernos y a las entidades que disimulan o niegan los efectos terribles que el aborto puede tener, y generalmente tiene, en la mente de la mujer que lo concreta. Que soslayan el enorme detrimento a los valores comunitarios, al respeto de la vida humana en general, a la autoestima de las personas, a la conciencia de la intangibilidad del individuo, que provoca la práctica del aborto con fines de planificación familiar o de regulación de nacimientos. Que Platón o Plutarco, hace milenios, en sociedades arcaicas y misóginas, pudieran sostener esas respuestas, vaya y pase... Pero que hoy las esgrimamos, es increíble. 

    Acuso a China, el país que ha logrado lo que ni Hitler ni Stalin realmente consiguieron nunca: que los demás estados del mundo siguieran manteniendo relaciones diplomáticas, comerciales y culturales con él, sin mayores sobresaltos y con bastantes elogios, a pesar de ser público y notorio que mantiene campos de concentración para prisioneros ideológicos y étnicos, que son sometidos a las mayores humillaciones, y obligados a realizar trabajos forzados (a menudo en beneficio de multinacionales de neta filiación "occidental"). Acuso, en efecto, al milenario gigante asiático de haber generado, por medio de su política de restricción de la descendencia, un inédito genocidio de niñas recién nacidas, asesinadas en aras de la imperiosa necesidad tradicional de dejar un hijo varón.

    Acuso finalmente, y con perdón de esta molesta insistencia, a todos los otros estados, países, entidades y gobiernos que miran para otro lado, entornan los ojos, hacen como si nada ocurriera, o directamente halagan y cortejan a las naciones que humillan, postergan, someten, lastiman y matan a las mujeres. ¿Hasta qué punto te sientas a compartir la mesa con otro? ¿Lo sigues invitando a cenar contigo si sabes que es un violador, un asesino? ¿Divides con él el pan y la sal si te consta que golpea a su esposa o a su hija? ¿Conversas con él si lo has visto obligar a su compañera a vestir de negro, y a permanecer encerrada en su casa? ¿Cuál es el límite de la convivencia? ¿Acaso no lo hay, porque todo es culturalmente relativo?¿Te quedarías, pues, a tomar el té con Hitler, con Stalin, con Pinochet? No pongas taza para mí, por favor...

    El camino de la mujer en la historia de los derechos humanos ha sido mucho, muchísimo más duro que el del hombre. ¿Llegará el día, finalmente, en que podamos con alivio pronunciar esa frase con el verbo en pasado? Esa hora, temo, está aún distante. Y no la acercaremos si, desde los países en que nos honramos de tener profesoras, intelectuales, empresarias, investigadoras, presidentas, donde las mujeres se visten (o desvisten) y caminan libremente, donde sus sonrisas iluminan las calles y sus miradas libres y altivas hacen más dulce la vida de todos, donde sus inteligencias tanto tiempo soslayadas hoy se despliegan en toda su cósmica maravilla, seguimos abandonando a aquellas pobres sombras de obligado chador o de impuesta burka, a las prostitutas forzadas, a las bebitas asesinadas por el delito de no haber nacido varones...         

    Creo, humilde pero firmemente, que es hora de dejarse de hipocresías, de fariseísmos, de pragmatismos poco verosímiles. Que ha llegado una época en que se debe poner un "hasta aquí". Que el mundo entero debe levantarse en defensa de la plena humanidad de todos los miembros de nuestra especie. Basta de arruinar existencias. Los hombres que amamos, que admiramos, que adoramos a las mujeres, y que no les tenemos miedo sino reverencia, no podemos soportar esas pesadillas: el pene no da derechos. Las mujeres que hoy gozan de la tan ansiada emancipación, que tanto dolor costase lograr, no deben soportar la humillación de sus congéneres. Hemos de regresar, creo, todos juntos, a las trincheras pacíficas, pero enérgicas, de la lucha por un mundo en que tener una vagina entre las piernas no constituya una desgracia.

    Ricardo D. Rabinovich-Berkman