Editorial

 

CHINA:

LA SOMBRA DE 1936

    El 10 de marzo de 1959, mientras en Buenos Aires yo resolvía finalmente salir a conocer cómo era el mundo extrauterino, miles de monjes budistas se congregaban ante las puertas del Potala, el impresionante palacio de la mítica Lhasa, capital histórica del Tíbet, para proteger con sus cuerpos y existencias al Dalai Lama, que había sido convocado por el gobierno chino de ocupación, en lo que tenía todo el aspecto de una detención definitiva. Casi una década había pasado desde que las tropas de Mao irrumpieran en el remoto país del techo del mundo, para barrer con la teocracia centenaria de los lamas, y establecer, a sangre y fuego, un sistema comunista de cuño pekinés. El saldo venía siendo sangriento. Muertes, abusos, prisiones, destrucción de monasterios y lugares sagrados...

    Pero lo peor estaba por venir. Los tumultos del 10 de marzo de 1959, iniciaron un baño de sangre sin precedentes. Mientras el Dalai Lama era ayudado por sus desesperados seguidores a salir del territorio controlado por Beijing, los ejércitos chinos iniciaban una masacre, que llevaría a la muerte de decenas de miles de personas. El temor de que una rebelión generalizada se encendiera en la religiosa nación de los Himalayas, pasó a convertirse en una obsesión para los conquistadores maoístas. La garra del imperialismo rojo se enseñoreó del Tíbet con renovado ahínco. A partir de entonces, sobrevendrían los largos inviernos de la represión, la humillación y la tristeza. No se juega con el gigante de porcelana y jade. Allí parece hervir la sangre de los mongoles, vencedores de murallas impertérritas, que se ven desde la Luna, pero no sirven para nada en la Tierra. Beijing, la de los suaves tejados curvos, sabe reprimir. Beijing, la celeste, sabe matar. 

    La sanguinaria Turandot de Puccini, que no vacila en torturar y en degollar (¿cómo, diablos, puede seguir enamorado de semejante monstruo el príncipe Calaf?), es sólo un personaje de ficción. Desgraciadamente, los miles de muertos tibetanos no lo son. La cultura budista milenaria de un país arrasada sin remilgos por parte de un muy desorientado e incoherente coloso armamentista, que nunca parece haber sabido ni de cerca a qué ideología seguir, mientras se revolvía incesantemente sobre sí mismo, como esos hermosos dragones de las procesiones de Año Nuevo, en purgas y más purgas, "revoluciones culturales" y venganzas internas, proscribiendo hoy a los líderes de ayer, y mañana a los de hoy, dedicado a imponer la camisa blanca y la chamarra azul, con una obsesión orwelliana, y las bicicletas, para de repente repensarlo todo, y concluir que son más acordes al socialismo las polleras estampadas y los autos de lujo...

    Y la tragedia del Tíbet no se acaba.  Ahora, a cuarenta y nueve años del alzamiento pacífico del 10 de marzo 1959 (me resulta muy fácil calcular este hiato, porque es mi edad), nuevas manifestaciones se presentaron. No es la primera oportunidad en que sucede. Sin embargo, esta vez no hay ningún margen para la tolerancia. ¿Por qué? Pues, porque se avecinan las Olimpíadas. Y Beijing quiere usarlas para mostrarse al mundo. Para exhibirse grande, poderosa y moderna. Pacífica, industrializada y respetuosa. Una nación para comerciar con ella, para confiar en ella, para compartir la mesa y los secretos (¿por qué no el lecho?) con ella... China es poderosa, ¿quién podría dudarlo? Está superpoblada, lo que implica mercados fabulosos, en la era del humano consumidor. Es un campeón de la producción barata, algunas veces no del todo mala (sobre cómo se obtiene a menudo esa mano de obra económica y sumisa, mejor no inquirir: "el que pregunta  lo que no debe preguntar, escucha lo que no desea escuchar", dicen Las mil y una noches).

    Estos ejércitos chinos que hoy, mientras escribo estas pobres líneas, siembran el terror casa por casa, plaza por plaza, en Lhasa, en el Tíbet, y según se alcanza a saber (porque los corresponsales periodísticos han sido expulsados de la región -ya desde un principio se censuraron los reportes-) ahora también en las comarcas vecinas, ¿constituyen un fenómeno incoherente, contradictorio, con el resto de la política del gigante rojo y amarillo? Porque, si así fuera, movería a pensar en campañas internacionales de desprestigio, como la que Beijing imputa al exilado Dalai Lama "y su pandilla" (obviamente, una terminología maoísta para referirse al clero de una de las religiones más monásticas y más organizadas del mundo... pero el revolucionario Zedong nunca fue muy comprensivo de estas peculiaridades del alma humana... aunque le gustara tanto ver las multitudes reverenciando en éxtasis su hierático retrato).

    Parece que no hay tal incoherencia, tristemente. En los últimos años, las garras de Beijing se han desatado sobre otra corriente budista. Esta vez no son los lamas, de eterna sonrisa y mantos púrpura. Ahora se trata del movimiento religioso Falun-Gong, con miles de seguidores en todo el país. Detenciones, torturas, campos de trabajos forzados... Un exterminio de proporciones genocidas, físico e ideológico, tiñe de sangre inocente las manos del coloso asiático. Las denuncias se acumulan, avaladas por organismos internacionales del máximo respeto y credibilidad. Las pruebas sobran. Pero China es atrayente. China es poderosa. China es uno de los grandes referentes del mundo. Mejor callar.

    Callar frente a las evidencias del infanticidio generalizado de niñas recién nacidas, asesinadas en secreto de resultas de la imposición jurídica del hijo único, que requiere el varón por el peso de las creencias (esas irracionales superestructuras, divino Mao, son muy difíciles de erradicar...). Callar frente a las sólidas evidencias de los experimentos médicos con seres humanos. Callar frente a las sólidas y reiteradas evidencias del tráfico de los órganos de los prisioneros políticos. Exposiciones de seres humanos disecados y abiertos, con fines aducidamente propedéuticos, recorren el mundo. Poco tiempo atrás, una de ellas pasó por Buenos Aires, y abrió sus puertas en un destacado centro comercial. Cadáveres de personas rebanados en trozos, eviscerados, descarnados... ¿Alguien se asombra al enterarse que se trata de chinos? Dicen que estos hombres y mujeres donaron libremente sus restos (parecen jóvenes y, muchos de ellos, sanos) para la macabra muestra. ¿Podemos creerles?

    Isabel Allende, en su reciente crónica La suma de los días, trae el relato que le hizo una enfermera quirúrgica china: "cada tres o cuatro meses, cuando avisaban de la prisión, ella debía acompañar al cirujano jefe del hospital a las ejecuciones. Partían en coche, con una caja llena de hielo, y viajaban cuatro horas por caminos rurales. En la prisión los conducían a un sótano, donde había media docena de prisioneros alineados, con las manos atadas en la espalda y los ojos vendados, esperándolos. El comandante daba una orden y los guardas les disparaban en la sien a quemarropa. Apenas caían los cuerpos al suelo, el cirujano, ayudado por Lili, procedía a arrancarles rápidamente los órganos para trasplante: riñones, hígado, ojos para extraer las córneas, en fin, lo que se pudiera usar. Volvían de esa carnicería cubiertos de sangre, con la hielera repleta de órganos, que después desaparecían en el mercado negro. Era un próspero negocio de ciertos médicos y el jefe de la prisión". Acto seguido, otro narrador le reafirma la historia, agregando que ese tipo de macabras maniobras se vincula a veces con campos de concentración.

    Debo reconocer que tengo mis reparos frente a esta historia que reporta Allende (gracias a mi esposa por el dato), porque ya me ha tocado lidiar otras veces con la mitología (o mitomanía) generada, a partir de la novela Coma de Robin Cook, alrededor del tráfico de órganos cadavéricos, que es bastante más complicado de lo que suele creerse, fundamentalmente por dos factores: la difícil compatibilidad genética entre el material anatómico y el eventual receptor, y el angustiante poco tiempo que duran los órganos fuera del cuerpo. Sin embargo, muchas son las denuncias acerca de experimentación con detenidos en China, y que en el país se comercian órganos de personas vivas para trasplantes está ampliamente documentado.

    El 28 de marzo de 2007, la actriz Mia Farrow y su hijo Ronan, publicaron un impactante editorial, calificando a las próximas olimpíadas de "Genocide Olympics" (tal el título de la nota). Profundos conocedores del drama de Darfur, imputan a China el papel predominante en ese atroz exterminio africano, tema al que habían ya dedicado una serie de artículos previos, que pueden consultarse en el sitio www.miafarrow.org. Recientemente, el 19 de febrero de 2008, los Farrow se congratulan (Una victoria olímpica) pues a raíz de sus denuncias, y tras haber tratado en vano de obtener explicaciones al respecto de las autoridades pekinesas, Steven Spielberg, que había sido designado como director artístico del evento, renunció. "Mi conciencia no me permitirá continuar con los asuntos como de costumbre", dijo simplemente el destacado cineasta. Pero los países y las corporaciones, no tienen conciencia.

    En sitios como http://chinaview.wordpress.com/2007/08/, pueden hallarse datos y vínculos hacia informes fidedignos que pintan el horror que miles, millones de seres humanos viven en la China de las olimpíadas. Las Naciones Unidas, Amnesty International, diferentes congregaciones religiosas... Es tan contundente y tan masivo el mar de denuncias contra los abusos de este gigante sin alma, que sólo quien realmente desee ignorarlos puede hacerlo. Claro. Hay muchas razones para hacer la vista gorda. "Para mí, éste es sólo un evento deportivo", murmuró displicentemente el presidente George Bush cuando se le planteó la posibilidad del boicot. Bien se ve que las olimpíadas no son en Cuba...

      Esto de hacer olimpíadas y otros grandes shows deportivos internacionales (¿quién dijo "mundiales de fútbol" por allí?) para mostrar cómo de civilizado, seguro, pacífico y respetuoso es un país asesino, represor y discriminante, no es ni remotamente una novedad. Como en tantos otros rubros, el maestro es Adolfo Hitler, que sigue disfrutando del incólume privilegio de ser el gran inspirador de los monstruos políticos, en sociedad con el bueno de Stalin, con el que tanto se retroalimentaban en inventiva siniestra. Quizás el Führer dudase sobre la conveniencia de llevar adelante las olimpíadas de 1936, que desde seis años antes habían sido asignadas a Berlín (en detrimento de Barcelona, que fuera la alternativa). Desde el acceso del nazismo al poder, a comienzos de 1933, las cosas habían dado un vuelco en Alemania. La política antisemita, obvia desde el Mein Kampf de la década anterior, imposible de ignorar, se había hecho ya oficial, pública y rimbombante desde la sanción de las leyes raciales de 1935. Los judíos habían sido transformados en parias. La nueva sociedad autoritaria y discriminadora era ya un hecho, un grito a los cuatro vientos. El Imperio se restauraba. El proyecto del cabo austríaco se iba desenvolviendo punto por punto: se acercaba cada vez más la hora de obtener el "espacio vital" a expensas de los eslavos. Cualquier idiota podía ver en lo que se había convertido el país de Kant. Cualquier idiota podía imaginarse en qué acabaría ese fárrago...

    Pero la campaña en favor del boicot a las olimpíadas de 1936 fracasó. Sólo un par de deportistas, en general judíos, se abstuvieron de asistir. Incluso los afro-americanos concurrieron, incitados por sus propios medios de prensa, que hallaban buena la oportunidad para demostrar su superioridad física frente a la de los germanos. Lo hicieron, especialmente el estadounidense Jesse Owens, que ganó cuatro medallas de oro. Alemania obtuvo muchas más medallas que los demás países, sin embargo, con su equipo de "arios puros", y las olimpíadas resultaron un éxito abrumador de organización (inmortalizado por el filme Olympia de Leni Riefenstahl, una de las más devotas "mujeres de Hitler"). El efecto propagandístico de las olimpíadas, dirigido por Goebbels, fue espectacular. El Führer, que mantuvo un perfil bastante bajo y prefirió una imagen lacónica y hierática en vez de su normal verborragia e irascibilidad, quedó como un líder cauto y pacífico, moderado y apacible. Alemania se mostró al mundo como una nación civilizada, poderosa y confiable, empeñada en la concordia universal.

    El gobierno nazi estaba seriamente preocupado por el efecto que podría tener la olimpíada en la imagen exterior del país. Los grupos de choque y los jóvenes hitlerianos fueron instruidos para ser corteses con los visitantes, incluso con los hebreos (alemanes y extranjeros). Los carteles de "no se aceptan judíos" omnipresentes en bares, hoteles, restaurantes y demás negocios, fueron guardados cuidadosamente. Unos meses antes, había sucedido un infortunado inconveniente: el descubrimiento de que el Presidente del Comité Olímpico Alemán, el renombrado deportista Theodor Lewald, tenía una abuela judía. Este tipo de sandeces eran de una trascendencia enorme para el Partido. Además, las leyes raciales de Nüremberg prohibirían a un hombre con tal ascendencia ejercer un cargo público. Así que Lewald fue reemplazado (en su lugar, asumió el "líder deportivo" y conspicuo miembro de las SA, Hans von Schammer und Osten, noble prusiano sin sombra de hebraísmo). Esto, claro, cayó mal en muchos sectores del mundo olímpico internacional, especialmente en los Estados Unidos.

    Ya más cerca de los juegos, las cosas empeoraron. Varios destacados miembros del equipo alemán fueron separados por su condición israelita, entre ellos el tenista Daniel Prenn, el boxeador Erich Seelig y la extraordinaria esgrimista Helene Mayer. Otro boxeador famoso, Johann Trollmann, campeón de peso mediano, fue expulsado por su origen gitano. A pesar de su escasa molestia por el antisemitismo, el Presidente del Comité Olímpico Americano, Avery Brundage, presionado por entidades locales, y particularmente por la Unión Atlética Amateur de los Estados Unidos, anunció el posible boicot de su país. Frente a tan ominosa perspectiva, fue de inmediato invitado a visitar Alemania, donde se le brindó un tratamiento principesco, y se lo convenció de que todo eran patrañas judeo-comunistas en contra del Reich. Además, en prueba de buena voluntad, Lewald fue convocado como "asesor", y se le confió (ni más ni menos) el discurso inaugural (Riefenstahl, luego, en Olympia, simple y sencillamente lo omitiría). Mayer fue llamada de regreso (ganó la medalla de plata y, usando una svástica, hizo un fervoroso saludo nazi al recibirla en el podio). La Unión Amateur siguió firme en el rechazo, pero Brundage dio marcha atrás.

    El 1º de agosto de 1936, cincuenta y un países asistieron con sus delegaciones al acto solemne de apertura. Ninguna nación boicoteó los juegos. Como mucho, llegaron algunas a evitar el saludo nazi, o incluso el saludo olímpico, que por ser muy parecido podía confundirse, al pasar frente al palco de Hitler. Exultante, el Führer se limitó a proclamar la fórmula inicial de estilo. Fue una fiesta impresionante del deporte, y una puesta en escena wagneriana de la alta política del engaño masivo. Los derechos humanos retrocedieron ese día como pocos en la historia. Alemania emergía victoriosa de su desafío. Ahora, gozaba de una credibilidad y de un prestigio inesperados. El antisemitismo, las persecuciones políticas y étnicas, el abuso y el horror, podían regresar ya con renovada fuerza. Cincuenta millones de muertos recordarían al mundo, nueve años después, su trágico error.

    Hoy es China, y la supuesta campaña de desprestigio es imputada al Dalai Lama "y su pandilla". Ayer fue la Argentina de 1978, y la campaña era atribuida a la "sinarquía internacional", a los "organismos de derechos humanos" (pronúnciese con desprecio y una mueca del labio superior). Antes, en 1936, fue la Alemania nazi, y la acusación recayó sobre esa extraña unión mítica entre judíos y marxistas (que en la Internet de hoy, curiosamente, sigue teniendo cultores, y no pocos...) No dudo que la ceremonia inaugural será fastuosa, tanto como la de Berlín de 1936, o la de Buenos Aires de 1978. Seguramente, el gigante oriental impactará con su organización, sus detalles, su atención esmerada. Lloverán los elogios. Todos regresarán a casa felices, satisfechos... Y proliferarán los negocios, que suele ser lo que hoy importa.

    No habrá festejos olímpicos en el Tíbet arrasado, ni en medio del genocidio de Darfur, ni en los campos de trabajo forzado para los budistas de Falun-Gong y los opositores políticos. No habrá alegría nacional para las niñas abortadas o asesinadas. Pero esas nimiedades, ¿a quién le importan?    

        Ricardo D. Rabinovich-Berkman