FERNÁNDEZ SESSAREGO, Carlos

EL DERECHO COMO LIBERTAD

Lima, Ara, 2006, 3ed, 165 p

 

         A veces sucede que debemos, que deseamos, conferir (o mejor, reconocer) el maravilloso título de maestro, a una persona que nos ha influido desde la distancia, no por medio del contacto periódico, de la coexistencia cotidiana, sino de la lectura de sus obras, vehículo de ideas. No son muchas esas oportunidades. No, por lo menos, en mi humilde caso. Numerosos son los autores que han dejado en mí su impronta, contemporáneos y del pasado. Pero de ahí a sentirse discípulo... hay un trecho. Bien: a Don Carlos, al gran jurista limeño, yo lo conocí, lo disfruté, aprendí de él, a través de sus trabajos. De sus libros, de sus artículos. Mucho después, tuve el placer de encontrarlo personalmente, y la maravilla del correo electrónico nos ha permitido mantener, a lo largo de años, un intercambio afectuoso, fluido y enriquecedor (por lo menos, para mí). Vinieron, de ese modo, dos momentos de gloria para este alumno a la distancia: primero, cuando me cupo la alegría de publicar un trabajo de Don Carlos en PERSONA (ya fueron varios, ahora); pero luego, fundamentalmente, cuando accedió a honrarme tan inmerecida como inmensamente, al escribir el prólogo de mi modesto libro Trasplantes...

 

         Pero, ¿qué fue, y qué es, lo que me parece, y parece a tantos más, tan atractivo, tan peculiar, tan destacable, en el genial civilista peruano? ¿Sus ideas, siempre desafiantes, innovadoras, frescas, eternamente jóvenes, cambiantes? Puede ser. Porque es un placer mágico descubrir que hay en nuestros días de copia, memorización, brutalidad científica y molicie académica, cerebros y sonrisas que se siguen empeñando en ponerse firmes en una verdadera actitud de investigación, desde una plataforma de despegue profundamente humanista. Sin embargo, hay ideas en las que coincido con él (no son pocas) y otras en las que no. Así que no creo que se trate de las ideas, o por lo menos, no sólo de ellas...

 

         Creo que lo más extraordinario en Fernández Sessarego es la profundidad. El maestro limeño se erige como un baluarte a contracorriente de una cultura que rinde obsecuente reverencia a lo superficial, a lo inmediato. En materia jurídica, esa tendencia nefasta ha cuajado, sobre todo, en la desaparición de las ópticas filosófica e histórica del campo de estudio (de consideración incluso) de los estudiosos dedicados a las áreas específicas (civil, penal, laboral, etc.) Cuanto mucho, unas líneas huérfanas, unos magros parrafitos, unos "antecedentes" descolgados. Apéndices que parecen, y están, pegados con engrudo al resto del trabajo. Tanto, que podrían no estar, como las obleas del helado, y en nada se alteraría la obra. Una decoración fútil, un ornamento que más huele a fanfarronería, o a demostración barata de erudición básica, que a cimiento.

 

         Don Carlos no cayó nunca en ese defecto patético. Él la tuvo siempre clara. Sus reflexiones filosóficas son las bases de sus edificios doctrinarios, no los jardines (o las meras macetas que bordean el portal). Con su minuciosa cultura filosófica y su excelente formación histórica, él construye a partir de sus ideas, de sus pensamientos, sobre las grandes cuestiones de fondo. Por eso, no teme cambiar sus criterios, porque los grandes intelectuales están permanentemente abiertos a los estímulos, y por tanto a las mudanzas, y porque sólo los que levantan torres sin cimientos (es decir, normalmente, con ladrillos ajenos) ofrecen ese terror pánico a no seguir sosteniendo lo mismo que ayer sustentaban. Ese es, me permito creer, el factor visceral que ha hecho de Fernández Sessarego, de pleno derecho, uno de los más destacados civilistas mundiales de nuestra época, y probablemente el máximo especialista que existe en la persona humana en todo el orbe hispanoparlante.

 

         El Derecho como libertad es la tesis de grado del maestro Fernández Sessarego. La presentó a su Universidad Nacional Mayor de San Marcos, de la que andando el tiempo devendría ilustre catedrático, en 1950 (la había escrito entre 1946 y 1949). Por entonces, se llamaba Bosquejo para una determinación ontológica del Derecho. Estaba llamada a un largo período alejada de la imprenta. Recién treinta y siete años después, prologada por David Sobrevilla Alcázar y Domingo García Belaunde, aparecería editada. En el intermedio, según  García Belaúnde, la obra circuló profusamente en copias, a veces incluso contra la voluntad de su autor. En 1994 vio la luz la segunda edición.

 

        La versión publicada, sin embargo, era sólo una parte del trabajo original. En ella, Don Carlos navega aguas del existencialismo (Heidegger, Marcel), con notable influencia del argentino Carlos Cossio (que, a su vez, tras haber conocido la tesis de 1950 en copias, la elogiaría en un artículo de 1963), y la esperable cuota fenomenológica husserliana. Sin embargo, se embarca claramente en la línea trialista, aunque sin referirse al filósofo brasileño Miguel Reale, con cuya postura, además, presenta pequeñas pero importantes disidencias (fundamentalmente, alrededor del elemento de la tríada que Werner Goldschmidt denominaba "sociológico", que en Fernández Sessarego siempre estuvo fuertemente teñido por la filosofía de la existencia).

 

        Ahora, se han incorporado los tramos faltantes. Cincuenta y seis años después de su presentación, la tesis de grado del maestro peruano está convertida, finalmente, en libro. La presencia que se refuerza (abordada con lente crítica) con ese agregado, es la de Hans Kelsen. El resultado es una obra imperdible, que entra para la eternidad en los anales de la filosofía jurídica, y constituye un testimonio magnífico del pensamiento de este gran hombre y jurista. Una pieza exquisita que vale por sí sola, y como llave dorada para entender mejor y más desde las raíces toda su prolífica producción.

 

        Con cierto perfume de deliciosa nostalgia, el maestro recuerda que la tesis "no encontró acogida de parte de la doctrina. Era demasiado audaz, como Carlos Cossio lo reconocería años después, pretender superar la arraigada posición formalista en el momento histórico de su pleno apogeo". Es un karma de los gigantes, el andar más avanzados que su tiempo. Hoy, que Don Carlos ya ha pasado las ocho décadas (con una juventud pasmosa), los escenarios han cambiado. Las mentes suelen ser menos profundas, es verdad, escasean los cultivos, pero se ha ganado en apertura, y eso es bueno. Ahora, además, la figura de Fernández Sessarego ya es la de un coloso.

 

        Momento es, pues, de detenernos a analizar sobre qué pies se irguió y se sostuvo, a lo largo de este medio siglo de obras trascendentales, esta gloria de la ciencia jurídica sudamericana. R.R.-B.