La democracia genuina

 

Manuel R. Trueba (h)*

 

Entendemos en general a la democracia como el gobierno de la mayoría surgido de un proceso de votación popular. Esa afirmación tiene un gran contenido de verdad; sin embargo, es insuficiente para conocer cabalmente la significación genuina de la democracia. La democracia moderna comenzó siendo una forma de gobierno que se insertó en el liberalismo y que se identificó con la noción de gobierno de la mayoría. Esto pasó en la generalidad de los países liberales en el siglo XIX. La Constitución Argentina de 1853/60 fue -y es- una constitución liberal y cuando habían transcurrido no pocas décadas de vida institucional se sumó al liberalismo constitucional la participación democrática del pueblo a través del sufragio popular gracias a las leyes electorales que permitieron sucesivamente el voto masculino y el femenino. Sin embargo, el sufragio popular, aun de todos los ciudadanos y ciudadanas, es insuficiente para entender el concepto genuino de democracia.

La democracia, entendida genuinamente, es la suma de varios elementos que pueden enunciarse sintéticamente más o menos así: a) elecciones libres y transparentes en las que pueda votar la ciudadanía; b) pluripartidismo, es decir el respeto a todos los partidos políticos democráticos; c) respeto a las minorías sociales y políticas; d) libertad; e) igualdad ante la ley e igualdad de oportunidades para el acceso a bienes públicos, como la salud y la educación, promoviendo así el bienestar general; f) respeto a todos los derechos humanos, naturales o constitucionales; g) libertad de prensa; h) participación de todos los ciudadanos a través de diferentes mecanismos, como la libertad de expresión, de crítica, y de asociación; i) democracia interna dentro de los partidos políticos. Así entendida, además, la democracia se nos muestra como un procedimiento eficiente para la solución de los conflictos sociales y el fomento de la paz.

La democracia no busca la violencia, ni como fin, ni como medio. Los partidos o grupos que tengan propuestas violentas, o acudan a la violencia para, supuestamente, lograr fines nobles, son contrarios al sistema democrático.

La democracia busca consensos. El ámbito propio de esa búsqueda es el Congreso, ya que en él la mayoría y las minorías (oposición) se encuentran y deliberan para adoptar decisiones. Esquivar el trámite legislativo es evadir ese encuentro. Sin embargo, si bien la mayoría no debe asfixiar a la minoría, ésta no debe ejercer una oposición destructiva.

A ello hay que añadir los elementos de la forma republicana de gobierno: división de poderes, alternancia en el poder (es decir, rotación y posibilidad efectiva de rotación de los partidos políticos en el gobierno), responsabilidad de los gobernantes, austeridad de los gobernantes, publicidad o transparencia de los actos de gobierno -es decir, darlos a conocer-, rendición de cuentas que pueda ser antecedente de sanción, en caso de corresponder, a los miembros de los tres órganos del poder (legislativo, ejecutivo y judicial).

La división del poder es el fundamento de los límites orgánicos al estado democrático. La Constitución argentina, si bien exhibe desde su última reforma una distorsión del equilibrio entre los órganos estatales a favor del ejecutivo nacional, puede todavía ser la fuente vivificante de instituciones sólidas y al mismo tiempo mesuradas si se afianzan con el correr del tiempo los resortes y los mecanismos de control que provienen del núcleo normativo originario de 1853/60. En tal sentido, debemos hacer notar que, a nuestro juicio, el cambio de forma de gobierno que algunos propician proponiendo entre nosotros el parlamentarismo en vez de la estricta división de poderes redundaría en un fortalecimiento de la concentración de poder, ya que se licuaría la independencia entre el Congreso y el poder ejecutivo, facilitando que un mismo y único partido político domine a ambos.

            Hay, entonces, dos formas de gobierno: la democracia y la autocracia. La autocracia es la forma de gobierno en la que falta alguno de los elementos indicados en los párrafos anteriores. La diferencia es importante, ya que, si bien la democracia -como todo hecho humano o cultural- tiene sus problemas o defectos, salir de la democracia en busca de una mejor forma de gobierno -aunque se nos presente como “perfecta” o “utópica”- nos lleva a la autocracia.

            Muchas veces ciertos partidos políticos o gobiernos, siendo en realidad autocráticos, se han llamado o se llaman a sí mismos “democráticos”. Esos partidos o gobiernos son falsamente “democráticos” y verdaderas autocracias, que generalmente arriban o arribaron al poder usando la violencia psicológica o física, y se mantuvieron o mantienen en el poder del mismo modo. Puede así distinguirse entre la democracia genuina, por un lado, y la democracia ficticia o falsa, por otro lado.

Ejemplos de autocracias que han sido confundidas con la democracia o, por lo menos, con formas de gobierno popular (populismo) o basado en alguna incierta voluntad del pueblo hay muchos: la Alemania nazi, la Italia fascista, la España franquista, la Unión Soviética, la República “Democrática” Alemana (Alemania oriental hasta la caída del muro de Berlín en 1989), Cuba, etc. Si bien algunos de esos casos se basaron en ideas de extrema derecha y otros de extrema izquierda, todos ellos fueron autócratas y violentos. La historia revela que los extremismos de derecha y de izquierda acuden por igual al uso de la violencia. Y muchas veces los gobiernos autocráticos disfrazan su antidemocracia revistiéndola de asistencialismo, es decir un despliegue más o menos extendido de prestaciones sociales. Intentan de esa manera disimular un poco y justificarse. A pesar de ello, logran con frecuencia el apoyo convencido o simulado de mucha gente beneficiada o interesada. Siempre acuden al temor para provocar adhesiones y dominar.

Un gobierno autocrático asume un rol dominante y hegemónico en lo cultural, en lo científico y en lo religioso, cercenando las manifestaciones humanas en tales planos. Muchos gobiernos autocráticos han puesto la cultura y la ciencia al servicio de sus proyectos de dominación. En el ámbito religioso, esos gobiernos siempre han buscado anular las creencias y las exteriorizaciones del culto erigiéndose ellos mismos en objeto de culto. La discriminación religiosa no parece abandonarnos: recientemente fue denunciado el destrato que reciben los judíos de Venezuela de parte del gobierno de ese país (ver diario La Nación del 9.4.08).

En general, las democracias ficticias (autocracias) prometen la solución de los problemas sociales y, a partir de la propaganda política, convencen a muchas personas que se sienten atraídas o seducidas por tales promesas, que nunca se cumplen y que son espejismos o fantasías. De hecho, los medios de comunicación nos informan hoy en día de la gran crisis de la vivienda que sufre el pueblo cubano, lo cual es un ejemplo -entre muchos otros- del fracaso de las autocracias para resolver los problemas sociales o económicos.

            Por tal motivo, a los problemas sociales o económicos hay que resolverlos dentro de la democracia. Por ejemplo, en la Argentina actual existen muchos y graves problemas sociales y económicos, incluso en el aspecto fiscal y tributario, y el caso de las retenciones agropecuarias es una muestra de ello. Nuestros problemas sociales, económicos y fiscales o tributarios tienen que ser resueltos respetando las instituciones de derecho público que establece nuestra Constitución. La situación presentada en torno de las retenciones debe resolverse acudiendo a los principios tributarios que la propia Constitución establece: legalidad, no confiscatoriedad e igualdad.

            Estando clara la diferencia entre democracia genuina, por un lado, y por otro la autocracia o democracia ficticia, podemos darnos cuenta de que muchas veces un gobierno inicialmente democrático, se transforma en autocrático. Podemos hablar así de una transición a la autocracia, expresión inversa a la muy difundida en los años 80 para aludir a la transición española, o chilena, o incluso argentina. Un ejemplo de transición a la autocracia -o autocracia de ejercicio- fue el ascenso de Hitler al poder en Alemania, ya que él había sido llamado por el presidente de Alemania para formar gobierno. Una vez en el gobierno estructuró un sistema de concentración de poder y eliminación de la oposición política, sindicalista, periodística, y cuando el presidente murió poco después, evitó que se eligiera a su sucesor. Hitler fue votado por gran parte del pueblo alemán: por ese motivo, decíamos al comienzo que la democracia no es sólo votar, sino también que se presenten los otros elementos o conceptos mencionados. También existió la autocracia soviética, que fue una autocracia de origen, surgida de la conquista del poder por parte de los bolcheviques a fines de 1917 (revolución bolchevique), lo cual provocó la interrupción del proceso de organización constitucional que se había iniciado poco antes tras la caída de la autocracia zarista (revolución rusa de 1917). Las autocracias de origen y de ejercicio son igualmente nefastas y, aunque todas son violentas, las hay de diversos grados, algunas más terribles que otras. En el caso de las mencionadas y otras, han cometido asesinatos, masacres y genocidios.

            Más aún. Llevar la violencia al extranjero no estuvo fuera de los planes siniestros de muchos gobiernos autocráticos, y por ese motivo muchas guerras entre países fueron provocadas por autocracias. Las autocracias intentan de esa manera expandirse y cohesionar a la sociedad con apoyos populares internos mostrando enemigos externos.

            Generalmente, las transiciones a la autocracia son imperceptibles para la mayoría de las personas si no están previamente educadas o advertidas de la posibilidad de abusos de poder a partir de decisiones o medidas políticas o económicas que aparecen como buenas y generan adhesión popular, pero que están dirigidas a la concentración de poder.

            En la consolidación de la democracia gravita en forma preponderante la educación. Sin educación, el pueblo es infiel a la democracia. Nunca hay que caer en la tentación de la autocracia. Winston Churchill -el ex primer ministro inglés- decía que la democracia era un mal sistema político, pero era el menos malo de todos los sistemas políticos. Los defectos de la democracia pueden ser resueltos dentro de la misma democracia y por canales democráticos. En gran medida, la democracia es un procedimiento para la toma de decisiones en forma civilizada, lo cual hace que sea un sistema político abierto compatible con las sociedades igualmente abiertas, mientras que la autocracia es un sistema cerrado de gobierno porque no admite innovaciones. Bajo la autocracia, la sociedad tiende a cerrarse y el país, a encerrarse.

            No obstante, la democracia no está exenta de defectos. La ambición de poder también está presente en los gobiernos democráticos. Pero, aún así, la democracia aventaja a la autocracia en que ejercita permanentemente la autocrítica y puede, superándose, corregir sus desvíos. La autocracia desconoce la autocrítica y la crítica. El derecho a la crítica de los ciudadanos es, por sí mismo, un límite al poder.

            Como la democracia procura un gobierno limitado es imprescindible que la voluntad del estado se subordine a las normas jurídicas democráticas y garantizadoras de la libertad y los derechos de las personas, cuya base se encuentra en la constitución democrática, que debe ser suprema. Esa supremacía tiene que ser garantizada por un sistema de control de constitucionalidad de normas, que sea ejercido por órganos ajenos al poder legislativo y al poder ejecutivo, que son los poderes creadores de normas.

            Finalmente, en relación con el mercado y la actividad económica, la democracia debe asegurar el marco institucional para que aquéllos se desenvuelvan para provecho de todos, respetándose la propiedad privada  -incluso de los medios de capital y de la renta- y la libertad de trabajo y de ejercicio de actividades económicas lícitas.

Se podría explicar todo lo dicho imaginando tres círculos concéntricos. Un círculo interior -primer círculo- es aquel dentro del cual se desarrolla la actividad económica, mientras que el círculo exterior -tercer círculo- corresponde al funcionamiento de las instituciones políticas democráticas, que protegen al mercado, evitando que provoque distorsiones económicas o sociales. En el medio, el segundo círculo es el ámbito de la educación, que, haciendo progresar en todos los planos de la vida a las personas, asegura para el mercado recursos humanos capacitados y para el estado ciudadanos con sentido crítico. En la democracia genuina, la educación de alto nivel está al alcance de todos, según sus intereses, inclinaciones, méritos y capacidades. La democracia auténtica no quiere la educación de pocos privilegiados al estilo de las sociedades de castas. Al contrario, la democracia, a través de la educación, promueve la movilidad social ascendente.

 

Los tres círculos concéntricos debieran funcionar interrelacionados y simultáneamente. Una intercomunicación sería la siguiente: de los excedentes de riqueza que proporcione el mercado, el estado podría por vía de impuestos destinar algunos para el financiamiento de un sistema de becas para que todas las personas, en especial las de bajos recursos económicos, puedan acceder a la educación en todos los niveles. Eso garantizaría el mejoramiento de los recursos humanos y una ciudadanía madura, y el ciclo se enriquecería permanentemente para bien de los tres círculos y de todo el país, incluyendo a las minorías, sin exclusiones sociales de ninguna naturaleza, pero sin caer en populismos. Éstos son la antesala de la demagogia, aunque se apoyen en votaciones populares, que en tal caso no son más que un disfraz.

 

 

 


* Docente de derecho constitucional en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad del Museo Social Argentino.