PERSONA en el teatro

 

"SIEMPREVIVA"

el horror y el asco
de la ciencia ciega,
al desnudo

     La sombra ominosa de aquel personaje del semi-folclore moderno húngaro, la condesa que mantiene su juventud ingiriendo sangre de vírgenes, campea en esta obra de teatro que, interpretada por Cesar Elloy (foto), Carla Vidal, Eugenio Tourn, Marta Haller, Ivana Cavallero y Pablo Giles, se exhibe en la casa-teatro "Silencio de negras" (Luis Sáenz Peña 663, Buenos Aires, Tel. 4381-1445). En efecto, Fabián Bril y Marta Delavalle declaran haberse inspirado en La condesa sangrienta, obra de Alejandra Pizarnik escrita en 1965, sobre la atroz condesa Erzsébet Báthory, que efectivamente viviera a fines del turbulento y exótico siglo XVI, tan fecundo en barbazules y envenenadores, y a cuyas ansias de inmortalidad se han atribuido las vidas salvajemente segadas de unas 650 doncellas (parece que la virginidad era más común en la Europa de entonces).

     Otra historia de vampiros, más allá de lo apasionante del tema, hubiera sido cansina. Ya hemos tenido, además, versiones porteñas del género, como el flaco film Vivir mata (Bebe Kamin, 1991, no confundir con la película mejicana homónima, una década posterior). Es acertado, entonces, el haber puesto el acento en la técnica o en la ciencia (el límite se hace difuso en la obra, correctamente) dedicada a producir eterna juventud e indeclinable belleza. Para quien esté, pues, al tanto del origen de la idea, el interesante paralelismo entre esas prácticas y el vampirismo (como una suerte de vampirismo más real, más concreto, y horrorosamente actual) queda evidente.

     Es agudo también el marco cronológico de la historia. Los años cuarenta tardíos o los cincuenta, según parece. Terminada la Guerra Mundial, las barbaridades hitlerianas se muestran en toda su cósmica abominación. Las experimentaciones médicas con personas no voluntarias están en un sitio privilegiado dentro de este cuadro de pesadilla. Eso golpea las conciencias, es verdad. Pero también es la época del despegue, sin aparentes límites, de la biología aplicada. La genética, alumbrada por el monje Mendel y acariciada por las mentes brillantes (como la de Landsteiner) y tortuosas (como la de Mengele), se descubre de repente y se exhibe airosa en toda su magnificencia helicoidal. Se insinúa la tortura moral de tener toda esa sabiduría, y no poder probarla en seres humanos... Como es sabido, muchos sucumbieron a esa tentación, y no sólo en el contexto de los regímenes totalitarios.

     Pero el gran logro de la pieza está en el asco. Un ambiente lúgubre, con decorados decadentes, ropas raídas, rostros hirsutos. Una atmósfera que ahoga al espectador, incentivada por el hecho de que, al ser una casa-teatro, comparte (nada cómodo, por cierto) la sala con los personajes, y las cosas le pasan al alcance de la mano (el miedo de que lo involucren está siempre presente). Escenas horribles (desde el comienzo y hasta el final). Y el haber colocado un actor groseramente travestido en el papel de la protagonista incrementa lo desagradable del ambiente.

      Lo plausible es que esa repugnancia, muy bien lograda, se vincula desde temprano con los procedimientos que la macabra protagonista, con la ayuda de una especie de científica loca, lesbiana además, que tiene por ama de llaves, lleva adelante para preservar su lozanía. En ese punto, la pieza es notable. Porque desnuda de toda hipocresía a la ciencia-técnica ciega de valores, de principios, obnubilada por los resultados, por los fines. Aquí no hay propagandas dulces ni cajitas de colores. No hay nombres eufemísticos ni laboratorios de prestigio internacional. No. Todo eso se ha evaporado. Ha quedado el esqueleto a la luz. Y es un esqueleto hediondo.

      Yo no sé si mucha gente que vea la obra va a reflexionar sobre estas cosas. Más de uno lo hará en forma conciente, porque la verdad es que el planteo está muy claro. Otros, los más, llevarán el asunto en mente como un telón de fondo, y eso es también muy bueno. Y el asco va a ayudar, porque es una sensación muy fuerte, muy pegadiza, que no se olvida fácilmente. ¿Repugnancia ante la ciencia? No, por Dios, jamás. Ante la ciencia y la técnica donde los fines pretenden justificar todos los medios, sí. Una repugnancia amplia y terca. Un asco potente y rancio.

      El asco del ser humano frente a lo que, sutilmente, amenaza con destruir su propia esencia.    

                                                                                                                                                                                                        Ricardo Rabinovich-Berkman