Editorial

 

 

 

 

YENDO

 

POR MAL CAMINO

 

 

    Estamos yendo por mal camino. Pero quizás lo peor de todo, es que cualquiera se da cuenta. No es necesario ser especialista en relaciones internacionales para ver que las guerras que estallan son extrañas y evitables. No es necesario ser experto en macroeconomía para entender que la riqueza del mundo está distribuida sin criterio, justicia ni razón. No es necesario ser perito en biomedicina para comprender que están reapareciendo enfermedades ya vencidas, que la mayoría de los seres humanos está desprotegida y sin cuidados adecuados, y que mientras unos usan de la medicina para modelarse el cuerpo hasta el delirio, otros carecen incluso de agua oxigenada. No es necesario ser licenciado en nutrición para descubrir que la solución del hambre en el mundo, mucho antes de pasar por el súper-tomate transgénico, pasa por la equidad, porque mientras en unos lugares millones de vidas se arruinan por falta de alimentos esenciales, en otros toneladas de comidas se arrojan a la basura a diario. No es necesario ser ingeniero agrónomo para percibir la flagrante herida del latifundio. No es necesario ser jurista para asquearse ante la explotación de los trabajadores en enorme cantidad de países.

 

     Estamos aún extasiados ante las faraónicas olimpíadas chinas, tan lindas e imponentes que casi nos hacen olvidar de los perseguidos políticos que se oponen al Politburó, de los detenidos religiosos falun-gong, musulmanes y cristianos, de los campos de trabajos forzados, de las torturas sistemáticas, de las ventas de órganos de presos para trasplantes, de las leyes que impiden tener más de un hijo y favorecen el aborto, de los infanticidios de niñas ante la desesperación por que el vástago único permitido sea varón, de la pena de muerte aplicada como si tal cosa, de la atroz represión en el Tíbet. Y podríamos seguir enumerando bellezas, pero el acto de inauguración ha sido tan impresionante y las instalaciones olímpicas tan fastuosas, que nos las hemos olvidado.

 

    Algunos se asombraron de que los juegos hubiesen sido abiertos por una niña encantadora que, según se supo más tarde gracias a la investigación periodística, había reemplazado a otra niñita que estaba prevista originalmente. Porque parece que ésta última era feita, a criterio de los jerarcas políticos pequineses, y en cambio la que se mostró sí les gustaba (y, de hecho, extasió al mundo entero... claro que con la voz de la otra). Es que resulta muy difícil, si se posee un poder omnímodo y se vive en el siglo XXI, no dejarse llevar por la tentación de la eugenesia. ¡Cuánto hicieron pensar estas olimpíadas en las alemanas de 1936! Eso sí, les faltó Leni Riefenstahl...

 

    Pero no muchos se pudieron ocupar de las medallas chinas en las devastadas regiones de Osetia y Georgia golpeadas por una guerra fratricida, ridícula e imperialista. Porque, aunque parezca mentira, en pleno siglo XXI, con tantas convenciones internacionales auspiciosas, declaraciones de derechos magníficas, discursos que emocionan, encuentros mundiales que arrancan lágrimas de esperanza, no sólo estamos erizados de conflictos armados, en curso o en ciernes, desde las selvas de Colombia hasta las montañas del Cáucaso, desde las sabanas africanas hasta el pobre Irak, sin olvidarnos de la eterna Tierra Santa, que con su nombre mismo demuestra cómo valoramos la santidad. No sólo eso, porque estamos también empeñados en recuperar la Guerra Fría, que al parecer algunos la extrañaban. Si seguimos un poco más, nos vamos a volver a reír con el Súper Agente 86, vamos a desempolvar el Agente de CIPOL (Get Smart y Man from UNCLE, para los no hispanos), y nos zambulliremos de regreso en los años sesenta. Claro que ahora, como Rusia no es más soviética, la máscara ideológica de ambas partes va a caerse, y mostrar al desnudo el verdadero y decadente rostro de la avidez.

 

    En el siglo XXI, sigue importando el sexo que se tiene, para cosas que no tienen nada que ver con el sexo. Las mujeres son discriminadas en gran parte del mundo. Nadie les pregunta si quieren o no vestirse de negro y taparse hasta el tobillo, o cubrirse con las infames burkas. Se les imponen humillaciones y restricciones notables, con fundamentos... ¡religiosos! En otras regiones, el tráfico de niñas y jovencitas para explotación sexual está de parabienes, en un mundo con salvajes diferencias económicas, impunidad flagrante para el crimen internacional, y un hambre sexual irrefrenable, creciente y cada vez más exótico, que acaba requiriendo de la esclavitud, porque es raro encontrar tantas personas dispuestas de propia voluntad a tantas bajezas con tantos besugos (con perdón de los besugos). El turismo proxenético mueve millones de dólares. La pedofilia es un negocio redondo. Y éste es el siglo de la mujer y de los niños...

 

    ¡En el siglo XXI sigue importando la "raza" (valga esta palabra aunque ya no corresponda emplearla, de acuerdo con el actual estado de la antropología y la biología)! Hay genocidios atroces, como el de Darfur (China detrás...) Hay limpiezas étnicas, como las del Cáucaso. Hay conflictos étnicos en el Himalaya, y en muchos rincones más. Los indígenas siguen postergados en gran parte de América, a veces en condiciones de verdadero exterminio, como es el caso de los tobas en la provincia argentina del Chaco. El odio entre judíos y musulmanes en Palestina lejos está de decrecer. Y éste es el siglo de la hermandad...

 

    Mientras tanto, la manipulación genética va ganando adeptos, y ya no parece algo tan terrible elegir las características que tendrá el hijo de uno, o congelar para siempre a los que no se adecuan al menú escogido. El aborto se establece como una alternativa demográfica y de planificación procreativa válida. La eutanasia avanza, con casos como el de Terry Schiavo, que fue un homicidio judicial (pero en un país donde los jueces matan gente bastante a menudo). Los experimentos con seres humanos se llevan adelante, más o menos disfrazados, en los países "emergentes", que a veces funcionan como países "detergentes" para limpiar la conciencia de los otros.

 

    Mientras tanto, se compite por colocar escudos defensivos, que nunca se sabe cuándo ni cómo podrán volverse ofensivos (no nos traten de idiotas). En el Norte se juega maniáticamente con la idea de la internacionalización del Amazonas y de la Antártida, en base a argumentos tan variados como poco convincentes. Las flotas de las grandes potencias se despliegan sobre los mares sudamericanos con cara de pocos amigos (es dudoso que vengan a repartir juguetes entre los niños pobres), y los presupuestos para armamento suben como si fuera una fiesta.

 

    Mientras tanto, las deudas externas ilícitas y usureras, violatorias de cuanto principio jurídico serio existe, se siguen pagando. Y también sus intereses, y los intereses de sus intereses (que hasta los estudiantes de primer año de derecho saben que no se pueden reclamar). Y cada uno de esos pagos injustos implica muerte, tristeza y hambre. Las deudas externas ilícitas (que son la mayoría de las importantes en Latinoamérica) están construidas con lágrimas. Es el negocio de la sangre.

 

    Estamos yendo por mal camino, pero no sin solución. Es nuestro deber gritarlo. Acusarlo. Testimoniarlo. Aunque quedemos tendidos en el intento, aunque nuestras voces sean tenues y minúsculas, y nuestra fuerza ínfima. Aunque los personeros de la tristeza nos repriman de mil maneras, algunas más sutiles que otras. Aunque se nos vaya la vida en el esfuerzo. Es nuestra imperiosa obligación, la de todos y cada uno, creer en un mundo de bien, de respeto y de paz, y jugarse por él. No podemos mirar hacia otro lado, mientras avanza el desfile de la muerte y del desprecio. La sacralidad de la vida nos convoca, y su llamado es a la vez dulce y conminante. En cada niño que muere o que sufre, la Humanidad se rinde, se abandona, se aliena, y pierde el sentido de sí misma.

 

    Estamos yendo por mal camino, pero no es tarde para girar.     

  

                                                                                                                                                     Ricardo Rabinovich-Berkman