Editorial

 

 

 

 

CON LÁGRIMAS
 

DE ESPERANZA

 

 

    Debo confesar que no lo creí posible. Por lo menos, no así de simple, de claro, de contundente. Los antecedentes de las últimas elecciones, escandalosamente fraudulentas, estaban lejos de ser optimistas. La absoluta inmoralidad del régimen de Bush, violador de derechos humanos como pocos, desconocedor épico de soberanías nacionales, mentiroso hasta el escándalo, violento más allá de cualquier justificativo, prepotente, fundamentalista, permitía augurar cualquier subterfugio desesperado para impedir la entrega del poder al partido rival. Pero el pueblo estadounidense dio una lección de democracia, reencontró al fin las trazas aún visibles del camino enhiesto soñado por George Washington, por Abraham Lincoln, por Martin Luther King. La gente del gran país que legara a la humanidad los principios de su eterna Declaración de Independencia, envió un mensaje al mundo: el sueño de nuestros ancestros de bien no ha muerto.


    Es maravilloso el mensaje simbólico de que el hombre llamado a liderar la recuperación ética nacional, la credibilidad universal perdida, a hacer las paces con el orbe y con la historia, sea un "negro", hijo de un africano. No desciende, es verdad, de sobrevivientes del Holocausto Negro, esa vergüenza infame que pesará sobre la conciencia humana por siempre, esa enfermedad hedionda que se extendió por América a lo largo de siglos, llevando millones de niños, de mujeres (muchas de ellas encintas) y de hombres a la muerte en condiciones horripilantes, y privando a los restantes de su honor, de su dignidad, de su cultura, de su nombre, de sus prerrogativas más básicas. La esposa de Obama, y por lo tanto sus hijas, sí llevan en sus venas la sangre de esos héroes que pudieron, entre lágrimas e insultos, entre tristeza y odio, entre desesperación y fuerza (Dios mío, ¡qué fuerza deben haber necesitado!) salir adelante de la masacre esclavista.


    En los días posteriores a la elección, he estado en Brasil, en la región de Salvador, zona de mucha población negra. Y pedí prestadas a mis hermanos descendientes de África sus lágrimas de alegría, sus sonrisas de euforia, sus puños satisfechos. Qué bueno, qué merecido, qué demorado y grande, es ver a un hombre de piel oscura al frente de los Estados Unidos. Qué extraordinario efecto trae a la deteriorada autoestima de millones de personas que, día a día, se sienten postergadas, heridas en su respeto, lesas en la igualdad de oportunidades. Ojalá sea un mensaje de rebelión, de coraje, de esperanza verdadera, que los impulse a exigir verdadera equivalencia jurídica, y a todos nos comprometa como nunca en la lucha denodada contra la discriminación, un flagelo que debe ser extirpado de la faz de la tierra.
 

    Pero lo importante no es, en realidad, que Obama sea negro. También es negra Condoleeza Rice. Y Colin Powell. Lo importante es que implica una posibilidad muy grande de cambiar un sentido de marcha que, de seguir adelante, no hubiera podido conducir al mundo a nada bueno. Los Estados Unidos son necesarios. Son imprescindibles. Pero como referente de la defensa de ciertos principios y valores esenciales, predicados desde sus actas fundacionales: la igualdad, la libertad, el respeto a la vida, al disenso, el derecho a perseguir la felicidad... Como heraldo de la idea de que la razón de ser de los países es la protección de las prerrogativas básicas de la persona. El orbe sufre con un Estados Unidos prepotente y violento, que a todo falta el respeto, tergiversador y mendaz.
 

    El terrorismo es un flagelo atroz. Necesitamos un Estados Unidos que renuncie a practicarlo, para así poder combatirlo en serio: no más invasiones sangrientas, ataques sobre civiles, bombardeos indiscriminados. Los derechos humanos deben ser respetados. Es imprescindible que Estados Unidos de el ejemplo y no los viole más: Guantánamo debe ser cerrada, los agentes del país del norte no deben secuestrar personas en ningún lado ni torturar en ninguna parte. El fundamentalismo religioso es nefasto. No sólo el de los musulmanes. El de todas las creencias. Estados Unidos debe liberarse de discursos y prácticas fundamentalistas, que evoquen curiosas cruzadas anacrónicas para justificar matanzas indefendibles. El respeto entre las naciones es imprescindible. El mundo pide un Estados Unidos que lo practique, que lo incorpore de una buena vez entre sus prácticas. No podemos seguir teniendo miedo de Estados Unidos. De que nos invada porque se le ha ocurrido tener nuestras selvas o nuestras aguas o nuestro petróleo. De que nos bloquee porque pensamos distinto. Tal vez, si Estados Unidos dejase de ser tan temible, empezaría también él a temer menos...  
 

    Es maravilloso que Obama sea negro. Es magnífico que sea hijo de un africano. Pero lo más extraordinario es que haya ganado en contra de la continuidad del programa de Bush. Hubo un momento en que McCain jugó a no ser un apéndice del gobierno republicano actual. Trató de aparecer algo distante de la trouppe de sanguinarios (esa en que destaca el gobernador Schwarzenegger, que era infinitamente más simpático como Conan el Bárbaro). Tanto que, al perder Hillary las internas, varios demócratas pensaron seriamente en votarlo. Pero, gracias a Dios, puso las cosas en claro al escoger su compañera de fórmula. Si un resquicio de duda aún quedaba a alguien, se esfumó con la presencia arrogante y pendenciera de la señora Palin. Ella, sin quererlo, operó una epifanía en su partido: mostró cómo era de verdad lo que venía. El mundo decente tiene una deuda impagable para con la gobernadora de Alaska. Por suerte para ese mundo decente, se ha regresado a sus hielos y su hockey, con sus metáforas caninas y sus palmarias muestras de ignorancia.


    Obama tiene ahora un desafío muy grande. Su popularidad es enorme, y crece día a día. Asumirá en medio de una crisis sin precedentes, en un país que no ha salido de su psicosis tras los horrendos atentados del 11 de Septiembre de 2001. Un país que ha vuelto a comprometerse en una guerra imperialista exótica. Un país en recesión, con alto desempleo. Un país desintegrado socialmente, aborrecido en todas partes. Milagros, no podrá hacer. Pero puede torcer el rumbo. Si lo hace, quizás sea recordado en el futuro (porque habría un futuro) como uno de los hombres más benéficos de la historia.


    Que Obama sea negro, es maravilloso. Que puede ser el comienzo de un cambio feliz, es muchísimo más importante.

   

                                                                                                                                                        Ricardo Rabinovich-Berkman