Editorial


EL MAYOR

DE LOS RESCATES

(o de la verdad triste)

 

 

    Reiterada, cansinamente, he lanzado sobre los amigos lectores, abusando de tanta paciencia, mi humilde apreciación, que no es la de un científico, es la de un hombre de la calle, de un cualquiera, acerca de estos puntos urticantes. Porque es bien claro que en el mundo no faltan alimentos, ni los medicamentos que ya se han descubierto, ni los medios económicos, sino que están perversamente distribuidos. Sin entrar en las profundas razones históricas de tal descalabro, que son innumerables y complejísimas, y escapan no sólo a un pobre editorial, sino incluso a un libro grueso, que no estaría en condiciones de escribir, el fenómeno es obvio. Obvio y triste. A veces, la distribución macabra se puede ver en una ciudad, en un barrio, en unas pocas cuadras. Otras, es necesario alzar la mira un poco, observar provincias, países, regiones. En definitiva, el más horrendo escenario es el mundo, el hermoso hogar planetario de nuestra extraña especie.


    Hemos edificado, no un sistema perverso, sino un curioso entretejido de sistemas perversos. Sistemas que se proclaman seguidores de las más distantes ideologías, pero que se unen y conjugan a la hora del egoísmo acre, del no sentir por el otro, del sólo ver aquello que ver conviene. Los genocidios tiñen de sangre las manos de todos. Se asientan xenofobias virulentas. El temor a las invasiones crece. Las fronteras se arman. Los presupuestos militares aumentan. La tecnología bélica se sofistica. Y cada vez mueren más niños, más regiones son arrasadas, más pobres hombres y mujeres sin poder, ven cómo se les quema la vida.


    Enfermedades derrotadas por la ciencia hace décadas, siguen haciendo estragos en vastas regiones del orbe. Caritas de ojos negros, consumidas hasta el hueso, miran sin entender. Sin lágrimas para llorar, porque las lágrimas son de agua, y ni agua tienen. Madres flacas y tristes deambulan con sus niños en brazos, niños al borde del final, a veces ya fallecidos. Niños que son tan niños como todos los demás niños del mundo. Como los niños del Disney Channel, como los niños de los barrios felices. Esas pobres mujeres son seres humanos, hechas para la vida, para la paz, para brillar, para dar luz y no espanto. Los hombres quieren ser padres, quieren empuñar el arado, no el fusil. Quieren dar su semen para el futuro, no su sangre para el pasado. Quieren ver su prole crecer, no enterrarla. Quieren volverse viejos bailando, tomando café, o mate, o vodka, o té, contando historias más o menos verdaderas pero simpáticas, acariciando un rostro que se va arrugando al paso del propio rostro. Eso es lo que quieren. No correr, huir, matar, morir. No implorar piedad, no insultar a Dios con el cadáver de un amor extinto en brazos.


    Una cosa buena que suelen tener las cosas malas es que operan epifanías tristes, pero convenientes. Iluminan y hacen ver la realidad dolorosa, la verdad punzante. Es en los episodios amargos de nuestra vida cuando nos damos cuenta de quiénes son nuestros amigos y quiénes no lo son. Cobardes y valientes, caballeros y villanos, señores y escoria, se alinean con precisión inusitada en esas horas aciagas. Caen las máscaras, se esfuman los disfraces. Los discursos engalanados vuelan, disgregados por el viento acre, y las palabras cobran su auténtica semántica. Sin maquillajes. Pasa muy semejante con los países, con las grandes ideas. El horrendo 11 de Septiembre del 2001 puso en evidencia la real importancia que en el sistema estadounidenses tienen los derechos esenciales del individuo frente al Estado: muy poca. ¿Y la presente crisis económica?
 

    Nunca, a lo largo de toda la historia, se realizó un rescate dinerario como el de este año. En los Estados Unidos, epicentro del desastre, donde las cifras alcanzaron magnitudes absurdas, difíciles de abarcar con el pensamiento, y en otros países, especialmente de Europa. Nunca se había juntado tanto dinero para dedicarlo a un fin, al fin de salvar algo. Fue una verdadera epopeya económica, una Ilíada de los dólares y los euros. Extraordinario. Jamás visto. ¿Y qué fue lo que se pretendió salvar? ¿La vida de los niños africanos, latinoamericanos, asiáticos? ¿Los precarios hospitales que pueblan el orbe infeliz sin remedios esenciales, sin tecnología médica básica? ¿A los millones de personas gravemente desnutridas, que medran a la espera de un mísero bocado para llegar sin aliento ni esperanza al día siguiente? ¿A todas las familias sin techo decente, sin casa, sin agua corriente, sin luz eléctrica, sin gas, sin tierra que cultivar?


    No, a unas financieras.


    Díganme que con ese apoyo a esas financieras indirectamente se ayudará a esas miríadas de seres humanos sufrientes, y si no fuera por lo macabro de la afirmación estallaría en sonoras carcajadas. ¿Los ayudarán tanto como hasta ahora?


    ¿Con qué porción de ese dinero impresionante dedicado a tranquilizar usureros profesionales y explotadores consuetudinarios podría haberse generado un programa de ayuda definitiva para terminar de una buena vez y para siempre con el hambre, la pobreza y la muerte evitable en el mundo? ¿Con la mitad, con el diez por ciento? Este salvataje asqueroso es una demostración palmaria de la verdadera cara del sistema que hemos sabido construir. De su inhumanidad. De su salvajismo. De su inmutabilidad ante el dolor y la muerte. De su total falta de respeto a la sonrisa, al amor y al amanecer. Estos son nuestros dioses. Nuestros auténticos dioses.


    "Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio", canta el maravilloso y profundo Serrat. Linda frase, pero engañosa. La verdad puede ser, y a menudo es, triste, y mucho. Ésta es una verdad tristísima. Pero, por el otro lado, resulta que sí tiene remedio. Sencillo, no. Al contrario. Lento, trabajoso. Mostrar la realidad de esta cultura sin sentido, verdadera fuente de la drogadicción y la violencia, y atacarla, minarla, sin armas pero con acciones, para que algún día sea reemplazada por otra distinta, donde prime el ser humano por sobre todo. Donde se rinda pleitesía al beso y la mano extendida sea el más sagrado de los himnos. Donde nos emocionemos ante cada niño y caigamos, como ese soldado del film Children of men (¡qué momento!) de rodillas ante el milagro de la maternidad.


    En una universidad donde tengo a cargo la materia Derechos Humanos, ésta es optativa. Un alumno de Abogacía no la elige. Me intereso en saber sus motivos, quizás sea por mí. Me tranquiliza, amable: "no, doctor, es que realmente no me va a servir, porque me voy a dedicar a temas económicos". Sonríe, se va con sus amigos. Quedo helado. Lo veo alejarse, alegre, por el pasillo. Una duda atenacea mi mente: ¿será que tiene razón?

    

                                                                                                                                                        Ricardo Rabinovich-Berkman