SZLAJEN, Fernando

 FILOSOFÍA JUDÍA Y ABORTO
 

 Buenos Aires, Acervo Cultural, 2008, 160 p

 

Este delicioso librito, muestra de que la profundidad y la riqueza de ideas y de fuentes puede ser compatible con la brevedad y con el estilo ameno, trata un tema que de delicioso no tiene nada. Como bien lo destaca el joven y lúcido Dr. Szlajen, profesor en Argentina, Israel y otros países, es una de las cuestiones más importantes, más candentes de nuestra época. En esta revista, nuestros lectores bien lo saben, nos hemos ocupado del aborto desde muy diferentes ópticas, y lo seguiremos haciendo, porque nos preocupa intensamente. Creemos que la conversación sobre el aborto, el discurso filosófico, ético, jurídico, médico, psicológico, deben ganar en calidad, en médula, liberándose de los estereotipos y de las respuestas prefabricadas.

 

Por eso me parece que este tipo de aportes enriquecen. El judaísmo, la gran religión progenitora occidental. madre del cristianismo en todas sus ramas y vertientes, abuela del Islam en sus numerosas formas, está en nuestro subconsciente, individual y colectivo, seamos del origen que seamos. Nuestra imagen y noción de Dios, de la relación del Creador con los seres humanos, de la vida y de la muerte, de lo que se debe o no hacer, están moldeadas en el crisol de Israel. Eso lo han sabido todos los enemigos de la civilización europea, los adoradores del odio y la oscuridad, y por eso han atacado deliberada y frontalmente "lo semítico". Pero no han podido erradicarlo. Es imposible. Puede denostarse a los hebreos, exterminarse seis millones, cambiar el rótulo de judío por sionista (torpe máscara harto conocida), pero no arrancar las raíces de una civilización.

 

Es importante saber lo que las religiones piensan de estos asuntos. Todas. No sólo las llamadas "grandes", porque en materia de credos y cultos toda grandeza, toda pequeñez, es arbitraria. Es importante para entendernos mejor. Para ejercitar nuestra reflexión, nuestro pensamiento. Para conocer mejor al otro, al que no piensa como yo, pero merece mi respeto. Para saber por qué dice lo que dice y hace lo que hace. Para ampliar nuestro horizonte sociológico. Para saber más. Para ganar profundidad, en medio de una sociedad horriblemente superficial. No se trata de convencer o de competir. Eso es lo bueno de este tipo de libros: son obras de información, no de catequesis, no de predicación. Szlajen no pretende que se hagan israelitas los que no lo son. No busca demostrar que los judíos poseen el camino recto, y los demás se irán al despeñadero de eternas agonías. No ensalza las creencias mosaicas ni denuesta las otras. Es un rabino que quiere explicar cómo la tradición talmúdica ve al embrión y al feto humanos, y cómo considera su eliminación deliberada ("arbitraria", dice él).

 

El Dr. Szlajen impacta por sus conocimientos de las fuentes judaicas. El Antiguo Testamento, las obras posteriores (Mishná, Talmud, Shulján Aruj, etc.) y las doctrinas de los grandes rabinos antiguos, medievales y modernos, surgen de su pluma artesanalmente empalmados, claramente explicados. Usa el hebreo sólo en la medida de lo estrictamente necesario, y lo hace con las debidas traducciones y exégesis. Una joya. Lástima que no se pueda decir lo mismo de sus apreciaciones acerca de las soluciones del Derecho Romano. Por suerte son pocas y no afectan el resultado.

 

Porque, justamente, si algo puede extraerse como conclusión del prolijo estudio que de las ideas judaicas realiza Szlajen, es que se hallan en las antípodas de las que caracterizaran a la ciencia jurídica latina, plasmada en el Digesto de Justiniano (siglo VI). El autor parece sostener lo contrario, al parangonar la expresión hebrea "ubar yerej imó" (el feto es el muslo de su madre) con "lo que la ley romana denominó pars viscerum matris (parte de las vísceras u órganos de la madre)" (p 27). Como desgraciadamente no indica a qué "ley romana" se refiere (Roma no tuvo una Torá, como Israel), pienso que se refiere (no veo alternativa) al Digesto 25.4.1. En ese texto, en efecto, se usa una expresión parecida a la citada por Szlajen.

Sin embargo, se trata de un interpretación errada. Vamos a recordar aquel pasaje. Parece que en tiempos del cogobierno de Marco Aurelio y Lucio Vero (161 al 169) el pretor urbano Valerio Prisciano los consultó porque un tal Rutilio Severo adujo que Domicia, de la que se había divorciado, estaba encinta. Pidió, así, la custodia del concebido. Domicia negó el embarazo. Los príncipes contestaron: “Como lo que Rutilio Severo ha pedido es algo extraordinario, nadie ha de sorprenderse si nosotros también sugerimos un novedoso consejo y remedio, Si el marido persiste en su pretensión, será lo más conveniente elegir la casa de una mujer honestísima, a la que vaya Domicia, y que tres obstétricas, probadas en el arte y en la confianza, elegidas por tí, la examinen. Y si todas ellas, o dos, anunciaren que la ven encinta, entonces la mujer ha de ser persuadida para que admita un custodio, como si ella lo hubiese pedido. Si no está encinta, sepa el marido que incurrirá en deshonra, y que no sin razón se considerará que planeó esto para dañar a la mujer. Si, en cambio, todas o la mayoría anuncian que no está grávida, no habrá ninguna causa para la custodia”.   

Sobre esta respuesta explica el jurista Ulpiano, unas décadas después: “De este rescripto resulta evidentísimo que los Senadoconsultos sobre reconocimiento de hijos no han de tener lugar, si la mujer disimulase estar encinta, o incluso lo negare. Y esto es razonable, porque el parto, antes de nacer, es una porción de la mujer o de sus vísceras. Después de alumbrado el parto, es claro que ya el marido puede, por su ius, mediante un interdicto, exigir que el hijo le sea exhibido, o que le sea permitido llevárselo” (subrayado mío). O sea que el fundamento de los príncipes es la defensa de la mujer frente a una demanda maliciosa del marido divorciado. Éste, aprovechando la idea jurídica, firme en Roma, de que el concebido es una persona diferente de su madre, pretende recuperarla a ésta. Lo que el jurista dice es: ¿cómo podría entregar la mujer al niño que lleva en sus entrañas? Obligarla a hacerlo, sería como exigirle que diese su hígado… Eso es todo, y nada más. Pero en ningún momento se establece que el embrión sea jurídicamente parte del cuerpo de la madre. R.R.-B.