Editorial

EL ABORTO,
SUPREMA VIOLENCIA
MACHISTA Y CAPITALISTA

 

 

    Vamos a partir de algunas afirmaciones que no parecen necesitar demostración, porque son evidentes a partir de la mera experiencia de cualquier humano adulto.

    Primero, que no se puede hablar de elección en la desesperación. Quien no tiene para comer, quien vive medrando en condiciones paupérrimas, olvidado de la sociedad y de las instituciones, posee una libertad filosófica, pero no real, no práctica. Si ofrecemos a una mujer de un lado el aborto, limpio y médico, gratuito y rápido, y del otro lado la odisea de gestar y criar un niño en la pobreza, la desazón y la inmundicia, sin ayuda económica eficaz, sin contención verdadera, sin apoyo sanitario efectivo, educación, trabajo decente... Es obvio que sólo una heroína o una imbécil optarían por seguir adelante con el embarazo.

    Pero, ¿es eso libertad? Más aún, ¿es ese el tipo de programa de acción que el respeto por la condición humana nos inspira? ¿O es un simple y pueril mecanismo de control social para evitar que los recursos de la comunidad se deriven a alimentar y cuidar madres y pequeños pobres (o, peor aún, a terminar con la marginalidad para siempre) y el injusto estado de cosas actual se mantenga? ¿No estamos frente a una notable reencarnación del eterno gatopardismo? Por supuesto que a la comunidad le resulta infinitamente más barato un aborto que un hijo.

    Nótese que el aborto de los ricos nunca ha sido problema. Las mujeres con poder económico, si desean abortar, abortan. Les basta con viajar a países donde esto es lícito. El aborto que se hace una mujer pobre es la muerte de un muy posible futuro pobre más. O sea, la seudo-solución expedita de un conflicto social en ciernes, que la clase dominante prefiere no resolver, porque esa resolución podría implicar la pérdida de parte de sus privilegios. Peor aún: implica la postergación de las manifestaciones de rebelión proletarias, por la vía más supina: la reducción del proletariado a sus límites económicamente imprescindibles.

    Desde este punto de vista, no hay mayor triunfo del establishment capitalista que la instauración de la idea del aborto como un derecho de la mujer (proletaria) en vez de destacar el derecho de exigir del estado el apoyo pleno e integral para la gestación y adecuada cría del hijo. Y no hay mayor victoria para los países poderosos e imperialistas que la radicación de la noción del aborto como derecho en las naciones sometidas, en lugar del clamor por una justa distribución del bienestar mundial, que permita a todas las mujeres del orbe llevar adelante sus embarazos con tranquilidad y no como una desgracia.

      Segundo, que la realización de un aborto no es algo intrascendente para una mujer.

    Así como la gestación tiene lugar en su cuerpo (y eso, ciertamente, hace que no se pueda homologar a la ligera el aborto con el homicidio, en tanto asesinato de una persona ya nacida) la eliminación también. La pérdida espontánea de un embarazo es a menudo (cuando se la conoce, porque la mayoría acontecen antes siquiera de que se descubra la gestación) causa de tristeza. Pero el saberse autora de la muerte, la conciencia de haber dispuesto el fin de esa vida que se desenvolvía dentro de ella, difícilmente sea algo inocuo para la mujer que ha abortado voluntariamente.

    Esto, sin entrar en las consideraciones de tipo físico: la posibilidad de un daño (incluso si el aborto se lleva adelante en un centro médico calificado, porque todas las intervenciones quirúrgicas poseen un grado de riesgo), las molestias generadas por el procedimiento. Todo ello es para la mujer, lo padece ella, incide sobre ella, y es ella quien lo va a acarrear todo el resto de su vida. Para el hombre, por compañero que sea, siempre se tratará de hechos externos, lejanos. Podrá solidarizarse, compartir con afecto. Pero en su cuerpo no se muere nada. Nadie le introduce instrumentos quirúrgicos. Él puede ir con su compañera al hospital el día de la operación, pero sale físicamente igual que como entró. Ella no.

    El aborto marca una diferencia invencible entre hombre y mujer. Tan infranqueable como la gestación. Son fenómenos imposibles de comunicar. Exclusiva y esencialmente femeninos. Por eso, cualquier política pública y cualquier pedido privado tendiente a que un embarazo no deseado determinado se "resuelva" por la vía del aborto, no puede sino implicar un ejercicio de prepotencia machista sobre la mujer en cuestión.

    Los abortos deliberados suceden cuando hay embarazos que no se quieren. Cuando el origen de esos embarazos es una violación, el problema presenta otras características. Lo hemos abordado en anteriores editoriales, no lo haremos hoy. Cuando no es una violación, normalmente el deseo de no quedar encinta ya estaba en la mujer antes del coito. Entonces, lo que falló fue la metodología empleada para evitar la concepción, o bien simplemente no se usó ninguna.

    La concientización en el sentido de que una de las consecuencias típicas de la cópula es el embarazo, aunque parezca mentira, no se ha logrado todavía. La difusión de las técnicas de anticoncepción, y su disponibilidad al alcance de todas las mujeres, también es una asignatura pendiente. Además, en contextos de alta violencia física masculina, es muy difícil para la mujer exigir del hombre el uso de preservativos o la restricción en los días de mayor fertilidad. A los hombres no nos gusta usar preservativo, porque no es lo mismo. Esa es una verdad de la que nadie quiere hablar. Por delgados que sean los profilácticos, nunca se siente como en el acto sexual sin ellos. Por eso, si un hombre es violento y domina a su compañera, o si él paga y pone las condiciones, es muy posible que tienda a no querer emplear esa protección, que es la más obvia, sencilla y eficaz, y la que menos problemas bioéticos plantea, porque no hay dudas de que evita la concepción.

    Muchísimas mujeres saben que el preservativo las protege bastante del embarazo no deseado y del contagio de enfermedades sexuales. Pero de ahí a poderle imponer al hombre su uso, hay mucho trecho. Mientras no se termine con los maltratos físicos masculinos y mientras subsista la prostitución esclava o famélica, la sombra del aborto seguirá oscureciendo el mundo.

    Visto y considerando que los bienintencionados sacerdotes han fracasado en su idílica tentativa de difundir el amor platónico, y ni siquiera han conseguido patrocinar el sexo seco, y que los medios masivos han vencido largamente a los púlpitos, instalando una cultura donde prima la banalización del coito, si se desean evitar los abortos es imprescindible la existencia de sólidas políticas de educación para la anticoncepción, y es necesario que las técnicas instrumentales más simples estén al alcance de todas las mujeres. Con esto se evitarían seguramente muchísimas más muertes que con la penalización férrea del aborto.

    Pero si realmente se desea terminar con el aborto como imposición violenta, machista, capitalista y a menudo imperialista sobre la mujer, la solución parece ser mucho más amplia. Generar una sociedad justa, donde cada ser humano sea la causa y el sol de todo el sistema, sin explotadores y explotados, sin acaudalados y muertos de hambre. Una sociedad donde cada niña o niño sea recibido como una bendición, como una maravilla a ser preservada y llevada hasta sus máximas posibilidades. Una comunidad donde la maternidad sea sentida como algo hermoso, digno de amparo, desde las instituciones públicas primero que nada. Donde los recursos se destinen a la vida.

    Claro, eso implicaría terminar con la hipocresía, con el doble mensaje. Obligaría a la sinceridad y a la coherencia. Y eso es realmente muy difícil.

    Pero imposible, no es.    

                                                                    Ricardo D. Rabinovich-Berkman