FAMILIA—ESCUELA—TRABAJO:

Tres causas fundamentales en las etapas de desarrollo,

formación, educación y madurez de la persona

 

Juan Patricio Avaca*.

 

 

El presente trabajo está articulado en TRES CUADROS BIEN DEFINIDOS: El primero de ellos, presenta un DIAGNÓSTICO de las conductas de los menores (realizado sobre la base de una comparación entre las conductas de los menores en el pasado y las conductas de los menores en el presente, seguido de una valoración crítica) que nos permite conocer —mediante la observación de signos sensibles— lo más medular de la naturaleza de los problemas de conducta que hoy presentan los menores de nuestra sociedad.

 

Ahora bien, si la más elemental filosofía nos ha enseñado que “los efectos están contenidos en las causas”, debemos afirmar que las malas conductas que hoy presentan los menores de nuestra sociedad, son los efectos actuales de causas concretas y remotas que las han originado; y, consecuentemente con ello, cualquier proyecto que intente remediar esas malas conductas, será eficaz y duradero en la medida que sean indagadas las causas últimas que han originado aquellos comportamientos. Y es en las causas —estoy firmemente convencido— donde se deben aplicar los remedios.

 

El segundo cuadro constituye el NUDO de esta exposición porque allí voy a reflexionar detenidamente sobre algunas causas —las que considero capitales por ser las más importantes— que podrían revertir las conductas de los más jóvenes de nuestra sociedad. Me referiré a la influencia positiva que la familia, la escuela y el trabajo juegan como causas de madurez efectiva en las etapas de la vida de toda persona humana. Sin embargo —es necesario reconocer, también— esas causas irán produciendo efectos positivos en el crecimiento humano de las personas en la medida que, cada una de ellas, este bien constituida e íntimamente integradas entre sí. Y aquí se impone destacar el rol y el lugar que debe tener el principio de subsidiariedad por ser el principio social que garantiza el justo y sano equilibrio de las relaciones humanas en el ejercicio libre de sus derechos y correlativos deberes.

 

Y, el desenlace final, marcado en una conclusión valorativa, es lo que vendrá a constituir el último cuadro de esta exposición.

 

 

I. DIAGNÓSTICO.

 

 

1.1. LOS MENORES EN EL PASADO.

 

—Los menores, hasta una edad bastante avanzada (aproximadamente, los 14 o 15 años) se comportaban como niños;

—No estaban mucho tiempo a solas en sus hogares, puesto que la mayoría de las madres pasaban gran parte del día con sus hijos, mientras sus esposos trabajaban;

—Tenían acceso a muy contados objetos peligrosos porque era mayor la vigilancia que sus padres y abuelos realizaban sobre ellos;

—Recibían en sus hogares una educación orientada a amar la verdad, la lealtad, el respeto a las personas, el sentido de la justicia, la fidelidad a la palabra dada, etc.; es decir, se hacía mucho hincapié en los valores humanos. Por ejemplo, la obediencia, el orden y la sinceridad son valores que los menores están capacitados de asimilarlos antes de los 8 años.

—Recibían una educación en la escuela que luego era continuada en el hogar;

—Recibían de sus familias una marcada educación en la verdadera compasión, la coherencia de vida, la perseverancia; y, en el equilibrio de juicio y comportamiento; porque, como sabiamente referían los antiguos, “quien no vive como piensa terminará pensando como vive”. Lo que quiero destacar es que se insistía en la asimilación de hábitos naturales como la fortaleza, perseverancia, responsabilidad, paciencia, laboriosidad, generosidad, etc., valores que —según prestigiosos profesionales— deberían ser asimilados por los menores entre los 8 y 12 años de edad.

—Eran severamente corregidos por sus faltas cometidas, siempre que no adecuaran la conducta con la enseñanza recibida.

—Tenían acceso a escasos medios de comunicación en los que los comunicadores sociales, no sólo cuidaban mucho la forma de expresión, sin no también el contenido de lo que se transmitía;

—Eran educados en la fe, puesto que la religión cristiana tenía mucho peso y una enorme grey de fieles. Antes, los ministros de la religión católica se caracterizaban por llevar una vida intachable, misionera y de predicación de la verdad con absoluta claridad y sin ambages ni medias tintas.

—Se divertían en torno a grupos familiares. No existían patotas ni grupos juveniles violentos. La drogadicción y el alcoholismo eran un problema menor y acotado a ciertos grupos sociales;

—Eran sujetos de daños que no iban más allá de una ventana rota con la pelota o un pequeño accidente en la calle con la bicicleta. Por ello, hasta bien entrado el siglo XX, el problema de los daños causados por menores era un tema, jurídico, casi curioso

 

 

1.2. LOS MENORES EN EL PRESENTE.

 

—Desde muy temprana edad se comportan como adultos, realizando actos que antiguamente eran impensables hasta los 20 años.

—Están frecuentemente solos en sus hogares, puesto que ambos progenitores tienen, en el mejor de los casos, la imperiosa necesidad de trabajar. Lo que quiero destacar aquí es que los padres pierden una oportunidad temporal maravillosa de educar a sus hijos en una etapa calve de sus vidas.

—La vida se ha tecnificado tanto que la mayoría de los menores tienen acceso a una multitud de elementos que (aunque buenos en sí mismos) son peligrosos y hasta pueden resultar lesivos para ellos, por el mal uso que éstos le dan;

—Son víctimas de una falta de educación y formación de valores porque la presencia de los padres está notablemente resentida y casi anulada; o bien, no existe o es más que relativa;

—Reciben una educación en la escuela que después no es continuada en el hogar; o al revés, la buena educación recibida en la familia, se ve menoscabada por el contacto con otros menores sin educación;

—Son víctimas de la cultura light donde no existe nada duradero ni valores asentados y la vida se torna cada vez más laxa y permeable;

—Sufren la falta de corrección fraternal, maternal o paternal; e incluso, muchas veces ni siquiera se les da la posibilidad de negarles nada de lo que ellos quieren;

—Tienen acceso a una multitud de medios de comunicación, incluso marginales, donde muchos de los comunicadores sociales no cuidan la forma de expresión; y, con frecuencia, el contenido de lo que transmiten roza la pornografía, la instigación al delito, cuando no configuran el tipo penal, ante la pasividad de los organismos de control[1];

—Son víctimas de un ateísmo práctico que les da una visión lisa y llanamente natural y materialista de la realidad, donde la formación de la conciencia no existe y Dios no tiene lugar en sus vidas. Lamentablemente se está afincando cada vez más esa idea de que al menor hay que dejarlo que él decida libremente, ya siendo mayor de edad, si va a recibir o no la fe. Respeto a quines piensan así, pero no puedo compartir tal manera de pensar por tratarse de una actitud que se reciente en sus propias bases por falsa e irreal. Yo me pregunto: ¿por qué privar a los menores de esta herramienta sobrenatural maravillosa a la que ellos podrían recurrir, cuando la vida los ponga de frente a problemas y obstáculos humanamente insuperables?

—Forman parte de grupos juveniles violentos donde la drogadicción, el alcoholismo, tabaquismo, prostitución es algo casi normal. El vandalismo juvenil es un problema serio y un verdadero reto para la sociedad. Hoy tenemos la globalización cultural, tribus urbanas, jóvenes pintados como Pokemón que conviven en el aula;

— Son sujetos de numerosos delitos (ya sea contra las personas; contra la integridad sexual; contra la libertad; contra la propiedad; etc. )[2].

 

 

1.3. RESULTADO CRÍTICO-VALORATIVO.

 

Ahora bien, ¿cuál es la causa última que está desarticulando cada vez más el tejido humano de nuestra sociedad?

 

A mi modo de ver, no hay una única causa; por el contrario, son muchas y variadas las causas productoras de los efectos críticos y lamentables que acabamos de enunciar. Pensemos, por ejemplo, en las siguientes:

 

—No existen líderes, hombres y mujeres (ya sean padres de familia, docentes o religiosos) que encarnen valores y virtudes que, como tales, se conviertan en modelos positivos para los menores y jóvenes. Todo lo contrario, cada vez crece más la corrupción de menores por parte de aquellos que están llamados a liderar, a educar, y a formar a los más chicos;

—A esa falta de ejemplos humanos, debemos sumar el creciente y descontrolado consumismo y permisivismo sociales que han puesto en crisis muchos de los valores humanos de los menores;

—Un alto porcentaje de padres de familia, están ausentes en la vida y en los problemas de sus hijos. Actualmente, son muchos los niños, adolescentes y jóvenes que —en medio de las contrariedades de la vida, que no son pocas— no tienen un pecho paterno o materno dónde reclinar sus cabezas, dónde depositar sus penas, dónde consultar sus dudas, porque el padre o la madre —entre otras opciones— ha optado por satisfacer intereses egoístas o su satisfacción personal al margen de la familia. Hoy los padres de familia se han empeñado en la búsqueda egoísta de su propia felicidad olvidándose de la felicidad de sus hijos;

—Muchos padres de familia han puesto más el acento en sus derechos que en los deberes para con sus cónyuges e hijos. Se han olvidado que constituir una familia supone, primordialmente, afrontar responsabilidades o deberes más que reclamar derechos.

—Aumenta el número de madres solteras y, evidentemente, el padre estará ausente en el proceso de crecimiento humano de ese niño.

—Los abortos realizados en niñas menores, adolescentes y jovencitas es una realidad que deja numerosas secuelas físicas y psicológicas en el alma de aquellas.

—Actualmente crece el número de hogares donde conviven bajo el mismo techo hijos de diferentes relaciones y hasta, incluso, de distintas generaciones.

—Las separaciones matrimoniales y los consiguientes padrastros, madrastras y hermanos postizos es un dato que va in crescendo y las estadísticas confirman que esto no es positivo para la madurez afectiva de los menores.

—La equiparación del matrimonio auténtico con la “pareja estable” para efectos de procreación.

—La difusión cada vez mayor del concubinato. La ley ve con disfavor al concubinato y nuestro Código Civil no legisla sobre este tipo de uniones. Es que “desde el punto de vista sociológico se presenta como un hecho grave en razón de la libertad sin límites que confiere a los concubinos una situación fuera del derecho. Esta libertad extrema es incompatible con la seguridad y solidez de la familia que crean. Es contraria al verdadero interés de los mismos compañeros (…). Es contraria al interés de los hijos (…). Es contraria al interés del Estado”[3].

—Y, ahora, no sólo se quiere equiparar al matrimonio con las uniones civiles de personas del mismo sexo sino que intentan otorgarle, de a poco, las características de una institución. No sería raro que después se pida la enmienda del Código Civil y se pretenda darle la naturaleza jurídica que tiene el matrimonio. Vale la pena recordar aquí, que “la ley ha formulado una clara distinción entre nulidad e inexistencia; ésta se encuentra prevista y reglamentada en el Art. 172; aquélla, en los Arts. 219 y ss. La propia norma ha precisado la más importante de las consecuencias legales, al disponer que los matrimonios inexistentes no producen efecto alguno, aunque sean contraídos de buena fe, mientras que los nulos, en esa misma hipótesis, los producen y muy importantes”[4].

—Es notable, también, que la escuela en este momento no está preparada para garantizar la cohesión social y no está a la altura de la nueva cultura juvenil que le da mucha importancia a la imagen, el cuerpo, la tecnología y que pone mucho énfasis en el presente.

—La escuela secundaria argentina padece una crisis de identidad que le impide dar respuesta a las nuevas expresiones de la cultura juvenil que hoy puebla las aulas.

—De hecho, sólo el 48,5 por ciento de los jóvenes argentinos logra terminar la secundaria, mientras el 38 por ciento de ellos lo hace con sobreedad[5].

—Después, la desocupación y la exclusión social son el segundo y el tercer problema de los jóvenes argentinos. Según la Dirección Nacional de Juventud, sólo el 37,45 por ciento de las personas entre 15 y 29 años tiene trabajo.

 

 

II. EL ASPECTO POSITIVO DE TRES CAUSAS

FUNDAMENTALES EN LAS ETAPAS DE FORMACIÓN, EDUCACIÓN Y MADUREZ HUMANA DE LA PERSONA.

 

Sin embargo, considero que entre esas varias causas enumeradas, hay tres de ellas que tienen un influjo particular en el proceso de madurez humana de una persona. De manera que la ausencia de esas causas produce una profunda e insanable crisis social. Ellas son, La FAMILIA, la ESCUELA y el TRABAJO.

 

A continuación explicaremos cada una de ellas, sobre la base de un presupuesto fundamental: La opción firme y decidida por una posición antropológica[6] y jurídica[7], realista y objetiva que reconoce a la PERSONA HUMANA, la dignidad singular y sagrada que le son propias; y que, además, concibe a la SOCIEDAD como un conjunto de seres libres; donde las personas nunca serán un medio, sino el fin; la FAMILIA y la ESCUELA, instituciones necesarias que no estorban; y el TRABAJO, una imperiosa necesidad que exige una urgente atención e inteligente solución.

 

 

2.1. LA FAMILIA.

 

LA FAMILIA, en nuestro régimen jurídico GOZA DE UNA PROTECCIÓN INTEGRAL: “El Estado otorgará (…) la protección integral a la familia…”[8].

 

LA FAMILIA es una INSTITUCIÓN DE ORDEN NATURAL, en cuyo seno, es concebido, nace, crece, se desarrolla, se forma y educa primordialmente toda persona humana.

 

Y, es en LA FAMILIA donde se llega a pensar en la persona humana más por lo que ella es, que por lo que hace. EN LA FAMILIA, LA PERSONA ES ACEPTADA EN FUNCIÓN DE LO QUE ELLA ES: “PERSONA HUMANA SINGULAR”. Así, pues, el PADRE y la MADRE no clasifican a sus hijos sino que los aceptan por lo que estos tienen de irrepetible y singular. En este sentido, la familia es el marco natural donde se da un conjunto de relaciones entre sus miembros en lo más profundo y lo más específico que tiene la persona, o sea su intimidad.

 

EN LA FAMILIA NUNCA TERMINA LA ACEPTACIÓN DE LA PERSONA, porque ella: fue, es y será aceptada en función de lo que ella “es”. Así, pues, lo que los PADRES han aceptado de su hijo, no es nada transitorio porque lo radical de la persona no cambia. ESTA ACEPTACIÓN INCONDICIONAL y, además, PROLONGADA EN EL TIEMPO, es la que PRODUCE LA SEGURIDAD HUMANA QUE NECESITA TODO NIÑO PARA SER BUENO, mejorar a lo largo de su vida y, finalmente, ser optimista en todas las circunstancias adversas y en las contrariedades con las que se va a encontrar. Es esta aceptación incondicional la que PRODUCE ESTABILIDAD EN LA CONDUCTA DEL NIÑO. Es lógico, entonces, que una persona que no tiene seguridad ni estabilidad (ad intra) en sus relaciones con su familia, termine siendo inseguro e inestable en los otros aspectos de su vida (ad extra).

 

EN LA FAMILIA CADA MIEMBRO TIENE LA POSIBILIDAD DE DESARROLLARSE CON ESTILO PERSONAL Y SINGULAR —en virtud de que ha sido aceptado como una persona humana singular— no llevado al azar por influencias externas, sino a través del marcado contacto humano con los demás miembros de la familia que también presentan valores asimilados en lo más íntimo de sus personas. Los padres se preocuparán porque sus hijos sean “ellos mismos”.

 

En LA FAMILIA, los padres tienen el deber indelegable de acompañar a sus hijos para que estos desarrollen lo que les es propiamente natural: LA INTIMIDAD DE CADA UNO y para ello hace falta llegar a conocerse, en primer lugar. Por eso, el padre y la madre ayudarán y acompañarán a su hijo para que éste se conozca a sí mismo, descubra todas sus potencialidades humanas y sepa, también, cuáles son los peligros que —no trabajados— podrían impedir el logro de aquellas potencialidades singulares que el niño posee. Aquí los pasos para el óptimo desarrollo del ser irrepetible y singular son los siguientes: “Autoconocerse” para “autoposeerse” y, para finalmente, “entregarse” o “donarse”[9]. Esto se logra con el desarrollo de las virtudes[10] humanas, ya intelectuales como morales[11]. Precisamente por eso puede decirse que la madurez natural del hombre está en el resultado del desarrollo armónico de las virtudes humanas; a saber: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

 

EN LA FAMILIA PODEMOS CONSEGUIR QUE LAS PERSONAS DESARROLLEN LAS VIRTUDES MOTIVADAS POR LA CARIDAD Y EL AMOR A LOS DEMÁS Y EL DESEO DE CONSERVAR LA UNIDAD EN LA DIVERSIDAD, fundados en la certeza de que todo miembro de la familia tiene el deber de ayudar a los demás miembros a mejorar, porque mientras uno convive con otras intimidades en una organización natural, lo que crece o lo que se enferma es un mismo cuerpo, una misma entidad: LA FAMILIA. Porque así como el cuerpo humano es uno a pesar de tener muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, forman un mismo cuerpo, así también la familia. Y así como, cuando un miembro del cuerpo sufre, sufren con él todos los demás miembros; y si un miembro es honrado, se regocijan con él todos los demás miembros. Lo mismo sucede con los miembros de una familia[12].

 

La familia da el BIENSER a la persona humana en el ámbito natural.

 

 

2.2. LA ESCUELA.

 

Nuestra Constitución nacional, por un lado, exige que las provincias garanticen y aseguren la educación primaria[13]; y, por otro, manda al Legislador a sancionar las leyes de organización y de base de la educación[14]. Por ello el Congreso de la Nación ha puesto en ejercicio tal competencia al dictar la llamada “Ley Federal de educación”, Nº 24.195; y, últimamente, la nueva Ley de Educación, Nº 26.206, la que declara la obligatoriedad de la educación secundaria.

 

LA ESCUELA es una INSTITUCIÓN DE ORDEN CULTURAL y como tal está llamada a apoyar a la familia en la formación y educación cultural de los hijos. Es por ello que la ESCUELA ayudará positiva y eficazmente a que la persona interiorice sistemáticamente la cultura; vale decir, que será como el andamio para que aquella se cultive eficazmente.

 

En LA ESCUELA, la persona será considerada más por lo que ésta hace que por lo que ella es. Ello significa que LA ESCUELA clasificará a las personas humanas por lo que éstas pueden dar y producir. Así, pues, LA PERSONA SERÁ ACEPTADA EN FUNCIÓN DE SER ESTUDIANTE Y EN LA MEDIDA QUE CUMPLA CON EL DEBER DE APRENDER[15]. Esto es lo que se desprende del espíritu contenido en la letra del Artículo 14 de la Constitución Nacional donde se reconoce —entre otros— el derecho de “enseñar y aprender”.

 

LA ACEPTACIÓN QUE LA PERSONA RECIBE EN LA ESCUELA ES TEMPORAL Y CONDICIONADA AL HECHO DE SER ESTUDIANTE. En la escuela se apreciarán las potencialidades de las personas humanas; y se premiará el esfuerzo que cada una de ellas haga por desarrollar ampliamente lo que ella es.

 

EN LA ESCUELA, LA PERSONA ENCUENTRA EL INTERÉS DE DESARROLLAR LAS VIRTUDES Y EL CONOCIMIENTO CON LA MOTIVACIÓN DE LOGRAR UN MAYOR RENDIMIENTO HUMANO CON RELACIÓN A LAS OTRAS PERSONAS. Es decir, la escuela es el ámbito donde las personas desarrollan distintas virtudes y conocimientos, parcialmente motivadas por el deseo de conseguir un mayor rendimiento humano y cultural.

 

En la escuela los maestros y profesores tienen el deber de acompañar a sus alumnos para que estos desarrollen lo que es propiamente cultural.

 

En la escuela PODEMOS CONSEGUIR QUE LAS PERSONAS DESARROLLEN SU CAPACIDAD INTELECTUAL MOTIVADAS POR LA SOLIDARIDAD A LOS DEMÁS Y EL DESEO DE LOGRAR EL BIEN COMÚN.

 

La escuela da el BIENSER a la persona humana en el quehacer cultural,

 

Recapitulando todo lo que hemos dicho hasta este momento diremos que sólo una FAMILIA bien constituida y una ESCUELA bien organizada, le podrán dar y procurar el BIENSER a la persona humana. La FAMILIA, en el ámbito natural; la ESCUELA, en el quehacer cultural. Y las funciones de ambas, además de ser indelegables, se reclaman entre sí desde el primer momento. ¿Cuándo se da ese primer momento? Cuando el niño ingresa al primer grado de la escuela primaria[16].

 

Ahora bien, aquí surge la necesidad de detenernos en la consideración de un principio fundamental que sustenta el orden social; y, en el caso particular que estamos tratando, entre la familia y la escuela, hace de nexo indispensable para que el hilo formativo y educativo de la persona no se corte, interrumpa, ni pierda continuidad. Me refiero al PRINCIPIO DE SUBSIDIARIEDAD[17]. Un principio social que hoy está totalmente desarticulado y cuya inexistencia podría ser una de las causas de los desórdenes humanos que los docentes sufren en las aulas de las escuelas donde trabajan.

 

 

2.3. PRINCIPIO DE SUBSIDIARIEDAD.

 

El principio de subsidiariedad garantiza el justo y sano equilibrio de las relaciones humanas, en el ejercicio libre de los derechos y deberes sociales. Se apoya en la obligación solidaria de las personas de prestarse subsidio, subvención y suplencia. Mueve a la sociedad y al Estado a socorrer y ayudar a los ciudadanos, para que se haga posible que cada uno pueda asumir realmente sus propias facultades y responsabilidades. “De este modo, el Estado —más que sometido al Derecho, en el sentido de sometimiento a la ley— se encuentra vinculado a la justicia, en sus diferentes especies, sin poner exclusivamente el acento en la justicia distributiva (como aconteció durante la etapa del llamado Estado de bienestar o Estado social) y asignándole una mayor potencialidad y trascendencia al cumplimiento efectivo de las funciones estatales básicas. En síntesis —si el bien común que constituye el fin o causa final del Estado posee naturaleza subsidiaria y se encuentra subordinado al mantenimiento y al desarrollo de la dignidad de las personas que forman parte de la sociedad civil— el Estado no puede absorber y acaparar todas las iniciativas individuales y colectivas que se generan en el seno de aquélla. En otros términos, que la subsidiariedad es una obligada consecuencia de la propia naturaleza de la finalidad que el Estado persigue y el presupuesto indispensable para el ejercicio de la libertades del hombre”[18].

 

¿Y de qué modo se aplica, dentro del tema que estamos considerando, el principio de subsidiariedad? Se debe aplicar, dando siempre preferencia a los grupos sociales intermedios, de menor a mayor, y respetando el ámbito propio de cada comunidad natural y de cada asociación libre. Por ejemplo, lo que pueda hacer la FAMILIA no lo hará la ESCUELA y lo que pueda hacer la escuela no lo hará el ESTADO. Y si descendemos aún más, debemos afirmar que lo que pueda hacer el niño o la niña, no lo hará su madre o su padre; lo que pueda y deba hacer la madre y el padre para con sus hijos, no lo harán los maestros y profesores de las escuelas; y todo lo que estos últimos puedan y deban hacer por los alumnos, no lo hará la provincial.

 

Y Así en todos los órdenes de la actividad humana: lo que pueda hacer la empresa privada no lo hará la empresa pública; lo que pueda hacer el municipio no lo hará la provincia y lo que pueda hacer la provincia no lo hará el gobierno central de la nación. De tal modo que se garantice tanta sociedad como sea posible y tanto estado como sea necesario[19].

 

Hasta acá hemos meditado —muy someramente— sobre la familia y la escuela como instituciones unidas por el principio de subsidiariedad[20]. Y hemos concluido que esa es la plataforma que le otorga el BIENSER a la persona humana. Y ahora corresponde preguntarse si ello es bastante para la formación, educación y madurez humana integrales de una persona. Rápidamente debemos responder que no.

 

Efectivamente, ello sería suficiente si el hombre fuera sólo alma humana. Pero, sabemos que el hombre tiene un cuerpo humano. De aquí que la persona necesita unas condiciones materiales adecuadas respecto al bienestar suyo. Y aquí acabamos de incorporar la palabra BIENESTAR. Parecería, entonces, que al BIENSER le sigue el BIENESTAR.

 

La familia necesita un ingreso mínimo, para procurarse una adecuada alimentación, necesitan una casa donde vivir, un ambiente material digno que les permita desarrollar una vida sana y saludable, ropa, luz, cosas materiales, etc. Pero no es éste el punto de vista desde dónde quiero desarrollar la idea del BENESTAR.

 

Quiero que traslademos la mirada al BIENESTAR como la etapa que se convierte en el desenlace del BIENSER. Lo que quiero demostrar es que, llegado el tiempo oportuno, los niños, adolescentes y jóvenes de nuestras escuelas que habiendo terminado de estudiar, necesitarán trabajar. Y este es el otro punto que vamos a considerar a continuación.

 

 

2.4. EL TRABAJO.

 

El reconocimiento del derecho al trabajo aparece en casi todas las Declaraciones y Constituciones modernas de los países occidentales. El derecho al trabajo se plantea de la forma siguiente: Es solamente un derecho moral que, por consiguiente, no es necesario proclamar; o, por el contrario, es un verdadero derecho positivo, jurídicamente reconocido. Entre nosotros, el trabajo no sólo es un derecho moral, sino también un verdadero derecho positivo. Nuestra Constitución habla del derecho “de trabajar y ejercer toda industria lícita” (Art. 14).

 

El derecho de trabajar es el que toda persona tiene de elegir la actividad que va a desarrollar como medio de subsistencia. No es un derecho absoluto sino relativo, porque debe ser ejercido “conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio” (Art. 14).

 

Por ello, el hombre, después de una determinada edad y habiendo adquirido una cierta madurez humana y cultural, tiene el derecho a TRABAJAR. El trabajo, según la Rerum novarum, pertenece a la vocación de toda persona humana. El hombre se expresa y se realiza mediante su actividad laboral.

 

El TRABAJO, entendido como una fuente laboral bien organizada, digna y estable jugará en el ámbito del tejido humano como una causa óptima y favorable para el desarrollo de valores humanos. Y aquí entra en escena el rol subsidiario del Estado, llamado a “proveer lo conducente al desarrollo humano (…), a la generación de empleo, a la formación profesional de los trabajadores (…), a la investigación y al desarrollo científico y tecnológico, su difusión y aprovechamiento”[21].

 

Esto es así, porque el trabajo constituye para el hombre una de las dimensiones fundamentales de su existencia y es un instrumento de perfección del hombre. El hombre, mediante el trabajo, no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre[22].

 

Recientemente, Laura Hojman, DyN, manifestaba la imperiosa demanda de los jóvenes: el pedido por una educación de calidad seguido del trabajo decente. Y, citando a Dana Borzese —investigadora de SES[23]— refiere que en la Argentina “la educación y el trabajo aparecen articulados en las problemáticas que trabajan los movimientos juveniles”.

 

“Hoy, las estadísticas muestran claramente que los jóvenes continúan liderando las más adversas realidades en lo que hace a condiciones socioeconómicas, educativas y laborales. En Argentina viven aproximadamente 11 millones de jóvenes; de los cuales, la mitad se encuentra en una verdadera situación de pobreza; más del 20 % está excluido del sistema educativo formal; y el 15 %, no estudia ni trabaja[24].

 

Recientemente, el Ministro de Educación, Juan Carlos Tudesco, destacaba que “la obligatoriedad del nivel medio sólo se sostendrá con una distribución equitativa de la riqueza, que permita a todas las familias enviar a sus hijos a la escuela y garantizar que no tengan que enviarlos a trabajar prematuramente (…). Una sociedad que declara la obligatoriedad de la educación secundaria necesita niveles de equidad…”[25].

 

 

III. CONCLUSIÓN VALORATIVA.

 

Lamentablemente, el poder político en la Argentina —el que ha sido usado para dominar más que para buscar y lograr el Bien Común— ha jugado un papel absolutamente negativo y perverso en lo que toca a la familia, la educación y el trabajo, generando una civilización de hombres y mujeres inmaduros, inestables, egoístas, amadores de sí mismo, soberbios, maldicientes, desobedientes a sus padres, maleducados, enemigos de todo lo bueno, traidores, temerarios, amadores de los placeres, tomando decididamente partido en contra de la vida.

 

En efecto, el poder político, deliberadamente, ha abandonado a los niños, a los jóvenes, a los padres y a los docentes. Y mientras los primeros, son el futuro y el porvenir de la sociedad; los segundos son los encargados de transmitir la formación, educación y conocimientos al porvenir.

 

Alguien dijo que “la experiencia es una luz que los mayores llevan en sus espaldas”. Esto es cierto y maravilloso para ilustrar lo que debería ser el camino de padres, madres y docentes recorriendo el camino de la vida con una luz que va iluminando el camino del porvenir de los más pequeños. Creo que, en este sentido, es lícito hacer de padres y docentes, los sujetos de aquella expresión de Jesucristo: “Ustedes son la luz…” (Mt. V, 14)[26].

 

Sin embargo, muchos de nuestros gobiernos no han generado políticas sociales de ingreso ciudadano para la niñez, los jóvenes, las familias y los docentes. No han pensado, ni piensan en una política que genere proyectos donde esté presente la redistribución que implique mayor desarrollo educativo.

 

El contenido de todo lo que acabamos de reflexionar, nos ha ofrecido luz suficiente para darnos cuenta qué distinta sería la situación y el panorama social reflejado en nuestros niños y jóvenes si todos éstos provinieran del seno de familias bien constituidas, donde exista una fuerte, amorosa y eficaz presencia de padres y madres generosos cumpliendo, eficazmente, cada uno de ellos el rol insustituible e indelegable en la formación y educación de sus hijos dentro del marco natural de la institución familiar y a la luz del principio de subsidiariedad.

 

De este modo no se vería menoscabado el rol que debe desempeñar la escuela como institución cultural. Estas dos causas surtirán como efecto el BIENSER de la persona humana. Y si a esto le sumamos el BIENESTAR alcanzado por el trabajo como fuente laboral digna, estable y en la que el hombre se realiza humanamente, entonces el ambiente que se respiraría en el interior de nuestra sociedad sería otro.

 

Por nuestra parte, no permitamos que la persecución de nuestra felicidad nos haga olvidar del cumplimiento de nuestros DEBERES.

 

Enseñémosle a nuestros hijos y a los menores en las escuelas que construir una familia supone, sobre todo, afrontar responsabilidades y deberes. Insistamos en afirmar que nadie tiene el derecho a pensar que el matrimonio sólo se trata de un ensayo de felicidad.

 

Nuestros hijos deben aprender que la paz y armonía conyugal no son el fruto de ensayos reiterados, sino del noble espíritu de sacrificio, abnegación y fidelidad.



* Graduado en Filosofía y Teología (Pontificia Universidad «San Anselmo», Roma, Italia). Licenciado en Teología Dogmática (Idem).

[1] Si bien es cierto que, según la Constitución Nacional, todos gozamos del derecho “de publicar nuestras ideas sin censura previa” (Art. 14); y que, además, “el Congreso federal no dictará leyes que restrinjan la libertad de imprenta o establezcan sobre ella la jurisdicción federal” (Art. 32); sin embargo, esa prohibición no excluye la responsabilidad posterior por lo que se publique. Es más, en la actualidad, la Convención Americana sobre Derechos Humanos de San José de Costa Rica —que recibe jerarquía constitucional en virtud de lo normado por el Art. 75, inc. 22— dispone en su Art. 13, inc. 4 que “los espectáculos públicos pueden ser sometidos por la ley a censura previa con el exclusivo objeto de regular el acceso a ellos para la protección moral de la infancia y la adolescencia…”. Pensemos, por ejemplo, en muchos de los programas actuales de la televisión argentina que sin respetar horarios restringidos se introducen en los hogares difundiendo contenidos tremendamente inmorales para los niños.

[2] La base fundamental del diagnóstico está inspirada en las consideraciones jurídicas realizadas por LÓPEZ MESA M. J., Responsabilidad de los padres: Historia, fundamento y naturaleza; requisitos, alcance de la presunción, exención; en: IDEM., Curso de derecho de las obligaciones. Tomo III (Buenos Aires 2002) pp.147-148. Allí el Dr. López Mesa se refiere a la responsabilidad civil de los padres por los hechos ilícitos de sus hijos menores como supuesto de responsabilidad refleja. Y también en las excelentes trataciones científicas de los Autores siguientes: BLÁZQUEZ N., Bioética y procreación humana (Madrid 1988); MONGE F., Persona humana y procreación artificial (Madrid 1988); ISAACS D., La educación de las virtudes humanas (Navarra 121976).

[3] BORDA G. A., El concubinato; en: IDEM., Manual de derecho de familia (Buenos Aires 122002) p. 42.

[4] BORDA G. A., Nulidad del matrimonio. 1. Matrimonios inexistentes; en: IDEM., o. c., p. 91ss.

[5] Así se expresaba Gladys Acosta Vargas, representante de UNICEF, en el Acto de apertura del Seminario Internacional “Educación secundaria: Derecho, inclusión y desarrollo”, organizado por UNICEF (miércoles 3 de septiembre de 2008).

[6] AVACA J. P., Esse, Sujeto y Persona: ¿Cuál es el constitutivo formal del suppossitum? Un aporte que intenta iluminar la tensión entre individualismo de la persona y convivencia social; en: www.revistapersona.com.ar, Número 8 (agosto de 2002). IDEM., El respeto a los derechos y el cumplimiento de los deberes humanos: Una verdadera expresión social de la dignidad humana; en: www.revistapersona.com.ar, Número 17 (mayo de 2003). IDEM., Derecho a la libertad religiosa (Algunas consideraciones filosófico—teológicas fundamentales); en: www.revistapersona.com.ar, Número 23 (noviembre de 2003). IDEM., El respeto por los más débiles. Frente a la propuesta de despenalizar el aborto, que sorpresivamente puso a debate el Poder Ejecutivo argentino; en: www.revistapersona.com.ar, Número 53 (mayo de 2006).

[7] El Estado debe actuar con arreglo al ordenamiento jurídico, comprendiendo en esta última expresión no sólo a la ley en sentido formal —es decir al acto estatal, general o particular, emitido por el Congreso de acuerdo con el procedimiento previsto para la formación y sanción de las leyes— sino también al sistema jurídico entendido como unidad. Desde esta perspectiva —dice el Dr. Comadira— parece más preciso, terminológica y conceptualmente, referirse no a la legalidad sino a la juridicidad en tanto locución que, por su carácter genérico, describe mejor el fenómeno que se intenta aprehender. Así, el principio de juridicidad implica que las Autoridades estatales deben actuar con sujeción a los principios generales del derecho —aquellos que derivan de la dignidad de la persona y de la naturaleza objetiva de las cosas— a la Constitución Nacional, a los principios que surgen de ella, a los tratados internacionales —que gozan de jerarquía superior a las leyes desde la reforma constitucional de 1994 e, incluso, antes de ella, por imperio de la jurisprudencia sentada en su momento por la Corte Suprema— a la ley formal, a los reglamentos —en subordinación expresada en el conocido principio de inderogabilidad singular de los reglamentos— a los precedentes administrativos, en la medida en que en su seguimiento esté comprometida la garantía de igualdad (Cf. COMADIRA J. R., Derecho Administrativo. Acto Administrativo. Procedimiento administrativo. Otros estudios (Buenos Aires 22004) p. 493-494.

[8] CONSTITUCIÓN NACIONAL, Art. 14 bis. Ni el texto original de nuestra Constitución ni las reformas que se produjeron durante el siglo XIX se refirieron a la familia. Esto cambió con el advenimiento del Constitucionalismo Social. En efecto, la reforma de 1949 había establecido que la familia es “el núcleo primario y fundamental de la sociedad”, que “será objeto de preferente protección por parte del Estado, el que reconoce sus derechos en lo que respecta a su constitución, defensa y cumplimiento de sus fines”. Más adelante, con motivo de la reforma constitucional de 1957, se incorporó el Artículo 14 bis, con el que se enriqueció a nuestro régimen constitucional al incluir normas definitivamente inspiradas en el constitucionalismo social. Tales normas significaron el reconocimiento de los derechos sociales —también llamados derechos de segunda generación— atribuyendo al Estado —que desde entonces fue llamado “Estado Social” o “Estado de Bienestar”— un rol de mayor actividad en la regulación de la sociedad.

[9] Recordemos que toda vocación humana (considerada ésta, in genere, sin distinciones) exige “entrega” y “donación”. La vida matrimonial, por ejemplo, es una especie de vocación que exige del hombre y de la mujer, llamados al matrimonio, la “entrega” y “donación” mutuos.

[10] La palabra virtud tiene su origen en el vocablo latino virtus, -ūtis y éste de la voz, también latina, vis, que significa fuerza, vigor. Primero se usó la palabra para significar la fuerza física; después, para ilustrar la fortaleza o el valor; y, finalmente, para significar “todo hábito moral bueno”. De aquí que todo hábito bien orientado se llame “virtud”, mientras que los hábitos mal orientados se llaman “vicios”.

[11] Para Aristóteles las virtudes se dividían en dianoéticas y éticas. Santo Tomás de Aquino tomó esta división aristotélica al afirmar que “toda virtud humana es o intelectual o moral”. La virtud intelectual más importante es la prudencia y la virtud práctica principal es la justicia.

[12] Para la ilustración de este punto me he servido de la alegoría del cuerpo humano usada por San Pablo para explicar la unidad del Cuerpo Místico, que es la Iglesia, en la diversidad de sus miembros (cf. 1Co. XII, 12-31).

[13] Cf. Art. 5.

[14] Cf. Art. 75, inc. 19.

[15] Por eso el Art. 31 de la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre —que según el Artículo 75 inc. 22 de nuestra Constitución Nacional tiene jerarquía constitucional— establece que “(…) toda persona tiene el deber de adquirir a lo menos la instrucción primaria…”. También la LEY FEDERAL DE EDUCACIÓN había establecido diez años de escolaridad obligatoria comprendida en dos niveles educativos: la Educación Inicial y la Educación General Básica. Y hoy la nueva LEY DE EDUCACIÓN NACIONAL), establece la obligatoriedad de la Educación Primaria (cf. Art. 26) y la de la Educación Secundaria (cf. Art. 29).

[16] Cf. ISAACS D., El valor permanente de la familia, en: IDEM., o.c., pp. 17-36.

[17] Fue la doctrina social de la Iglesia la que elaboró este llamado “principio de subsidiariedad”. A él se han referido PIO XI en la Encíclica Quadragesimo anno. Más puntualmente el Papa JUAN PABLO II, en la Centesimus annus, en el nº 48. Y, también, el CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, en los números 1883, 1885, 1894, 2209.

[18] CASSAGNE J. C., El principio de subsidiariedad; en: IDEM., Derecho Administrativo. Tomo I (Buenos Aires 71998) p. 72-73.

[19] Cf. CIPRIANI THORNE J. L., Subsidiariedad; en: IDEM., Solidaridad, respuesta al problema social (Lima 1989) p. 7.

[20] Llegados a este punto hubiera sido oportuno destacar la necesidad de que los hijos aprendan desde sus primeros años a conocer, a sentir y a adorar a Dios y amar al prójimo según la fe recibida en el bautismo. Porque el BIENSER se integra, también, con la satisfacción de esa necesidad natural que tiene toda persona humana de relacionarse con Dios. De hecho, la “religiosidad” es una constante que se verifica en las culturas de todos los hombres de todos los tiempos. Cf. AVACA J. P., Homo religiosus, en: IDEM., Algunos aportes fundamentales para un análisis cultural de la liturgia (San Luis 2002) p. 3. Trabajo Monográfico presentado en el Seminario: “Emergencia civilizatoria de América latina”, Organizado por el Archivo Histórico de la Provincia de San Luis, en febrero de 2002.

[21] CONSTITUCIÓN NACIONAL, Art. 75, inc. 19. La expresión “desarrollo humano”, incorporada al texto constitucional después de la reforma de 1994 figura también en los Artículos 41; 75, inc. 17; 125. La expresión hace referencia al crecimiento —incluso económico— que implique mejorar la calidad de vida del hombre, incrementando sus posibilidades culturales y fortaleciendo aquellos valores éticos y sociales que favorezcan la convivencia humana. El desarrollo humano, así entendido, desecha el crecimiento exclusivamente material y consumista, egoísta y despiadado con los careciente y alienantes.

[22] Cf. AAVV., El trabajo humano, en: IIDEM., Doctrina Social de la Iglesia. Manual abreviado (Madrid 1996) pp. 217-227. También se puede leer las páginas referidas al trabajo y cultura en la Argentina tratados en: AAVV., Moral Social. Perspectivas de la Doctrina Social Cristiana (Buenos Aires 1995) pp. 285-317.

[23] Fundación Sustentabilidad, Educación y Solidaridad (=SES)

[24] HOJMAN L., Las demandas de los jóvenes; en: El Diario de la República, Año XLI, Nº 17739 (jueves 20 de marzo de 2008) p. 12.

[25] Así se expresaba en Ministro de Educación en el Acto de apertura del Seminario Internacional “Educación secundaria: Derecho, inclusión y desarrollo”, organizado por UNICEF (miércoles 3 de septiembre de 2008).

[26] Recordemos que las dos figuras de la sal y la de la luz, fueron usadas por Jesucristo para ilustrar el deber que tienen los hombres de preservarse de la corrupción y dar buen ejemplo. Cf. STRAUBINGER J., La santa Biblia. Tomo II (Buenos Aires 1986) p. 21 del comentario al nuevo testamento.