Editorial

OCHENTA NÚMEROS,
UN IDEAL,
UN SUEÑO

 

 

    Hace ochenta números y unos siete años y medio, comenzó una historia mientras se apagaba otra. Ésta, la de mi hijo Ricky, breve saga de apenas quince veranos, tejidos en una canción sencilla de amor tenaz a la vida, de deseo de ver el día siguiente, y de agradecimiento profundo, visceral, por cada amanecer nuevo. Aquella otra, la de PERSONA, una revista electrónica modesta, sin otra pretensión que la de comprometerse con el ser humano sufriente, con su dignidad y sus derechos esenciales. La epopeya dulce, triste y pequeña, que se extinguía en una simple cama de hospital, a mi lado, insistiendo en sonreír, inspiró las primeras páginas virtuales, las iniciales peticiones, a amigos muy cercanos, de artículos para lanzarnos al éter virtual. Los ojos adolescentes que pugnaban tercos por no cerrarse, encendieron la idea, regaron con sus chispas ansiosas de sol y de fútbol, de bicicletas y de chicas bonitas, el fuego de una insondable amargura de padre, que no sabía cómo reconstruirse en poema.

    Gracias.

    Gracias a Ricky, por darme sin quererlo, sin saberlo, sin imaginarlo siquiera, el combustible y la máquina, el cincel y la piedra, para sentarme, allí en la oscuridad, en un rinconcito del cuarto blanco, cuando la noche se había llevado ya las visitas y los médicos, y sólo de enfermeras, esperanza y tristeza estaba hecho el silencio, detrás de la puerta, y poner "PERSONA" en una página limpia, y quedarme mirando la palabra recién parida, sometiéndola a un examen mudo, a un interrogatorio, para que me hablase de su pasado y su futuro, de sus implicancias, de sus quejas y fallas... Y me gustó. Porque otra palabra no me daban mejor ni más sonora, más amplia, esas manos largas y heridas de dibujante quinceañero, pronto a embarcarse con miles de personajes que no nacerían jamás, en ese viaje postrero hacia el misterio. Porque era el vocablo que me susurraban al oído los otros nenes y nenas que llenaban, esperando, combatiendo, procurando soñar, el pabellón oncológico.

    Así que quedó "PERSONA".

    Y fluyeron los artículos. Marcelo Bahamondez, el testigo de Jehová luchador y audaz, amigo noble, que diera pie al primer fallo de la Corte Suprema argentina en defensa del derecho a optar por terapias que los médicos no recomiendan, me regaló emocionado el primero. Marcelo nunca había escrito, así, públicamente, sobre su caso, sus experiencias, lo que sintiera en aquellas horas de hierro y vacío. Ahora lo hizo. Y nos brindó así un mágico puntapié inicial, que no olvidaremos nunca. El pionero de decenas de trabajos, que aparecerían desde entonces. Provenientes de cantidad de países. De la Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Perú, Uruguay, Estados Unidos, Canadá, Italia, España, Suiza, etc. Escritos por juristas, economistas, educadores, teólogos, médicos, biólogos, bioeticistas, y más especialidades. Más de trescientos artículos...

    Gracias.

    Honraron los números de PERSONA pensadores e investigadores de merecido y altísimo renombre. Allí están los artículos, y realmente la lista impresiona. Sin embargo, nunca se cerraron las puertas a los jóvenes, a los que recién comienzan el camino de las ciencias, de la reflexión crítica, de la construcción creativa. Grandes maestros compartieron nuestro electrónico espacio con estudiantes, con valientes novicios. Muchos han sido quienes vieron en nuestras ediciones, sonriendo felices, sus trabajos aparecer a la luz por primera vez, su nombre llegando a millares de lectores inquietos. A menudo, nos han expresado su emoción, su alegría comprensible, en afectuosos mensajes privados. Se equivocan. Si alguien debe agradecer, somos nosotros. Por permitirnos cumplir una función, que creemos buena.

    Gracias a las plumas famosas que nos enorgullecen. Gracias a los más novatos que nos asociaron a su amanecer.

    Los artículos de PERSONA generaron contactos entre científicos, encuentros, invitaciones. Muchos trabajos fueron publicados, con la debida autorización, en otros medios, a menudo impresos. Algunos, tras su aparición en nuestras páginas, hallaron el sendero hacia el libro. Las obras comenzaron a ser citadas por otros autores, mencionadas en sentencias judiciales, evocadas en proyectos de leyes, empleadas en monografías de alumnos universitarios y en tesis doctorales. Esto fue sucediendo de a poco, sin alardes, sin sobresaltos. Y los lectores fueron aumentando. Al principio, eran apenas más de cuatrocientos, muchos de ellos amigos. Hoy son miles y miles, y a la mayoría de ellos no tengo el placer de conocerlos. Llegan permanentemente pedidos de inscripción para recibir la revista. Son legión los navegantes de la red que ingresan en el sitio, que se vuelven sus visitantes consuetudinarios, que acaban escribiéndonos... A unos cuarenta países llega actualmente la revista. Desde México a Uzbekistán, desde Uruguay a Turquía, desde Chile hasta Irán, desde Brasil a Australia, desde Suiza a Canadá, desde Italia a los Estados Unidos... Y cada tanto se suma otro país.

    Gracias, amigos que nos reciben y nos leen. Ustedes son nuestro aire, nuestro aliento.

    En PERSONA se han expresado libremente las ideas más disímiles, las posiciones más dispares. Líneas filosóficas opuestas. Doctrinas económicas contrarias. Teorías políticas en pugna unas con otras. Estamos convencidos del valor de la diversidad, de la maravilla del respeto entre los que discuerdan. Mucho más hermoso monumento es el que resulta de erigir la convivencia pacífica sin violentar las convicciones, que las pirámides egipcias, el Taj Mahal o los rascacielos neoyorquinos. Nuestro común denominador es la creencia en la importancia solar del ser humano, de cada miembro de nuestra especie, y en el estudio y la defensa de sus derechos esenciales.

    Esa libertad ha sido nuestro abono, nuestra semilla y nuestra siembra.

    Para preservarla, hemos mantenido con esfuerzo, pero a rajatabla, el carácter gratuito de PERSONA. Sin publicidades, sin ingresos económicos, sin costos. Quien envía una gacetilla de interés, vinculada a la temática de la revista, sea o no lector de ella, la ve publicada luego. Sin pagar nada. Nuestro número de lectores ha motivado ofrecimientos de propagandas remuneradas, de exclusividades, de logos y cuadrillos. Con una sonrisa amistosa nos hemos negado. No es por ese campo que nuestro corcel corre. Galopa, en cambio, como tanto le gustaba hacer a Ricky, las riendas de su caballo sueltas y los largos cabellos flotando, por las arenas sin límite de las playas argentinas: en libertad, desafiando al viento en aras de un sueño. Y los sueños... los sueños no tienen valor en moneda, no tienen precio.

    ¿Cuál es el nuestro?

    Es un sueño sin estridencias. Soñamos con una tarde suave, de cielos benignos, en que las pesadillas de la guerra, del hambre y de la soberbia se hayan diluido para siempre, y reine el amor al otro. Un día de primavera en que seamos, por fin, ciegos a los colores y a tantas otras cosas absurdas, y abiertos a la visión de la profundidad extraordinaria que subyace en el misterio de lo humano. Un alba en que cada uno de nosotros se descubra reflejado en la especie entera. Un crepúsculo de paz con el universo, con el mundo.

    Es un sueño juvenil, adolescente. Como lo era Ricky, cuyo sufrimiento, cuyo combate, cuya humanidad doliente, inspiraran la revista que lo sueña. Es un sueño difícil y remoto, pero eso lo hace más gustoso, más desafiante, más atractivo. Ya que con algo hemos de soñar los que aún soñamos, soñemos con hermandad y no con odios.

    Esa es nuestra idea. Poner la ciencia, la investigación, el arte, al servicio de una humanidad más feliz, de un mundo con mañana.

    Gracias por acompañarnos. Por compartir nuestras páginas y nuestras esperanzas. Por sumar esfuerzos y quimeras. Gracias.

    Gracias por estos ochenta primeros números.    


                                                                                                    
 Ricardo D. Rabinovich-Berkman