Editorial

 

PEDAGOGÍA

PANDÉMICA

    La palabra "pandemia", que ahora se puso tan de moda gracias a la influenza o gripe A (H1N1), contiene una muy triste tergiversación semántica, a cuyo respecto ya no hay nada que hacer. Por empezar, es un neologismo, no el término en sí, sino su significado. O sea que, si bien es una palabra griega antigua, los antiguos griegos no la usaron para decir lo que decimos nosotros.

     Por ejemplo, Platón en Leyes trae la frase "ótan os pandemían exáguein dóxe tois arjousin", que puede traducirse como "cada vez que consideren oportuno sacar a todo el pueblo en masa los que gobiernen" (8.829). Plutarco dice de Teseo (25), "pandemían kathistántos", o sea, "que establecía un pueblo entero". Esquilo, en Las suplicantes (607), por su parte, emplea "pandemía" como adverbio, en función de circunstancial de modo, para expresar que un pueblo votó en forma unánime (éste es un uso raro, porque en realidad hubiera correspondido "pandemeí"). En suma, se trata de un compuesto derivado del prefijo "pan", con el sentido de pluralidad envolvente, inclusiva, hacia adentro o hacia afuera, y el sustantivo "demos", pueblo.

    Un adjetivo vinculado, "pandémios", aparece en la Odisea (18.1): un "ptojós pandémios" es algo así como un "mendigo de todo el pueblo" (del sentido general del verso surgiría la idea de "parásito público"). Platón, en Banquete, habla de "Pandémou Afrodítes", la "Afrodita Popular" (181a). Y después Apolodoro se queja: "lamentable es aquel amante público [erastés pándemos] que ama al cuerpo antes que al espíritu" (183d), y sigue con la idea del "eros pándemos" ("amor popular") más adelante (187e). La Antígona de Sófocles pregunta a su hermana Ismene si conoce la nueva norma que rige "pandemo pólei", "para todos los ciudadanos"  Diodoro de Sicilia se refiere a "pandémois epaínois", "con aprobación universal" (16.20.6).

    Podríamos seguir aportando ejemplos, pero no es del caso, en un simple editorial, aburrir de muerte a nuestros sufridos amigos lectores. Creo que las citas aportadas muestran que la idea de "pandemía" es la de involucrar a "todo un pueblo" (pluralidad interna inclusiva) o a "todos los pueblos" (pluralidad externa inclusiva). En cambio, lo que no aparece por ninguna parte es la vinculación con la enfermedad.

    Porque la "pandemía" era, en general, algo sentido como bueno (incluso con el dejo peyorativo que le da Apolodoro en el Banquete platónico). Ya fuera que implicase la unión de un pueblo, marchando juntos como en Leyes, asentándose sin diferencias como en Plutarco, o votando unánimemente como en Esquilo o en Diodoro. Un poquito fascista para nuestro gusto actual, puede ser, pero agradable en la visión griega clásica de las comunidades políticas, óptica que confería al orden y a la concordia una importancia enorme. Con la confluencia de las ideas étnico-comparativas de Aristóteles y el pensamiento estoico, especialmente en su vertiente romana (o grecorromana), pasa a predominar la idea externa de la "pandemía", como se ve en las extraordinarias notas que deja a su muerte el ecléctico Marco Aurelio (4.4), emperador filósofo (aunque él no usa el término, prefiere hablar de "ánthropon pan guénos").

    Es decir, la imagen es de unión, de comunidad, entre todos los pueblos del mundo. Eso sería, en esta segunda acepción, la pandemia. O sea, algo hermoso. Un ideal a seguir, un sueño de tardes de verano, de aquellos que nos dejan atónitos, ebrios de paz, al despertar con el sol en la cara. Vislumbrada quizás ya por el contradictorio Cicerón, tratada entre tazas de vino italiano por Lucio Séneca en sus debates, cuando Nerón aún era un niño de escuela, susurrada por el hispano Adriano en el oído cómplice de Antínoo, deseada con fervor inquieto por Marco Aurelio, esta idea de la pandemia, expresada con mil frases, giros y palabras, daría al Imperio Romano un sentido nuevo, lo transformaría en el país de la humanidad, daría el combustible ideológico al torturado Caracalla para, aquella mañana de 212, ensortijándose las mechas bereberes de su africana cabellera, declarar por fin ciudadanos a "los que en el orbe romano son".

    Sin embargo, consulto hoy el Diccionario de la Real Academia Española, y me da para "pandemia" un significado triste: "Enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región". Para peor, me aclara que el término deriva "del griego pandemía, reunión del pueblo". Otro tanto me sucede con la dulce lengua portuguesa. El prestigioso Diccionario Aurélio - Século XXI explica que "pandemia" es "doença epidêmica amplamente difundida", reconociendo igualmente el origen helénico que ya conocemos. Como se puede ver, estamos ante una desgracia lingüística, un crimen semántico, una estafa del idioma... Un vocablo maravilloso, que encendía luces de esperanza al pronunciarlo, fue ultrajado, despojado de toda felicidad, y transformado en algo horrendo. Dado que el poder de las palabras es tan asustador como incuestionable, este desfalco es atroz y duele mucho.

    Pero... ¿Y si, conscientes del pasaje semántico que ha sufrido la pandemia, aprovechásemos su historia etimológica para una cosa buena? O sea, ¿y si hallásemos el camino para que las pandemias, que desgraciadamente siguen existiendo, contribuyesen a acercar la pandemía? Ah, eso sería magnífico. Claro que para lograrlo, deberíamos hacer de las pandemias motivos de enseñanza, de aprendizaje. Es decir, construir una especie de "pedagogía pandémica". Reflexionar, tranquilos y sin barbijo, acerca de qué es lo que estas enfermedades imparables, que se expanden sin respetar fronteras ni dialectos, nos pueden brindar si pensamos en la humanidad como un pueblo solo.

    Quizás la primera respuesta sea aquella que, verdad de Perogrullo, vincula las pandemias con la pobreza. Sin hospitales equipados y abundantes, sin casas dignas donde convalecer, sin alimentos que brinden fortaleza al cuerpo y sosiego a la mente, sin educación que permita entender las campañas sanitarias, sin limpieza (agua corriente, potable, y jabón), sin medicamentos al alcance de todos los afectados, sin electricidad, gas, caminos, calor en el invierno, cualquier epidemia es devastadora. La pobreza debe ser erradicada del planeta, pero no matando a los pobres.

    La segunda enseñanza, derivada de la anterior, sería tal vez que de nada sirve la riqueza de unos pocos. La pobreza de unos, acaba enfermando a todos. Dentro de cada sociedad, y en el concierto de las naciones. El "sálvese quien pueda", la agazapada política del burgués que cree que puede arreglárselas solo, y encerrarse en su burbuja de cristal, disfrazada de barrio privado, y sobrevivir mientras allí, allende la muralla del ghetto de lujo, llueven los cadáveres, es de patas bien cortas. Y lo que es válido para las personas, se aplica también a los países. El futuro de la humanidad, forzoso es reconocerlo, es pandémico, en el buen sentido griego clásico. Es decir, es de todos o de ninguno.

    Las pandemias muestran lo ridículo del aislamiento. Combatir la expansión de una enfermedad cerrando fronteras, cancelando vuelos, recomendando no viajar a los países infectados, no sólo es un desatino proclamado por la Organización Mundial de la Salud. También es un monumento a la falta de solidaridad, a la cobardía, a la soberbia. Los virus, los insectos, los vectores malignos, no hacen trámites de migraciones, no son fieles a banderas ni se emocionan con himno nacional alguno. Parece resonar al fondo la tétrica reflexión sartriana "el infierno es los otros", olvidando que los otros quizás sean, justamente, la razón de nuestra propia existencia.

    La aplicación del capitalismo liberal a los campos que los grandes liberales clásicos, como Smith o Ricardo, jamás hubieran pensado (como hombres creyentes y espirituales que eran) dejar librado al juego de ofertas, demandas, codicias e intereses, también es algo que se muestra en toda su patética epifanía a la luz de las pandemias. La salud, léanse remedios, clínicas, sábanas limpias, calefacción, es ahora un bien en el mercado, una "commodity". Si tienes plata y suerte de haber nacido en el lugar correcto, te salvas, te curas (no siempre, pero muchísimas más veces). Si no, te mueres (o sobrevives, llegado el caso, porque la calle te ha hecho fuerte, para seguir medrando).

    La pandemia de gripe A (H1N1) lleva muertas unas 800 personas, y ha sido un magnífico negocio para varias otras, especialmente las vinculadas a los laboratorios poseedores de las cápsulas milagrosas (de cuya real eficacia, tan dudada antes, ya no se puede discutir, porque es blasfemia, y mencionar sus gravísimos posibles efectos secundarios constituye un crimen capital -ya que de capitales hablamos-). Luego, vendrá la hora de las vacunas...

    Como se puede ver, hay mucho y muy bueno para aprender de una pandemia. Y para acercarse, tímidamente, a la "pandemía" soñada. Mala alumna se ha mostrado la humanidad hasta hoy, según se ve, a la hora de las epidemias. Desde aquella, quizás también de influenza, que estalló en el Egipto amarniano y se extendió hasta matar al rey hitita, pasando por la de Tucídides, con escala en la eterna Peste Negra del siglo XIV y llegando a la mal llamada "gripe española" de 1918, las reacciones de mezquindad y estupidez, salpicadas con perlas de grandeza, se han reiterado hasta el cansancio. Por eso estas enfermedades han inspirado a los escritores profundos, a un Camus, al irreverente Saramago... Ponen en evidencia el corazón de la gente, son rayos X del alma.

    Tal vez esta pandemia que se expande sea una oportunidad única, imperdible. Quizás en las alas de este búho de atardeceres podamos elevarnos un poquito más hacia aquella "pandemía" que desde Grecia nos espera, irredenta y radiante, ciega a los colores de piel, sorda a los idiomas, ignorante de dioses y rituales, despreocupada de paraísos y de avernos, insoportablemente ansiosa de la mano en la mano, del labio en el labio, hirientemente consciente de que el arado compartido abre además de surcos sonrisas, y que la alegría de un niño, de cualquier niño, de cualquier niño digo, vale más que el universo.

                                                                                                     Ricardo D. Rabinovich-Berkman