Torres Méndez, Miguel
Jurisprudencia Literaria
y Filosófica
La aplicación del Movimiento
"Derecho y Literatura"
en la Jurisprudencia


Lima, Grijley, 2003, 271 p


 La relación entre el pensamiento jurídico y la literatura artística es tan antigua (puede remontarse a la Epopeya de Guilgamesh, la primera pieza literaria que se conoce) y tan fecunda, amén de francamente obvia, que parece mentira que alguien pueda poner en duda hoy su importancia, así como la relevancia señera de su investigación. El vínculo entre ambos quehaceres (a veces difíciles de distinguir en algunas fuentes) ha sido evidente para los clásicos, que no dudaban en citar a Homero o a Hesíodo en sus tratados jurídicos, y para los grandes modernos. Valgan nombres tan dispares en ideas y geografía como Rudolf von Ihering, Benjamin Cardozo y Machado de Assis.

Sin embargo, el pensador, jurista, magistrado de alma (hoy en valiente y férrea lucha por un alto cargo judicial que le ha sido negado) peruano Miguel Torres Méndez, a quien tengo el placer de conocer y a quien considero mi amigo, escribe este interesante trabajo en son de debate. Su confrontación es con la escuela (él insiste en usar el término "movimiento") llamada del "análisis económico del derecho". Para esta línea de pensamiento (y para muchos de sus cultores, quizás para todos), no ahorra Torres epítetos y acusaciones. El mismo carácter fuerte y vehemente que lo pinta personalmente se trasunta en esas páginas combativas.

Creo que no le falta razón en las bases de su argumento, aunque tal vez le sobren adjetivos y diatribas, porque muchos de los cultores del "análisis económico" son gente seria y profunda, y muy bien intencionada, con unas ideas distintas. Juan Monroy Gálvez, al prologar el libro, es más cauteloso, y asigna el campo contrario a "un arraigado y extremo positivismo". Quizás este destacado profesor peruano coincidiría conmigo en emplear el plural, y hablar de "positivismos", de diferente signo. Porque tanto una postura exegética como otra analítica podrían, en manos de juristas de formación humanista escasa y gran comodidad académica, cerrar el campo científico del derecho a todo lo que no fueran normas, sentencias y en el mejor de los casos libros de doctrina. En cambio, un positivismo sociológico difícilmente lo haría, sino que impulsaría a la lectura de las fuentes periodísticas y literarias (¿no es, desde esa óptica, positivista el propio Torres Méndez?).

El trípode que esta bien lograda obra presenta, derecho-literatura-filosofía, es (como correctamente lo plantea su autor) un modelo de abordaje pedagógico para el jurista. En realidad, lo bueno que ese paradigma presenta, a mi humilde juicio, es la incorporación de los factores extra-jurídicos (que, en definitiva, también son, indirectamente, parte del terreno de estudio del jurista y, de esa manera, se tornan "jurídicos"). De hecho, pareciera que la formación de una mujer o un hombre de derecho se hace mejor y más profunda cuanto mayor sea la presencia de tales elementos. Porque incentivan el carácter humanista de esa educación.

Los arquetipos propedéuticos estructurados alrededor de las leyes y la jurisprudencia, con memorización de doctrina preseleccionada como catalizador, se muestran en nuestros días felizmente perimidos. Su reemplazo unívoco por modelos igualmente monolíticos, donde el factor hegemónico sea otro (por ejemplo, la economía) en nada mejora el panorama. Si el primer esquema creaba burros, el segundo hace jumentos.

Un querido amigo común que tengo con Miguel Torres (a través de quién lo he conocido), compatriota de éste, el brillante historiador y pensador Carlos Ramos Núñez, sostiene con optimismo envidiable que, muy ayudados por las posibilidades que la informática y la telemática ofrecen, estamos en el umbral de un nuevo humanismo, de proporciones insondables. Si así fuera (y qué bueno sería) este libro que comento estaría en tal fecundo camino.

Y si así no fuera, valdría mucho la pena leerlo igual.

Ricardo Rabinovich-Berkman