Editorial

¿TERREMOTO
O
GENOCIDIO?
 

"exetázonta emautón kaí tous állous"
"interrogándome a mí mismo y a los otros"
Platón, Apología de Sócrates, 28e

Una imagen de Haití,
antes del terremoto.
¿No viven así hoy
millones de personas,
en decenas de países?

 

"O brave new world
that has such creatures
in it"
Shakespeare
 

    ¿Qué parte de la espantosa cifra de muertos que dejó el terremoto en Haití debe serle imputada a la furiosa madre Tierra? 

    ¿Cuántas vidas fueron en realidad segadas de resultas de una previa situación de absoluta indignidad, tolerada y asumida, cuando no aprovechada, por los poderosos del propio Haití y del mundo? 

    ¿Qué porcentaje de esas circunstancias atroces de violación permanente a las más supinas exigencias de la condición humana se debe a una perdurable actitud de desprecio, aislamiento, explotación, egoísmo y silencio por parte del resto del planeta, iniciada prácticamente desde que ese asombroso e inesperado país de negros libres se independizó, temprana y trabajosamente, de Francia, convirtiéndose en un farol de emancipación para la revolución hispanoamericana y en un oráculo de la abolición de la esclavitud?

    ¿En cuántos otros países del mundo existen hoy, en mayor o menor medida, escenarios semejantes al que exhibía el triste estado antillano antes del cataclismo? ¿Qué cantidad de millones de miembros de nuestra especie viven y mueren en condiciones deplorables, semejantes o peores a las de los haitianos? ¿Y con relación a ellos, qué demonios estamos esperando? ¿Otro terremoto? ¿Un sismo universal masivo? 

    Lo que sucedió en Haití, ¿fue una desgracia o un genocidio? Y si fue un genocidio, ¿quién tuvo la culpa? ¿Puede la responsabilidad diluirse entre millones, o quizás entre los privilegiados que tenemos una existencia económicamente digna? ¿Puede la culpa ser, en realidad, no de personas sino de un sistema, perverso y suicida?

    ¿Estamos sumergidos en un sistema basado en la lucha darwiniana por la vida (o el propio Darwin construyó acaso su modelo explicativo sobre el arquetipo de esa ideología)? ¿Hay lugar en este sistema para la solidaridad, para la fraternidad, o sólo caben la supremacía, la explotación y el egoísmo? ¿Es la llamada "globalización" en realidad nada más que el disfraz mal construido del triunfo de una cosmovisión de dominación, donde el ente humano se transforma en simple consumidor y el trabajo en mera mercancía? ¿Es ésta la victoria de una declamada libertad donde los poderosos destrozan a los débiles y los disecan hasta extinguirlos, repitiéndoles hasta el cansancio la belleza de ser libres?

    ¿Este sistema, que halla normal y aceptable que unos sean exóticamente ricos, personas y países, y otros horrendamente pobres, está erigiendo un mundo mejor, más feliz, más agradable? ¿O está transformando a la mayor parte del orbe en un infierno, en aras de la fabricación de un supuesto edén, violento y mecánico, en la parte privilegiada? ¿O está llevando al planeta cada vez más cerca de volverse inepto para sustentar la vida humana? 

    ¿Puede este sistema, que impone un modelo hegemónico basado en el capital internacional y el consumo, cuya brújula todo lo reduce a ecuaciones económicas, por no decir contables, sostenerse sin violencia, interna y externa? ¿Es, acaso, un sistema pacífico, él mismo? ¿Es respetuoso un sistema que acepta que unos seres humanos sean condenados a una subsistencia miserable y otros sean beneficiados con una vida principesca, según el lugar y las circunstancias de su nacimiento, con mínimas posibilidades de alterar esa fatalidad? 

    ¿Es esto lo que hemos conseguido hacer después de tantos milenios de civilización? ¿Es esto todo lo que pudieron aportar las religiones con sus mensajes de amor al prójimo? ¿Es éste el legado de las escuelas filosóficas y las grandes ideas políticas? ¿Éste es el superhombre? ¿Ésta es la cúspide de la pirámide evolutiva? ¿Es éste el animal que contemplaba extasiado Aristóteles, el ser que emocionaba a Tomás de Aquino, la obra de arte de Shakespeare? 

    Con gran trabajo, los esforzados socorristas rescatan unas pocas y preciosas vidas sepultadas bajo los escombros de casas mal construidas, levantadas a pulmón con materiales baratos. Casas como las de las favelas brasileñas, como las de las "villas miseria" argentinas. Casas como las de millones de familias latinoamericanas, africanas, asiáticas, y hasta de algunos "homeless" del autodenominado "primer mundo". Casas que dan lástima, y que ni siquiera necesitan de terremotos para caerse. Pero que, cuando hay terremotos, se caen siempre. Y cuando se caen, matan.

    ¿Qué vamos a hacer con todas esas casas que ahí están, hoy, antes de los futuros terremotos? ¿Vamos a aguardar a que vengan los cataclismos y se caigan? ¿Vamos a entrenar más socorristas? ¿Somos imbéciles o somos genocidas? ¿Hay una tercera opción?

    Médicos heroicos acuden de todas partes, salvan vidas en condiciones extremas, sin dormir, operando a veces al aire libre. Reivindican a la humanidad... Los cinco continentes reúnen sus alientos para proveer resuello. Pero, ¿en qué estaba la salud de la población haitiana antes de que temblase la tierra? ¿Cómo eran los hospitales de Puerto Príncipe, con qué equipamiento contaban, de qué medicinas disponían? ¿Cuántos nenes y nenas murieron de enfermedades ya vencidas en los países privilegiados décadas atrás? ¿O simplemente de hambre?

    ¿Las doscientas treinta mil existencias truncadas de Haití, y las Dios sabe cuántas más que han perdido hasta el mero deseo de continuar, fueron el fruto de la calamidad geológica, o de una terrible sucesión de eventos, activos y pasivos, coherente con formas de ver al ser humano y al mundo sin sentirlo un hermano, sin comprometerse, sin que su dolor nos duela, sin que sus lágrimas nos conmuevan?

    ¿Qué vamos a hacer ahora, que las esquirlas del temblor se han calmado, que los cadáveres se zambullen en el polvo compartido, que las heridas se cierran y los huesos se componen? ¿Vamos a ignorar todos los otros haitíes potenciales que andan por el mundo? ¿Vamos a seguir adelante con la cultura de la exclusión?

    ¿Hay algo peor que una cultura de la muerte? ¿Una cultura de la indiferencia?

    Como ser humano, Haití me duele. Como latinoamericano, me subleva. Como persona del siglo XXI, que parece ser el decisivo, siento que no hay un minuto para perder. Los terremotos no pueden predecirse, es verdad. ¿Pero... y la pobreza?

    ¿Hemos rescindido la esperanza de construir un mundo sin hambre, sin desamparo? ¿Un mundo con escuelas, techos y hospitales decentes? ¿Hemos asumido que es imposible vivir en un planeta donde los chicos jueguen, donde los jóvenes amen, donde los adultos vean crecer su simiente en paz, y se preparen para un descanso suave, cuando les llegue la hora de ser viento? ¿Tanto más atractivo es pensar en fronteras, en bombas y en uranios, en orgías elegantes, en lujos obscenos, en armas lacerantes? ¿Acaso no se podría invocar el nombre de la divinidad para ayudar y no para herir? ¿Tan poco interesante sería el fundamentalismo del amor?

    ¿Se ha cometido un genocidio contra el pueblo haitiano, un exterminio que, largamente preparado desde fuera y desde dentro, estalló en minutos? ¿Se está cometiendo un genocidio contra todos los humanos que, en situación desesperada, claman en un mundo sin corazón ni principios? ¿No aprendemos nada? ¿O no queremos aprender? ¿O ya lo sabemos, y lo estamos haciendo a propósito, porque en el fondo es un exterminio funcional al sistema? ¿Así de malos, de perversos, somos?

    ¿Merece una humanidad así salvarse? ¿O será que, muy dentro del espíritu colectivo de nuestra época, los poderosos están tan asqueados con lo que ven de sí mismos, que han resuelto, inconscientemente, lanzar a la especie entera al colapso final? Si así fuera, lo estarían haciendo de maravillas.

    Y quizás la próxima vez, en algún rincón del cosmos en que florezca la vida autoconsciente, las cosas salgan mejor.     

 

                            Ricardo D. Rabinovich-Berkman